Estoy pasando una época mala. Creo que más o menos os habéis dado cuenta. No sé si es el curro, el frío o cierta soledad persistente. Me vienen a la mente a menudo las palabras de El caballero de las espuelas de oro. No me dejes sola con esta soledad y con este frío. El caso es que me levanto como si llevara una losa a cuestas. La última vez que me sentí así de mal fue hace ya casi dos años, poco antes de terminar el primer año de la residencia. Me despertaba y preparaba el desayuno pensando en autolesionarme para poder darme de baja. No lo pensaba en serio, creo, pero se me pasaba por la cabeza. Hay un problema con esta profesión. Cuando estás bien, es estupenda; cuando estás mal, la idea de sentarte delante de alguien que también está mal se te hace enorme.
Hoy he visto a una paciente con un proceso de duelo. Hemos hecho un ejercicio de respiración y me ha contado que ha visualizado su corazón. "Le falta un trozo - me explicaba -, como si tuviera un agujero en la carne, en el músculo. He pensado que tenía que llenar ese trozo con algo. Que yo no quiero estar así". Yo me sentaba frente a ella sintiéndome como la Soledad de San Pablo: arrodillada y con las palmas abiertas. Sin nada que añadir a eso.
Me encuentro muy cansada. Quizá escriba menos de la cuenta aquí en estos días. Necesito recuperar algún tipo de equilibrio y recordar lo que mantuve en mente la última vez que me sentí así de mal: que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas pueden empezar a mejorar. Fue cierto entonces. Esperemos que lo sea ahora.