lunes, 31 de enero de 2011
Grandes cuestiones sobre la vida y el amor, II
viernes, 28 de enero de 2011
Él no pidió nacer

miércoles, 26 de enero de 2011
Amor dos punto cero

Empecé este blog el 26 de Abril de 2005, hace ahora más de cinco años. “Mas sobre los lunes” es el título de un capítulo de mi libro sobre escritura favorito ever, “El gozo de escribir”, en el que la autora cuenta que durante un tiempo se reunía con una amiga para escribir los lunes por la tarde. Hablaba de cómo en los días en los que la mayoría de la gente está ocupada por el trabajo y angustiada por la rutina, ellas habían sabido abrir un hueco para dedicarlo a la escritura. El espíritu del blog, por tanto, es un poco ése: igual que hoy en las playas de Cádiz se veía un hueco entre el mar y las nubes por donde se filtraba la luz con inesperada fuerza, la escritura puede abrir espacios de claridad en la maraña del día a día.
A lo largo de estos cinco años sólo he parado de escribir aquí una vez: durante el tiempo que me preparé el PIR. Después lo retomé, al principio despacio, casi con miedo, con entradas cortas, y después acabé por importar otra vez el material antiguo y subirme al carro con todas las consecuencias. De todos los proyectos que he llevado entre manos en mi vida, creo que éste es sin duda el que más me ha durado, y todavía me asombra mi constancia. La explicación es, supongo, que el beneficio es inmenso y el coste es reducido.
Casi todas las entradas las escribo del tirón; después, más que añadir, recorto sin piedad párrafos enteros, como una samurai de las teclas. Sé que hay posts más inspirados que otros. Mi amigo A., el que no me habla, me dijo un día con crudeza no exenta de razón: “Me gusta mucho cómo escribes, pero no siempre lo que escribes”. Pero creo que el tema de un blog, más que buscar la perfección en cada una de las entradas, es mantenerse en movimiento. Al final todo, lo bueno y lo malo, va quedando sepultado por las entradas nuevas, por la nueva vida. Como las distintas capas de suelo sobre la superficie de la tierra. No te queda más remedio que desapegarte de tu obra y dejarla fluir.
Quiero a mi blog más que a muchas personas. En su conjunto, me gusta el cuadro que compone: la firme voluntad de decir mi verdad en cada momento. Grace Paley dijo de sus primeros cuentos: “Los escribí con toda la verdad y la belleza de la que fui capaz”. Así escribo yo esto, desde el principio.
Nunca ha sido un blog muy leído. Aun así, he podido conocer a bastantes personitas curiosas por aquí, y puedo decir que mis lectores son un público reducido pero entregado. Gracias a este blog llegó a mi vida J., una de las personas más importantes de mis últimos años. He quedado con algunos lectores (no siempre con fines de guarreo, que conste), he charlado con otros por messenger o he intercambiado mails, y siempre ha sido una experiencia enriquecedora y divertida. Esa magia absurda y feliz de encontrar a alguien que se conmueve de la misma manera que tu.
“Lo que escribiré en la siguiente entrada del blog” es un concepto que me da vueltas en la cabeza casi todo el día y, aunque os parezca mentira, creo que es una parte importante de todo aquello que me mantiene cuerda. Porque los actos de uno son tan banales. Y si uno vive una vida finita, unidireccional, todo se va tan rápido por el desagüe. A mí a veces me crujen los huesos bajo el peso de todas las vidas que no he vivido, y también bajo el peso de la mía, de los momentos que han venido y se han marchado, de las personas a las que he querido y ya no están. ¿Dónde están los besos que le daba a J. por las noches, mi manera de abrazarle mientras se quedaba dormido, de sostener los sobresaltos de su cuerpo mientras se deslizaba en el sueño? ¿Dónde estamos A. y yo estudiando juntos en la biblioteca de aparejadores, saliendo a descansar a la cafetería, dónde está él riéndose cuando veía que me había llenado el jersey de migas con la palmera de chocolate? ¿Dónde está Málaga, dónde está Granada, dónde estoy yo? No tengo nada. Pero si lo escribo, por lo menos tengo eso. Y menos da una piedra.
Escribir aquí me ha salvado siempre. Cuando tengo un día de mierda o estoy convencida de que moriré sola y comida por los perros, me siento aquí y escribo algo. Puede ser bueno o puede ser una basura, pero mientras lo escribo no pienso en otra cosa. De repente mi miseria sirve para algo, como el abono que hace crecer las flores, y sé que éste es el verdadero sentido de mi vida. Sentarme aquí y crear. Construir algo nuevo donde antes no había nada.
Así que mientras recorro uno a uno los días de mi semana, ese camino veloz que va de lunes a domingo y que a veces se esfuma sin que uno sepa dónde fue, pienso en lo próximo que escribiré aquí. Planeo hablar de mi trabajo, de música, de libros. De las cosas que amo. He aquí lo que me gustaría que dijeran de mi blog: aquí están las cosas que Marina amó. Pienso en quién me leerá, en quién me mirará; porque existimos en la mirada del otro. Porque en vuestra mirada yo existo.
Ayer hablaba con mi R2 de lo rápido que aprenden los bebés. Son pequeñas maquinitas de asimilar, su trabajo a tiempo completo es acumular información sobre el mundo. En ese sentido, yo sigo siendo la Niña de Agua de la canción de Ana Belén: “Desde el alba dispuesta hasta la aurora/ descubres todo y todo te impresiona”. Paso el día vegetando tras el escritorio y de repente un paciente dice algo que me abre el corazón. Voy de camino a casa en el autobús, muerta de hambre, y me sorprende la claridad del cielo justo encima del mar, aunque el levante y la lluvia azoten sin piedad el paseo.
Me sorprende siempre la luz de la vida y escribo aquí para intentar compartirla. Y supongo que todo el post puede resumirse en esta última frase.
lunes, 24 de enero de 2011
Worst day ever
Mi madre me preguntó hace tiempo por qué me gustan los lunes. Le expliqué algo así como que no es que me gusten, sino que me parece que son muy vitales, muy intensos. A nadie le gustan los lunes, es verdad. Pero la vida en lunes no tiene más remedio que desplegarse.
Hoy ha sido un lunes de mierda. No sé si porque he pasado una noche terrible, entre vientos de levante y sueños hipervívidos, porque estoy dominada por el síndrome premenstrual o porque me han tocado pacientes especialmente poco estimulantes. La tarde me la he pasado acurrucada en el sofá, leyendo a Wallander bajo el flexo, huyendo de la lluvia horizontal que azotaba la calle y hundiéndome en las procelosas aguas de la autocompasión.
En la reunión de equipo de primera hora una auxiliar ha contado que hace un tiempo leyó en una revista que, según un estudio de nosequé universidad inglesa, el 24 de Enero es estadísticamente el peor día del año. El día en que la gente se considera más infeliz. Parece ser que la razón es que después de formular un montón de propósitos bienintencionados, el día 24 uno se da cuenta de que no va a cumplir esos propósitos. De que todo va a seguir más o menos como antes. Se salta la dieta, no va al gimnasio y encima descubre que le quedan tres euros en la cuenta del banco, porque lo poco que le sobró después de la locura navideña se lo ha fundido en ropa que no necesita.
Yo no hago propósitos. O, mejor dicho, hago muchos propósitos, pero no en año nuevo. No fumo, no estoy gorda y tengo dinero suficiente para acabar el mes. Aun así, ha sido un lunes de mierda, qué queréis que os diga, y resulta que coincide con que es 24 de enero. Así que me pregunto si la cosa mejorará mañana o si va a resultar que la infelicidad es tan predecible como todo lo demás.
domingo, 23 de enero de 2011
Noche en blanco
y de la soledad entre tus brazos.
Ahora, desde este lado de la cama,
puedo ver una ceja, un hombro, un codo
la mitad de tu barba,
la luz de las farolas en tu frente.
Caí desde mi vida hacia la tuya
en esta casa azul que desconozco.
Soy extranjera en medio de tu cuarto
y tú duermes desnudo, inofensivo;
yo vigilo tu sueño.
Ahora sé del peligro y de las horas
que se dejan caer en un goteo
de la noche hasta el alba.
Tú estás tan quieto que pareces muerto
y detrás de la ceja que me mira,
de la frente curvada bajo el pelo
están tus pensamientos, tus palabras
quizá tus pesadillas.
Yo estoy aquí tumbada
también con pensamientos, con palabras
vacía de mis sueños,
y te contempo insomne y desarmada
y miro de reojo en la mesilla
el móvil encendido,
y cuento los minutos
que separan tus párpados cerrados
de tus ojos abiertos,
y mi estancia extranjera en esta casa,
mi beca Erasmus en tu dormitorio,
del miedo acompañándome a la puerta,
del camino de espaldas a tu cama.
jueves, 20 de enero de 2011
MI segundo objeto favorito en el mundo mundial
miércoles, 19 de enero de 2011
Eres más triste que un policía en Suecia

Hoy voy a haceros una recomendación literaria. Igual es un post tostón que no interesa a nadie, pero me apetecía escribir sobre ello, y además así puedo usar la etiqueta “Cosas absurdas que sólo me interesan a mí”.
Estoy leyendo Cortafuegos, una de las diez novelas de Henning Mankell que tienen al inspector Wallander de protagonista: un inspector de policía que vive en Ystad, en el sur de Suecia, y resuelve con brillantez crímenes macabros.
Novela policiaca sueca... ¿os suena un poco a Los hombres que no amaban a las mujeres? Pues Henning Mankell mola doscientos millones de veces más que la trilogía Millenium. Yo me leí los tres libros de Larssen porque pillé la gripe A y no me apetecía levantarme de la cama, y porque Lisbeth Salander es un personaje molón; pero, francamente, el autor es un tipo con un sentido de la narratividad nulo capaz de pasarse tres páginas enumerando muebles de Ikea y otras dos describiendo comidas guarreteosas suecas con pepinillos, panecillos, albóndigas y mermelada de arándanos.
Una vez que tenemos claro esto, sigamos.
¿Por qué engancharse a Wallander?
Para empezar, porque Henning Mankell no escribe súper-mega-bien, pero tiene mucho oficio. Sabe lo que se hace: no se lía con chorradas, avanza con agilidad y termina cada capítulo con una frase emocionante que te hace morirte de ganas de seguir leyendo. Cuando tienes uno de los libros de Wallander en el bolso estás deseando encontrar un huequecito libre para leer un poco. Son novelas adictivas. Además, son muchas: nueve o diez, creo. Y gordas. Esto quiere decir que si te enganchas al Universo Wallander, tendrás una fuente abundante de material policiaco adictivo y divertido para momentos de necesidad, como enfermedades, hastío vital o largos viajes en avión.
Por último, el Universo Wallander mola mucho porque está bien construido y bien ambientado. Esto quiere decir que leerse una novela de Henning Mankell es como hacerse un viajecito a Suecia, a un lugar que conoces, con personajes familiares de los que no consigues aprenderte los nombres y calles suecas de nombres raros que empiezan a sonarte. Y en la lectura, como en la vida, está bien tener un lugar al que volver.
Ahora bien, hay cosas que uno debe saber si se va a adentrar en el Universo Wallander por su cuenta y riesgo.
La primera es que en las novelas de Wallander siempre hace mal tiempo. ¡Es Suecia, por el amor de Dios! Siempre hay vientos huracanados, frío intenso, oscuridad y escarcha, y te lo está recordando todo el rato con constantes miradas al termómetro del coche y alusiones a los jerseys que llevan todos. Y las pocas veces que hace buen tiempo, los personajes se pasan todo el rato preguntándose por qué hace tan buen tiempo en esa época del año, con la típica actitud de “coge una chaquetita por si acaso”.
Además de frío, en las novelas de Mankell a uno le entra sueño. Esto es básicamente porque Wallander nunca jamás puede dormir lo suficiente mientras está en una investigación. Se acuesta a las seis de la mañana después de haber pasado toda la noche en comisaría revisando el caso y le llaman a las siete porque ha aparecido un cadaver, y claro, Wallander se levanta más reventado de lo que se acostó. Bebe café y más café y nunca duerme. Agota nada más de leerlo.
[Nota: anda, que buena inspectora de policía iba a ser yo: “Sí, de verdad que yo luego entrevisto al sospechoso, pero NECESITO mi siesta”]
Para terminar de castigar a su pobre personaje, Henning Mankell siempre le manda enfermedades como un dios vengador. En la novela anterior a la que estoy leyendo a Wallander le diagnostican diabetes. En la de ahora parece que está consiguiendo controlar la diabetes, y resulta que en el segundo capítulo le entran anginas. Y claro, en cada párrafo el autor te explica que cuando traga saliva le duele, que necesita concentrarse y no puede por la fiebre, y te mueres de la angustia.
Todo esto se debe a que Wallander es un personaje muy torturado, que sufre todo el rato. Sufre antes de empezar las investigaciones, porque se aburre y tiene problemas existenciales, su mujer le dejó, su padre se ha muerto, su hija pasa de él y su piso está sucio. Sufre mientras investiga porque se pasa todo el rato maldiciendo la barbarie humana y empatizando a tope con todo el mundo: con las víctimas, con los familiares de los asesinos y con sus compañeros policías. Y sufre cuando resuelve el caso porque sabe que seguirá existiendo la maldad, y porque además los suecos no respetan a la policía como en los viejos tiempos. Ya ves tú. En España te quería yo ver.
Pues eso, que Wallander sufre todo el rato, pero es muy buen policía, y aunque en verdad no le gusta, se siente atado a su destino como un Sísifo moderno y sueco, así que ahí está el pobre, novela tras novela, arrastrándose de su piso cochambroso a su oficina cochambrosa en un coche cochambroso que se le ha roto en el cuarto capítulo de esta novela (lo que en verdad no importa, ¡¡¡porque a Wallander le hace falta andar para controlar su diabetes!!!).
En fin, que a pesar de esto yo recomiendo a Henning Mankell a tope. No decepciona y divierte incluso aunque Wallander sea un triste. Yo he estudiado para exámenes con un libro de Henning Mankell abierto bajo la mesa, intercalando páginas de apuntes con capítulos de la novela, como cuando estaba en el colegio y leía bajo el pupitre y los profesores me regañaban. Y esa dulce adicción, la necesidad de leer como quien quiere respirar, la vía de escape a un mundo paralelo oculto bajo las cubiertas de un libro... eso, queridos, no tiene precio.
jueves, 13 de enero de 2011
Querido sobrino barrita a:
Hace apenas cinco días que me enteré de que existías. Es curioso pensarlo: ya eres un cacahuetito dentro de la tripa de tu madre, mi amiga. Si pudiéramos atravesar su panza con rayos X veríamos el pequeño conjunto de células que eres ahora. Y, si todo va bien, te vas a convertir en una personita completa, con tus propios pensamientos y sentimientos, con una cara y un nombre.
miércoles, 12 de enero de 2011
De semanas y ciclos

lunes, 10 de enero de 2011
Reflejo
jueves, 6 de enero de 2011
¿No es bonito pensar hoy...
... en todos los niños en sus camitas, cerrando fuerte los ojos para dormirse antes, con la ilusión de que vengan Los Reyes?
miércoles, 5 de enero de 2011
El mal capilar II: El Flequillo Venganza
Obviamente, había tres peluqueras y me ha tocado la NF. La parte buena es que hoy estaba muy llena la peluquería y no me ha parecido que fuera una tapadera de un negocio de venta de drogas, como la vez anterior.
Yo hoy no estaba por hacerme mala sangre. La NF me ha dado el catálogo de peinados Llongueras, que me sé ya entero y que no sé para qué miro, si en general parece que a todas les hayan cortado el pelo de rapideo para mandarlas a la guillotina. En fin. Le he explicado a la NF más o menos lo mismo que la vez anterior, pero introduciendo una peligrosa innovación. Chachán.
- Nazi Flequillil, te explico: llevo como cinco años con el flequillo más o menos igual y querría innovar. Quiero probar con un flequillo inclinado. Tú sabes: la raya un poco al lado y una línea que descienda suavemente a lo largo de mi frente divina.
La idea que yo tenía en mi mente era más o menos así:

La próxima vez le llevo la foto.
- Claro, claro – ha contestado la NF en un tono sospechosamente sumiso.
Ha empezado a texturizarme la cabeza como una chalada, lo cual está guay, porque la última vez no me texturizó y tuve que texturizarme yo en casa con unas tijeras de cocina, que tiene huevos si has pagado treinta y cinco pavos para que te corten el pelo. Yo levantaba de vez en cuando la vista del Hola y me iba gustando el resultado.
[Inciso: yo no sé por qué la gente dice que ir a la peluquería le sube la moral. Personalmente, cada vez que paso más de cinco minutos leyendo una revista del corazón acabo deprimidísima porque Halle Berry me saca veinte años y está bastante más buena que yo, porque nunca tendré la cara de Natalie Portman y porque Carlota Casiraghi está de vacaciones en el Caribe mientras yo me caliento los pies con una bolsa de cereales. Fin del inciso.]
Y hemos llegado a la parte delicada. El flequillo. Me lo ha recortado levemente de forma inclinada y luego ha empezado a secarme.
- ¿Podrías dejarme el flequillo más corto?
- Sí, sí, lo miramos en seco.
Me tendría que haber callado, porque la asertividad en la peluquería, como ya expliqué, tiene una reserva limitada, y para qué desperdiciarla cuando el flequillo me lo pensaba mirar en seco. Me ha empezado a secar tirándome del pelo como si me odiara, pero el resultado molaba bastante y me he dejado hacer.
Entonces hemos llegado al flequillo. Me lo ha recortado un poco y me ha preguntado qué tal, en un derroche de humildad anormal en su especie.
- ¿Me lo podrías dejar más corto? - Ahora sí, asertividad: haz tu aparición.
Y aquí la cagamos. Porque en ese momento entra en acción el Flequillo Venganza (en adelante, FV). El FV se define como aquel flequillo que te dejan las peluqueras cuando el primero que te hicieron no te ha gustado. Es un rollo “con que no te gusta, ¿eh? Pues ahora te vas a cagar”.
Cuando me ha enseñado el resultado, me he dado cuenta de que tenía dos opciones.
1) Decirle que no me gustaba y arriesgarme a un flequillo aún más vengador. Un nivel de venganza muy superior, un Kill Bill de los flequillos. He temblado sólo de pensarlo.
2) Callarme como una perra e intentar arreglarlo en casa.
Obvio que he escogido la opción 2. Las otras peluqueras revoloteaban a mi alrededor diciéndome que había quedado divina de la muerte, y de hecho el resto del corte está bastante chulo. Supertexturizado. Sin embargo, el Flequillo Venganza... bueno, es muy vengador.
Así de vengador:
Lo peor es que volveré.
Aunque sólo sea por tener temas para el blog.
martes, 4 de enero de 2011
Vicente, Psicólogo Interno Residente en... ANSIEDAD

NOTA 1: El programa no me dejaba poner las tildes, pero sabéis que yo sé ponerlas. Espero.
lunes, 3 de enero de 2011
Para Steve Jobs

sábado, 1 de enero de 2011
Día D

Me despierto el día de año nuevo con restos de pintalabios rojo, la cabeza embotada y los pies fríos. En mi casa estamos solos mi perro y yo, y él lleva un rato a los pies de la cama, esperando a que me despierte para abrirle la puerta de la calle.
