Hoy voy a escribir un post que llevo mucho tiempo aplazando para quedar bien con vosotros. Lo voy a hacer aunque sé que no sirve para nada y que me va a joder la ecuanimidad que tanto esfuerzo me cuesta medio alcanzar. Voy a hacerlo porque he tenido que ponerme los tapones de los oídos gracias al bacalao del vecino y creo que el mundo necesita que alguien diga ya las cosas claras.
Y el post se titula: POR QUÉ LA MÚSICA ME PARECE UN INVENTO NAZI.
Después de leerlo, todos vosotros, que seguro que sois de ésos que proclamáis que no podríais vivir sin ese invento maravilloso que es la música, dejaréis de visitar este blog. Bueno. Correré el riesgo.
Sí, la música es maravillosa. Es el máximo arte, la abstracción sin más vehículo que ella misma, donde significante y significado son una sola cosa. Conecta directamente con las estructuras subcorticales de la emoción y el placer, y nos teletransporta a universos desconocidos. Yo no escucho mucha música; no por nada, sino porque no encuentro el momento, y no me gusta hacerlo mientras estoy ocupada en casi cualquier otra cosa (incluyendo charlar con amigos o, por supuesto, escribir). Sólo escucho música mientras ando por la calle, e incluso entonces mi repertorio se reduce a unas decenas de canciones que tengo machacadas hasta la saciedad, incluyendo éxitos de mi adolescencia como Shakira o The Corrs. Descubro un grupo/cantante nuevo cada muchos meses. Y así me va bien. Supongo que agoté la poca melomanía que traía de serie cuando mi Querido Ex Novio Funes me hizo tragarme Toda la Música Buena del Mundo en los dos años que pasamos juntos. Por aquellos tiempos yo era joven e inexperta, le amaba con sinceridad y no me importaba hacer un esfuerzo para digerir a Genesis o a algún extraño grupo de jazz checo. Ahora que ya todo me da un poco igual, me he resignado a ser una inculta musical y a disfrutar desesperadamente con mis cuatro cantautores de siempre (porque, en el fondo, sigo siendo escritora, y lo que más me gusta de la música es la letra).
Pero volvamos al principio del post. Doy dos razones fundamentales para explicar mi afirmación. La primera, que la gente a la que le gusta mucho la música se cree que es una condición fundamental para ser humano, sensible y buena persona (más o menos como la gente a la que le gustan los perros). Hace un par de años conocí en una fiesta a un chico bastante majo. Charlamos y tonteamos un poco (yo amaba a J., pero J. aún no tenía muy claro si me amaba a mí, así que intentaba desquitarme) y, en un momento dado, él me preguntó qué música me gustaba. En un ataque de sinceridad, le dije que a mí, la verdad, la música me interesaba más bien poco. Abrió mucho los ojos “¿y cómo vives?”, me dijo. Pues como tú, inútil, pensé, sólo que escuchando menos música, so intolerante. Me encogí de hombros y me puse a hablar con otra persona.
La segunda razón es que los momentos de mi vida en los que he disfrutado con la música han sido, sin duda, mucho menos numerosos que los momentos en que algún nazi de la categoría anterior, avalado por la creencia de que Su Música es lo más grade que se ha creado en el planeta tierra, me ha obligado a escuchar al adorado objeto de su admiración contra mi voluntad. Cito de memoria el Espantoso viaje Granada-Málaga que pasé escuchando electropop en el coche de una amiga; la Horrorosa tarde de dibujo en el Albayzín que me jodió un gilipollas poniendo tecno a toda pastilla; las Sufrientes horas de meditación intentando desplegar toda mi ecuanimidad para aguantar el reggaetón del vecino. La música es un invento nazi porque llega a través de los oídos, los órganos sensoriales más desprotegidos y castigados del cuerpo, los únicos que no pueden cerrarse a voluntad. Porque para que yo escuche lo que me gusta, también tienen que escucharlo los seres humanos que comparten espacio vital conmigo.
Por no hablar de las personas que tocan un instrumento musical. La primera ley del instrumentista dice que el sonido de un instrumento es mucho más agradable cuando uno lo toca que cuando lo escuchan los demás. Me acuerdo del novio de mi compañera de piso, que tocaba el violín e improvisaba arreglos de Chambao en la terraza de nuestro ático. A ver, ¿acaso yo cuando termino un cuento cojo un megáfono y te obligo a escucharlo mientras tú estás sentado tranquilamente en el salón de tu casa? ¿Te sujeta un pintor la cabeza para que mires fijamente su cuadro durante horas? Amigos que tocáis un instrumento: el espacio acústico no os pertencece.
[Nota: El Efecto Instrumentista es mucho mayor cuando el instrumento que uno toca es de percusión]
Me gusta la música, ¿vale? Todo el piano, canturreo a menudo, disfruto oyendo las canciones que yo elijo. Lo que pasa es que no me gusta tanto, ni tan alta. Prefiero mis libros, respetuosos, que no molestan a nadie y que nadie tiene que leer a la vez que yo sin quererlo. Creo que crean menos karma.
Y aquí termina el post que acabará con la imagen de chica sensible y cultureta que todos tenéis de mí.