massobreloslunes: 09/11/11

domingo, 11 de septiembre de 2011

43. La boda

La boda fue muy bonita y yo estoy triste.

Mi primo iba guapo como un modelo de El Corte Inglés. Cafremente guapo. La novia no llegaba al punto modelo, pero estaba preciosa y feliz. Yo iba normal. El peinado me hacía la cara un poco gorda, en mi opinión.

No lloré, aunque cuando sonó una versión a violín de Loosin my religion y entró mi primo del brazo de mi tía, y vi su cara sonriente y todas las cosas hermosas que hay en él, y vi a mi tía aguantando el tirón a pesar del dolor de piernas, se me saltaron un poco las lágrimas debajo de mi rimmel waterproof. Mi discurso fue un hit. Hice llorar a todos mis primos varones. La otra que leía (la prima de la novia) llevaba un vestido más bonito que el mío, una maravilla roja de espalda descubierta, pero mis zapatos ganaban, aunque casi me caigo de camino a la mesa.

Me puse de gintonics hasta arriba. Hasta me fumé un puro y todo. No es que me guste especialmente beber, pero era como participar de una especie de ritual familiar en el que todos íbamos borrachísimos y contentísimos y dábamos botes sobre la pista de baile. Mis primos son guapos todos y bailan bien todos, y yo me sentía orgullosa sólo de mirarles. Mi hermano parecía Beckam y es el que mejor baila de todos. Nos hicimos millones de fotos vergonzosas y mi padre me hizo jurar que no iba a coger un coche, mientras mi tía me señalaba y me decía "vas más pedo que Alfredo" y yo balbuceaba "es la boda de mi primo y bebo si quiero".

Bailé con Sergio y coincidió que cantaba Muchachito, "Ojalá no te hubiera conocido nunca", y pensé que vaya canción para bailar con él, con lo que yo lo quiero y lo que me alegro de haberle conocido, del amor incondicional que me destina. Y me dijo, todo borracho y feliz también, "ojalá te hubiera conocido siempre". Y luego "eres de lo mejor que me ha pasado, sorda", porque me lo tuvo que repetir siete veces hasta que me enteré, y luego dimos vueltas y nos abrazamos y me agradeció mil veces que le hubiera escrito el texto.

Luego todo se acabó, sin más.

Hoy estoy resacosa y de vuelta en casa. No sé por qué estoy tan triste. No es que quiera tener pareja. Quiero algo sólido, algo estable, quiero cierta seguridad en algo y un rincón primitivo de mi mente cree que tener pareja te lo da, que los anillos o las firmas o el libro de familia te lo dan. Me siento como si pasara la vida caminando sobre agua. No entiendo por qué todo tiene que ser tan complicado. Hace algún tiempo leí una frase acerca de que los hombres y las mujeres se han encontrado a lo largo de todas las épocas, y no teníamos por qué hacer such a big deal de esto. Yo quiero casarme. No sé si a lo grande, porque los bodorrios son una cosa un poco grotesca si uno lo piensa fríamente, pero quiero que alguien apueste por mí. Y no sé si va a pasar. No es pesimismo ni optimismo; realmente no lo sé. Y eso me pone triste porque sé que aunque supiera que va a suceder tampoco estaría segura, que la seguridad no existe, que incluso cuando las cosas me han ido bien con un tío estaba ahí subterráneo el miedo a perderle y la soledad, que no se va nunca. Que tendré que construir la única seguridad que puedo conocer a partir de la nada en mi pobre y cansado corazoncito y que pensarlo me agota.

De todas formas no me hagáis caso. Estoy resacosa y no tengo costumbre. El alcohol es el maligno, por cierto. Pero mañana es lunes y está a punto de empezar el otoño, que en Cádiz es una época acogedora de tiempo suavemente fresco y luces encendidas en las noches azules. Me acostaré y dormiré y despertaré, iré a trabajar, limpiaré mi casa, seguiré escribiendo, nadaré y escalaré, forzaré el corazón como el músculo que es y al que le tienes que exigir cosas grandes para que se haga más fuerte. Me casaré algún día, seguro. Aprenderé a vivir en la impermanencia. Me irá bien, espero.

Y lo dejo aquí, queridos. Sé que esperábais una crónica más alegre, extensa o simplemente coherente, pero es lo que hay.