Lo peor no es no estar de vacaciones. Ni siquiera no estar en USA o estar dramáticamente lejos de P. Lo peor es la sensación de que lo bueno de la vida, el relax, la fluidez y la alegría van a ser siempre sólo temporales; que lo normal, lo natural y lo que nos corresponde son los días llenos de momentos que no es que te disgusten, pero que tampoco elegirías si tuvieras opción.
Mañana empiezo rotación nueva. ¡Adiós, Muertelandia! Esta vez se trata de un hospital de día para pacientes con diagnóstico de psicosis (esquizofrenia y similares) que, por lo que me han contado, emplea un abordaje medio jipi-alternativo del trastorno que puede resultar interesante.
El tema no es el dispositivo. El tema es que es la octava rotación que empiezo en el PIR y me da mucha pereza repetirlo todo: presentarte, aprenderte los nombres de la gente, saber a qué hora se desayuna, localizar a la administrativa apañada que te va a resolver todos los marrones y a la torpe que la liará siempre. Entender qué esperan de ti, intentar hacer lo que crees que está bien, descubrir si será posible y escurrirte silenciosamente entre las grietas que deja el sistema. Conocer y querer a pacientes nuevos.
Espera, repite:
Conocer y querer a pacientes nuevos.
Va, que se me olvida. Se me olvida mi factor apio y mi capacidad de encariñarme con casi todo. Conoceré y querré a pacientes, y también a facultativos, y quizá termine llevándole un trozo de brownie el último día a mi auxiliar favorita, que está en otra planta. Me reiré de los jefes, me solidarizaré con los residentes y espero aprender algo útil. Seguro que no es tan malo.
Lo que pasa es que después de mucho tiempo en que no sabía dónde querría estar si me lo preguntaran, hoy sí lo sé. En una cama king size de un motel de Moab, tecleando en la pantalla del bicho ipadero mientras miro cómo te afeitas por el rabillo del ojo. Cómo te miras a tus propios ojos en el espejo, te acercas, examinas el resultado entrecerrando los párpados y te alejas de nuevo. Hay algo muy decidido en ese gesto que no sé si me enternece o directamente me pone. En cualquier caso, quiero estar ahí, entre las sábanas tiesas, con una camiseta de tirantes y las gafas puestas, bebiendo descafeinado repugnante sólo porque me encanta que haya una máquina en la habitación. Esperando a que vengas oliendo a after-shave para morder risueña tu cara de niño. Con un colchón vacío de obligaciones que se extienda lo bastante alrededor de nosotros como para hacer que nos sintamos seguros.
Frente a eso, es complicado mirar el lado positivo de según qué cosas.
(Pero estamos trabajando en ello, bicho. Estamos trabajando en ello).