“Vamos a echarnos una siesta”, te digo, con la somnolencia ligera y agradable de haber comido bien. No me haces mucho caso y sigues a tus cosas, pero me tumbo en la cama sabiendo que dentro de un rato estarás a mi lado. Sin embargo, pego un respingo, medio dormida ya, cuando siento tu cuerpecito junto al mío. Te acomodas en el hueco de mi cuello y, durante un rato, no se escucha más que nuestras respiraciones acompasadas. Al cabo de un rato me despierta la alarma del móvil y me giro, mirando tu carita dormida e imperturbable. Eres toda una belleza desde este ángulo, y en tu placidez, en tus ojos cerrados, veo que confías en mí y eso me conmueve. No te importa tenerme tan cerca porque sabes que no te voy a hacer daño.
Te observo unos minutos, y debes de tener alguna pesadilla, porque tiemblas un poco contra mis manos. Decido despertarte a medias, a pesar de que seguro que protestas. Extiendo la mano, te acaricio levemente, casi te sacudo. Como esperaba, te sobresaltas y un poco más y me muerdes. Me hace gracia tu repentino ataque de malhumor y te doy un beso. Te retuerces, a medio camino entre el placer y el mosqueo, y das un par de manotazos al aire.
Finalmente me levanto y me pongo a escribir sobre nuestra siesta. Cuando me sientes incorporarme de la cama, te despiertas del todo, sueltas un sonoro maullido y te vas con tu paso elegante de gatita a seguir durmiendo en otro lado.