massobreloslunes: 10/18/11

martes, 18 de octubre de 2011

Los detalles molestos

Mi amiga Pilar, gran psiquiatra y mejor persona, me dijo una vez que la vida está llena de detalles molestos. Es una frase que se me ha quedado grabada a fuego en el selebro, porque mira que a mí me gusta la vida en general y la mía en particular, pero esos detalles molestos que se repiten todos los días te hacen pensar que, no importa cuánto te lo curres o lo bien que te vayan las cosas: esto de la existencia no está bien inventado.

Detalles molestos de la vida doméstica. Estos son los peores. Creo que nunca, nunca jamás me acostumbraré a tener que limpiar, recoger y hacer tareas del hogar en general el resto de mi vida. Espero ganar lo suficiente algún día para pagarle a alguien y que lo haga por mí, pero teniendo en cuenta que al Octubre Austero probablemente le sigan Noviembre Ahorrador y Diciembre Sencillo, no lo veo muy cercano en el tiempo.

La colada. Me saca de quicio. No sé por qué; creo que es porque consta de pasos diferidos en el tiempo. Es decir: yo para las tareas del hogar tiene que ser que me agarre el impulso y las haga del tirón. Así que cuando me da el impulso de poner la lavadora, todo va bien durante unos diez minutos. Después se me olvida y paso a otra cosa. Para cuando la lavadora termina, yo ya no tengo ni putas ganas de tender. Entonces he de esperar a que me vuelva a dar el impulso mientras me mira con su lucecita roja parapadeante y acusadora cada vez que entro al baño. Tiendo con esfuerzo de titanes y entonces ya paso de destender y la terraza se convierte simplemente en una prolongación de mi armario, hasta que ya no me quedan bragas limpias (lo que yo denomino el Punto Crítico de la Colada) y recomienzo el proceso.

Cambiar el papel higiénico y la bolsa de basura. Curiosamente, sacar la basura no me importa tanto. Me da sensación de "qué buen rollo que los desechos salgan de mi casa puntual e higiénicamente". Pero volver a casa y cambiar la bolsa, no sé por qué, me exaspera. Lo peor es que espero hasta abrir y cerrar el cubo un par de veces para tirar algo y aberrar ante la ausencia de bolsa antes de poner una nueva. Soy lo peor. Lo del papel higiénico es más de lo mismo. He encontrado unos rollos del carrefour que miden en teoría el triple que uno normal, a costa de ser finísimos, claro. Me da igual siempre y cuando maximice el tiempo que tarda en acabarse. Se me está ocurriendo en estos momentos comprar rollos industriales como los de los bares, pero quizá sea excesivo.

Sacar el reciclaje. Dios, esto sí que lo odio. El contenedor de reciclaje está a tomar viento, y nunca mejor dicho, porque lo han colocado en el paseo marítimo y le da un montón el levante. Así que cuando consigo reunir fuerza de voluntad y juntar los diez millones de cartones que he acumulado un mes, salgo al contenedor y el maldito viento me los vuela, con lo que tengo que corretear por la acera recogiendo unos mientras los demás se siguen volando. Reciclar es el maligno. En serio, yo no tengo la puñetera culpa de que los fabricantes lo envasen TODO como si no se fuera a abrir nunca, ni tampoco tengo la culpa de no poder ir ya al mercado los sábados porque quiero escalar. Así que, por favor, un poquito de responsabilidad embaladora o de poner cubos en sitios resguardados.

Lavar los cubiertos. Lavar platos me gusta: es como muy mecánico y además no hay más cojones que hacerlo. No es como por ejemplo limpiar el polvo, que se puede prolongar durante tiempo indefinido. Pero cuando ya tienes todo lo grande listo y sólo te quedan los cubiertos... es lo peor. Es como una propina maligna, y te preguntas cómo lo has hecho para ensuciar tres cucharas, dos cuchillos, un tenedor y el sacacorchos para desayunar. Además, se esconden por lugares recónditos del fregadero para putearte. Tampoco me gusta lavar cacharros muy grandes, rollo ollas y demás, pero creo que eso es por pura incomodidad física.

Pararme en los semáforos. No todo va a ser lo mucho que me aberran las tareas del hogar. Pararse en los semáforos imagino que le incomoda a todo el mundo: por eso es un detalle molesto de la vida. Además, me pasa como con todos los otros detalles molestos: me da coraje TODAS las putas veces. Un poner: la Avenida de Cádiz. No importa lo rápido que vayas o la suerte que tengas: de Cortadura a Puertatierra te van a tocar SEGURO entre tres y cuatro semáforos. Es así, no depende de ti, están programados de esa forma. Pues aun así me creo que podrían no tocarme y me cabreo cuando se me ponen en ámbar.

También me resulta muy, muy molesto tener que subir a los pisos por las escaleras. No sé por qué. Sé que es reciente, pero ahora mismo soy una chica deportista, así que no debería importarme. Hago deporte todos los días, verídico, e incluso hasta podría decir que lo disfruto. Aun así, subo y bajo a mi casa en ascensor SIEMPRE, y son dos pisos. A ver, para ese ejercicio de mierda y para hacer el esfuerzo en momentos en los que no estoy mentalizada, paso y me dedico a ser transportada mientras me miro los bíceps en el espejo.

¿Más cosas? Ponerme y quitarme las gafas cuando me pongo el casco. Que se me quede tieso el flequillo después de la siesta. Los huesos de las chirimoyas, ¿qué le pasaba a Dios cuando las inventó? Los perros. Los perros son muy, muy molestos y no, no me gustan, y no, no pienso que ser un amante de los perros te haga mejor persona. Los abrefáciles que no lo son. Los enchufes difíciles de alcanzar. Ir de copiloto y tener que darle las cosas al piloto porque está conduciendo. Abrir y cerrar manualmente las puertas de los garajes.

Que conste que este post es sólo un break en mi habitual tónica de Dios, cómo flipo con el vivir, y que mañana seguiremos con nuestra programación alegrecompasiva de los últimos meses. De hecho, ya estoy escribiendo mentalmente un post de detalles bonitos que tiene la vida, y que superan con creces a los molestos.

PD: Ésta es la típica entrada en la que no tenéis excusa para no comentar y contarme vuestros detalles molestos, ¿eh? Así que a ver si os comportáis, que los comentarios molan diez mil.