Eso de lo que no quería hablar es mi acné.
En mi piel hay una cepa de bacterias superpoderosas que aparece y desaparece según la temporada o el remedio que esté probando en esos momentos. Llevo así desde los doce años. Por supuesto, no llevo desde los doce años con la cara hecha una facha; la mayoría de las veces, es algo relativamente soportable y, a excepción de cuando me estaba sacando el carnet del coche y me volví como Freddy Krugger, nunca he sido una de esas de mirarla y pensar “pobrecita”.
(Todo esto para que no os asustéis).
Tener acné recurrente tiene varios problemas.
a) La gente cree que te hinchas a comer porquerías. Mientras sostienen en la mano su donut de chocolate, te dicen “A lo mejor deberías evitar las grasas”. Si a ellos, en la lotería de la genética, les ha tocado una piel limpia y suave, creen que es porque tú, a escondidas, te pones hasta el ojo de chocolate y de cucharadas de mantequilla. A ver, hombre de dios, que si todo lo que comes te saliera por la cara, sería un cachondeo vernos a todos por ahí con los poros rezumando tomate frito o salsa de soja. Que las cosas no van exactamente así.
(Vale, lo del tomate frito es un argumento estúpido, pero hay ya muchos estudios que demuestran que el acné no es, ni mucho menos, consecuencia directa de la alimentación).
b) La gente (normalmente la misma de antes) se cree que no te lavas. Puedo prometer y prometo que, excepto algunas noches de juerga descomunal o de amor pasional, me he lavado la cara con lo que estuviera usando en ese momento un mínimo de dos veces al día, y seguido escrupulosamente todos los tratamientos que dermatólogos, naturópatas o la siempre seductora publicidad me han recomendado.
c) La gente (y esto lo hace incluso gente inteligente, o que te quiere, o ambas cosas) piensa que tú en tu casa no tienes espejo o que, si lo tienes, no te miras en él. Por eso te deleitan con frases del tipo de “oye, tienes la cara peor, ¿no?” o “vaya grano que te ha salido ahí”. Gracias. Tu frase no sólo ha hecho que yo baje del limbo en el que me creo que mi piel es perfecta y mire la realidad, sino que contribuirá muchísimo a la mejora de mi estado.
d) Todo el mundo conoce un remedio que a ellos mismos, o a una amiga, o al novio de su prima, le han ido estupendamente. A lo largo de mis casi diez años de problemas de piel, lo he probado casi todo. Cuando digo casi todo, quiero decir casi todo: jabones, cremas, lociones, geles, antibióticos, anticonceptivos, antiandrógenos (pastillas que bajan el nivel de hormonas masculinas y se les recetan a los violadores, hay que joderse) y, como colofón, TRES tandas de Roacután.
[ROACUTÁN: medicamento superpoderoso, carísimo e hiperagresivo, que te tienen que autorizar en una parte especial del hospital (no vale una receta normal) y para el que te hacen firmar un papel en el que aseguras que conoces los riesgos y no te vas a quedar embarazada, si eres niña, porque es altamente teratogénico (provoca malformaciones en el feto). Algunos de sus divertidos efectos secundarios son: sequedad, sequedad, SEQUEDAD, en labios, ojos, nariz y demás mucosas, además de en el resto del cuerpo (me fui una vez de ruta tomándolo y toda parte de mi pie que rozaba la bota se puso en carne viva). Te sube el colesterol, tu hígado se hace polvo y no puedes exponerte al sol ni beber alcohol mientras dure el tratamiento. Hay quien dice que causa depresión y que el chico que estrelló la avioneta contra un edificio en EEUU hace unos años lo tomaba. Aunque, por otra parte: ¿fue el Roacután la gota que colmó el vaso de su odio a la vida? ¿O fue su simpática vecina diciéndole que a lo mejor debería comer menos chocolate?. Pensadlo.
Pros del Roacután: se te quita el acné TOTALMENTE Y PARA SIEMPRE en un 80% de los casos. Contras: yo estoy en el 20%]
También he probado la levadura de cerveza, la bardana y otras infusiones, dejar los lácteos, hervir aguacates y lavarme con el agua restante, frotarme limones por la cara, la meditación, el poder de mi mente y las mascarillas de la superpop. Así que, a no ser que conozcas un tratamiento tipo cambiarme la cara con alguien como John Travolta y Nicolas Cage en Face to face, por favor: déjame tranquila.
Estas son mis quejas sobre el acné en lo que se refiere a los demás. En cuanto a cómo lo llevo yo, pues… bueno, según temporadas. En las Épocas Aceptables pienso que no hay para tanto, me cambio el corte de pelo y me creo que nunca volverá. En las Épocas Chungas no me hago fotos; lo último que pienso al acostarme y lo primero que pienso al levantarme es cómo tendré la cara por la mañana; no voy a cortarme el pelo porque no soporto este momento cruel en el que te sacan del lavabo, con el pelo recogido en la toalla, y tienes que mirarte al espejo en todo tu esplendor… En fin, que lo llevo regular.
Últimamente, a raíz de todo el estrés académico-emocional al que he estado sometida, estaba empezando a atravesar una de esas Épocas Chungas, después de más de un año de estar bastante bien (como atestiguan un montón de idílicas fotos con J. en las que salgo estupenda. Véase).
(Ahora mismo no puedo creerme que ésa sea yo. Pero lo soy)
Nota: YA había hablado de mi gorro rosa antes. No os metáis ahora con él, que no es el tema.
El problema de empezar una Época Chunga es que, como nunca tienes muy claro qué es lo que te ha hecho bien antes y qué podría ser peor, no sabes muy bien qué hacer para volver a una Época Aceptable. Así que el sábado pasado, después de intentar sin éxito cubrirme de maquillaje hasta parecer normal, acabé hartándome de llorar y diciendo que yo así no salía a la calle. Vale que tengo veitidós años, y no quince. Pero probad a pasar la mitad de vuestra vida con una afección cutánea desfigurante y básicamente aleatoria y a ver si sois capaces de llevarlo estupendamente todos los días.
Entonces, al día siguiente, en el autobús, conocí a Reme. Para que se juntaran nuestros caminos en la senda de la vida, tuve que perder de una forma extrañísima el autobús anterior (tenía billete, me subí a tiempo, pero se había colado gente de las siete y me tuve que bajar; al final Alsina me regaló el billete para compensar) y levantarme del sitio donde me había sentado en primer lugar porque un niño estaba jugando ruidosamente a la videoconsola en el asiento de al lado. Así fue como, gracias a la fuerza del destino, aterricé al lado de, probablemente, la única persona de aquel autobús que tenía un centro de estética para tratar el acné. Hablamos del tiempo, de los autobuses, del tráfico y de la vida en general y, al final, con mucha delicadeza, Reme me dijo que, si quería, podía pasarme por su clínica y me hacían un estudio sin compromiso.
Y como es cierto que lo he probado todo, hasta los naturópatas (los homeópatas no, que no me gustan), pero que lo de los centros de estética no lo había intentado antes, y que al hermano de mi adorado ex novio se le quitó el acné en un sitio así, pues allá que fui a los dos días. Yo es que en eso de las señales del universo no creo a veces, pero aquélla me parecía una señal demasiado poderosa y demasiado rara como para no hacerle caso.
¿Cómo es mi vida ahora? Me gustaría decir que estoy estupenda, pero lo cierto es que los productos que me estoy echando para secar mi increíblemente grasa piel me han resecado el contorno de ojos y descamado algunas partes de la cara, y parezco una mezcla entre la novia de drácula y un lagarto mudando la piel. Esa foto no la pienso enseñar, que aún tengo dignidad. Pero creo que estoy mejor, y que de aquí a unas semanas lo estaré aún más. El tratamiento es infernalmente doloroso a ratos y me siento como Bukowski adolescente, o como si todo el karma de los puntos negros que he sacado a mis novios contra su voluntad estuviera volviéndose contra mí. Y a ratos me miro los ojos, un poco tristes detrás de los párpados y de la piel reseca y enrojecida, y lloro otra vez. Pero queridos: estoy segura de que, de aquí a unas semanas, podré colgar aquí una foto del después y sentarme a esperar luego junto a mi email las proposiciones de boda. Rezad por mí.
Y aquí unas cuantas frases de ánimo, para no dar penita:
1) El acné no impide tener relaciones con los hombres. Ni siquiera impide tener problemas con los hombres o con el exceso de ellos.
2) El acné no impide desarrollar aceptablemente la compasión y el amor, y me imagino que también permite iluminarse.
3) El acné intermitente enseña sobre la transitoriedad de la vida y contribuye a la mencionada iluminación.
4) El acné, al final, se acaba. Aunque sólo sea porque nuestra piel va a terminar, en todos los casos, deshecha, comida por los bichos y mezclada con la tierra.
Y como me dijo mi colega el Adri el otro día: yo no soy mi acné. Pero es parte de mí, y por eso quería hablar del tema hoy.