massobreloslunes: 02/25/07

domingo, 25 de febrero de 2007

La sinceridad y otros vicios

Mi amiga Elsa ha decidido dejar de decir mentiras. El otro día nos mandó desde Florencia un email colectivo en el que anuncia su propósito de, textualmente, "sacar sus mierdas". Dice que las mentiras, aunque sean pequeñas, te hacen menos libre. No está hablando de engañar a su novio o de mentirles a sus padres sobre las notas… son cosas mucho más insignificantes, esas minúsculas trolas de las que todos echamos mano de vez en cuando para que las cosas salgan como nos convienen.
Todo lo que nos ha confesado hasta ahora, y que no os voy a contar porque no tengo claro hasta dónde quiere que llegue su recién estrenada sinceridad, no llega ni siquiera a la categoría de mentirijilla. Aun así, se empeña en que no haya ni un resquicio de falsedad u ocultación en su relación con nosotras y nos anima a hacer lo mismo; no por los demás, sino por nosotras mismas, que se supone que nos sentiremos mucho mejor cuando lo hagamos. Después de su comunicado, Metemari se ha unido a esa fiebre por abrir nuestro corazón; PK no sabía nada de la iniciativa, pero cuando se lo conté, le entusiasmó.
Vale, pues no me gusta un pelo. Me niego a unirme a esta ola de honestidad new-age. Yo defiendo la sinceridad en los aspectos básicos: el amor, la familia, el dinero y poco más. No hay que mentir sin necesidad, ni mentir en lo realmente importante. No hay que mentir cuando la mentira causa sufrimiento, directa o indirectamente. Pero maquillar la realidad un poco cuando nos conviene es casi un ejercicio de estilo. La realidad tampoco suele ser tan justa como para merecer que no le hagamos trampas de vez en cuando.
Uno de los pocos cuentos de Quim Monzó cuyo final no inspira directamente el suicidio es el del mentiroso compulsivo (no recuerdo el título ahora mismo). Me gusta porque habla precisamente de lo que de creativo tiene mentir, inventar, maquillar la realidad e ir componiendo cada vez una bola más grande para desafiar al mundo a que se la trague. Aunque ni siquiera defiendo la mentira más allá de tergiversar algunos datos sin importancia, sí que hay mucho de interesante en la frontera que separa una horrible mentira de una buena historia.
(Pero ya eso sería irme por territorios un poco metafísicos, y yo sólo quería defender mi derecho a tunear sutilmente la realidad de vez en cuando).
Voy a mentir: a pensar cosas malas de la gente y poner buena cara, a poner excusas a mis amigas e irme a practicar sexo salvaje con J., a decirle a J. que me quedo en casa y salir por ahí con mis amigas. Pienso esconder los anticelulíticos y los libros de autoayuda y decir que estoy viendo una peli cuando realmente me estoy tragando capítulos de “Sexo en Nueva York”. Voy a apartar la mirada cuando estoy leyendo en el autobús y aparece alguien a quien conozco pero con quien no me apetece hablar. Voy a tener fantasías de lo más inconfesable con gente que ni se lo imaginaría.
No, si cuando J. me dice que soy una bruja es por algo.