Así que hoy voy a hablaros un rato de mi primo, para entrar en calor. Entretanto, acepto sugerencias sobre lecturas en bodas civiles, en las que no tengo mucha experiencia.
Mi primo Sergio vive en Madrid, me saca ocho años y me adora desde que nací, y yo le adoro a él supongo que desde que tengo uso de razón. ¿Por qué? Pues no lo sé, fue una especie de flechazo primil que nos tiene enamorados desde pequeños. Todos los demás primos saben que él me quiere más a mí que a ellos y que yo le quiero más a él que a ellos, y nos da exactamente igual.
La primera anécdota que os contará sobre mí es que cuando era un bebé nos bañamos juntos y me cagué en la bañera. Se la cuenta sistemáticamente a todas sus novias y a todos mis novios, no tengo claro si para avergonzarme o para mostrar lo escatológicamente unidos que estamos. Cuando era pequeña e iba a casa de mi tía siempre dormía con mi primo, sin rollos incestuosos, que conste. Él me contaba cuentos de miedo y fue el primero que insertó en mi cabeza el pánico irracional a que me enterraran viva, describiéndome historias de cadáveres que eran desenterrados años después con la tapa del ataúd llena de arañazos.
Cenábamos en la cocina y jugábamos a que éramos cavernícolas comiendo con las manos y masticando con la boca abierta. Una noche se puso a gritarme que estaba poseído y yo salí corriendo por el pasillo mientras él se descojonaba. Otro día cogió a mi muñeco favorito y se puso a girarle la cabeza como si fuera el muñeco diabólico, y después lo tuve que tirar a la basura porque me daba pesadillas. Me cantaba la canción de Freddy Kruger y se partía mientras yo me tapaba los oídos y gritaba para no escucharle. Aun así, cuando estaba con él nunca tenía miedo.
Fue un niño trasto y un adolescente imposible, pero para mí siempre encontraba tiempo, y recuerdo el olor de los abrazos que me daba con su chaqueta de cuero de rebelde de los noventa. Un día de verano se comió mis chucherías, y me enfadé tanto que a la tarde siguiente me sacó de paseo y me compró un helado de limón y todas las chucherías que quise, y nos fuimos por ahí los dos solos a tomar respectivamente cervezas y cocacolas mientras él se liaba cigarros y yo me sentía super adulta.
Fueron pasando los años, y en lugar de llevarme a comer chuches empezó a llevarme de bares. Recuerdo una vez que vino de visita a Málaga con unos amigos y me sacó a cenar, y después me llevó a casa antes de irse de copas. Cuando le estaba diciendo adiós por la ventana me dijo que era capaz de escalar hasta mi habitación si después yo me iba de fiesta con él. Trepó los dos pisos de mi adosado y acabamos borrachísimos en el Copo, en Torre del Mar, pasando un frío increíble de costa en Febrero y fumándonos un trozo de hachís que yo había sacado de no sé dónde.
Le he visto crecer, enamorarse, desenamorarse, irse de casa, volver a casa. Es muy trabajador, guapo a reventar y no creo que le caiga mal a nadie. Es comercial de productos de limpieza, y se siente orgulloso porque dice que "de otra cosa no sabrá, pero para vender papel del culo es el mejor". Tenemos poco o muy poco en común, objetivamente, porque él no acabó el BUP y yo soy una gafapasta de pacotilla, pero nos da igual, porque podemos hablar de cualquier cosa. Tiene tatuada una pierna hasta el muslo y un brazo hasta el hombro, y siempre dice que cuando me quiera hacer un tatuaje se lo diga, que él me lo regala.
Nos seguimos yendo de fiesta juntos. Es la única persona con la que me lo paso bien todo el rato y a la que no le sé decir que en general no bebo. Acabo tajándome muchísimo y bailamos cualquier cosa, los dos solos, cantando a gritos y pegando saltos mientras todo el bar nos mira. Recuerdo una vez que salimos con una amiga suya que era una petarda. Fingimos que nos íbamos ya para que la chavala se largara, y en cuanto desapareció por la esquina enfilamos sin hablar hasta el bar más cercano y nos pasamos otras tres horas bailando sin parar. Él me enseñó que no hay que mezclar nunca y por él me dio por beber Four Roses con zumo de naranja durante años.
Es divertido, cariñoso y lindo. Me olvido de su cumpleaños sistemáticamente y no se enfada. Me llama cada pocas semanas, normalmente desde el coche, y nunca le entiendo absolutamente nada entre su acento de Madriz y lo mal que se escucha el manos libres, pero entre el gorgoteo de eses y ejques suelo captar que me quiere y me echa de menos. Es alucinantemente generoso y me sigue dando pasta cuando me ve aunque ahora yo trabaje. Nos queremos contra el tiempo y la distancia, de forma incondicional, aunque nos veamos dos veces al año cuando hay suerte.
Y ahora se me casa, y eso me hace feliz porque mi primo Sergio está hecho para el amor. Está hecho para querer porque es detallista y dulce, de los que regala flores, bombones y escapadas románticas a ciudades de interior. Es tierno y pegajoso y tiene a su novia como a una reina. Se compran camisetas a juego, siempre dice cosas bonitas de ella y le acompaña a mirar zapatos sin quejarse. No tiene miedo al compromiso ni al futuro, quiere con ganas y el corazón abierto y va a ser un marido genial y un padre estupendo. Y Esther es fantástica, es lista, guapa y estilosa, independiente y divertida, me trata muy bien (todas las novias de mi primo me han tratado bien, por la cuenta que les trae) y, sobre todo, le quiere muchísimo.
Y poco más puedo decir, salvo que en su boda me lo pienso pasar como los indios, voy a ir guapísima y a llevar unos tacones de infarto, voy a escribir el texto más bonito del mundo y le voy a hacer llorar. Me sentiré feliz de que exista, me sentiré feliz de que le pasen cosas buenas y después comeremos hasta hartarnos, beberemos whisky con naranja y bailaremos como locos hasta caernos muertos.