massobreloslunes: abril 2012

lunes, 30 de abril de 2012

Más sobre la crisis

En mi escala del dormir, que últimamente va del medio qué al fatal, anoche dormí muy pero muy fatal. Como un bebé: me despertaba llorando cada dos horas. Lo del llorar es un decir, pero sí que me removía en la cama mientras me quejaba bajito de lo mucho que me dolía el cuerpo. Ascazo de sueño fragmentado.

Esto, unido a que hoy me gusta ser mujer, ha hecho que llegue al trabajo en un estado entre agotado y perplejo. Las dos primeras horas de mi curro te las puedes pasar en modo zombi: primero se da el cambio de guardia, luego se desayuna con calma y después es la reunión con enfermería, algo así como el resumen diario del Gran Hermano, donde te cuentan cosas como "Fulanito amenaza a un auxiliar con un cepillo de dientes" o "Menganito se queja de estreñimiento, por lo que se le proporciona un laxante, que es efectivo".

El tema es que cuando una tiene la mañana poco inspirada parece que los demás se lo huelen. Así que una adjunta se ha pasado todo el desayuno intentando hablar conmigo de la crisis, que es un tema que me aberra hasta la estratosfera. Me agobio, me siento impotente e indefensa y empiezo a pensar que no tengo futuro y que tendré que alimentarme de patatas con tomate frito el resto de mi vida. Y creedme: cuando una ha aprendido tanto sobre el omega 3 como yo en el último año, la perspectiva es bastante chunga.

Me gustaría hablar de la crisis si supiera qué puedo hacer yo para ayudar a solucionarla, más de lo que hago ahora mismo (trabajar, pagar mis impuestos, intentar que mis pacientes mejoren para que a su vez puedan trabajar y pagar sus impuestos). Yo soy de tipo proactivo. Si tengo un problema, busco soluciones  y las pongo en práctica. Más o menos. Esto de que me recorten la vida desde un estrado sin saber cómo decir esta boca es mía me agobia tela.

Sin embargo, a nivel individual y pequeñito me estoy replanteando algunas cosas. Querría aprovechar la situación para reubicar mis prioridades. A ratos me parece que lo que estamos haciendo en esta crisis es intentar vivir de la forma más parecida posible a como vivíamos antes, agachando la cabeza, aguantando el tirón y rezando para que de alguna manera esto se recupere. Cuando a lo mejor lo de antes no era lo deseable. Lo de comprar y tirar y comprar y tirar, y pedir créditos para seguir comprando, y construir y comprar y vender y seguir comprando. A lo mejor no era lo más feliz del mundo.

La gente se queja del precio de la gasolina y, sin embargo, si uno mira los coches que cruzan la Avenida por la mañana la mayoría va con una sola persona al volante. A mí me gustaría que de esta crisis saliera una voluntad por, por ejemplo, coordinarse con los compañeros para compartir gastos al ir al trabajo. Pero ya sabéis: depender de otros, tener que esperar o que te esperen, ¡ponerse de acuerdo! Dónde vas a parar. Mejor decido a qué hora pongo yo en marcha mis nosecuántas toneladas de metal quemapetróleo para dirigirme al curro. Y como eso un poco todo.

Yo últimamente intento simplificar y ser austera en el buen sentido. Pensar bien lo que compro y para qué lo compro. No por ahorrar, que también, sino porque ese efecto Corte Inglés del consumismo capitalista de que existe un objeto para cada una de nuestras necesidades me parece perverso. Intento ejercitarme en necesitar poco, quizá también porque me tranquiliza pensar que es mucho lo que pueden quitarme antes de empezar a afectarme de verdad. Por otra parte, me da rabia la sensación que os comentaba hace un tiempo de que todo esto no es culpa mía y que estoy pagando las consecuencias, y que en cualquier caso yo las estoy pagando baratas mientras otros las pasan putas de verdad.

Qué sé yo. Procuro ver las cosas no ya por el lado bueno, sino por el lado didáctico. A ver si aprendo algo. Desde que mi economía personal se fue parcialmente al carajo hace unas semanas, mi coco está más limpio. He dejado de hacer malabares con mis ahorros porque ya no tengo ahorros. Me voy a compartir piso y, por el camino, me pienso limpiar de algunos lujos físicos y mentales a los que me estaba acostumbrando demasiado. No quiero ser una individualista maniática y autocomplaciente. Me apetece más charlar mientras ceno con alguien.

Y mientras todo esto pasa, o no, yo sigo dándole vueltas a cómo quiero vivir mi vida en un futuro. Y me gusta imaginármela incluso más simple que esto. En contacto con la naturaleza, cerca del silencio, ocupada de cosas sencillas y más o menos reales. Por otra parte, me gustan mis locos y mis cosas. En fin. Quién sabe hacia dónde nos lleva este barco colectivo y raro de la existencia humana.

(Nota: yo sé que mis reflexiones socioeconómicas son bastante cutres, pero es a lo más que llego. Y porque me obligan, que yo por mí entraba en modo avestruz y no salía más que para escalar)

domingo, 29 de abril de 2012

Crisis existenciales y otros vicios

Hoy estaba grabando el disco de Fede Comín en mi nuevo mp3 acuático, porque después de un tiempo alejada de la piscina por el esguince de tobillo he vuelto a nadar. Al ponerme el bañador me he fijado en que ya clarea en algunas partes y debería comprarme otro antes de ir por ahí dando el espectáculo. Si os digo la verdad, cuando empecé a nadar hace ya año y medio no daba un duro por mí. Hice los cálculos y la inversión en material marca Nabaiji era lo bastante modesta como para darle una oportunidad, pero mi fe en seguir yendo después de tres semanas era nula. Y ahora aquí estoy, con mi mp3 acuático y mi bañador clareado. Aunque hay que decir que mi persistencia en el nadar está más relacionada con mi motivación escaladora que con nadar en sí, que en general me la pela.

Escuchaba la canción número 5 de Fede, Moraleja creo que se llama, que empieza diciendo "hoy, noveno día del mes/ de un año que se voló"; y fue curioso, porque cuando la oí por primera vez en su concierto era nueve de mayo y, de hecho, el año había volado.  Me pilló una época rara cuando conocí a Fede Comín. Seguramente, la peor época desde que llegué a Cádiz. Era toda yo una crisis existencial con patas. Que si debería dejar el PIR e irme a meditar a Barcelona/ viajar por la India/ escribir a Granada/ insértese plan alternativo. Los tres años de residencia que me quedaban tenían la misma pinta que las bolas de preso de los Golfos Apandadores: pesaban y me impedían moverme.

En realidad, creo que todo esto ya lo he contado en otro post, pero bueno. La cosa es que me pasé un par de meses en un estado de insatisfacción profunda con mi vida. Algo como un "pero-qué-cojones-pinto-yo-aquí" sonando sin parar en mi coco. Cuando fui a Madrid a ver a Luna me dieron ganas de vivir en Madrid; no exactamente porque me gustara, sino porque parecía que allí al menos pasaban cosas, y en mi vida no estaba pasando absolutamente nada.

Entonces, de repente, tuve un momento de insight. Debió de ser uno de los primeros días de playa del verano, mientras estaba tumbada al sol bajo la luz azul y enorme de Cádiz. ¿Habéis estado en las playas de Cádiz alguna vez? Yo soy de costa de toda la vida y, aun así, son otra historia. Las de Málaga son piscineras, de olas ausentes y tierra negra que traen los camiones del fondo para crear una orilla de la nada.  En Cádiz todo es tan amplio: la arena blanca cuando baja la marea, las olas largas, el océano al fondo. Siempre que me baño aquí me acuerdo de cuando iba con Erika al llegar a la ciudad, y las dos saltábamos las olas mientras ella exclamaba "¡qué juventud! ¡qué salud!".

Y pensé: joder, mi vida tiene tantísimas cosas buenas. Tengo un trabajo que me gusta, dinero para mis vicios, un bonito piso, una ciudad estupenda, tiempo libre, salud razonable. No debería pensar que son tres años de condena, sino tres años de estabilidad. Podría encontrar motivos para estar descontenta con cualquier otra opción. Me imaginaba en la India protestando por el calor o en Granada contando monedas para comprarme chopped. Nada es perfecto. Así que me propuse muy seriamente que iba a disfrutar de lo que tenía.

A partir de ahí, todo empezó a ir bien y no ha parado desde entonces. Con sus puntitos mejorables, como todo, pero este año ha sido así como feliz, con todas las letras. Hoy, veintinueve de abril de 2012, me siento en paz con la existencia. No quiero estar en ninguna otra parte ni haciendo otra cosa. No sé si fue por el cambio de actitud. Soy escéptica con esas cosas. ¿Realmente uno puede decidir ser positivo y fijarse en lo bueno y entonces le empezarán a pasar cosas estupendas? No sé. Creo que para entonces yo ya había hecho un buen trabajo previo y que estaba lista para eso. No sé si habría sido capaz en otras etapas de mi vida. También creo que tuve suerte.

A menudo me acuerdo de Pablo Aranda, un escritor malagueño que estudió en mi colegio y vino en mi graduación a darnos el discurso de despedida. Recuerdo el discurso como bastante desorganizado y rarillo, pero me gustó. Sobre todo, porque decía: "A menudo oiréis que la universidad es la mejor etapa de la vida, pero es mentira. O debería de serlo. Os esperan muchas cosas buenas en la vida, en la universidad y después. No dejéis que a partir de entonces todo vaya a peor".

Esta es la típica entrada que me da la impresión de haber escrito ya mil veces de distintas formas, aunque tengo la teoría de que los temas tienen sus razones para reaparecer. Igual que los sueños. Creo que estas últimas semanas estaba otra vez en una época rara, pensando en las carencias más que en las presencias y deseando que, como dijo una paciente el jueves en la unidad, alguien llegara a mi vida para darme mimitos. Pero de un tiempo a esta parte vuelvo a sentirme como hace un año: con capacidad de disfrutar, sin más. Siento que fluyo. Y sé que la felicidad es poco inspiradora. No pasa nada; ya vendrán tiempos duros y crisis nuevas y roturas de corazón, todo ello generador de desdicha literariamente fértil. Hoy voy a cerrar los ojos después de un gran domingo de lluvia, calma, roco y amigos y voy a revolcarme en esta suerte rara que tengo últimamente como un feliz cerdito rubio.

jueves, 26 de abril de 2012

50%

Así que tú eres la reina de la casa. Tienes el cuerpo pequeño, la cabeza grande, el pelo rubio natural y un cerebro poderoso. Con un año cantas canciones enteras de Ana Belén, con dos has aprendido sola la mayoría de las letras del abecedario, con tres lees. Eres buena, cariñosa, despierta, tranquila; tu único problema, al parecer, es que te gusta tanto el mundo que por las noches no quieres dormir. Yo no me quiero costar, repites a quien quiera oírte. Así que tu madre inventa cuentos larguísimos donde nunca pasa nada malo, para que no te den miedo, y los graba en una cinta que te pone en bucle antes de dormir.

Pero resulta que tus padres deciden que contigo no les basta y se ponen otra vez a procrear. Y como tu madre es fértil como un huerto abonado y tu padre donde pone el ojo pone la bala, cuando te quieres dar cuenta han traído a casa a una pelotilla rubia que, por lo menos, tiene todavía más cabeza que tú y hace que parezcas menos desproporcionada.

No es exactamente malo, pero te resulta... no sé, molesto. Lloriquea. Se pone penoso. Reclama atención. Tú eres tan, tan buena y él es menos bueno que tú y, aun así, le quieren. Miente sobre los deberes, trapichea con los juguetes, se hace amigo de los niños mayores del colegio para que le den pizza al mediodía. No come bien. Hace bola. Te llama a menudo a gritos desde la otra punta de la casa y tú, que te lo pasas mejor con los libros que con la mayoría de las personas, no encuentras la forma de compartir el tiempo con ese bicho inquieto y quejicoso. Te quejas a tus padres, que te dicen que no son el rey Salomón. Te tienes que buscar la vida en la relación personal obligatoria más complicada que vas a encontrarte.

Crecéis. Las cosas no mejoran. Cuando tú tienes uso de razón él no, cuando él la va adquiriendo tú te estás convirtiendo en una preadolescente absurda. Él quiere jugar y tú leer la Superpop. Cada vez que llega a una etapa tú ya has saltado a la siguiente, así que es complicado que os entendáis. Además sois tan, tan distintos. Tú con tu hiperresponsabilidad, tu obsesión con lo justo, tu asertividad, tus ganas de ser siempre la mejor en todo. Él con su todo me la pela existencial, su ley del mínimo esfuerzo, su capacidad para argumentar desde la nada y tener siempre razón.

Pero es muy gracioso, las cosas como son; hasta le eligen para un programa de la tele de esos de niños graciosos. En el colegio todo el mundo le conoce. Tú eres la mayor y, aun así, eres "la hermana de". Y es listo, el cabrón, porque mira que es vago, y mira que en su vida se habrá leído tres libros y, aun así, escribe bien: redacta claro y con contundencia. Sabe de memoria canciones al piano sin tener ni puta idea de solfeo, aprende solo a tocar la guitarra, tarda menos en conducir un coche a la perfección que tú en distinguir el embrague del acelerador. Vuestro sentido del humor se superpone con exactitud, y en vuestros mejores momentos os podéis pasar horas descojonados delante del Youtube. Tiene sus propias ideas, no deja que nadie le pisotee y cuando quiere algo moverá cielo y tierra para conseguirlo.

Te ha puteado muchas veces. Vas a coger tu bici y te encuentras con que ha utilizado las ruedas para un montaje de la facultad. Quieres tu guitarra y él se la ha prestado a nosequién que a su vez se la ha prestado a otro. Pone música cuando tú estudias, se come el jamón bueno con sus amigotes, se lleva el coche aunque le hubieras dicho que te hacía falta a ti.

Pero no deja de ser la persona de la tierra que más código genético comparte contigo; mínimo un 50%, si no te acuerdas mal de la genética que aprendiste en el cole. El único que entiende de verdad, para bien y para mal, lo que es ser hijo de tus padres, sobrino de tus tíos, nieto de tus abuelos. El que en las reuniones familiares mira el panorama, te mira a ti y se descojona, y luego toca la guitarra mientras tú cantas o canta mientras tú tocas. El que te lleva y te trae en coche aunque tú le prohibieras usar tu moto cuando te cabreabas con él. Es tan distinto a ti y a la vez tan parecido, como el perfil de tu sombra, y la manera en que encuentra la felicidad en las cosas simples te fascina.

Tú te has marchado porque quieres, y tienes tus razones, pero lo cierto es que ahora le entiendes más desde la distancia, y ojalá pudieras ser para él mejor de lo que eres, no sabes muy bien cómo explicarlo. Más útil, más cariñosa, algo más parecido a lo que debería ser una hermana. Así que le das dinero en navidad, buscas regalos bonitos para su cumpleaños, le prestas tu casa y le prometes que le dejarás tu furgo. Intentas construir cimientos nuevos para épocas nuevas.

Ya habéis crecido. Os habéis hecho mayores. Hoy cumple veintitrés años y tú estás convencida de que vino a la tierra para enseñarte cosas. Sobre ti, tu impaciencia, tu furia, tu capacidad para pasar dos horas meditando y pensando en el amor y cinco minutos después mandarle a la mierda a gritos por el hueco de la escalera. Y también tu parte luminosa y tu esfuerzo valiente por seguir adelante. Sobre él, y el hecho cierto de que su forma de ver la vida es tan válida como la tuya y tiene mucho más que enseñarte de lo que te atreves a reconocer. Lo mejor de los dos es que perdonáis deprisa; qué bien que sí os parezcáis en eso.

Una cosa está clara: se hace querer, y tú descubres sorprendida, después de todos estos años, de mosqueos frecuentes, de distancia generalizada, de cercanía ocasional, de estar condenados a entenderos... pues que sí, que le quieres. Seguramente de la forma más rara en que has querido a nadie en tu vida; pero le quieres mucho. Y escribes sobre él porque nunca lo habías hecho y porque te apetece, no sin antes advertirle a tu madre con mucha seriedad que si le enseña esto privatizarás el blog para siempre y nunca jamás podrá leer nada tuyo y no le dedicarás ni un best seller.

Felicidades, bro.

miércoles, 25 de abril de 2012

Eres tan pequeñita. Últimamente vas cada día con un pijama distinto, que no sé de dónde los sacas, pero se te ve desde lejos con el estampado de corazones, o de ositos, o de arcoiris. Caminando despacio con el flequillo rubio enmarcándote las cejas. Acompañada a veces de otros pacientes que a tu lado se ven enormes: porque eres tan pequeñita que ellos te protegen, te transportan, a veces hasta te manipulan, en esa red social curiosa que se establece dentro de la planta. Y yo te miro pasear por las mañanas, y clavas en mí tus ojos grises cuando nos cruzamos en el pasillo.

Te veo hoy en las mesas de la entrada, rodeada de gente como un idolillo raro. Son tíos lejanos y monjas de una institución donde viviste. Asientes extrañada mientras ellos te hablan, te preguntan y te prometen cosas. Los mismos que te han dejado toda la vida sola. Sonríes y se te ven los aparatos de los dientes. Intentas hablar, pero en realidad, pequeñita, no tienen ningún interés en escucharte. Porque les da mucha pena que estés aquí, pero eso no significa nada, porque la pena nace de la preocupante sensación que tienen ahora de que quizá, pero sólo quizá, podrían haber hecho algo para evitarlo. Ahora te preguntan y tú contestas, y yo pienso en que al llegar aquí te pasaste dos días enteros sin hablar. Mirando con los ojos muy abiertos frente a ti, como si se estuviera proyectando una película de terror detrás de tu cerebro.

Cuídate mucho, pequeñita; estás sola, todos lo estamos. Ojalá que tengas suerte, tú y tus pijamas de colores. Ojalá todos estos superhéroes que te han salido no resulten ser de cartón piedra.

viernes, 20 de abril de 2012

Insomnio (II) (Creo recordar que tengo por ahí un relato que se llama así)

Estoy teniendo problemas de sueño últimamente, que es algo que no me había pasado nunca. Me despierto a las dos o tres horas de haberme acostado con los ojos como platos, y me da rabia, porque suelo irme a la cama cansada y me duermo deprisa. Abrir los ojos a las dos horas hace que me sienta traicionada. Encontrarme de repente escupida hacia la realidad, cuando me acababa de introducir en el abandono del sueño, me saca de quicio.

Hay distintos tipos de insomnio y te los aprendes cuando tienes que hacer las historias clínicas. El de conciliación: quien no puede dormirse. Suelen ser personas tensas, agobiadas. Incapaces de abandonarse en los brazos de alguien, hasta de Morfeo. Siempre pensé que no podían dormirse los que no tenían la conciencia tranquila, y me sentía ridículamente orgullosa de caer frita en cuando apagaba la luz. Pero hasta a mí me pasó una época, después del PIR: todas las noches me entraba un miedo estúpido a apagar la luz y quedarme en silencio conmigo y tenía que distraerme con comics de Asterix hasta que se me caían los ojos.

Luego está el despertar precoz de los maniacos. Querer levantarse YA para hacer cosas y sentirse lleno de energía a las seis de la mañana. En el otro lado está la hipersomnia de los depresivos. El sueño no reparador. Una tristeza tan grande que no te abandona ni al otro lado de la frontera de la cama.

El sueño fragmentado, que es lo que me pasa a mí. La mente activa todo el rato, llena de ganas de comerse el mundo. Las ganas de no perderse nada de lo que pasa por ahí fuera. Cuando se te fragmenta el sueño no descansas bien, y a veces no creo que tenga tanto que ver con las fases del sueño como con que la realidad no te da una tregua lo suficientemente larga. Porque a ver quién es el valiente que aguantaría la vida de continuo, sin tener las noches para olvidarse un poco.

Las parasomnias. Hablar dormido, el sonambulismo. Una vez me dijo una chica que compartió habitación conmigo que yo me reía dormida. Pero que a ella le daba buen rollo, que era como escuchar los teletubbies. Cuando vivía en Barcelona hablaba catalán en sueños, y parece ser que al principio lo hacía mejor que en la realidad. Mi madre pasó toda mi infancia empeñada en que crujía la mandíbula durmiendo, pero nunca me lo dijo nadie más. Una vez conocí a un chico que algunas noches se levantaba llorando. "Pero no es nada, me pasa a menudo", me dijo. Cómo no va a ser nada, corazón, pensé yo; estás llorando dormido lo que no lloras despierto.

Es curioso el dormir. Tener que tumbarnos todos los días un montón de horas, entrar en un estado de trance indescriptible y recargar baterías. Soñar. A veces, justo antes de cerrar los ojos, me entra miedo al pensar en qué clase de sorpresa me estará preparando el subconsciente para la velada. Como si te metes en una sala de cine sin tener ni idea de qué película echan.

No sé qué hacer con mi sueño fragmentado. Ensayo distintos remedios: hacer más deporte, hacer menos deporte, no comer antes de dormir, comer justo antes de dormir. Tomar leche con miel, suplementos de magnesio, una ducha calentita; estar más o menos cansada. Pero me sigo despertando más o menos a la misma hora, cada día más enfadada con mi propia cabeza. A lo mejor estoy preocupada y no quiero admitirlo. O puede que me haya convertido en una de esas temibles personas que no tienen la conciencia tranquila. Quién sabe.

jueves, 19 de abril de 2012

Antes de morirme

Hoy me he terminado "Antes de morirme", un libro que saqué ayer de la biblioteca cuando ya pensaba que no encontraría nada que me llamara la atención. Me gustan los libros y las pelis sobre moribundos. Creo que están bien para hacerte apreciar la vida y tal. Es verdad que tenemos que encontrar un equilibrio entre vivir como si fuéramos a morirnos mañana y, al mismo tiempo, saber que a priori no va a pasar, porque a ver quién iría a trabajar si no. Los libros que te hablan de esas cosas te dan alguna pista.

La novela es buena. Se lee rápido, la prosa es escueta, incisiva, llena de imágenes. Es conmovedora sin volverse lacrimosa, el ritmo es trepidante, el estilo es fresco y original. Una de estas novelas que te hacen pensar por qué aquí en España lo que pega fuerte son los crímenes literarios tipo Lament.

El tema es que cuando termino algo así pienso que pues claro, que la gente debería tener eso presente todos los días, el aprecio por las pequeñas cosas, a los amigos, la familia, el amor. Deshacerse del miedo, abrazarse salvajemente a lo que la vida le ofrece. Claro, que a veces la gente no puede apreciar las pequeñas cosas porque las grandes cosas no le dejan, y esto no hay que olvidarlo cuando tienes la oportunidad de ver sufrir tan a menudo como yo.

Tessa, la protagonista, hace una lista de las cosas que echará de menos. No la hace con la intención ecuánime de iluminar las vidas ajenas. La hace porque le da rabia. Está muy, muy enfadada de que la vida siga sin ella. El otro día pensaba yo en eso mientras iba en el autobús, dando vueltas por la bahía bajo el cielo claro de Cádiz. Pensaba en la muerte, y en que no es ya que me vaya a joder morirme, sino que me fastidiará pensar en toda la gente que se queda aquí disfrutando de las cosas que yo ya no podré tener.

Algunas de las cosas que echaré de menos.

Reírme mucho, reírme a carcajadas. Como viendo Friends, o leyendo el Para ti que eres joven, o escuchando al Kpot monologar sobre el tatami del roco, o diciendo chorradas con la PK.

La mezcla del olor a café dentro de mi casa y el olor a frío en la calle por la mañana temprano.

Desnudar a alguien. Acariciar a alguien. Acariciarle en partes del cuerpo que no son necesariamente eróticas, como los tobillos, las pantorrillas, los antebrazos. Los besos y los prebesos: ese momento en que sabes que alguien va a besarte y tú te vas a dejar. Sentir la erección de un tío. Que te empotren.

El Dolor De Mirar y estar de repente super contenta cuando has conocido a un chico que te gusta. Ilusionarte y planear futuros y pensar en cómo quedarán vuestros apellidos juntos.

Moverme con agilidad en el roco. Sentirme súbitamente muy fuerte y muy ágil. Los miércoles enfermizos, la penúltima serie, los bichobichobichobicho. Tocar la roca, ascender por la roca, ese momento clave en que superas el miedo y sigues. Los días largos de escalada en los que se para el tiempo.

Las caras de la gente por la calle. Las historias de la gente. Los instantes en que puedes comprender exactamente y desde tus huesos cómo se siente una persona.

Ir andando a un sitio que esté muy lejos, por el puro placer de llegar con mis piernas. El sol de invierno. Bañarme en las largas playas de Cádiz, en sus olas profundas. El momento en que el agua fría deja de ser desagradable y empieza a ser agradable.

Los abrazos. El peso de tu brazo sobre mi hombro o acercarme a oler tu cuello sin que te des cuenta. Las cosquillitas. Los masajes.

Los geles que huelen bien. Los zapatos moderadamente caros que te abrazan los pies con lujuria. El brillo de labios con sabor a chocolate. El chocolate.

Los buenos libros. Cantar alto y afinado mientras oigo música. Anatomía de Grey. Cortar verduras y sofreírlas despacio. Tener la tripa llena después de comer algo rico. Beber agua cuando tienes mucha sed. Encontrar un baño cuando te estás meando un montón.

Releer el blog y pensar que escribo mejor de lo que creo. Recordar cosas bonitas del pasado. Los primeros días de verano, cuando todo es nuevo y festivo, y el olor a arena y a crema bronceadora te pone contenta. Mirar fotos antiguas. Esos días raros en que te sientes guapa.

Los gatos. Los pintaúñas. Meterte en la cama calentita después de un día cansado. Meterte en la cama calentita después de un día cansado con alguien a quien quieres. Los besos de buenas noches. Los besos de buenos días.

La familia. La sensación de sentirte querida incluso cuando no te lo mereces. Los amigos. Que alguien te conozca y te lo demuestre. Los regalos hechos a mano. Los regalos comprados.

Tirarse a una piscina, embadurnarse de barro, comer nieve, mirar hacia arriba cuando llueve y sentir el agua en los párpados y en la punta de la lengua. El colacao caliente cuando hace frío. La limonada fresquita cuando hace calor.

Despertarte por la mañana y saber que has soñado algo agradable, aunque no lo recuerdes bien. Despertarte de una pesadilla con alguien a quien quieres al lado. Despertarte sabiendo que puedes dormir unas horas más.

Escribir. Escribir sin mesura, sin medida, sin acritud. Con los ojos anchos, las manos sueltas, la mente a mil kilómetros de aquí. Sentirte salvaje aunque tu cuerpo esté sentado frente a un ordenador, con la bata y las gafas y quizá una pinta un poco aburrida. Encontrar la forma que necesita la sensación que experimentas.

Soñar.

Soñar grande.

Agradecer.

Respirar.

Amar.

(Qué bien pensar que podría seguir así toda la noche)

lunes, 16 de abril de 2012

Feliz lunes

Perdón por la flojera de fin de semana. Dejadme que os cuente unas cuantas cosas para compensar. He pasado el día más horrible de escalada ever en Bolonia, siendo azotaba por un viento congelado del Averno y luchando por no morir de aturdimiento y frío. Me he caído dos metros por un trepadero a pie de vía (sin cuerda, obvio, no estaba escalando) y todavía no sé cómo no me he partido la pierna y/o la cabeza. Me apunté al couchsurfing y ahora hay un chico de Tánger durmiendo en mi sofá. Me duelen las caderas como a una abuela y no sé por qué. Mañana probablemente cierre el trato para mi nueva furgo (¡ya os contaré!). La novela va fatal, pero por falta de tiempo, que no de inspiración. El Señor sigue empeñado en no mandarme maromos. El tiempo está raro. El curro va bien. Es muy probable que en algún momento a lo largo de este año me alcance la ruina económica. Creo sinceramente que me estoy destrozando las rodillas a medio plazo a base de golpes contra la roca. ¡Quiero escalar! Más, quiero decir. Y escribir, también más. Creo que mi curro en realidad no le sienta bien a mi salud. Me estoy poniendo preocupantemente fuerte, y más que me pienso poner. Me mudo a Puerto Real, ¿lo he dicho ya? La semana que viene empiezo a buscar piso. Llevo dos semanas sin pintarme las uñas. ¡Quiero viajar más! Pienso de verdad que nunca jamás volveré a tener sexo, pero estoy desarrollando un desapego zen hacia el mundo físico para sobrellevar la idea. ¡Me encanta escribir! Me encanta, me encanta. Debería ir a la biblioteca, porque no tengo dinero para comprar novelas. Estoy intentando desarrollar un plan de vacaciones de verano-otoño que incluya escribir y escalar y gastar poco dinero, pero no tengo claro cómo hacerlo. Quiero... quiero muchas cosas, y hoy es uno de esos días en los que me podría alimentar sólo de chocolate. Pero me resisto. Me duele un codo. Debería comer más ensalada. Llevo cuatro meses sin ir a Málaga y me siento un poco culpable. ¡Ojalá no tuviera que trabajar para ganar dinero!

¡Feliz lunes! La vida es interesante. Quizá no traiga grandes ballenas a menudo, pero un montón de pececillos traviesos se mueven bajo su superficie aparentemente quieta.

Conducir

Hoy he ido a probar mi muy muy probable nueva furgo. El modelo y la camperización son concretamente éstos, solo que la ¿mía? (jijiji) es azul. Creo que tener una furgo va a ser genial a niveles estratosféricos. Evolucionaré de tiesa sin coche que duerme en el suelo muy mal porque ya está mayor para esas cosas, a tiesa con furgo que duerme dentro de su furgo y bueno, a lo mejor no es el Palacio de Invierno pero así para empezar en el mundo camper está la mar de bien. Viva y bravo.

El caso es que era para verme a mí probando la furgo. Marina, 26 años. Casi ocho de carnet ya. Nunca llevó la L porque nunca condujo el primer año después de sacar el carnet. En total, habré conducido en mi vida ¿cuánto? ¿dos mil kilómetros? Y tiro por lo alto. Así que ahí veis al Kpot en el asiento del copiloto, todo lealtad, dándome instrucciones del tipo de "A ver, Marina, si tienes que elegir entre darle a un coche o meter la rueda en un surco, mete la rueda en un surco. Pero si tienes que elegir entre darle a un coche o atropellar a una persona, dale a un coche".

Desde el primer momento en que cogí un coche en mi vida, supe que aquello no iría bien. De hecho, lo supe desde el primer momento en que cogí un vehículo a motor, a saber, mi moto, y atropellé la mesa de un bar al intentar aparcar. El caso es que tuve que dar un número indecente de clases de conducir (¿¿40??) y examinarme tres veces, tres, hasta que pude coordinarme y mantener mi atención fija el tiempo suficiente como para que el examinador me aprobara. Creo recordar que iba medicada (verídico).

Después, lógicamente, no conduje nada. Estaba tiesa, vivía en Granada, me planteaba cosas como si comer proteína realmente era tan, TAN necesario para el cuerpo humano. A las noches de invierno en que encendía el radiador les llamaba "noches de lujo". Comprarme un coche estaba tan lejos de mis posibilidades como el sol. Iba yo tan feliz de mi casa a la parada del bus universitario y viceversa, o caminando hasta que me dolían las plantas de los pies, o dejando que mi culo adoptara la forma del Portillo Málaga-Granada.

Esto ocurrió hasta que conocí a J. Él, que es un niño bien, tenía un coche estupendo, a saber: el Micrilla. El pobre se pasó una buena temporada pensando que yo no sabía conducir, por culpa de mi desapego hacia las cuestiones de ruedas. Hasta que un día, cuando llevábamos juntos unos meses, consiguió dejar de hablar de sí mismo un rato y me preguntó:
- Oye, ¿tú sabes conducir?
- Sí.
- Te estás quedando conmigo.
- Que no, que sé conducir, en serio.
- A ver, enséñame el carnet.

Le enseñé mi carnet, en el que salgo con cara de auténtico pánico porque cuando me la hice estaba pensando algo como "a ver qué cojones hago yo si suspendo el examen por tercera vez".
- Pues a partir de ahora conduces tú para que yo pueda beber cuando salgamos.

Después de una barbacoa. A los hechos me remito.

Así era él. Todo generosidad y virtud. Va, rencores del pasado aparte, tampoco es que J. fuera un borrachuzo y, además, me enseñó todo lo (poco) que sé sobre conducir. Tenía mucha, mucha paciencia, y nunca me regañaba ni me agobiaba. Me obligaba a compartir el volante en los viajes, y en lugar de dormirse cuando yo conducía, como hacía yo de copiloto, vigilaba los espejos para no morir porque me quería mucho.

Yo conduciendo soy una mezcla entre torpeza y problemas atencionales. Soy la típica que de repente entra en una zona que no conoce y empieza a gritar "'¡uy, uy, uy, dónde estoy, qué hago, qué susto!". Cosas así. La típica que sigue cientos de kilómetros porque le da miedo maniobrar para dar la vuelta. La típica que aparca en el quinto coño sólo porque se agobia aparcando en mitad de la calle con un notas esperándole detrás. Ésa soy yo. Lo que pasa es que tengo la teoría de que mi problema es que me falta práctica, y que cuando coja el coche con la suficiente frecuencia seré una conductora estupenda más o menos fiable.

Cuando J. y yo lo dejamos, entré en la brevísima época de mi existencia en la que conduje el coche de mi madre. Época muy, muy breve porque a) tenía la moto, odio aparcar y siempre acababa prefiriéndola y b) mi hermano enseguida se sacó el carnet, después de haber dicho muchas veces "aprovecha ahora, que cuando yo tenga el carnet el coche ni lo vas a ver". De mi hermano no hablo mucho por cosas como ésta. Pero le quiero, ¿eh? Y es guay. El caso es que se sacó el carnet y yo decidí no meterme en riñas familiares y seguí utilizando la moto.

A día de hoy sigo sin coche, con más años que un gnomo, porque bueno, hay quien tiene padres que le regalan coches, o quien es más capaz de ahorrar que yo, o quien prefiere gastarse el sueldo en una letra en vez de en alquilarse un piso, o quien... bueno, quien prioriza lo de tener coche. Yo despliego diversas estrategias, como ir en moto hasta la parada del bus o hasta los coches de la gente cuando vamos a escalar, abonarme otra vez al maldito Portillo o, en su defecto, no ir a Málaga. Es para verme los domingos por la noche volviendo a casa en moto cubierta de magnesio, con el mochilón a la espalda y la cuerda en los pies.

Y ahora, mira tú por dónde, me voy a comprar una furgo. Suena una mezcla entre superadulto y superaventurero. Voy a ser muy, muy mayor cuando tenga mi propio coche. En mi mente voy a entrar en un mundo de fantasía donde viajaré a sitios sólo porque puedo o daré vueltas por las escuelas de escalada del mundo sobornando a la gente con galletas para que me aseguren (aunque eso es una mala estrategia, porque los escaladores no comen, y menos galletas). Y pondré la música que quiera y pararé a mear todas las veces que quiera, y por las noches también podré salir a mear cuando me apetezca sin que nadie me gruña (me estoy dando cuenta de que la mayor beneficiada del tema motor va a ser mi vejiga).

Bueno, chavales, ya os confirmaré cuando complete la transacción. Por cierto, el tour "me acoplé con mis lectores" del verano 2012 se plantea como una opción viable para las vacaciones. Yo sólo lo dejo caer.

domingo, 15 de abril de 2012

Más Cádiz

Que no es la mejor ciudad del mundo. Claro que no. Por mucho que digan los gaditas. Porque, para empezar, está en la puñetera esquina del mapa, mal comunicada con absolutamente todo, con peajes en todas las direcciones. Te abruma la agorafobia cuando no ves más que agua y marismas y marismas y agua, cuando tus ojos no tienen ni una mísera montaña donde fijar la vista. Hay sólo un Mercadona, a la gente la ahoga el paro, el puente de Carranza se atasca día sí y día no. Uno se desorienta dando vueltas por la bahía, cuando no hay levantazo hay ponientazo y muchas noches el viento entre los edificios no te deja dormir.

Me acuerdo de la primera noche que pasé en la ciudad cuando vine a buscar piso a casa de Erika. Escuchaba el levante aullar y me preguntaba qué coño pintaba yo aquí. Pensaba que me aterraría el viento y esa sensación de impermanencia que le da a todo. Y ahora es curioso lo mucho que todo esto tiene que ver conmigo. Porque Cádiz no es buena ciudad para prosperar económicamente, ni para la investigación, o la alta montaña, o la arquitectura puntera... o el periodismo, la moda, las comunicaciones y en general para casi nada que no sea el carnaval y los deportes de agua. Pero sí es una ciudad donde uno se puede reinventar un poco. A lo mejor soy yo y es la época que me ha tocado vivir aquí, pero siento a Cádiz como en otro plano de realidad: suspendida entre las marismas, permitiéndome ensayar la vida sin hacerme demasiado daño.

Hoy caminaba con el Kpot hacia un bar donde habíamos quedado para tomar un café con la gente del roco y el viento nos empujaba hasta que nos parecíamos a este señor. En los días de viento fuerte no puedes pensar bien: te limitas a sobrevivir, desorientado, y a intentar que no se te despeine demasiado el pelo. Enloquece el mar, se tambalean los coches, se levanta arena, y todo adquiere un tacto tan distinto a cualquier otro lugar donde haya vivido que es fácil creerse que las cosas no repercuten del todo.

Estoy contenta hoy. Mi reciente ruina económica está teniendo el efecto paradójico de hacerme más ligera. Creo que me había apegado demasiado a mis ahorros y a la supuesta seguridad que me daban. Ahora he decidido que bueno, que al final el dinero no es más que un instrumento y que lo importante cuando cambian las circunstancias es ser capaz de cambiar con ellas. Así que muy probablemente me compre una furgo en breve. Es pequeñita, pero yo también. Os la enseñaré cuando haya confirmado el trato. Y muy probablemente me mude a otra casa más barata o quizá a compartir piso.
Así que Cádiz, más que una ciudad, es un poco una experiencia. A ver cómo vivía yo hasta ahora sin saludar con un illooo prolongado o sin que el teclado predictivo de la Blackberry aprendiera la palabra cohone. A ver cómo vivía yo antes sin escalar. De verdad, todo es muy loco últimamente, pero es muy guay. Como si una especie de levante existencial me agitara de vez en cuando y me permitiera creer que muchas cosas son posibles.

jueves, 12 de abril de 2012

Cortesía bloguera y ciberprotocolo básico

Me preguntan por el formspring si es normal que no conteste comentarios o no visite/comente en blogs de gente que me sigue.

"Marina, ¿es habitual en tu blog que no contestes nunca a los que te siguen y te contestan a tus entradas? Y lo es también que no les devuelvas las visitas yendo a sus blogs? Soy novata en esto de los blogs pero yo creía que se funcionaba de otra manera..."

Primera puntualización: ¿cómo que no contesto NUNCA? ¡No contesto siempre, pero muchas veces sí! Lo intento :D Lo que pasa es que hay días que me da pereza y otros que no. Sé que sería un detalle por mi parte responder a vuestra amabilidad pero, por otra parte, ¿no son vuestros comentarios una respuesta a mi post? Mi parte es escribir y esa ya la cumplo. Me gusta pensar que responder además comentarios es un plus. Intento, no obstante, contestar a las preguntas que se me hacen directamente o a los mails que se me envían. Pero responder todos los días uno por uno toma más tiempo del que parece y a veces sencillamente es demasiado.

En cuanto a visitar blogs porque la persona me siga o me comente o, más aún, comentar en esos blogs... pues bueno, a veces lo hago y a veces no. A veces no leo ni a los blogueros que tengo enlazados en la barra lateral. A veces tengo tiempo, a veces me apetece, otras prefiero leer libros o blogs sobre otros temas. A veces os leo y no comento; de hecho, casi nunca comento en ningún blog a no ser que verdaderamente tenga algo que decir. De nuevo: en ocasiones hago el esfuerzo, porque sé que mola encontrar comentarios, pero es que la vida ya está demasiado llena de cosas para las que tenemos que esforzarnos y echarle voluntad como para andar forzando lo que se supone que hacemos por placer.

A mí me gusta escribir y me gusta que me lean. No escribo para que me comenten, pero me gusta que me comenten siempre y cuando el que lo hace no se sienta obligado ni espere nada a cambio de mí. No cambio enlaces por enlaces ni comentarios por comentarios. Hay quien funciona así en la blogosfera, pero para mí no es ésa la función de este rinconcito. Lo siento por los que os podáis haber sentido ignorados o desatendidos en algún momento. Seguro que se me han quedado cosas importantes sin responder o incluso mails colgados por ahí. Hay una lectora de Cádiz con la que llevo queriendo quedar un mes y, sencillamente, la vida me atropella.

Hay gente sistemática, competente, capaz de hacer las cosas bien todo el rato; gente que al llegar la noche ha marcado con un aspa todos los ítems de la lista de tareas por hacer. Gente que limpia las juntas de las baldosas y que calcula de antemano sus ingresos anuales para que el gobierno no le reclame de repente miles de euros. Seguro que esa gente responde de inmediato todos los comentarios, mails y llamadas del mundo. Yo no. Yo, como decía Robert Fulghum en "Todo lo que necesito saber lo aprendí en el parvulario", voy por la vida como si persiguiera pollos en un corral enorme. Y algunos se me escapan. Pero bueno, yo qué sé: escribir escribo, y creo que eso es lo importante.

Y con esta aclaración, me despido hasta mañana. Que tengáis un feliz viernes, lleno de ilusión y de planes bonitos. Todo lo dicho no quita que me encante saber que estáis ahí.


EDITO, porque a la luz de los primeros comentarios no sé si se ha entendido bien el post. Yo no estoy enfadada, en absoluto, ni pienso que la pregunta de la lectora esté fuera de lugar. Para nada. El tono es muy respetuoso, y creo que efectivamente no me está acusando, sino preguntando cómo van las cosas por aquí porque no lo tiene claro. Como dice Rorschach, nos acostumbramos a las redes sociales y cierta reciprocidad y podemos creernos que los blogs funcionan igual. Lo que pasa es que no me gusta pensar que alguien pueda creer que paso del asunto o que no me importa, porque sí que lo hace. Sé que lo que ha expresado esta chica puede estar compartido en mayor o menor medida por otros lectores, y por eso he sentido la necesidad de aclararlo. Que probablemente no hacía ni falta. Pero no me he sentido acusada ni atacada, y no es mi intención tampoco acusar ni atacar a nadie.

Y ya os dejo, que me voy al curro :D

miércoles, 11 de abril de 2012

Poesía económica V: elegía de pena y ruina

¡Renta de emancipación,
me la has jugado a traición
y lo que antes fue alegría
es ahora desolación!

Mis ingresos anuales
mal había calculado
y por culpa del despiste
del límite me he pasado.

Me enfrento a la interrupción,
la total devolución,
a una denuncia de Hacienda
y una posible sanción.

Ya no habrá furgo, ni máster
ni más zapatos divinos;
sólo pipas, autobuses
y alpargatas de los chinos.

¡Qué injusta esta vida perra!
Que ni a Camps ni a Urdangarín
les castigue la justicia
y sí me castigue a mí.

Si el Señor me manda esguinces
y me quita los ahorros
al menos voy a pedirle
que me busque un buen maromo.

Menos mal que los amigos,
las sonrisas y los besos,
las escalada y la escritura
no se compran con dinero

¡Renta de emancipación
me enseñaste una lección:
cuando no tienes cabeza
al final te cae el marrón!



PD: ¿¿¿¿¿Por qué c**ones me sale publicidad en el post?????????? ¿¿¿Alguien lo sabe???? Lo que me faltaba hoy, vamos :/

martes, 10 de abril de 2012

Diario de primavera


Creo que ya os conté que al final decidí omitir que Paul Auster está gagá y comprarme su último libro. Que ha venido a confirmarme que Paul Auster está gagá. O bueno, más que gagá: está triste. Tiene sesenta y cuatro años y se da cuenta de que a su vida cada vez le queda menos. Reflexiona sobre su cuerpo de forma a veces un poco extenuante. Reflexiona sobre el amor. Es curioso que haya escrito todo el libro en segunda persona. Aunque al principio resulta raro, después uno se acostumbra. El efecto introduce cierta distancia: da mucho menos miedo escribir en segunda persona que escribir en primera. Confirma mi idea de que PA está bastante triste y eso me da pena a mí también.

A mí me gusta mucho PA, pero quizá no tanto como pensaba. Quiero decir, que sus libros son muy buenos, que el tío escribe muy bien, con esa fluidez que hace que parezca que bebe agua. Pero son libros fríos. No recuerdo a sus personajes con calidez. Sus historias son brillantes, imaginativas, redondas, pero creo que ninguna me ha calado con profundidad. Lo que me da pena de que esté tan triste es que bueno, él es un triunfador. Ha conseguido un éxito de crítica y público. Ha encontrado el Amor, con mayúsculas; en el libro está tan enamorado de su maravillosa mujer Siri Hudsvedt que dan ganas de escupirles. Una esperaría que al final de una vida así el autor sea capaz de exhalar cierta plenitud, cierta satisfacción o, por lo menos, un poco más de alegría. Que toda una vida llena de amor y escritura no conduzca a una vejez moderadamente feliz hace pensar.

Supongo que el tema es que cuando uno sabe que la película acaba bien es porque la película está terminando. Después de escribir ayer sobre el miedo, resulta que me he pasado todo el día nadando en el pánico por un posible desastre económico al que ya le escribiré una poesía si al final se confirma. No es miedo a perder el dinero, que al fin y al cabo lo tengo y no es lo más importante del mundo. Es miedo a la inseguridad, la inestabilidad, la dificultad para hacer planes de futuro. Miedo a no saber por dónde tirar cuando acabe el PIR ni cómo acabarán las cosas. El mismo miedo a que algo dentro de mí esté profundamente mal y por eso no sea capaz de conseguir el amor, o por lo menos la atención, de la gente a la que a mí me gustaría dedicar mi amor y mi atención. El tema es que el miedo está ahí porque la película todavía tiene mucho que decir. Se está configurando la trama, se perfilar los personajes, avanza la acción. Pero a veces me gustaría encontrar un botón de fast forward, tirar hacia adelante y saber que todo va a salir bien. Incluso aunque sepa a ciencia cierta que salir bien no quiere decir absolutamente nada.

Y por otra parte... ya os digo: la vida de Paul Auster y cómo él percibe que se acaba, y lo triste que debe de ser eso cuando te has pasado tantos años dedicado a contar historias, a escuchar historias, porque si te gustan las historias es porque el mundo te gusta mucho mucho. A mí la vida me gusta mucho. En la muerte pienso a veces cuando me despierto de la siesta, no sé por qué. Pienso en ella y lo que me viene a la mente es que no quiero morirme, de verdad, que no quiero morirme. Porque pensadlo: esa sensación de que realmente te queda poco más en este bonito planeta, que eso de creer que ibas a durar siempre era una mentira que te contaba tu coco y, sobre todo, que las cosas interesantes y bellas van a seguir sin ti. Mi padre me dijo hace algún tiempo que cuando muera quiere que ponga sus cenizas en el salón de casa. "A mí no me tiréis al mar ni ninguna tontería de esas. Yo quiero estar en el meollo, enterarme de las cosas que pasan".

Así que al final hoy ha sido un día de tener un poco de miedo. Al colapso económico, a la inseguridad, a la terrible certeza de que en vez de escribir y escalar como si no hubiera un mañana debería estar preparando la tesis, apuntándome a masters y haciendo cosas de provecho. Pero luego pienso en PA y en que él ya sabe que las cosas salen bien en la historia de su vida, pero al mismo tiempo está viviendo el equivalente existencial de mirar preocupado cómo se le acaban las páginas a una novela que te gusta mucho. En lo que a mí respecta, nada de masters, por ahora. Hace algún tiempo leí algo como "cree en lo que amas, sigue haciéndolo y te llevará a donde quieras ir". Yo amo esto. Escribir, quiero decir. Amo la vida que llevo ahora. Pienso en el fast forward y bueno, la verdad es que le quitaría bastante emoción al asunto. E intento encontrar la alegría en esa emoción. En la intriga de no saber cómo va a terminar esto. En la creencia moderadamente optimista de que a este libro que es mi vida le quedan todavía muchas, muchas páginas.

lunes, 9 de abril de 2012

Marruecos (I)

Yo frente a la pared del Caiat, en pleno momento de desesperación escaladora después de tres días de lluvia


Mi padre se montó en una montaña rusa por primera vez cuando yo tenía diez u once años y él unos cuarenta. Hasta entonces, todo lo que le habían dicho en su vida era que el mundo es peligroso. Que las cosas dan miedo. La montaña rusa era el Space Mountain, en Eurodisney. Desde entonces le cogió el gusto al asunto y nos montamos juntos en el Dragón Khan de Port Aventura, en el Superman y Batman de la Warner y en el Jaguar de Isla Mágica. Ya hemos dejado de visitar parques temáticos juntos y a lo mejor su hipertensión le impediría subirse otra vez, pero creo que disfrutó mucho en el periodo en que pudo ejercitar su valentía bajo las firmes abrazaderas de la montaña rusa.

De pequeña las historias de miedo me daban mucho miedo. Mi imaginación siempre ha sido peor que la realidad, y veía con tanta claridad las imágenes que me contaban que me pasaba las noches de campamento sin poder dormir. Imaginaba a la Dama Blanca saliendo de las aguas del Sella cuando acampamos en Asturias, y a la Monja Petra arrastrando su cojera por un antiguo convento de la sierra de Málaga. Con diez años decidí que se me iba a quitar el miedo y me dedicaba a leer libros de terror y a pensar en las escenas por la noche hasta que perdían su poder.

Lo que quiero decir con todo esto es que yo no soy valiente. Soy cabezona. Y últimamente se me ha metido en el coco la idea de intentar vivir sin miedo. De pensar que todo va a ir más o menos bien y confiar en el proceso. En ese sentido, los viajes son una prueba, porque me aterra la falta de control que supone. Tú en un país extraño, en una cultura que puedes o no puedes entender, y el mundo entero esperando para lanzarte sus garras.

Supongo que uno va haciendo cosas en su vida a medida que se le van planteando. Por eso yo a los veintiuno me sentaba diez días en silencio a meditar e intentar mirarme la mente por dentro y ahora, con veintiséis, tengo ganas de salir a mirar el mundo. Este viaje he tenido la sensación de entender por fin el tema. Lo que significa estar en otro lugar y dejarse empapar por él. Miraba por la ventana de la furgo las calles de Tánger, las chicas saliendo del instituto con el pelo escondido bajo el hiyab, los niños jugando al fútbol en las plazas. Las mujeres de Chaouen caminando por la carretera, dobladas bajo los fardos de hierba; las furgonetas llenas de chicos que asomaban por las ventabas, se colgaban del techo y te gritaban cuando te veían escalar. La sensación tan extraña de pensar: aquí está esta gente, con su vida, sus sueños, sus problemas, existiendo lo mejor que pueden, y aquí estoy yo, tan pequeña y tan poco importante.

Escalar allí también ha sido una experiencia. Hemos trepado poco por la maldita-maldita lluvia, pero los dos días que nos ha prestado Alá han sido impresionantes. No sólo por las preciosas paredes, el paisaje, la calma, la experiencia de estar un día haciendo turismo en la ciudad y al siguiente escuchando el silencio desde la terraza del refugio. También por lo que supone ponerse el arnés, colgarse las cintas, agarrar tu cuerda y decir: "píllame ahí que voy a montar esa vía". Lo que quiere decir que te vas a enfrentar a una vía extraña en un país extraño en un continente extraño. Una vía que no has probado nunca ni tus amigos tampoco. Le vas a poner tus seguros, te vas a caer si es necesario y vas a apañártelas para terminarla, porque luego tienes que descolgarte, recoger tu material e irte a casa.


Montando "Rastafari", 6a+


La escalada como camino para sobreponerte al miedo. El primer día estaba trepando de primera en un 6a, que es más o menos el grado que puedo hacer con comodidad. El último seguro estaba justo después de un desplome con una repisa debajo que daba bastante miedo. El agarre era muy bueno, pero si se te iba había que considerar las posibilidades de darte un carajazo contra la repisa. En esos momentos... bueno, en esos momentos tienes que saber gestionar el riesgo. Ahí el miedo es un aviso. Oye, que esto no es cualquier cosa. Que te puedes hacer daño. Entonces tú evalúas tus fuerzas y las posibilidades que tienes de salir victorioso, tomas una decisión y tiras adelante.

Hice el paso, apreté, se me fue un pie. Me quedé colgando de un brazo; el izquierdo, concretamente. Aguanté, junté manos, apoyé el pie, chapé la reunión, terminé la vía. No tiene más importancia. Es un paso, y tampoco era tan difícil. Pero soy yo: veintiséis años de niña dando vueltas por la tierra, descendiendo de generaciones y generaciones de gente con miedo. Soy yo tapándome los oídos con nueve años para no escuchar las historias de miedo, soy yo imaginándome cómo se sentiría uno al estar boca abajo antes de subirme al Dragón Khan. Soy yo intentando desesperadamente confiar en que la vida va a ir como tiene que ir y en que mis brazos, concretamente el izquierdo, van a ser capaces de sostenerme. Que para eso entreno en el roco como una chalada. Sólo es un paso, pero es muy importante.


El paso en sí


Colocada para chapar con los ovarios de corbata


Así que me vengo contenta, contenta, contenta de Marruecos. Creo que he crecido. He podido ver un pedazo de planeta que desconocía. He podido confiar, conocer, atreverme, ensayar vías y ensayar vida. Pensaba en lo inusitadamente guay que es viajar para escalar y escalar en general. Ayer me desperté a las siete de la mañana en una tienda, justo delante de la pared del Caiat. El sol se asomaba por uno de los extremos del valle y había un silencio brutal. Miraba la furgo, la tienda, las figuras dormidas de mis amigos, mis manos arañadas y pensaba la de roca que hay en el mundo y bueno, la de mundo que hay en el mundo. Y me sentía, de verdad, me sentía como si me hubiera tocado la puta lotería. Así.

En fin. Lo voy a dejar aquí, porque vaya espesor para escribir el post, que llevo dos horas, la madre que me parió. Quizá mañana escriba más sobre el viaje; quizá no. Esto era lo que me pedía hoy el cuerpo.

Calavera no chilla

Acabo de llegar a mi casa. Estoy tan cansada que no tengo claro si sigo viva. Tengo un post de mil millones de páginas escrito en mi cabeza, pero tendrá que esperar a mañana. Resumiendo: muy muy muy muy muy muy bien. Los viajes de escalada son el futuro. Lloro por dentro por haber tenido que volver ya en lugar de poder quedarme allí otra semana trepando, bebiendo té con hierbabuena y comiendo cuscús.

Aun así, quería escribir unas palabras para desearos una feliz y poco traumática vuelta a la rutina. Pensad en mí durmiendo cinco horas antes de irme a escuchar locos a una Unidad que estará ovebooking después de las vacaciones. En este viaje he aprendido una expresión: calavera no chilla. Algo como que si te vas de fiesta una noche no te quejes a la mañana siguiente por tener sueño. Que te quiten lo bailado. Así que me voy a dormir entre el agotamiento y la risa, aprovechando para deciros desde aquí, calaveras de lunes, que no chilléis ante la pavorosa rutina si, como yo, habéis pasado los últimos días sonriendo desde la blancura de vuestros dientes de hueso.

martes, 3 de abril de 2012

Las pasiones son pasiones por algo

La gente es curiosa.

Todas las mañanas bajo a desayunar con los compañeros de la Unidad. Es como una coreografía bien aprendida: un adjunto paga (se van turnando) y un residente pide (también nos turnamos). Como el bar es medio self-service, hay que coger las cucharillas, platos, azúcar/miel/sacarina y relleno para las tostadas. Alguien va a por vasos de agua para todos. Nos sentamos siempre en la misma mesa. En ese contexto, yo he tenido el atrevimiento de ¡oh! variar cada cierto tiempo lo que pido para beber. Qué queréis que os diga. A veces me apetece una cosa y a veces otra. Allí todo el mundo tiene SU bebida, que es como su huella dactilar, y cuando decido atrevidamente cambiar mi menta poleo por un descafeinado de máquina, me miran con reprobación.

Otra cosa que pasa con los humanos es que frente a una oferta variada de estímulos más o menos reforzantes, tendemos a consumir una cantidad proporcional según el placer que nos producen, incluso aunque nos gusten más bien poco. Ejemplo: mesa de restaurante con raciones de jamón de pata negra, lomo ibérico, salchichón de Málaga y queso. Ordenados así en función de cuánto me gustan a mí, Marina. En lugar de cebarnos a jamón y pasar del queso, tenderemos a comer proporcionalmente de cada cosa, incluso si el queso nos la refanfinfla, como es mi caso desde que me pasé dos años de vegetariana comiendo queso en todos los restaurantes del mundo.

¿A qué viene esto? Pues a que estaba yo esta mañana sentada en la mesa bebiendo mi café subversivo y hablando del viaje de mañana. Y oye, es curioso, porque a la gente le parece bien que escales, pero le raya que sólo escales. El MIR (que es amor) y mi psicólogo adjunto, que también es muy majo, estaban empeñados en que yo, además de escalar, debería hacer algo más. Como senderismo. Y bueno, yo qué sé, qué queréis que os diga. El senderismo me gustaba bastante cuando no había probado la vertical. Ahora mismo se me hace un poco como el queso de los deportes de naturaleza.

Yo entiendo que sea difícil empatizar con mi entusiasmo escalador. Pero es que escalar es jamón de pata negra. No es nada aburrido. Es el antiaburrimiento. "Es que hay que hacer de todo", me dice el MIR. Y yo me pregunto ¿por qué? ¿quién ha dicho eso? Si algo te gusta, haz eso. Si te gusta y no haces daño a nadie, ¿por qué no aprovechar? ¿Por qué no profundizar y apasionarte con algo? Quién sabe; igual un día te escoñas y ya no puedes escalar, y entonces tendrás todo el tiempo del mundo para ir al cine, tomar cañitas e incluso hacer senderismo, líbreme el Señor. Es como si diera miedo la idea de que una persona pueda estar verdaderamente absorta o implicada en algo; como si al no compartir esa pasión, temiéramos quedarnos fuera.

Todo esto os lo cuento porque estoy ridículamente emocionada ante la perspectiva de irme de viaje escalador mañana. Claro que hay muchos tipos de viaje, igual que hay muchos tipos de vida, pero llega un momento en que uno tiene que elegir. Porque el tiempo en la tierra es limitado y tenemos suerte si encontramos algo que amamos de verdad. Y porque bueno, la operación bikini está en marcha, las lorzas amenazan y, la verdad, es tontería desperdiciar calorías con el aburrido queso teniendo al lado un buen plato de jamón de pata negra.

Si alguien me necesita en estos días, estaré aquí.

lunes, 2 de abril de 2012

Besos que fueron y no fueron (II)

A veces, cuando estoy como ahora enfrente del portátil pensando sobre qué escribir, me pongo a observar los objetos que me rodean. Lo que es una estrategia absurda, porque siempre son más o menos los mismos y no me dan muchas ideas. Los mismos libros sobre la estantería, los mismos pintaúñas tirados sobre la mesa, objetos variados que no están donde deberían (la sal de cocina, un martillo, la cámara de fotos); todos ellos sin mucho potencial para la evocación.

Llevo unos cuantos días, sin embargo, en que me fijo en el libro ilustrado que me compré hace unos meses, "Besos que fueron y no fueron". Me da por pensar en cierto tipo de besos que tienen cara y cruz, como las monedas. Los besos que primero no fueron y después fueron, o viceversa.

El beso que no fue: estamos sentados en un bar irlandés de la Malagueta, bebiendo Guinness. Charlamos mucho, como siempre; nos reímos, nos ponemos serios, nos metemos el uno con el otro. En un momento dado, él me pide un beso y yo me niego, no recuerdo exactamente por qué. Creo que llega a acercarse a mí, temeroso, y que yo le hago un principio de cobra mientras intento suavizarlo con una sonrisa.
El beso que fue: horas más tarde estamos en su casa, en la cocina, a oscuras. Sus padres ven la televisión en el salón y yo he entrado a beber agua antes de marcharme. Entonces le veo de pie frente a mí en la penumbra, clavándome los ojos oscuros y redondos, mortalmente serio, y le digo que nunca me ha parecido bien negar un beso, y nos besamos de una forma total, absolutamente absorta en el presente. Nunca fue un gran besador, pero esa vez es perfecta y redonda como una moneda brillante.

El beso que no fue: llevamos lo que parecen horas tumbados en este colchón. Deberíamos estar durmiendo hace rato, pero tenemos los ojos abiertos como platos en la oscuridad. Él me acaricia la oreja y la nuca con la punta de los dedos mientras me cuenta historias que se está inventando acerca de unos monstruos salvajes que viven en un jardín lejano. Entonces me doy la vuelta, le miro y sé que estoy poniendo cara de pena cuando se inclina hacia mí y yo suelto un "no puedo, no puedo", mortal de doloroso, casi heroico.
El beso que fue: meses más tarde, me ha acompañado a hacer la mudanza a mi casa nueva, y esta vez sí que puedo y además sí quiero. Pero se hace el remolón, como el niño que cuando ha conseguido un juguete ya no tiene interés por él, así que soy yo quien tiene que acercarse desde detrás literalmente de rodillas mientras él descansa tumbado en el sofá del salón. Miro fijamente a su cara del revés y recuerdo cuando de niña jugaba con mi hermano a tapar el resto de la cara, dejar sólo la boca e imaginar que la barbilla era la nariz, y la gracia que nos hacía aquel rostro invertido y siniestro. Se resiste un rato, hasta que al final se da la vuelta y me besa, y besa tan bien tan bien que lo único que tengo claro es que seguramente lo ha hecho demasiadas veces.

El beso que no fue: llevamos un siglo buscando por las callejuelas del centro un bar que él recuerda de su primera época universitaria. Si no está en esta calle nos vamos, en serio, me promete; al final está en esa calle, así que no nos vamos. Tomamos cerveza y hablamos sin parar; cuando estamos juntos nunca nos hace falta nadie. Entonces yo miro dentro de sus pestañas espesas y oscuras, a esos ojos que siempre le dije que eran del color del toblerone, y nos reímos, y seguro que tenemos las pupilas dilatadas. El caso es que le rodeo el cuello con las manos y tiro con energía, y él se resiste todavía con más energía, nos puede ver alguien, y yo persisto en el intento y al final me enfado un poco.
El beso que fue: delante de mi portal, me pide perdón. Me dice que debo entenderlo. Yo me meto las manos en los bolsillos, hundo la mirada, giro hacia dentro la punta de mis botas. Te queda muy bien esa falda, dice. Y me besa, no sin antes mirar a los dos lados de la calle como un cazador furtivo, y yo debería negarme, pero qué queréis que os diga; cuando se trata de los besos que me deben no sé guardar rencor.

Pienso en el karma de los besos. Parece como si te devolvieran un beso por cada uno que te niegan, o como si por cada uno que niegas tú hubiera luego alguien que te quita la boca. Me pregunto si habrá un espacio donde se quedan los no besos: ¿dónde están los besos que me debes? se pregunta el Rober en "A fuego". En una cajita, responde luego, y ahí me los imagino yo. Todos los besos que no fueron, porque éramos cobardes o estúpidos, porque pensábamos que tendríamos todo el tiempo del mundo para besarnos, porque nos dio miedo quedarnos demasiado rato enchufados al puerto USB de la boca del otro, no fuera a ser que absorbiera nuestros datos y nos dejara secos, fundidos. El problema del contacto verdadero es que uno tiene que abandonarse, y como en los relatos donde se sale del cuerpo, lo que da un miedo verdadero es la posibilidad de no ser capaz de entrar luego otra vez.

¿Dónde están los besos que me debes? Ojalá pudiera reclamártelos. Mandarte detrás al cobrador del frac y exigirlos; decirte que son míos, que me pertenecen. Pero sería mentira. En realidad esos besos son tuyos y se los regalarás a quien tú quieras. Y mientras yo estaré aquí, enrarecida, pensando en esa cajita hipotética donde el karma guarda todos los besos no dados que me pertenecen. Custodiándolos como los objetos robados en la comisaría. Negándomelos por una razón que no alcanzo a entender muy bien.

domingo, 1 de abril de 2012

El Scherezadismo sentimental

Me llama mi padre mientras estoy comprándome un libro en Plastilina, una papelería-librería de la Avenida que por casualidad está abierta hoy domingo a las casi dos y media de la tarde.
- ¿Qué haces, pitufa?
- Aquí estoy, comprándome un libro.
- ¿Y eso?
- No sé, no tenía nada para leer, he visto la papelería abierta y he entrado.
- ¿Qué te has comprado?
- Lo último de Paul Auster.

En efecto; a pesar de decir hace poco que creo que PA está gagá, la señora de la tienda me estaba presionando porque iban a cerrar y he acabado apostando por él. Que quizá pueda defraudarme, pero seguro que no mucho-mucho.

Con los libros, me dice mi padre, pasa como con la droga: cuando la necesitas te llevas lo que te ofrecen. También dice que él no se va a comprar lo último de PA porque desde que se está haciendo viejo le deprime mucho. Le entiendo cuando abro el libro tirada en el sofá de mi casa y leo la primera frase: "Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona en el mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro".

Ahí está: la vejez resumida por Paul Auster en cuatro frases escasas. Imagino que a mi padre le tiene que sonar demasiado. Imagino que a lo mejor para mí, desde mis veintiséis años femeninos y sólo moderadamente destruidos, es más sencillo tolerar que un señor te hable con crudeza de lo que significa hacerse viejo.

"Sin duda eres una persona precaria y dolida, un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo (¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?)." Precaria y dolida; me parecen dos adjetivos bien escogidos, muy precisos. Sé lo que es sentirse así. He pasado el fin de semana escribiendo, más o menos; tengo que pillar continuidad literaria, aguantarle el pulso a mi libro y ser capaz de pasar más tiempo sentada frente al escritorio sin abrir en Facebook, pero no me quejo. No sé si escribir está correlacionado con ser una persona precaria y dolida. Intento que no lo esté, pero yo misma he dicho varias veces eso de estar roto en un sentido básico de la palabra.

Me he atascado. Estoy cansada y tengo ganas de meterme en la cama. Pienso en lo que me comentó ayer el señor M.: algo como que cuando me lee es como si le estuviera hablando. Me ha gustado tanto la frase que la he apuntado en una de mis recién adquiridas fichas para ideas literarias. No sé por qué: me ha resultado un elogio encubierto. Es bonita la idea de que alguien te hable despacio todas las noches. A veces, no sé si lo sabéis, me siento como Scherezade, la de las Mil y una Noches. Siempre me gustó ese personaje, narrando sin parar un día detrás de otro para salvar la vida. Aunque siempre he creído que salvar la vida era un beneficio secundario; que lo que de verdad quería ella era mantener a su audiencia.

Últimamente siento que estoy perdiendo fuelle. Al mismo tiempo, siento que debo seguir escribiendo a diario. Es la única forma de que de vez en cuando salgan cosas bonitas, en medio de mareas y mareas de autocompasión y vueltas sobre los mismos temas. Lo veo a menudo en los blogs ajenos: una dice "ya está otra vez con lo mismo", y de repente sorprende un trozo de emoción reluciente, de los que te hace pensar: oye, pues la vida mola si uno tiene la oportunidad de sentir esto. Así que sigo escribiendo, a pesar de sentir esa pérdida de fuelle, o de chispa, llámalo X. No sé si vosotros lo notáis, pero bueno; aquí estaré. Aunque a veces relea los post y me produzcan sólo un encogimiento indiferente de hombros. Aunque nadie vaya a cortarme la cabeza a la salida del sol.