Estoy sentada en la cocina de Saeed, tomándome un vaso de leche gigante de una botella gigante. Qué americano. Saeed y otras dos couchsurferas mexicanas duermen la resaca en una combinación inverosímil de camas, futones y moquetas.
Saeed es hospitalario hasta límites preocupantes. Cuando llegamos ayer a su casa, me señaló una cama de tamaño gigante y me dijo: "that's for you. Get crazy. I'll sleep in the floor." Resulta que se había confundido de día y pensaba que yo llegaba el mes que viene, así que había ofrecido su casa a las dos mexicanas. Al darse cuenta del error, no quiso cancelar y había decidido asignarse la moqueta.
Yo podría haber dormido en la moqueta sin problema; a esas alturas del viaje, podría haber dormido de pie. De hecho, en el camino en bus desde el aeropuerto vi una fábrica gigante de colchones y tuve una alucinación en la que yo dormía en todos ellos, saltando alegremente de uno a otro en un frenesí del descanso.
Al llegar a casa, Saeed y las dos mexicanas, Fabiola y Annalissa, empezaron a ponerse tibios de vodka con RedBull de arándanos, con la idea de quemar la noche denverina. Yo brindaba con leche. Saeed tiene 21 años y hace algo así como currar de mecánico y estudiar derecho (¡qué americano!) y es, en serio, preocupantemente amable. Me busca el horario de bus de mañana, me da la clave de su wi-fi y me explica que todo lo que hay en esta casa es mío y que, por favor, no se la queme.
Una de las mexicanas sucumbre al brebaje morado y cae en coma sobre el otro colchón. "Es la altura - me explica su amiga -. Aquí te emborrachas con mucha facilidad". Venga ya; como si no la hubiera visto beber brebaje morado sin respirar hace cinco minutos. Pero me hace gracia esta gente. Son como la mutación americana de un estudiante granadino de primer año. "Me encanta couchsurfing y me encantáis vosotras", exclama Saeed, poniéndose otra copa. Luego me pide otra vez que no le queme la casa y se va de fiesta con la mexicana consciente que, en mi opinión, le quiere dar bambú.
Ahora estoy haciendo tiempo hasta que salga el bus para Boulder. La idea es que Pablo me recogerá allí y nos iremos a escalar del tirón, viva y bravo. Hace un hermoso día en Colorado, y se ven las montañas cubiertas de nieve detrás de la ciudad. Yo estoy muy contenta.Es difícil explicar la sensación de estar aquí, porque todo es parecido pero distinto, y como el efecto peli es innegable, a una le parece que le hubieran metido por sorpresa en un parque temático. Pero mola. Estoy lejos de todo y lista para ver qué pasa. Me gusta estar en la Dimensión Desconocida.
Seguiremos informando.
domingo, 28 de abril de 2013
CACP II: desvaríos interestatales
(Nota: al final no conseguí publicar esto en el avión, así que ahora mismo estoy en casa de Saeed, alucinando después de 25 horas sin dormir. Ya os contaré más sobre él, que está muy loco. Lo importante es que he llegado sana y salva a Denver, ¡viva!)
¡Lo he conseguido! ¡Estoy en América!
Es raro, las cosas como son. La Dimensión Desconocida se parece preocupantemente a la vida real. Quiero decir, que hasta ahora es ciertamente como en las pelis, pero tiene textura de vida real, como si alguien hubiera montado un parque temático en Madrid.
He comido en un asiático en el aeropuerto. Tofu con brócoli y agua purificada de los profundos pozos de Maine a la que le han añadido minerales "para dar sabor". ¡Qué americano!
No puedo juzgar un país a partir del aeropuerto de Filadelfia, y además mi cerebro está en modo "en mi país ya son las doce de la noche y no entiendo qué hace todavía el sol por aquí". Qué puedo decir. La gente es de momento más bien simpaticota. Un señor me ha golpeado levemente con su maleta al pasar, se ha parado, se ha dado la vuelta y me ha preguntado si estaba bien con una preocupación muy profunda. Qué salao.
Ahora estamos cruzando el país y tengo... No sé cómo se llamaría... ¿Interiorfobia? Nunca había estado tan lejos del mar. Imaginar tanta tierra alrededor me da un poco de angustia. Quizá sea absurdo.
Querría escribir cosas profundas, pero no me sale. Es que todo es raro. Quiero dormir. De repente me siento un poco sola. No sola como aburrida, sino sola como desconectada. Esto de experimentar directamente lo grande que es el mundo y la de gente que hay en él me trilla un poco el cerebro. ¿Sentimiento viajero o pródromo psicótico? Lo iremos descubriendo a medida que avanza el viaje.
Por lo demás, mis planes para esta noche son poco ambiciosos. He contactado vía CS con un denvereño llamado Saeed, que se ofreció a alojarme cuando publiqué que necesitaba pasar allí la noche. La gente es maja con alevosía. Si todo va bien y al final de este viaje no me ha descuartizado nadie, creo que estaré tan agradecida que alquilaré una casa con dos habitaciones y dedicaré una sólo a alojar couchsurfers.
Creo que ya lo comenté hace un par de posts, pero no sé hasta qué punto estoy en modo viaje. Porque ya lo he dicho: mis neuronas apoptosan, el jetlag me abruma, Muertelandia casi acaba conmigo y ahora me vengo a aventurear durante 22 días. ¿Cuál es mi problema? En este momento, por ejemplo, me da una pereza horrible pensar que tengo que llegar a Denver, buscar la manera de llamar a Saeed, encontrar el autobús, no perderme por Denver, encontrar a Saeed, dormir, despertar, ir a Boulder y escalar. La virgen. ¿Es esto necesario? A lo mejor no sirvo para la vida viajera. Quizá sólo sirvo para quedarme en casa muy tranquilita.
En vista de que estoy empezando a desvariar, me voy a tirar a escuchar música. No sé si dormir un poco sería mejor o peor para mi sistema nervioso. A lo mejor debería haberme tajado y fingir que estoy aguantando despierta toda la noche porque voy de fiesta. Y tomar churros al llegar a Denver.
(Insisto: desvarío)
¡Lo he conseguido! ¡Estoy en América!
Es raro, las cosas como son. La Dimensión Desconocida se parece preocupantemente a la vida real. Quiero decir, que hasta ahora es ciertamente como en las pelis, pero tiene textura de vida real, como si alguien hubiera montado un parque temático en Madrid.
He comido en un asiático en el aeropuerto. Tofu con brócoli y agua purificada de los profundos pozos de Maine a la que le han añadido minerales "para dar sabor". ¡Qué americano!
No puedo juzgar un país a partir del aeropuerto de Filadelfia, y además mi cerebro está en modo "en mi país ya son las doce de la noche y no entiendo qué hace todavía el sol por aquí". Qué puedo decir. La gente es de momento más bien simpaticota. Un señor me ha golpeado levemente con su maleta al pasar, se ha parado, se ha dado la vuelta y me ha preguntado si estaba bien con una preocupación muy profunda. Qué salao.
Ahora estamos cruzando el país y tengo... No sé cómo se llamaría... ¿Interiorfobia? Nunca había estado tan lejos del mar. Imaginar tanta tierra alrededor me da un poco de angustia. Quizá sea absurdo.
Querría escribir cosas profundas, pero no me sale. Es que todo es raro. Quiero dormir. De repente me siento un poco sola. No sola como aburrida, sino sola como desconectada. Esto de experimentar directamente lo grande que es el mundo y la de gente que hay en él me trilla un poco el cerebro. ¿Sentimiento viajero o pródromo psicótico? Lo iremos descubriendo a medida que avanza el viaje.
Por lo demás, mis planes para esta noche son poco ambiciosos. He contactado vía CS con un denvereño llamado Saeed, que se ofreció a alojarme cuando publiqué que necesitaba pasar allí la noche. La gente es maja con alevosía. Si todo va bien y al final de este viaje no me ha descuartizado nadie, creo que estaré tan agradecida que alquilaré una casa con dos habitaciones y dedicaré una sólo a alojar couchsurfers.
Creo que ya lo comenté hace un par de posts, pero no sé hasta qué punto estoy en modo viaje. Porque ya lo he dicho: mis neuronas apoptosan, el jetlag me abruma, Muertelandia casi acaba conmigo y ahora me vengo a aventurear durante 22 días. ¿Cuál es mi problema? En este momento, por ejemplo, me da una pereza horrible pensar que tengo que llegar a Denver, buscar la manera de llamar a Saeed, encontrar el autobús, no perderme por Denver, encontrar a Saeed, dormir, despertar, ir a Boulder y escalar. La virgen. ¿Es esto necesario? A lo mejor no sirvo para la vida viajera. Quizá sólo sirvo para quedarme en casa muy tranquilita.
En vista de que estoy empezando a desvariar, me voy a tirar a escuchar música. No sé si dormir un poco sería mejor o peor para mi sistema nervioso. A lo mejor debería haberme tajado y fingir que estoy aguantando despierta toda la noche porque voy de fiesta. Y tomar churros al llegar a Denver.
(Insisto: desvarío)
CACP I: desvaríos transoceánicos
Llevo un rato tratando de meditar en el avión Madrid-Filadelfia sin conseguirlo en absoluto. No creo que tenga que ver (sólo) con que tengo la capacidad de concentración de una medusilla; es que estoy tan emocionada que no doy para más.
Hace cuatro meses que Pablo y Jenna vinieron a Madrid para coger el avión hacia EEUU. Quedamos en la sala The Climb, un rocódromo enorme que hay en Leganés, donde me hice daño en el hombro a los cinco minutos de empezar. Muy yo. A la salida fuimos a tomar una cerveza y hablamos de este viaje. "La primera vez que yo fui a EEUU - decía Pablo - pensaba todo el rato que sucedería algo que me impediría ir. Cuando me vi en el avión, no me lo creía, y al llegar allí todo me hacía ilusión. No era un coche; era un coche americano. No era una casa; era una casa americana." Dejando de lado que el fenómeno "qué americano todo" ya ha empezado a ocurrirme (¡Qué americano, gordos en la puerta de embarque con peluches de toritos! ¡Qué americano, pollo a la barbacoa en el avión!), mientras intentaba meditar me he dado cuenta de que una parte de mí tampoco se creía que fuera a viajar. Si hasta contraté un seguro de cancelación por causa médica. Y bueno: estoy yendo. A no ser que muera en un accidente aéreo, o de una extraña enfermedad tipo House durante el vuelo, voy a pisar suelo americano. Quizá me paren entrando al país (miedo americano número 1), me denieguen la entrada y me deporten, pero ESTOY YENDO.
Flipa.
Estas últimas semanas casi colapso. Podía visualizar a mi sistema nervioso agotándose poco a poco. Las neuronas apoptosando una a una (apoptosar es una palabra muy guay que quiere decir que las neuronas se suicidan. Verídico). He suspendido toda actividad superflua. Hasta he dejado de ir al roco. Estaba concentrada en combinar mi despertar espiritual con sobrevivir, trabajar y hacer el equipaje. No es que el tema del equipaje sea tan complicado, pero uno piensa: a ver, me voy a Otro Continente. Seguro, seguro, seguro que me estoy olvidando de algo. Y eso raya.
Además, he tenido abundantes y absurdas crisis de ciudadana del primer mundo increíblemente afortunada, que se pregunta todo el rato cómo, ¡oh, Dios!, cómo lo hará para bloguear mientras viaja porque no puede tolerar la idea de escribir en papel y buscar cibers por ahí. Al final he cedido al maligno espíritu de Steve Jobs y a la voz de mi madre, suplicándome "te lo ruego, Pitu, encuentra la manera de estar conectada a Internet", y lo he hecho: he abierto mi hucha de monedas de dos euros y me he comprado un iPad. Me siento un poco hipócrita, lo confieso, porque ahora tengo viaje Y iPad. Por otra parte, mi vida ya se basa en que soy absurdamente privilegiada, y ahora mismo estoy TAN feliz escribiendo esto en un vuelo transoceánico y pensando que podré bloguear muchísimo en estas tres semanas que todo lo demás me da igual.
(Apuesto a que a vosotros también os hace bastante felices lo del blogueo. Jijiji).
Impresiones del Bicho iPadero hasta ahora: me fascina casi tanto como mi Mac. Es bonito y molón. Es rápido. La escritura no es tan fluida como en un teclado físico, pero no va mal. Y, sobre todo, estoy escribiendo esto en un vuelo transoceánico, ¿lo he dicho ya? Soy muy feliz. Y muy buena hija.
Comencemos las crónicas del viaje, pues.
Como os decía, ayer estaba al borde del colapso. Fin de la rotación en Muertelandia. Despedida de mis pacientes y de la gente de La Paz con moderada penita. No creo que olvide nunca a mis pacientes de allí. Mira que he tenido muchos pacientes molones, que les tengo cariño a la mayoría y me acuerdo de bastantes. Pero estos son especiales.
Ayer me decía un señor ingresado después que le operaran de un tumor: "Y yo que creía que no me iba a morir nunca". Yo asentí, porque hasta hace un par de meses, yo también me lo creía. Dudo que ahora mismo esté mucho más cerca que antes de comprender la realidad de la no existencia, pero por lo menos es algo que pongo sobre la mesa con más facilidad. Ahora quiero estar lista para morir, aunque aún tenga que terminar de descubrir lo que eso significa.
Los preparativos para el viaje se habían desarrollado bien hasta ayer. Teniendo en cuenta el Inmenso Desastre Humano que soy, me he apañado para tener listos a tiempo:
- El localizador del vuelo impreso.
- El permiso internacional de conducir (un timo, por cierto: un cartón cutre y gris con aspecto de cartilla de racionamiento de la posguerra).
- Un móvil no smartphone que funciona en EEUU, cortesía de Erika.
- El BI o Bicho iPadero, con una funda que he conseguido no comprar en rosa.
- Una póliza de seguros que cubre la eventualidad de tener que ser rescatada de algún risco por HPY o Hercúleos Pilotos Yanquis (abreviatura copyright de Laura, mi lectora amorosa más fashion).
- Un puñado de dólares, por si hay cualquier problema con la tarjeta. Aún intento deshacerme de la preocupante sospecha de que son billetes de monopoly. Nota: que el dólar valga menos que el euro mola muchísimo. Es como si te regalaran dinero.
- Un adaptador para las clavijas de los aparatos eléctricos. Las baterías: esa nueva y adorable neurosis del siglo XXI.
Más allá de eso, mi equipaje es un intento razonable de minimalismo. Ropa sólo de montaña, porque quiero ser como esos guiris que vienen a España y visitan las ciudades con zapatos de trekking. En principio había instaurado una política de cero coquetería, porque ya os dije que he abrazado el celibato, pero a última hora he metido una camiseta así un poco mona (uuuhhh) y dos condones, dos, por si al final me pasa la del asturiano buenorro y tengo que ir otra vez a hacer de Pretty Woman por Boulder. Que me conozco. Aunque juro por el espíritu de Lincoln (me estoy ambientando, ¿vale?), que voy a hacer todo lo posible por evitar situaciones como la del Asturiano Buenorro. Que luego acabo resacosa y humillada comiendo sobaos a las afueras de cualquier pueblo norteño.
Quizá éste sea un buen momento para incluir aquí las normas de relación con el sexo opuesto que regirán durante todo el CACP:
1. Mantenerse alejada de toda sustancia con capacidad de alterar el sistema nervioso central: alcohol, drogas, cupcakes. Excepciones: cantidades moderadas de cafeína y teína. He dicho MODERADAS, que si me paso con el café también me pongo tonta. Esto no es exclusivo del CACP, que llevo sin beber desde Semana Santa, pero no viene mal recordarlo.
2. Todo elemento varón es una potencial fuente de Mal, así que hay que tratarles con precaución. Muy especialmente a los guapos, y muy, muy especialmente a los guapos que escalan, porque los carga el diablo. Esto quiere decir que ante cualquier maromo yanqui incluso levemente atractivo, deberé respirar hondo muchas veces, meditar con especial ímpetu y repetirme: "estás proyectando tus carencias emocionales y tu deprivación sexual en ese pobre chico, Marina, así que trabaja el desapego". Son autoinstrucciones un poco largas, así que a lo mejor debería abreviarlas. Algo tipo orden para perrito; un "sit" para mi corazón. Quizá: "Deattach, Marina! Deattach!".
3. Minimalismo estético. No me voy a rapar la cabeza, pero no me hagáis dar detalles sobre la depilación.
De momento, ése es el plan.
Lo de arriba es cachondeo sólo parciamente. Voy a aprovechar el momento "estoy sobrevolando el Atlántico y me aburro" para contaros el insight que he tenido en estos últimos días y que me ha cambiado la vida.
Todo ocurrió hace tres días tomando una cerveza (sin alcohol) con Carmen, otra lectora genial y paciente. Me pidió que le explicara por favor mi momento AEC o Abrazar El Celibato. Yo masticaba mi tostada de paté de berenjena con ahínco. Me puse a explicarle cómo en los últimos (dejadme pensar) siete años, las relaciones con el sexo opuesto no me han traído más que complicaciones. Buenos momentos, sí, y material suficiente como para escribir un libro sobre el pobre J. Pero muchas complicaciones, y un importante atraso espiritual. Si no fuera por los tíos, yo ya iría camino del Nirvana.
- Además - añadí -, ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.
Me quedé asombrada conmigo misma. ¿Cómo? A ver, ampliemos el concepto.
A mí me encantaría poder decir "quiero estar sola". En serio. Suena a ser muy autosuficiente. A buscarse a una misma. Rechazar una relación porque quieres estar sola tiene la misma elegancia que decir "no, gracias, no quiero postre". Lo que pasa es que en mi caso estaría mintiendo como una perra judía. Porque yo sí quiero una relación. Claro que la quiero, pero el universo no me da opción a aceptarla o rechazarla. Anyway, hasta ahora mi no vida amorosa se basaba en dos premisas:
1. Yo soy rarilla pero encantadora, y un ser humano maravilloso, y podría hacer muy feliz a casi cualquier maromo.
2. Por alguna extraña razón (¿celivibraciones?) el Universo aleja a los maromos de mí o, por lo menos, a los maromos a los que a mí me gustaría acercarme. Para los raros, soy un imán.
Pero ¿qué pasa si hubiera un tercer factor: el FACTOR APIO? El Factor Apio tiene que ver con que yo me enamoro de un apio, y el día que el apio se enamore de mí, me voy a encontrar casada con un apio e intentando ser encantadora y hacerle terriblemente feliz.
Y eso no va a ser bueno.
Lo que quiero decir es que ya se ha demostrado varias veces que a mí se me va la olla cuando me gusta alguien, y que lo único que me salva de que mi vida no sea un desastre son precisamente las celivibraciones. Me protegen de los apios del mundo. Son como mi ángel de la guarda. Y cuando no están ahí y consigo engañar a alguien, como en el caso del pobre J., me veo enredada en Años de enganche con alguien con quien yo sabía casi desde el principio que no había futuro.
Es decir: que NO estoy preparada para tener una relación. Estoy demasiado loca. Por lo menos, para el tipo de relación que yo quiero tener. No quiero repetir errores en bucle. No quiero volver al tonteo, a forzar mi mejor cara, a juzgar y sentirme juzgada, a poner el sexo sobre la mesa como un arma de doble filo. Quiero algo real, tranquilo y razonable. No quiero fingir ser quien no soy para gustarle a alguien.
Probablemente no me estoy explicando muy bien. Lo que quiero decir es que ya he probado los jueguecitos antes y no me gustan. No se me dan bien. Y lanzarme a lo kamikaze no sólo es poco útil, sino que tampoco es real. Hacerme la difícil no me sale porque es mentira, pero es que tirarme a la piscina y querer dejarlo todo cuando apenas conozco a alguien TAMBIÉN es mentira. Creo que esa era la pieza que le faltaba al puzle de mi erial amoroso. Que NO estoy preparada para tomar buenas decisiones en el amor, así que mejor ir con cuidado.
Que cada uno lo interprete como quiera. Yo entiendo que esto suena mucho a "pues ahora no respiro", e imagino que alguien podría responderme que tengo que estar dispuesta a sufrir porque quien ama sufre y tal. Pero es que yo ya no quiero jugar a eso. Es que no estoy dispuesta a sufrir. No estoy dispuesta a estar con alguien dos días y pasarlo mal durante meses. Tengo demasiadas cosas que hacer como para eso.
Así que no voy a volver a entrar en el juego. Seguir con lo mismo una y otra vez no tiene sentido. Con el próximo será diferente o no será. Y esta vez lo digo en serio. Estoy dispuesta a pasar sin contacto íntimo todo el tiempo que haga falta. Y si conozco a Alguien Especial, respiraré hondo, trataré de mantener la perspectiva e iré despacito.
Por no hablar de que haré todo lo posible por que ese alguien especial no esté en el puñetero salvaje oeste.
A ESO me refiero con Abrazar El Celibato.
Si alguien se ha leído todo este rollo, que empiece su comentario con la palabra "gatito".
Siguiendo con el tema equipaje. Ya comenté que ayer decidí ir a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar el fenómeno "Duendecillo del Equipaje". Ese fenómeno, en mi caso, consiste en que hay un ser maligno que me convence de que todo lo que no he hecho en semanas me dará tiempo a solucionarlo la mañana antes de salir de viaje levantándome una hora antes. Y es mentira. Lo que pasa es que empiezo el viaje mega estresada y dejo mi habitación o casa como si hubieran entrado a robar.
A pesar de mi esfuerzo, el DE me convenció ayer de que me iba a dar tiempo a hacerlo todo por la tarde, después de salir a comer con los del curro, ayudar a Cris a hacer croquetas de lentejas y comprar el BI. Así que mis pobres tíos me recogieron a las doce de la noche, agotada y alucinando con haberme olvidado del pasaporte, sin terminar de creerse mi caraja.
La parte buena es que la mañana ha sido zen. Me he despertado a una hora normal. He llegado al aeropuerto con tiempo, relajada, tranquila y con la BB cream puesta. Con un dolor de cabeza horrible, pero bueno; supongo que es lo mínimo que se despacha cuando estás a punto de cumplir el sueño de tu vida.
No me voy a extender sobre las aventuras del embarque, porque creo que se ha escrito todo lo que se podía escribir sobre lo ridículo y deprimente que resulta el control de seguridad para los aviones. Sólo diré que a mí, que soy bastante bienintencionada, se me han ocurrido ya como cinco maneras de meter objetos peligrosos en un avión sin quebrarse demasiado, así que no tengo claro hasta qué punto es todo esto útil.
Ahora he empezado mi viaje con un karma horrible, rechazando un cambio de asiento para que dos amigas se sentaran juntas. Pero qué queréis que os diga. Me gusta mi ventanilla, y total; ellas están sentadas cada una a un lado del pasillo, y además van con otras chavalas que se han puesto de pie en el pasillo, y están manteniendo una tertulia a voces que podría pasar por un teatrillo cortesía de la aerolínea para tener entretenido al pasaje.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Pollo a la barbacoa y pretzels para comer (¡qué americano!), y no estoy nada aburrida. Me he comprado el nuevo de Marian Keyes en formato ebook y creo que mi amor total por el Kindle no va a hacer más que crecer en este viaje. Hay teles individuales con miles de películas, tengo al BI para contaros chorradas, puedo meditar y reflexionar sobre el viaje, y la emoción alimenta mi fuego.
Todo va bien.
Mis planes a corto plazo:
1. Sobrevivir a la performance de las chicas de al lado manteniendo la ecuanimidad.
2. Conseguir entrar al país y que no me retengan en Filadelfia, y tenga que buscar aliciente cantureando la banda sonora de la peli y alegrándome por no tener sarcoma de Kaposi.
3. Aspirar algo de espíritu americano en el aeropuerto e interactuar con algún yanqui para morir de la emoción.
4. No distraerme con el punto tres y coger sin problemas el vuelo a Denver.
5. Conectarme en el avión y publicar esto (ese avión tiene conexión a Internet. Alucina).
Lo voy a dejar aquí, que no os quiero acostumbrar a posts tan largos. Os quiero, chicos o, como dirían en los USA, I love you guys!
Hace cuatro meses que Pablo y Jenna vinieron a Madrid para coger el avión hacia EEUU. Quedamos en la sala The Climb, un rocódromo enorme que hay en Leganés, donde me hice daño en el hombro a los cinco minutos de empezar. Muy yo. A la salida fuimos a tomar una cerveza y hablamos de este viaje. "La primera vez que yo fui a EEUU - decía Pablo - pensaba todo el rato que sucedería algo que me impediría ir. Cuando me vi en el avión, no me lo creía, y al llegar allí todo me hacía ilusión. No era un coche; era un coche americano. No era una casa; era una casa americana." Dejando de lado que el fenómeno "qué americano todo" ya ha empezado a ocurrirme (¡Qué americano, gordos en la puerta de embarque con peluches de toritos! ¡Qué americano, pollo a la barbacoa en el avión!), mientras intentaba meditar me he dado cuenta de que una parte de mí tampoco se creía que fuera a viajar. Si hasta contraté un seguro de cancelación por causa médica. Y bueno: estoy yendo. A no ser que muera en un accidente aéreo, o de una extraña enfermedad tipo House durante el vuelo, voy a pisar suelo americano. Quizá me paren entrando al país (miedo americano número 1), me denieguen la entrada y me deporten, pero ESTOY YENDO.
Flipa.
Estas últimas semanas casi colapso. Podía visualizar a mi sistema nervioso agotándose poco a poco. Las neuronas apoptosando una a una (apoptosar es una palabra muy guay que quiere decir que las neuronas se suicidan. Verídico). He suspendido toda actividad superflua. Hasta he dejado de ir al roco. Estaba concentrada en combinar mi despertar espiritual con sobrevivir, trabajar y hacer el equipaje. No es que el tema del equipaje sea tan complicado, pero uno piensa: a ver, me voy a Otro Continente. Seguro, seguro, seguro que me estoy olvidando de algo. Y eso raya.
Además, he tenido abundantes y absurdas crisis de ciudadana del primer mundo increíblemente afortunada, que se pregunta todo el rato cómo, ¡oh, Dios!, cómo lo hará para bloguear mientras viaja porque no puede tolerar la idea de escribir en papel y buscar cibers por ahí. Al final he cedido al maligno espíritu de Steve Jobs y a la voz de mi madre, suplicándome "te lo ruego, Pitu, encuentra la manera de estar conectada a Internet", y lo he hecho: he abierto mi hucha de monedas de dos euros y me he comprado un iPad. Me siento un poco hipócrita, lo confieso, porque ahora tengo viaje Y iPad. Por otra parte, mi vida ya se basa en que soy absurdamente privilegiada, y ahora mismo estoy TAN feliz escribiendo esto en un vuelo transoceánico y pensando que podré bloguear muchísimo en estas tres semanas que todo lo demás me da igual.
(Apuesto a que a vosotros también os hace bastante felices lo del blogueo. Jijiji).
Impresiones del Bicho iPadero hasta ahora: me fascina casi tanto como mi Mac. Es bonito y molón. Es rápido. La escritura no es tan fluida como en un teclado físico, pero no va mal. Y, sobre todo, estoy escribiendo esto en un vuelo transoceánico, ¿lo he dicho ya? Soy muy feliz. Y muy buena hija.
Comencemos las crónicas del viaje, pues.
Como os decía, ayer estaba al borde del colapso. Fin de la rotación en Muertelandia. Despedida de mis pacientes y de la gente de La Paz con moderada penita. No creo que olvide nunca a mis pacientes de allí. Mira que he tenido muchos pacientes molones, que les tengo cariño a la mayoría y me acuerdo de bastantes. Pero estos son especiales.
Ayer me decía un señor ingresado después que le operaran de un tumor: "Y yo que creía que no me iba a morir nunca". Yo asentí, porque hasta hace un par de meses, yo también me lo creía. Dudo que ahora mismo esté mucho más cerca que antes de comprender la realidad de la no existencia, pero por lo menos es algo que pongo sobre la mesa con más facilidad. Ahora quiero estar lista para morir, aunque aún tenga que terminar de descubrir lo que eso significa.
Los preparativos para el viaje se habían desarrollado bien hasta ayer. Teniendo en cuenta el Inmenso Desastre Humano que soy, me he apañado para tener listos a tiempo:
- El localizador del vuelo impreso.
- El permiso internacional de conducir (un timo, por cierto: un cartón cutre y gris con aspecto de cartilla de racionamiento de la posguerra).
- Un móvil no smartphone que funciona en EEUU, cortesía de Erika.
- El BI o Bicho iPadero, con una funda que he conseguido no comprar en rosa.
- Una póliza de seguros que cubre la eventualidad de tener que ser rescatada de algún risco por HPY o Hercúleos Pilotos Yanquis (abreviatura copyright de Laura, mi lectora amorosa más fashion).
- Un puñado de dólares, por si hay cualquier problema con la tarjeta. Aún intento deshacerme de la preocupante sospecha de que son billetes de monopoly. Nota: que el dólar valga menos que el euro mola muchísimo. Es como si te regalaran dinero.
- Un adaptador para las clavijas de los aparatos eléctricos. Las baterías: esa nueva y adorable neurosis del siglo XXI.
Más allá de eso, mi equipaje es un intento razonable de minimalismo. Ropa sólo de montaña, porque quiero ser como esos guiris que vienen a España y visitan las ciudades con zapatos de trekking. En principio había instaurado una política de cero coquetería, porque ya os dije que he abrazado el celibato, pero a última hora he metido una camiseta así un poco mona (uuuhhh) y dos condones, dos, por si al final me pasa la del asturiano buenorro y tengo que ir otra vez a hacer de Pretty Woman por Boulder. Que me conozco. Aunque juro por el espíritu de Lincoln (me estoy ambientando, ¿vale?), que voy a hacer todo lo posible por evitar situaciones como la del Asturiano Buenorro. Que luego acabo resacosa y humillada comiendo sobaos a las afueras de cualquier pueblo norteño.
Quizá éste sea un buen momento para incluir aquí las normas de relación con el sexo opuesto que regirán durante todo el CACP:
1. Mantenerse alejada de toda sustancia con capacidad de alterar el sistema nervioso central: alcohol, drogas, cupcakes. Excepciones: cantidades moderadas de cafeína y teína. He dicho MODERADAS, que si me paso con el café también me pongo tonta. Esto no es exclusivo del CACP, que llevo sin beber desde Semana Santa, pero no viene mal recordarlo.
2. Todo elemento varón es una potencial fuente de Mal, así que hay que tratarles con precaución. Muy especialmente a los guapos, y muy, muy especialmente a los guapos que escalan, porque los carga el diablo. Esto quiere decir que ante cualquier maromo yanqui incluso levemente atractivo, deberé respirar hondo muchas veces, meditar con especial ímpetu y repetirme: "estás proyectando tus carencias emocionales y tu deprivación sexual en ese pobre chico, Marina, así que trabaja el desapego". Son autoinstrucciones un poco largas, así que a lo mejor debería abreviarlas. Algo tipo orden para perrito; un "sit" para mi corazón. Quizá: "Deattach, Marina! Deattach!".
3. Minimalismo estético. No me voy a rapar la cabeza, pero no me hagáis dar detalles sobre la depilación.
De momento, ése es el plan.
Lo de arriba es cachondeo sólo parciamente. Voy a aprovechar el momento "estoy sobrevolando el Atlántico y me aburro" para contaros el insight que he tenido en estos últimos días y que me ha cambiado la vida.
Todo ocurrió hace tres días tomando una cerveza (sin alcohol) con Carmen, otra lectora genial y paciente. Me pidió que le explicara por favor mi momento AEC o Abrazar El Celibato. Yo masticaba mi tostada de paté de berenjena con ahínco. Me puse a explicarle cómo en los últimos (dejadme pensar) siete años, las relaciones con el sexo opuesto no me han traído más que complicaciones. Buenos momentos, sí, y material suficiente como para escribir un libro sobre el pobre J. Pero muchas complicaciones, y un importante atraso espiritual. Si no fuera por los tíos, yo ya iría camino del Nirvana.
- Además - añadí -, ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.
Me quedé asombrada conmigo misma. ¿Cómo? A ver, ampliemos el concepto.
A mí me encantaría poder decir "quiero estar sola". En serio. Suena a ser muy autosuficiente. A buscarse a una misma. Rechazar una relación porque quieres estar sola tiene la misma elegancia que decir "no, gracias, no quiero postre". Lo que pasa es que en mi caso estaría mintiendo como una perra judía. Porque yo sí quiero una relación. Claro que la quiero, pero el universo no me da opción a aceptarla o rechazarla. Anyway, hasta ahora mi no vida amorosa se basaba en dos premisas:
1. Yo soy rarilla pero encantadora, y un ser humano maravilloso, y podría hacer muy feliz a casi cualquier maromo.
2. Por alguna extraña razón (¿celivibraciones?) el Universo aleja a los maromos de mí o, por lo menos, a los maromos a los que a mí me gustaría acercarme. Para los raros, soy un imán.
Pero ¿qué pasa si hubiera un tercer factor: el FACTOR APIO? El Factor Apio tiene que ver con que yo me enamoro de un apio, y el día que el apio se enamore de mí, me voy a encontrar casada con un apio e intentando ser encantadora y hacerle terriblemente feliz.
Y eso no va a ser bueno.
Lo que quiero decir es que ya se ha demostrado varias veces que a mí se me va la olla cuando me gusta alguien, y que lo único que me salva de que mi vida no sea un desastre son precisamente las celivibraciones. Me protegen de los apios del mundo. Son como mi ángel de la guarda. Y cuando no están ahí y consigo engañar a alguien, como en el caso del pobre J., me veo enredada en Años de enganche con alguien con quien yo sabía casi desde el principio que no había futuro.
Es decir: que NO estoy preparada para tener una relación. Estoy demasiado loca. Por lo menos, para el tipo de relación que yo quiero tener. No quiero repetir errores en bucle. No quiero volver al tonteo, a forzar mi mejor cara, a juzgar y sentirme juzgada, a poner el sexo sobre la mesa como un arma de doble filo. Quiero algo real, tranquilo y razonable. No quiero fingir ser quien no soy para gustarle a alguien.
Probablemente no me estoy explicando muy bien. Lo que quiero decir es que ya he probado los jueguecitos antes y no me gustan. No se me dan bien. Y lanzarme a lo kamikaze no sólo es poco útil, sino que tampoco es real. Hacerme la difícil no me sale porque es mentira, pero es que tirarme a la piscina y querer dejarlo todo cuando apenas conozco a alguien TAMBIÉN es mentira. Creo que esa era la pieza que le faltaba al puzle de mi erial amoroso. Que NO estoy preparada para tomar buenas decisiones en el amor, así que mejor ir con cuidado.
Que cada uno lo interprete como quiera. Yo entiendo que esto suena mucho a "pues ahora no respiro", e imagino que alguien podría responderme que tengo que estar dispuesta a sufrir porque quien ama sufre y tal. Pero es que yo ya no quiero jugar a eso. Es que no estoy dispuesta a sufrir. No estoy dispuesta a estar con alguien dos días y pasarlo mal durante meses. Tengo demasiadas cosas que hacer como para eso.
Así que no voy a volver a entrar en el juego. Seguir con lo mismo una y otra vez no tiene sentido. Con el próximo será diferente o no será. Y esta vez lo digo en serio. Estoy dispuesta a pasar sin contacto íntimo todo el tiempo que haga falta. Y si conozco a Alguien Especial, respiraré hondo, trataré de mantener la perspectiva e iré despacito.
Por no hablar de que haré todo lo posible por que ese alguien especial no esté en el puñetero salvaje oeste.
A ESO me refiero con Abrazar El Celibato.
Si alguien se ha leído todo este rollo, que empiece su comentario con la palabra "gatito".
Siguiendo con el tema equipaje. Ya comenté que ayer decidí ir a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar el fenómeno "Duendecillo del Equipaje". Ese fenómeno, en mi caso, consiste en que hay un ser maligno que me convence de que todo lo que no he hecho en semanas me dará tiempo a solucionarlo la mañana antes de salir de viaje levantándome una hora antes. Y es mentira. Lo que pasa es que empiezo el viaje mega estresada y dejo mi habitación o casa como si hubieran entrado a robar.
A pesar de mi esfuerzo, el DE me convenció ayer de que me iba a dar tiempo a hacerlo todo por la tarde, después de salir a comer con los del curro, ayudar a Cris a hacer croquetas de lentejas y comprar el BI. Así que mis pobres tíos me recogieron a las doce de la noche, agotada y alucinando con haberme olvidado del pasaporte, sin terminar de creerse mi caraja.
La parte buena es que la mañana ha sido zen. Me he despertado a una hora normal. He llegado al aeropuerto con tiempo, relajada, tranquila y con la BB cream puesta. Con un dolor de cabeza horrible, pero bueno; supongo que es lo mínimo que se despacha cuando estás a punto de cumplir el sueño de tu vida.
No me voy a extender sobre las aventuras del embarque, porque creo que se ha escrito todo lo que se podía escribir sobre lo ridículo y deprimente que resulta el control de seguridad para los aviones. Sólo diré que a mí, que soy bastante bienintencionada, se me han ocurrido ya como cinco maneras de meter objetos peligrosos en un avión sin quebrarse demasiado, así que no tengo claro hasta qué punto es todo esto útil.
Ahora he empezado mi viaje con un karma horrible, rechazando un cambio de asiento para que dos amigas se sentaran juntas. Pero qué queréis que os diga. Me gusta mi ventanilla, y total; ellas están sentadas cada una a un lado del pasillo, y además van con otras chavalas que se han puesto de pie en el pasillo, y están manteniendo una tertulia a voces que podría pasar por un teatrillo cortesía de la aerolínea para tener entretenido al pasaje.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Pollo a la barbacoa y pretzels para comer (¡qué americano!), y no estoy nada aburrida. Me he comprado el nuevo de Marian Keyes en formato ebook y creo que mi amor total por el Kindle no va a hacer más que crecer en este viaje. Hay teles individuales con miles de películas, tengo al BI para contaros chorradas, puedo meditar y reflexionar sobre el viaje, y la emoción alimenta mi fuego.
Todo va bien.
Mis planes a corto plazo:
1. Sobrevivir a la performance de las chicas de al lado manteniendo la ecuanimidad.
2. Conseguir entrar al país y que no me retengan en Filadelfia, y tenga que buscar aliciente cantureando la banda sonora de la peli y alegrándome por no tener sarcoma de Kaposi.
3. Aspirar algo de espíritu americano en el aeropuerto e interactuar con algún yanqui para morir de la emoción.
4. No distraerme con el punto tres y coger sin problemas el vuelo a Denver.
5. Conectarme en el avión y publicar esto (ese avión tiene conexión a Internet. Alucina).
Lo voy a dejar aquí, que no os quiero acostumbrar a posts tan largos. Os quiero, chicos o, como dirían en los USA, I love you guys!
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