massobreloslunes: 08/26/14

martes, 26 de agosto de 2014

La más rara del pueblo

Dicen que los ciudadanos de Konigsberg, la ciudad natal de Kant, ajustaban su reloj en función del lugar donde estuviera el filósofo en su paseo vespertino. Los ciudadanos de Margalef van a empezar a ajustar el suyo en función de la hora a la que salgo yo.

Mi Pablo está otra vez en Mallorca con Carl, su nuevo novio australiano. Creo que le gusta porque escala más fuerte que yo; le tolero el desliz por ahora, pero espero que se le pase cuando vuelva mañana. Entretanto, llevo seis días apartada del mundanal ruido, escribiendo mi novela, paseando por los alrededores y viendo capítulos de Sherlock.

La novela va genial. En serio. No es que sea genial: va a ser una novela normalita tirando a entretenida. No digáis que no os avisé. Pero va rápido, que a estas alturas es lo mejor que puedo pedirle. En una semana he escrito 27000 palabras: para que os hagáis una idea, a este ritmo ganaría Nanowrimo dos veces en un mes.

Además, he estado trabajando en posts y proyectos varios: en total, he escrito 36000 palabras en seis días. Es una barbaridad. Mi conclusión es que el secreto del éxito creativo es la falta de estímulos.

Que nadie se equivoque. Los primeros días fueron horribles. No me gusta estar sola en el pueblo, porque apenas conozco a nadie y se me da fatal la vida campestre. Carezco de curiosidad por cosas elementales: los huertos, el ganado, las anécdotas de la Guerra Civil de los vecinos. Prefiero escribir mi novela y ver Sherlock. Sé que eso es muy poco bucólico, y que no llegaré a ningún lado como cronista de la Cataluña profunda, pero es lo que hay.

Me levanto a las siete de la mañana y me hago un descafeinado. A esa hora me oigo pensar y no molestan los niños que se ponen a jugar en nuestro portal. Entonces releo lo del día anterior, corrijo lo que no me gusta y me congratulo. "Pero qué bien, Marina - me digo -, mira cómo va tomando forma tu engendro romántico-modernito tu Gran Obra de la Narrativa Contemporánea". Luego escribo un rato; para las nueve, ya he completado la Meta Mínima Diaria de 1000 palabras que me marqué hace una semana.


Deayuno a eso de las diez y pico, normalmente huevo frito con plátano frito y hummus, o huevos revueltos y lentejas germinadas. Leo en el iPad mientras tomo el café (descafeinado con leche de arroz), bajo al estudio y sigo escribiendo.

Al mediodía me preparo algo y como viendo Sherlock. No sé qué había estado haciendo con mi vida hasta ahora, sin ver esa serie estupenda. Es verdad que algunos capítulos tienen unos boquetes de guión terribles, y que las capacidades de Holmes se exageran un poquito, pero es divertidísima. Además, está él. Benedict Cumberbatch: solo su cara es más rara que su nombre. Al principio lo encontraba difícil de mirar, pero ahora su voz profunda y su caracterización del rarito de Sherlock me han conquistado. Irene Adler será LA mujer, pero él es EL hombre.

Que sí, que lo sé, que es más raro que un pie y no tiene pestañas.
Pero es fucking Sherlock, dude.

(Eh, que Pablo tiene un novio australiano. No me miréis así)

Luego dormito, escribo otro rato más y a las ocho, cuando ha bajado el calor pero aún queda algo de luz, salgo a dar un paseo. Camino por la carretera, que es lo más de pueblo que puedes hacer en tu vida, y a veces me desvío un poco por senderos asfaltados que se adentran en el monte y van hacia cultivos de olivos y frutales. Los lugareños pasan con sus cuatro por cuatro y me miran con desconfianza. Claro: a estas alturas debo de ser la más rara del pueblo. Mi maromo se marcha y yo apenas salgo de casa; cuando lo hago es para caminar sola con la mirada perdida y comer puñados de moras silvestres. Mientras camino, juego a que soy Katniss en Los Juegos del Hambre y los demás tributos se confabulan para matarme. Falta de estímulos, ya os digo.

Soy la más rara del pueblo, pero estoy muy contenta. Ver avanzar mi novela me llena de una alegría estúpida que compensa todo lo demás: la soledad, la rareza y este color pálido que se me está poniendo en la piel. Menos mal que en septiembre mi madre nos invita a Cancún con ella, mi hermano y su novia: pienso agarrar en una semana todo el riesgo de melanoma que he evitado este verano.

Mi adorado chico vuelve mañana. Creo que cuando supere lo de su novio Carl, estará bastante cariñosón. Yo me pienso convertir en un koala durante más o menos las catorce horas siguientes a que vuelva. Me alegro un montón de que venga, aunque no vuelva a alcanzar estos impresionantes recuentos de palabras, porque si sigo así mucho más tiempo me volveré loca. Pero ha estado bien esta semana. La Kant de Margalef, que produce prosa de calidad incierta en su oscuro estudio. El aislamiento es genial para la creación artística, aunque sea terrible para casi todo lo demás.