massobreloslunes: 09/16/12

domingo, 16 de septiembre de 2012

Analizando profundamente Los Puentes de Madison: yo estoy mal

Nota previa: para entender este post tienes que haber visto Los Puentes de Madison. Si no la has visto y, aun así, quieres seguir leyendo, aviso: SPOILERS.

Esta mañana, después del desayuno, he estado releyendo Los Puentes de Madison County. Sí: existe un libro además de la peli y sí: me lo he leído. Sé que eso eleva mis niveles de cursilismo a tres mil, pero no me importa. Lo releía porque hace poco comentaba con alguien el fragmento en el que Robert le dice a Francesca: "estás guapísima como para que los hombres salgan corriendo, gritando por la desesperación de no poseerte”. La imagen me hace mucha gracia: un montón de hombres ahí corriendo como chalados con las manos en la cabeza, gritando a todo volumen: "¡¡Francescaaaa!!". Eso es un piropo y lo demás tonterías.

(Y sí, me sé trozos de memoria. Dios.)

Yo con Los Puentes de Madison (la peli y, por extensión, la historia en sí) (en adelante LPM) tengo varios problemas. El primero es que, como dice mi madre, Clint Eastwood sale incapaz. Meryl la Magnífica está preciosa, con su belleza espiritual y austera, con esos ojos que te hacen pensar: no sólo soy guapa y famosa, sino que además tengo una rica vida interior y un sentido del humor muy agudo. [Por cierto: ¿qué pasa con Meryl Streep? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien a quien no le guste? ¡Nos gusta a todos! Muy probablemente es uno de los pocos puntos unánimes de la humanidad.]

En cambio Clint... uf, Clint está mayor. Esas arrugas. Esas greñas. ¿En serio alguien puede enamorarse perdidamente del Clint madisonero? Yo qué sé.

Sí, sí, pero mi pelo brilla.


Además, LPM es una peli cuyo final hace que arañes con las uñas el asiento del sofá. En plan: Francesca, por el amor de Dios, ¿eres boba? Bájate AHORA del coche y súbete AHORA con Clint y sus greñas y pírate por ahí a vivir la vida. Tu familia sobrevivirá. ¿Por qué quieres ir de salvadora de la Humanidad? Sobrevivirán y tendrán sus propias familias taradas, y a tu marido abandonado irán a verle las vecinas con tarta de manzana y probablemente se lo rifen las viudas jóvenes o las solteronas del pueblo. Y entretanto tú andarás por ahí teniendo sexo increíble con Clint, viendo mundo y sintiendo en tus carnes el amor verdadero.

Fuera de coña. Hoy, leyendo el libro así a trozos (las partes bonitas e intensas), me he fijado en otro párrafo de esos que todos deberíamos anotar por si alguna vez se lo podemos decir a alguien para que moje las bragas conquistar su corazón. A saber:

Finalmente se abrazaron durante largo tiempo. Y él le susurró: 
—Sólo tengo una cosa que decir, una sola; nunca volveré a decírsela a nadie, y te pido que la recuerdes: en un universo de ambigüedades, esta certeza viene una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir.

Ahí lo llevas, Francesca.

En ese sentido, yo soy completamente Roberesca. Él había visto más mundo y sabía positivamente lo difícil que es encontrar a alguien especial y además darse cuenta, y que ese alguien se diera cuenta también. Estaba dispuesto a liarse la manta a la cabeza porque era consciente de que si uno ve un billete de quinientos euros en la calle, no puede dejarlo ahí pensando que seguro que hay otro un poco más adelante.

"Yo apostaría fuerte", le decía el otro día a un amigo hablando del mismo tema. Y mira que me gustan mi independencia y mis cosas, mi Cádiz, la vida que me he construido con bastante esfuerzo y, aun así, si yo tuviera esa certeza de una vez en la vida y encima tuviera la suerte de ser correspondida, me pararía al borde del camino, dejaría mis bártulos y le diría a mi Francesco: aquí estás y aquí estoy yo. Me quedo contigo.

Cuando volví de Gijón con Alejandro, uno de mis viajeros de coche compartido, se me ocurrió preguntarle cuál era la lección más importante que había aprendido en la vida. A mi favor diré que había dormido una hora, llevábamos ocho viajando y me patinaban un poco las neuronas. Le dije que si me contaba su lección más importante, la que transmitiría a sus hijos en su lecho de muerte, yo le contaría la mía. Pensó un rato y me dijo su lección: "sigue adelante en la inercia libre de miedo". Me explicó que para él la inercia funciona en las cosas bellas: amar, trabajar, ser generoso, construir, viajar. Uno empieza y la propia fuerza de esos actos los va retroalimentando. Y que si uno funciona sin miedo en esa hermosa inercia, puede ser feliz.

Yo le dije que mi lección más importante es que en esta vida casi todo va sobre la gente. Que los problemas que me cuentan en consulta, la mayoría de las veces lo que tienen detrás del todo es a las demás personas y nuestras relaciones con ellas. Y que esas personas son lo único que no puede sustituirse, ni manejarse, ni crearse de la nada: lo único independiente de nuestros deseos y proyectos, lo único tan verdadero como nosotros mismos. Hay mucha gente y mucha gente linda, pero al mismo tiempo todos son insustituibles. Y si, por ejemplo, mi amigo A. el que no me habla insiste en no hablarme, dará igual la de gente con la que me encariñe en mi vida o los SSHP que pueda emprender alrededor del mundo: no habrá nunca jamás nadie como él.

Así que yo me iría con Robert, Francesca; qué quieres que te diga. Yo apostaría fuerte. Es una pena que todo el capital amoroso que estoy dispuesta a invertir se quede muerto de risa en mi corazoncito, porque de verdad que es mucho. Soy como el chino que, al parecer, quiso comprar hace poco un parque de bomberos en Cádiz porque habían puesto como protesta unos carteles en los que se leía "en venta". El chino creía de verdad que podía comprar el parque porque tenía dinero suficiente para ello, pero resulta que no le dejaban. Vale, reconozco que es una comparación un poco traída por los pelos, pero no doy para más.

Y con esto y un bizcocho snack paleo libre de aditivos y gluten, me despido y os deseo un feliz lunes, mucha energía y el suficiente valor como para apostar bien alto si alguna vez os llega una buena mano.