domingo, 16 de febrero de 2020
Nostalgia de Cádiz
Estas navidades fui con mi amiga Elsa a un bar gaditano que hay en Málaga, Er Pichi de Cai.
Nos sentamos en una mesa baja del local, diminuto y tapizado con pósters del Cádiz y de los carnavales. Me acordé de cuando llegué allí por primera vez y Erika me dijo «en otras ciudades, los niños son del Madrid o del Barça, pero aquí son todos del Cádiz».
Pedimos chicharrones, atún encebollado, papas aliñás y no recuerdo qué más, y a mí me empezó a entrar una nostalgia mala de Cádiz que todavía me dura.
Ayer me apretó aún más. Mi madre me preguntó por un psiquiatra para un amigo de allí y le escribí un whatsapp al MIR para preguntarle si tiene consulta propia. Llevamos casi cinco años sin vernos, si no lo he contado mal. Cádiz está lejos de todo en general, de Granada en particular y más aún si tienes en cuenta que con un bebé tienes que multiplicar los kilómetros por siete, como los años de perro.
No extraño solo la ciudad, sino todo el área. La geografía dispersa y confusa de la capital, Puerto Real, San Fernando, Chiclana, con todas las masas de agua y las marismas y los puentes que te desorientan hasta volverte tan loco como el viento.
No creo que pudiera volver a vivir allí ahora, y eso es lo que hace que me duela la tripa de nostalgia si lo pienso demasiado. Eso y el hecho de que mi vida allí fue algo muy concreto: la residencia, unos años limitados siguiendo el recorrido del plan de estudios, donde estaba previsto con quién trabajaría y a dónde iría cada mes de los siguientes cuatro años.
Mientras estás dentro del sistema PIR, esa es tu vida. Son tus compañeros, tus amigos, tus rutinas, y te parece mentira que vayan a cambiar algún día. Pero lo hacen, y ese mismo sistema te expulsa con la violencia de la piel echando fuera un cuerpo extraño.
La última vez que volví fue para la despedida de María, una compañera que entró durante mi tercer año de residencia. No conocía a los nuevos MIRes y PIRes; no solo eso, sino que había olvidado el nombre de algunos con los que había coincidido poquísimo tiempo allí. Ahora aquella gente desconocida ocupaba mi despacho en el Equipo de Salud Mental de la calle Escalzo; se reía con los chistes de Sebastián en las reuniones matutinas de la URA del Puerto de Santa María; aspiraba el olor reconcentrado a café y a sudor que hay en la unidad de agudos de Puerto Real.
Me pareció casi de mala educación. Hay otra gente en mi piso pequeño y precioso de Portería de Capuchinos, y otros nadan en mi calle favorita de la piscina municipal o escalan en el roco que yo ayudé a construir. De mí allí ya no queda nada.
Así que es una nostalgia multidimensional y rotunda. De lo que fue y no va a volver nunca. De no poder volver. De que mi presencia en sus calles luminosas se haya evaporado como la humedad en los calurosos días de levante.
Qué triste es vivir si uno lo piensa demasiado.
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Cádiz,
La vida me supera,
Nostalgias y batallitas
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