Me despierto en Polientes en medio de
un silencio absoluto, en la oscuridad, debajo de dos mantas. Es la
segunda noche consecutiva que me levanto con la sensación de haber
dormido profundamente, y es cojonudo. De camino al baño me encuentro
con que me ha bajado la regla; qué buen rollo lo de no tener sexo,
en el sentido de que ni siquiera llevaba la cuenta de cuándo me
tocaba para prever posibles hijitos no deseados.
En el salón están Carlos, el andaluz
exiliado que me aloja, y Maika, una amiga suya de Jaén que lleva
todo el verano trabajando aquí. Los dos están como unas maracas y
son alegres de una forma absurda y sanota. Muy jienenses. Bea, una chica que trabaja en el mismo lugar que Carlos y vive arriba,
nos saluda por la ventana de la cocina mientras riega su albahaca.
“Os espero a las once y cuarto en la puerta”, nos recuerda a
Maika y a mí, porque va a llevarnos de ruta por un robledal cercano.
Hace un sol y un calor de flipar.
Empiezo a pensar que lo del Norte frío y húmedo es todo propaganda.
mientras me asfixio al subir el cortafuegos que da comienzo a la ruta.
¿Estoy mayor? ¿Tengo toda la sangre acumulada en el útero?
Caminamos entre robles durante horas y nos hacemos fotos en el
interior de un tronco centenario, y le explico a Maika que en Jaca
subí a un monte con la cámara y el trípode y me estuve sacando un
reportaje mientras la gente me miraba con cara de “qué pobre, no
tiene amigos”.
Bea nos explica la diferencia entre los distintos
tipos de roble y Maika persigue a los insectos con su Nikon
maldiciendo la falta de macro. Me cuenta que se apuntó a un curso de
fotografía, pero que se equivocó y trataba sólo de retratos. “A
mí es que me gustan los bichos”, me explica. Yo alucino con eso de
que hay gente para todo, porque a mí me fascinan las caras y las
mentes de la gente, y que alguien se pueda apasionar por cosas como
las hojas de roble o los hemitórax de los insectos me resulta tierno
en su frikismo. “Los insectos son tan pequeños y tienen una vida
tan grande”, me explica Maika, entusiasmada.
A la vuelta me zambullo en mi camita
con mantas a echarme la siesta. Parece que toda mi energía se
concentra en eliminar los restos inservibles de sangre uterina.
Espléndido. Dos horas de sueño, medio litro de colacao fresquito y
un espidifén más tarde soy casi persona. Viene a recogernos Carlos
en su furgo para llevarme de ruta por el valle. Valderredible quiere
decir algo como “Valle en torno al río Ebro”, y recorremos la
carretera escuchando todo el rato el rumor del agua. A mí, como a
buena andaluza, lo de que haya agua así corriendo en libertad sin
nadie que abra grifos ni que proteste por la sequía me fascina.
Me llevan a un pueblito que parece un
belén, con cascadas cayendo en pozas azules como en un cuento de
hadas. Luego subimos a unas formaciones rocosas que moldea el
deshielo a través de las paredes. Visitamos una ermita rupestre de
arenisca y acabamos en una casa abandonada llena de trastos
viejos. Yo me alumbro la cara con la linterna del móvil para asustar
a Bea. “¿Sabes? - le digo -, yo en realidad empecé mi viaje en
invierno. Había neblina y hielo en la carretera, y al tomar una
curva me salí... y ahora viajo de Couchsurfing por los pueblos de
Cantabria para advertir a la gente”. Bea se ríe, chilla, se queja
a Carlos de que “la couchsurfer es siniestra”.
De camino a la furgo, no sé por qué,
empezamos a cantar “Bajo el mar”, y resulta que Carlos tiene en
el mp3 la mayor recopilación de canciones Disney que he visto en mi
vida, así que acabamos chillando en grupo grandes éxitos como “Vaya
tiarrón es Gastón” o “El genio genial”. Carlos se sabe todas
las canciones a la perfección, incluyendo coros y voces secundarias.
Hay algo decididamente tierno en este andaluz flaquito y animalófilo
que lleva el peluche de un urogallo en el salpicadero.
Volvemos a casa y Bea se marcha a
preparar unas verduras con cuscús que va a invitarnos a comer en su casa. Parece
ser que es mi fiesta de despedida y bienvenida. “Despenida... o
binvedida”, propongo yo, con mi habitual fanatismo neológico. Corto
queso de Arriel en la cocina, preparamos una ensalada y Carlos saca
unas patatas fritas jienenses que tiene en reserva en las profundidades de
la despensa. Las patatas jienenses están brutales, el cuscús de Bea
también, y mientras escuchamos reggae tumbados en el sofá y dejo
que la cena se me digiera despacio en el estómago, me digo que esto
es bueno. Esto de aceptar la vida tal y como viene, lo que la gente
te ofrece generosamente. En los cursos de Vipassana no se permite
pagar nada, entre otras cosas porque se supone que eso te predispone
a aceptar las condiciones como son, sin esperar nada a cambio de tu
dinero. Aquí, en esta casa ajena, bebiendo y comiendo lo que me dan,
asistiendo a las visitas que me proponen, viendo los sitios a donde
me llevan y cantando lo que me ponen en el coche, me siento un poco
así. Capaz de no esperar más de lo que la vida me va dando, que es
muchísimo, sin necesidad de esperar, de retener, de ajustar la
realidad a mis perspectivas. Teniendo como única misión ser
agradecida y generosa a la vez con lo que yo sí puedo dar: queso,
alegría, escucha, fregar platos.
Paro un momento de escribir para
recalentar la infusión de hierbabuena con miel de brezo que me estoy
tomando. En el valle hay un silencio profundo. Carlos y Maika se han
acostado hace un rato, e intuyo que Bea también duerme en el piso de
arriba. Podría hacer esto mucho tiempo, me digo, esto de viajar.
Quiero decir, que tengo ganas de volver a Cádiz, pero no por nada,
sino por estar en Cádiz, porque Cádiz me encanta y me gusta estar
allí, porque quiero ver a mis pacientes y escalar con mis amigos.
Pero no siento todavía esa necesidad de estar en Mi Cama, en Mi
Casa, con Mis Cosas; estoy a gusto levantándome en camas ajenas aún
sin tener muy claro hacia qué lado tengo que sacar los pies.
Me reafirmo en el convencimiento que
tengo últimamente de que lo que hace de la vida algo curioso,
divertido y digno de ser vivido, lo que la distingue de ser un puto
erial asqueroso y lleno de decepciones, es la gente. Nuestra
capacidad de relacionarnos, comunicarnos y sentir con otros. No
importa que la gente también pueda ser la parte cabrona. Este viaje
no será Jaca, ni las paredes de Vadiello, ni el monte Oroel, ni el
barranco de las Peoneras, ni los encadenes, ni los robles, ni el
urogallo, ni los sobaos pasiegos, ni la piedra en seco. Este viaje
serán Cris, Mauricio, la PK, Antonio, Ro, Erika, Serbal, Lobito,
Bloguero/a Misterioso/a, Jorge, Arriel, Aitor, Lucía, Arkaitz,
Marta, Ann, Aoiffee, Raquel,Tomás, Carlos, Maika, Bea y los que me
queden por conocer. Gente linda que me ha dado sólo por ser yo:
tortilla, vino, fajitas, queso, ánimos para escalar, aseguramiento,
barrancos, más vino, kilómetros en furgo, pateos, fotos, agua, pan
y muchas más cosas.
Hace unos días leí algo sobre los
gatos, y cómo van por la vida como si se lo merecieran todo. Yo soy
mucho más gatuna que perruna, y algún día expondré detalladamente
por qué, pero una de las cosas que me mola de ellos es eso. Ese
caminar por la vida conscientes de que ocupan el espacio que
necesitan y reclaman, ni más ni menos, y que merecen mimitos,
comida, rascadas en la barbilla, calor y cosas buenas sólo por ser
bonitos y estar vivos, sin necesidad de hacer nada más que eso. Me
gusta ser gatuna y existir digna y agradecida en medio de cuscús,
infusiones de brezo y vías de escalada.
¿Por dónde siguen los planes del
SSHP?
Mañana planeo levantarme, descargar
en mi mp3 todas las canciones Disney de Carlos y tirar millas
dirección Asturias. Ya van picando las yemas y es cuestión de
volver a escalar. Por allí cuento con Joaquín, un gijonés que
acaba de volver de Yosemite y ha prometido llevarme a trepar, así
que si da señales de vida antes de la tarde es posible que acabe por
alguna de las escuelas de allí mordiendo la pared como una
desesperada.
Estos cuatro días que me quedan
querría dormir en la furgo. Lo de las camas ajenas mola, pero me
apetece amortizar la Dobloneta y despertarme con los pies sucios y el
corazón contento. Tengo unas ganas locas de llegar a Asturias. Allí
también voy a conocer a Nieves, mi bloguera fotógrafa favorita, a
la que voy a intentar arrancar el secreto de su arte y quizá (sólo
quizá) unos cuantos culines de sidra.
Lo único que va mal en el viaje es la búsqueda
del sobao pasiego hipercalórico. Me voy a encomendar a los dioses
viajeros para que mañana pongan unos cuantos en mi camino. Ah,
bueno, y lo de la noche de pasión que en teoría me gané a fuerza
de perderme por los campos de Conil para buscar a Cris. Pero he
llegado a la conclusión de que de un tiempo a esta parte emito unas
vibraciones célibes o Celivibraciones que apartan de mi camino a los
machos en disposición de dar bambú, así que me resignaré a
sublimarlo en la comida y la escalada hasta que cambie el viento.
Me despido y me marcho a dormir en mi
cama con sabanitas de franela. Se os quiere.