Estoy sentada en el escritorio de la habitación de mi primo, en Coslada. Al otro lado de la pared escucho cómo mis tíos agitan los dados en los cubiletes del parchís mientras ven Puenteviejo. Todavía no he podido mudarme al piso de Lavapiés, así que estoy aquí de refugiada política. Aunque tardo hora y media en llegar al curro, mi tía es amor, me hace lentejas y lava el olor a humedad gaditana de toda la ropa que traigo.
Me resulta complicado escribir hoy. Hay tantos datos nuevos en mi cerebro que no sé por dónde empezar. Quizá deba hacerme caso a mí misma y utilizar los detalles para ver hasta dónde me llevan.
Son las nueve de la mañana y estoy en la estación de Chamartín. Hoy entro más tarde, pero a partir de mañana tendré que salir de casa a las siete menos cuarto. El termómetro marca menos tres grados y las Cuatro Torres se pierden en la niebla. Yo salgo de la estación y bajo unas escaleras para cruzar bajo una carretera enorme. Llevo en la mano un café con leche de la enésima franquicia madrileña y me lo voy bebiendo a sorbitos.
En ese momento, tengo una revelación: voy a trabajar con personas con cáncer. CÁNCER. No sé si había contado eso aquí. En la rotación que estoy haciendo ahora te asignan a un dispositivo dentro del hospital, y a mí me ha tocado psicooncología y dolor crónico. En princpio, ni me iba ni me venía; pensé que aprendería de cualquier lugar. Pero hoy he caído en la cuenta.
Gente con cáncer. Gente que igual se muere. Me he dicho: a ver, Marina, si tú te encariñas con un apio, qué cojones piensas hacer cuando tus pacientes empiecen a palmar. Luego he pensado: bueno, no se morirán tanto. Seguro que la mayoría sobrevive. La lucha contra el cáncer, los avances de la ciencia y tal.
A última hora, ya me habían asignado a mi primer paciente y, adivinad qué: se está muriendo.
Íbamos con la psiquiatra por las habitaciones y nos presentaba a los pacientes que íbamos a tener cada uno. Y yo, que ya sabía que el mío se estaba muriendo, pensaba cada vez "por favor, que no sea éste, que es muy joven, que parece agradable, que me cae muy bien".
A la salida del hospital, miraba otra vez las torres. Pensaba que son grandiosas. Realmente grandiosas. Te pueden gustar o no, pero nada puede negar el hecho de que los humanos han conseguido apilar uno sobre otro un montón de pisos hasta llegar casi a los 250 metros. Un cuarto de kilómetro en vertical. Pensaba en mi paciente y en la putada que tiene que ser saber que te vas en breve y que te vas a perder todo esto. Toda esta locura humana tan absurda y tan bella.
Las torres, la niebla, los menos tres grados bajo cero. El café caliente entre las manos, los cientos de coches cruzando las calles, la cara de la dependienta del Rodilla cuando te tiende un sandwich de pan integral y pavo. Las lentejas de mi tía, el parchís, caminar con calcetines sobre el parqué templado sabiendo que fuera hace frío. Escribir, leer, escalar, los amigos, los abrazos, los besos, las celivibraciones y las vibraciones obscenas. Todo eso se queda y tú te vas.
Sé que no es un buen primer post madrileño. Podría escribir con más ánimos sobre las miles de horas de transporte público que me estoy chupando, mis complejos andaluces y mi miedo a que empiecen a llamarme "la Juani" o lo mucho que echo de menos los molletes con tomate, pero hoy mi verdad es esa. Ya llegará la alegría, porque siempre llega, pero hoy Madrid es Madrid y la muerte, y no puedo ni quiero hacer nada para esconderos eso.