massobreloslunes: 09/05/12

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El lector


El lector nunca se aburre. Acepta, y casi se diría que busca, las colas en los bancos, la espera en el dentista, la impuntualidad de la cita para tomar café o ir al cine. Sabe que es una oportunidad única para sacar el libro que tiene entre manos y atacarlo con la alegre perversidad del que abre la nevera a escondidas y mete el dedo en el pastel de chocolate o en la masa cruda de las croquetas.

El lector sabe encontrar la bondad en los ojos de la gente. Porque, a fuerza de observar vidas ajenas, ha aprendido que todos tenemos nuestras secretas motivaciones y nuestras historias, y que en la buena literatura incluso el personaje más cruel es digno de amor. Un amor que nace de nuestra intención de averiguar más sobre él; que, como decía Kundera, es un preguntar constante. Por eso el lector busca y encuentra la bondad y la belleza: porque sabe que la redención siempre es una posibilidad.

El lector es generoso. Desea que todos compartan con él la alegría y la sabiduría que le dan las páginas escritas. Por eso, la primera solución que piensa para los problemas ajenos siempre es un libro, y los va apuntando en post-it amarillos y en el reverso de los tickets de la compra para repartírselos a amigos y familia. Ellos los cogen con cierta reserva, sin tener la mayoría de las veces la intención de buscar o leer el libro, y no saben que en esas letras garrapateadas deprisa el lector les está entregando su secreto para la felicidad. Porque él cree de verdad que en un buen libro puede estar la diferencia entre saber o no una lección importante, o entre un día estupendo y un día de mierda. Porque ha encontrado en la ficción la comprensión de la realidad más profunda que conoce.

El lector es optimista. Sabe que su afición es barata y que apenas necesita de esfuerzo físico, por lo que estará ahí disponible hasta en los peores momentos. En las gripes, los largos viajes en tren y las dolorosas rupturas sentimentales. Sabe que, incluso cuando todo lo real parezca negro, sus libros, esos animalitos dormidos, seguirán escondiendo bajo las cubiertas una promesa de luz. Sabe que la verdad y la belleza le corresponden como ser humano y que las tiene mucho más cerca que el resto de la gente.

El lector es un cotilla disfrazado, un voyeur con buena fama, un curioso insaciable que sabe que el motor de su existencia no puede ser otro que el mismo que, cada vez que tiene un libro entre las manos, le impulsa a seguir pasando las páginas una tras otra, aunque mañana tenga que currar o le estén esperando para comer. Ama la vida y sus posibilidades y sabe, a veces de manera consciente y a veces inconsciente, que en ella suceden cosas buenas y malas, pero que lo que hace que merezcan la pena no es su dudosa moralidad ni un esperado final feliz, sino la intensidad, a veces dolorosa, que convierte la materia de nuestra existencia en una buena historia.

El lector, sobre todo, lee. ¿Por qué?
Porque le gusta.

Superando positivamente la depresión posvacacional


Estoy en el mostrador de una de las plantas del hospital. No tengo muy claro en cuál, porque llevo todo el día dando vueltas atendiendo interconsultas y ya hace un par de horas que me desorienté. Apoyado en la mesa, mi jefe escribe una historia mientras yo charlo con la MIR de psiquiatría, que curiosamente es de Gijón.

El hospital es como 13 Rue del Percebe, pero en triste. Un montón de habitaciones, un montón de historias y el drama mezclándose con la risa. A mí se me graban en la retina las caras de la gente como fotografías de colores vivos. La chica con sospecha de anorexia que pesa treinta y cuatro kilos, sentada en la cama como los niños cuando los llevan a las operaciones, manoseando distraída un peluche de Hello Kitty. El señor al que tuvieron que quitarle la laringe y que ahora escribe en letras desiguales en un cuadernillo azul como los que tenía yo para el vocabulario de inglés. “Yo tengo mucha paciencia, porque he estado 34 años embarcado”, explica con su bolígrafo. Del estómago le sale un tubo por el que circula un líquido amarillento, y la piel surcada de hematomas se hincha alrededor como un globo de cumpleaños.

Ahora estoy un poco aburrida, pasando el peso de un pie al otro mientras la MIR teclea en su iPhone. Me pregunto qué hora es. Tengo hambre y me toca pasar la tarde aquí. He traído un tupper para poder comer en la calle y no pasar todo el día encerrada.

Entonces giro la cabeza hacia la habitación que tengo justo detrás y veo a una señora mayor de piel muy blanca y a una adolescente alta de piel oscura y largo pelo negro. No sé qué le pasa a la chica, pero a pesar de que está de pie frente al asiento del acompañante y viste ropa de calle, no parece estar bien. Hay algo extraño en sus gestos: cierta lentitud, cierto aplanamiento. Quizá un retraso mental o un trastorno del comportamiento, o quizá yo me estoy apresurando y sobreestimando mi ojo clínico.

El caso es que la mujer mayor está mirando muy fijamente a la chica, sonriendo un poco, y le pasa la mano abierta por delante de la cara. Arriba, y la chica abre los ojos. Abajo, y los cierra despacio. Lo hace varias veces con un murmullo que parece una canción de cuna. En un momento dado, empuja con suavidad la frente de la chica, con un toque apenas perceptible, y ella sonríe y se deja caer en la silla, inclina la cabeza y se duerme. Entonces la señora la besa en la nariz y la frente, y justo en ese momento se vuelve hacia mí y yo retiro la mirada, avergonzada, como si me hubieran pillado espiando.

Me quedo pensando en la vida como códigos secretos, intercambios de ternura o mudas corrientes de hipnosis como las que siempre menciona Anxo. Preguntándome qué se oculta debajo del iceberg de esta pequeña escena. Me llegan la calidez y la ternura, pero no lo entiendo del todo, y recuerdo que en el fondo no sabemos nada de lo que esconde la gente. Cuando logro aprehender algo de ese tesoro escondido, aunque sea un poco, es como meter la mano en un cofre y sacar una brillante moneda de plata. Y una vez más, mientras mi jefe mete la hoja de interconsulta en la historia del paciente, y la MIR cierra la tapa del móvil, y la señora de la habitación entorna la puerta, me asombro de una forma tonta de poder venir aquí todos los días y que me paguen por ello.