Cuando salimos a
Cada vez que pasaba por nuestro piso, yo le gritaba frases de ánimo a través del la puerta del ascensor, en plan “¡¡Tranquilo, estamos contigo!!”. La PK me miraba, toda roja, y murmuraba algo como quevergüenzamarinaporfavor. No sé por qué; a mí me gustaría que alguien hiciera eso por mí si me quedo encerrada en el ascensor.
Al cabo de un rato, llegaron los bomberos. Las vecinas y nosotras esperábamos ese momento con emoción, pero en lugar de ser hombres altos y fornidos vestidos de rojo, aparecieron dos señores mayores con barriga y uniforme azul, que dijeron que eso ellos no lo podían arreglar y pusieron post-it en todas las puertas en los que escribieron: “No funciona”.
Cuando por fin vinieron los técnicos del ascensor y consiguieron pararlo y sacar al chico, pensábamos que saldría de ahí un despojo humano lloroso y vomitante. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando aparece el hombre más parecido al de Prison Break que he visto en mi vida: alto, moreno de piel, rubio de pelo, ojos verdes, chaqueta naranja, vaqueros, hermosa sonrisa.
JORJAZOS*.
Jorjazos salió como si nada, sonrió a la concurrencia, agarró sus bolsas del Mercadona y subió hacia su casa. Yo llevaba mis gafas chungas y veía borroso, así que cuando volví a entrar en el piso, le pregunté a la PK:
- ¿Es mi imaginación, o el vecino está tremendo?
- El vecino está tremendo – contestó ella, asintiendo con gravedad.
Si esto fuera un libro de Marian Keyes, lo una serie americana cualquiera, la PK, o yo, o las dos, habríamos tenido una aventura con Jorjazos. Como esto es la vida, resulta que desde entonces (y esto pasó en noviembre) nunca, NUNCA nos lo hemos vuelto a cruzar. Miramos por el patio hacia su tendedero estremecedoramente vacío y gritamos su nombre, pero sólo nos responde un gran silencio.
Hemos urdido varios planes para acercarnos a su puerta, como vender galletas o soltar globos de helio (para que lleguen hasta su piso, que nosotras vivimos en el tercero), ir a recogerlos y caernos contra el timbre. Al final, sin embargo, nuestros planes han quedado en nada.
¿Fue Jorjazos contratado por la NASA después de resistir heroicamente al ascensor-mezcladora?
¿Es Jorjazos un fantasma que murió en el ascensor de nuestra casa, en plan “La chica de la curva”, y que aparece cada año para advertir a posibles víctimas?
¿Inventó nuestra imaginación a Jorjazos en un día de otoño con poco que hacer?
¿Es Jorjazos una leyenda urbana que hemos terminado por creernos?
Jorjazos, si alguna vez lees esto: manifiéstate. Crúzate con nosotras en el portal o deja caer un calcetín sobre nuestro tendedero. Si alguien conoce a Jorjazos, que le hable de nosotras. Que le diga que somos muy majas y que tenemos mucho que compartir con él.
Jorjazos: nuestro edificio te necesita.
*Seudónimo derivado de Jorge, que es el nombre que pensamos que le pega, y Ojazos.