Nueve de la mañana.
Últimamente me despierto temprano hasta en vacaciones, como los viejos, aunque no sé si me espabilan el metabolismo o la mala conciencia. Hoy concretamente es la luz, el calor sofocante de la mañana de verano y el ruido de los coches en el barrio donde vive mi abuela. La almohada es horrible. Mi equipaje está esparcido por el sillón y el suelo y mi madre duerme a pierna suelta en la cama de al lado.
Me levanto despacio. Me duele el estómago desde hace días y no soy capaz de dejar de comer chocolate. Tomo un desayuno rápido y semiterapéutico: té mezclado con manzanilla, tostadas con miel de caña, apenas un par de cucharadas de la tarrina de helado de chocolate con trocitos que he encontrado en el congelador. Me tumbo en el sofá. Hace un calor siniestro para lo temprano que es. Leo un libro de Marian Keyes que me compré en la estación de Atocha hace dos días, un best seller inocuo, un libro-droga. La cabrona es divertida y está loquísima. Se merece con creces su bestsellerismo.
Once de la mañana.
Doy vueltas por el Corte Inglés, buscando vestidos para el bodorrio sin mucha convicción. Todos son hórridos, o quizá si ninguno me queda bien yo sea la hórrida, me digo, buscando una solución sencilla tipo navaja de Occam. Llevo puesta la combinación de colores más terrible que se me ocurre. El inesperado nacimiento de mi sobrina me hizo venirme directamente del rudo norte a Málaga, y en mi equipaje sólo hay prendas para el rudo norte o ropa para escalar. Llevo una camiseta fucsia, chanclas rojas con brillantitos que compré en el chino, pantalones con bolsillos marca Quechua, un bolso tailandés naranja y las uñas pintadas de verde. Este esmalte de uñas me hace inusualmente feliz. Camino entre los estantes de ropa cara con mi mejor expresión de "podría ser Julia Roberts en Pretty Woman" para que las dependientas no me vigilen con desconfianza.
Doce de la mañana.
Harta de ropa. Entro a la FNAC. Los libros son mucho más terapéuticos que la ropa, dónde vas a parar. Vago por las distintas secciones. Psicología, espiritualidad, novedades de ficción internacional. Montañismo, crítica literaria, escritura creativa. Agarro los libros de la estantería, me siento en la moqueta con las piernas cruzadas y los leo mientras engullo comprimidos de aerored como si fueran caramelos. Estoy agradecida a los autores por tomarse el tiempo de honrar un tema con semejante cuidado. Cada libro me parece la puerta de entrada a un universo paralelo, a la sensibilidad y el saber ajeno. Hago una pequeña lista mental de los libros que quiero llevarme. Una monografía sobre supervivencia en situaciones límite llamada "Quién vive, quién muere y por qué". Un ensayo psico-filológico sobre la influencia que utilizar unas u otras palabras tiene en nuestra forma de pensar y nuestras emociones. Sherlock Holmes anotado. Los Upanishads. Anagrama.
Tres de la tarde.
Continúo ignorando mi gastritis y almuerzo en el Block House con mi padre. Todo está en tu mente, me digo, y pido gulash con pan de ajo, costillas a la barbacoa y patata con sour cream. Hablar con mi padre es como bailar sevillanas: siempre es lo mismo, pero resulta divertido. Predecible. A la segunda copa de vino empieza a mirarme con los ojos húmedos y a decirme lo orgulloso que está de mí. Cuando pienso que voy a reventar de tanto comer, él quiere pedir postre, y con el azúcar y mi padre me pasa como con el alcohol y con mi primo: no sé decir que no. Cuando le diagnosticaron el melanoma hace unos años desarrolló un apetito hacia los dulces que hasta entonces no tenía, y comparto con él esos momentos de hidratos y glucosa como una engordante forma de amor. Hablamos de libros. Me coge la mano por encima de la mesa y pienso en cómo quiero a este cincuentón tacaño con sobrepeso, que habla mucho y escucha poco, que a veces me hace un hueco en su apretada agenda y come tarta de manzana para conjurar el miedo a la muerte.
Siete de la tarde.
Tahira en mis brazos. Esta niña es crack. Cuando la coges, tu coeficiente intelectual desciende veinte puntos. Sólo puedo sentir su calor pequeñito acurrucado entre mis brazos y mirarla, mirarla, mirarla. Sus ojos cerrados, la red de venas rojizas delante de sus párpados, las manitas con las mismas uñas que Elsa. Es perfecta de principio a fin, y se ha hecho desde la nada dentro de mi amiga. Miro a Elsa con fascinación, como si fuera una máquina enorme y perfecta de fabricar personas. Me pregunto cómo no está aterrorizada de pensar en el resto de su vida llevando el corazón en el cuerpo de Tahira.
Mis amigas ríen, beben puleva de chocolate, fuman en la terraza. Nos peleamos por coger a la niña. Hay un turno bien establecido que, por alguna razón, la PK siempre se salta. Yo digo "¿os acordábais cuando nos peleábamos por quién se apalancaba el porro en vez de por quién se apalancaba al bebé?", y me hace muchísima gracia, aunque no sé si las demás se han enterado de mi chiste en este ambiente de excitación e hiperglucemia.
Diez de la noche.
Voy a visitar a mi amiga Julia. La conocí hace cuatro años cuando curraba de seño. Entre nosotras se ha establecido una de esas amistades limpias y tranquilas en las que nos llamamos cuando podemos, nadie reprocha nada y es como si nos hubiéramos visto el día anterior. Hoy hace una noche de verano cálida y bulliciosa, y cuando me acerco a su piso antiguo cerca de la plaza de la Merced la veo a contraluz, fumando en el balcón. Grito su nombre, me tira las llaves envueltas en un trapo, piso las losas rotas de la escalera con mis chanclas rojas y me envuelve una sensación ligera y estudiantil.
Julia es reguapa, tiene los ojos de un azul tan claro que hace pensar en fotosensibilidad y gafas de sol, es fuerte y buena en todos los sentidos en que se puede serlo. Escucha bien, habla sabiamente y no ha perdido ni un poco del acento argentino que se trajo a España hace diez años. Fumamos tabaco de liar, nos echamos el tarot de Osho y hablamos de tíos en su piso de techos altos pintado de colores.
Dos de la mañana.
Vuelvo a casa caminando por calle Carretería. Sigo llevando los pantalones Quechua, las chanclas y etcétera, y la gente emperifollada que fuma en la puerta de los bares me mira raro. Yo alzo la cabeza y canturreo mientras las imágenes me pasan por la mente a toda velocidad. Me pican los dedos de las ganas de escribir que tengo. Necesidad de conexión a Internet.
Me acuerdo de una noche de fiesta con mi primo y su primera novia, hace como diez años. Estábamos ciegos como piojos en un bar junto a la playa, pasando un frío tremendo por la humedad del sur en invierno, y su novia me abrazaba sin parar en fase de exaltación de la primidad postiza. Entonces me miró a los ojos, con la intensidad clarividente de los borrachos, y me preguntó:
- ¿A ti qué es lo que te mueve, qué es lo más importante en tu vida?
Me quedé pensativa unos segundos. No sabía qué responder a eso. Ella me sacaba cinco años, dos cabezas y tres tallas de sujetador.
- Creo que es escribir - dije. No estaba muy convencida, pero no se me ocurría otra cosa. ¿Qué más podía haber que me moviera? Escribir quizá no era lo mejor, pero era lo único constante.
- Para mí es el amor - me dijo -. Mi amor podría mover montañas.
Me sentí extraña y estúpida, como una aspirante a Miss Mundo que ha contestado mal cuando le preguntan "qué deseo pedirías", que ha dicho "un coche nuevo" en vez de "la paz en el mundo". Sentí que me iba a quedar sola en la vida, solísima. Yo era una adolescente llena de granos y enamorada platónicamente de vete a saber quién, y ella llevaba unos zapatos preciosos y era la novia del chico más guapo y encantador del planeta tierra, a saber, mi primo. Y era porque a ella le movía el amor y a mí escribir.
No sé por qué recuerdo ese episodio hoy, mientras camino por Málaga con las manos metidas en los bolsillos. Tengo ganas de encontrarme a alguien a quien quiera. A alguien de mi pasado, a quien haga mucho que no vea pero a quien me alegre de ver. Quiero encontrarme con alguien y tomarme una cerveza inesperada mientras nos contamos cosas, pero no sucede, y en lugar de eso camino por el centro de Málaga y pienso en cosas. En que mi pasión por la escritura me ayudará a entender todas las demás pasiones. En que si en algún momento no llego a casa y escribo todo esto que se me está pasando por la cabeza, me moriré.
En la puerta del bar ruso que le encantaba a J. hay una chica que canta a voces "I need you baby", o como se llame la canción esa de R&B del anuncio de "Andalucía te quiere". Canta muy bien, y ni siquiera que esté mortalmente borracha hace sombra a ese hecho objetivo. Sigo andando entre tiendas de tatuajes y electrónica barata, que alternan con bares de diseño que se llaman "Rúcula" y "Pomelo". Esta zona es medio chunga, así que camino alejada de los portales y los coches, en alerta, con las llaves en los nudillos estilo puño americano. No estoy asustada; sólo quiero creer que me defendería si alguien intentara atacarme.
Una pareja viene caminando por la carretera, y poco antes de llegar a mi altura se paran y empiezan a besarse con pasión, con detenimiento. Pienso en la secuencia: te paras y te besas, interrumpes el acto cotidiano y externo de andar y te absorbes en besar al otro y el tiempo se para, y me parece precioso. Quiero besarme parada con alguien en mitad de la carretera, me digo. No quiero que me bese; quiero que se pare.
Cruzo el puente sobre el río medio seco para llegar a casa de mi abuela. Entonces pienso que llevo todo el día con un deseo subterráneo y absurdo de andar descalza. No tiene que ver con ir por la vida de hippie trasnochada, ni con que llevar zapatos sea antinatural y malo para lo columna. Tiene que ver con cambiar los límites de sitio, con jugar y sentir de forma distinta. No lo hago porque no quiero que la gente me mire; no porque me dé vergüenza, sino porque no me gusta la imagen de "mira qué alternativa soy yendo descalza por ahí". Pero ahora no hay nadie. Las imágenes se siguen agolpando en mi cabeza. Todo lo que he hecho durante el día de hoy, mezclado con todo lo que he vivido en estos veintiséis años que son enormes y míos, mezclado con la gente de la calle que es a la vez zafia y hermosa. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.
Pienso en J. En que una vez, al principio de conocerle, escribió un post tan largo que lo tuvo que dividir en tres, que a su vez eran infernalmente largos. Al final claudicaba y escribía algo así como "el presentimiento de que mi vida interior sólo es fascinante para mí mismo". Yo ahora tengo ese presentimiento, anticipo en mi cabeza cuando escriba todo esto y lo publique, me pregunto quién llegará al final y por qué, pero me da igual. Quieroescribirquieroescribirquieroescribir.
A mi alrededor no hay nadie. Me saco despacito las chanclas rojas con brillantes falsos, tan horteras como cómodas. Camino por el asfalto con mis piececitos morenos de uñas verdes. Las alcantarillas están frías, las aceras aún retienen el calor del día. El relieve de las losetas hace un poco de daño después de algún tiempo. La parte racional de mi cabeza piensa en pis de perro, colillas y jeringas de heroína. La otra parte siente la piedra, punto. No es algo muy natural, ni tengo ninguna revelación ultrasensorial, ni siquiera es excesivamente agradable. Es solamente distinto.
Y descalza camino, o casi diría que floto, hasta que llego a la casa de mi abuela, caliente y vacía, llena de rosarios y pintalabios resecos, y me meto en una cama horrible con una almohada incomodísima, y duermo el sueño de los justos después de un día al que casi podríamos llamar feliz.
Y hoy lo escribo, y eso me hace más feliz todavía.