massobreloslunes: junio 2008

lunes, 30 de junio de 2008

Se me ocurre

Esto de los blogs es un putiferio. Admitámoslo. Quien no se haya enrollado nunca con un bloguero (y con "enrollarse" quiero decir "tener sexo con", que luego algunos se meten con mi lenguaje de instituto), que tire la primera piedra. Vamos de intelectuales y de follar con las mentes a lo Martín Hache, pero luego ahí andamos todos lanzándonos las cañas y viendo a ver si pica algo.

A mí eso me parece muy bien. Yo estoy a favor del amor en general y del guarreo en particular. Lo que pasa es que a veces es difícil dar con la media naranja por este medio tan proclive a las exageraciones y a las ligeras distorsiones de la realidad. Luego se encuentra uno con que a ese chico que escribe tan bien el Señor no le dio ningún otro don, o que ese otro chico que parecía tan maravilloso tiene una novia formal que no se entera de nada. Para evitar estos malentendidos y preservar en lo posible la integridad de nuestros corazones, opino que podríamos montar una especie de Meetic bloguero, una página de contactos donde se resumiera la información importante para los potenciales interesados en mantener relaciones romántico-sexuales con otros blogueros. Así pasaríamos un primer filtro y reuniríamos sólo a la flor y nata de la red (o a los que no tenemos otra cosa que hacer que actualizar tonterías, claro, rasgo de carácter que, por otra parte, a mí me parece un valor).

He preparado un pequeño cuestionario (deformación profesional) donde resumo las preguntas que considero básicas para iniciar una relación internáutica. Os doy permiso para reproducirlo, enlazarlo en la barra lateral de vuestro blog y/o enviárselo al próximo que pretenda vuestro corazón cibernético, así como para añadir las preguntas que consideréis convenientes.


AMOR BLOGUERO: CUESTIONARIO DE COMPATIBILIDAD CIBERNÉTICA

Nombre o nick:

URL:

Temática del blog:

Frecuencia de actualización:

Soy un psicópata que utiliza el blog para atraer a sus víctimas.
a) Sí.
b) No.

(Si contestó "Sí" a esta pregunta, por favor, no siga respondiendo al cuestionario)

Lo que escribo en mi blog es
a) 100% verdad.
b) 100% ficción.
c) mitad y mitad.

Tengo pareja
a) Sí, pero me va la marcha.
b) No, podrías ser tú.

Busco
a) A mi media naranja y/o alma gemela.
b) Guarreteo sin más.

Encontrarás fotos mías en mi blog
a) Sí.
b) No.

(Contestar sólo si se respondió "b" a la pregunta anterior) No pongo fotos porque
a) Me hago el interesante.
b) Objetivamente tengo un físico regulero.

Ligo por Internet porque
a) Me parece una buena manera de conocer gente con la que tengo cosas en común.
b) En persona pierdo.
c) Soy un freak.

Faltas de ortografía
a) Las tolero.
b) No las soporto.

Valoro el físico
a) Sí.
b) En su justa medida.
c) No.

Estoy dispuesto a llegar
a) Hasta comentarios con un grado variable de carga sexual.
a) Hasta intercambio de mails y tonteo por el messenger.
b) Hasta donde haga falta.

La distancia
a) No me importa. Viajaría por tierra, mar o aire para conocerte.
b) Sí me importa. Abstente si no eres de mi provincia o limítrofes.

¡Atrévete a conocerme! Más sobre mí en:
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domingo, 29 de junio de 2008

Perfeccionando lo simple I: Macarrones a la putanesca

Queridos lectores/as:

Aprovecho el inicio del verano para inaugurar esta nueva sección. Desde que soy estudiante con asignación monetaria restringida, me he visto obligada a encontrar los pequeños lujos de la vida que combinan su escaso coste en tiempo y en dinero con su exquisitez más allá de toda duda. Perfeccionando lo simple es algo más que una estúpida categoría en un estúpido blog: es una filosofía de vida, una visión del mundo. Se basa en la creencia de que hasta lo más sencillo puede mejorarse y alcanzar cotas de perfección que hacen la vida más hermosa y agradable. También tiene que ver con la voluntad de disfrutar de las pequeñas cosas y no estar esperando siempre a que nos toque una semana gratis en un spa o que nuestra pareja nos lleve a comer marisco. Esta sección abarcará muchos aspectos simples y perfeccionables de nuestra vida: desde recetas de cocina hasta paseos bajo la lluvia o posturas eróticas. Espero que disfrutéis.


Hoy: MACARRONES A LA PUTANESCA

Empezamos con comida por una razón muy sencilla. Mi padre me dijo de pequeña que lo importante de saberse cocinar no es tanto la autonomía (al fin y al cabo, cualquiera puede apañarse para sobrevivir) como la calidad de vida. Ser capaz de prepararme para mí sola una deliciosa cena de dos platos y postre me hace sentir rica de espíritu. Por eso, creo que es importante perfeccionar lo simple en la cocina, sobre todo cuando se cocina para uno y a veces sólo hay ganas de hacerse un sandwich.

Una amiga mía dijo una vez: "la pregunta no es ¿qué comemos hoy?, sino ¿qué le echamos a la pasta?". El precio y la versatilidad de este alimento italiano, unidos al hecho de que hace falta ser oligofrénico para cocinar mal un plato de pasta, la convierten en un elemento indispensable en la cocina de cualquier estudiante o mileurista de a pie.

La cuestión es que a veces el tema de la pasta se hace un poco monótono. No tenemos tiempo, así que acabamos echándole un chorreón de tomate y un poco de sazonador para espaguetis marca Hacendado y para el buche. Tenemos buenas ideas, claro, pero esas ideas requieren tiempo y ganas de cortar, sofreír, dejar cocer a fuego lento, etc etc.

¿Existe un término medio entre la pasta de gourmet y los macarrones de comedor del colegio? ¿Cómo encontrar un plato de pasta que se prepare rápido yque sea exquisito? Tranquilos, tengo la solución: Los macarrones a la putanesca made in Marina.

El procedimiento es el siguiente. Se pone a hervir abundante agua en una olla grande. Mientras, puede uno dedicarse a fregar los platos del día anterior o a inspeccionar la nevera en busca de alimentos en estado avanzado de descomposición (una práctica muy útil en un piso de estudiantes). Una vez que el agua ha hervido, se le echa una cucharadita de sal e inmediatamente después, los macarrones. Aquí uno puede tirar del Mercadona o, si realmente quiere perfeccionar lo simple, marcársela con unos Barilla o algo parecido. Sin embargo, el espíritu de esta sección implica recortar gastos, y en cualquier caso lo bueno que tiene este plato es que va a estar rico igual. Hemos escogido macarrones porque su forma hueca facilita el atrapado de los tropezones y la salsa, un punto muy importante para la degustación de esta receta.

Si queremos que el aprovechamiento del tiempo sea óptimo, éste es el momento de empezar a cocinar la salsa. Ponemos al fuego un cazo pequeñito en el que mezclamos (del tirón, no importa el orden de los ingredientes ni tienen que hacerse unos antes que otros):

- Un buen chorro de tomate frito. Después de una larga experiencia con la cesta de la compra, he seleccionado algunos productos que pueden comprarse de marcas blancas y otros en los que, sin duda, merece la pena gastarse el dinero para comprárselos de marca. Uno de ellos es el tomate frito: comprad Orlando, por favor. Hacedlo por mí. Además, la modalidad con aceite de oliva tiene una tapita que se abre y se cierra y es la mar de práctica.
- Otro buen chorro de cerveza o vino blanco. Nota: el vino blanco se vende en tetra briks pequeñitos, como los de los batidos del cole. Son muy útiles si sólo lo utilizáis para la comida o si queréis que vuestros hijos tengan un recreo divertido.
- Una cuantas aceitunas negras partidas en trocitos.
- Otras cuantas aceitunas verdes partidas en trocitos.
- Aceitunas negras y verdes enteras o por la mitad. Esta variedad en el tamaño de los tropezones es otro de los ingredientes principales del éxito del plato, así que no os saltéis este punto.
- Un puñadito de alcaparras. Mi vida como cocinera y como persona tiene un antes y un después de las alcaparras. Si uno prueba una alcaparra, en general encontrará su sabor indefinible y asqueroso; sin embargo, si se mezcla con salsa de tomate se produce el milagro y uno se pregunta cómo ha podido su paladar vivir hasta ese momento sin esa explosión de sabor.
- Un par de cayenas enteras. La cayena debe dejarse un rato, en función de lo mucho o lo poco que os guste el picante. Para amantes de las emociones fuertes, recomiendo machacar la cayena en el mortero y añadirla a la salsa. Para los demás, no os olvidéis de sacarla de la olla antes de servir el plato. Masticar una guindilla en plena comida la convierte en algo muy alejado de la perfección.
- Sazonador de espaguetis del Mercadona y otras especias al gusto.

Todo este mejunje se deja hervir tranquilamente mientras se hacen los macarrones. Para que la pasta esté en su punto, hay que sacarla del fuego un pelín antes de que esté hecha y verterla en el colador con un chorrito de aceite. Una vez allí, ella sola terminará de cocerse con el calor residual. Esto me lo enseñó J., a quien a su vez se lo enseñó su compañero de piso italiano. Me hace gracia que los italianos sean tan sibaritas para cocinar algo tan simple como la pasta. Realmente, ellos están muy en el espíritu de este post.

Una vez hecha la pasta, se mezcla en la olla pequeña con la salsa. Si sois más de poner los macarrones en el plato y verter la salsa por encima, allá vosotros, pero a mí me gusta más mi sistema porque todo coge más el sabor de todo. Soy muy maniática con la temperatura de la comida, así que lo remuevo hasta asegurarme de que está al rojo vivo.

Para terminar, se sirve en el plato y se espolvorea con queso rallado. Recomiendo rallar un poco de Grana Padano por encima: en el Mercadona venden trozos a tres euros, y creedme que por l o que dura y por la medida de la mejora que introducirá en vuestras vidas, merece la pena. El Grana Padano lo mejora prácticamente todo en la cocina (a excepción, quizá, del gazpacho).

Recomiendo comer con cuchara para coger bien los tropezones, pero allá cada cual.
¡Que aproveche!


Próxima entrega de Perfeccionando lo Simple: La siesta.

sábado, 28 de junio de 2008

Cuerdos entre locos

Una cosa que me gusta mucho de mi carrera (y que nunca pensé que me interesaría) son los experimentos. Pero no los de ahora, no. Los de ahora sólo averiguan estupideces, como que la latencia del potencial p300 es ligeramente mayor en daltónicos zurdos cuando llueve en Murcia. Qué va: molaban los de antes, los de la primera generación de psicólogos, cuando todavía estaba todo por descubrir y uno podía contestar a las grandes preguntas: ¿qué es el racismo? ¿por qué los guapos caen mejor? ¿cómo puede un país entero aficionarse de pronto a la Eurocopa?. Además, por aquel entonces la ética era un rumor del que apenas se oía hablar en universidades y laboratorios, y hacían cosas divertidísimas sin que ningún mojigato levantara la voz.

Por ejemplo, Milgram, que descubrió que la mayoría de nosotros estamos dispuestos a freír alegremente al prójimo sólo por obedecer a la autoridad. O Rosenthal, que dijo a unos profesores que la mitad de sus alumnos eran especialmente brillantes y la otra mitad mediocres (era mentira, claro: los niños habían sido divididos al azar), y encontró que al final del curso, en efecto, los resultados de los tests de coeficiente intelectual habían variado en función de cómo los profesores trataban a los niños. O Rosenhan, que se metió en un manicomio haciéndose pasar por esquizofrénico para probar que los psiquiatras no podían detectar que mentía.

Os cuento esto porque hoy, estudiando Neuropsicología (mi asignatura favorita del mundo mundial) me he encontrado, una vez más, con el famoso caso H.M. H.M. era un señor con unas fuertes crisis epilépticas que no remitían con medicación. Su neurólogo decidió que la única solución era extirparle el lóbulo temporal, que es el que se encarga de la capacidad de aprender y consolidar conocimientos nuevos. Así que el pobre H.M. se curó de la epilepsia, sí, pero también se quedó sin memoria anterógrada: no retenía nada a partir del día de la lesión. Cada nuevo día era para él un día nuevo. Literalmente.

¿Qué hicieron los psicólogos de su alrededor? Practicarle pruebas como locos para ver si averiguaban dónde estaban localizados los distintos tipos de memoria, de qué se encargaba exactamente la parte que le faltaba, etc., etc., Más de 100 estudios hay hechos con el pobre H.M. Y hoy estaba yo preguntándome cómo habría consentido el buen señor en ser cobaya humana durante tanto tiempo. Hasta que he pensado: cómo no va a consentir, si no se acordaba de todos los experimentos anteriores. Me he imaginado a los investigadores entrando cada mañana en el dormitorio de H.M. y diciéndole: “Buenos días, señor M., somos psicólogos de la Universidad de Massachussets (es un poner), ¿le importaría colaborar con nosotros en un estudio?”. Y el pobre señor: “Uy, un estudio, qué interesante, ¡claro que sí!”, sin acordarse de que el día anterior le habían tenido toda la tarde aprendiendo a dibujar en espejo o alguna chorrada de este tipo.

Me he reído mucho hoy pensando en el pobre H.M. y en los científicos crueles convirtiéndole en un galeote de la investigación neuropsicológica. Bueno, al fin y al cabo lo mismo le daba, ¿no? Y la investigación, o al menos los investigadores, se han beneficiado mucho de su colaboración.

Además, quién sabe: a lo mejor a todos nos iría mejor si pudiéramos empezar cada día como si fuera completamente nuevo, sorprendidos como por primera vez por nuestro despertador, por nuestra casa, por la cara de nuestra esposa, sin que nos cansara nunca el repetitivo latido de la vida.

Extirpaciones temporales para todos. Pensadlo.

viernes, 27 de junio de 2008

Justicia poética (III) (y fin)

Esta historia empieza aquí y continúa aquí.

V

Al final, el jurado falló a favor de los demandantes, y la jueza, una afroamericana poco agraciada que había intentado sin éxito que la quisieran por su interior, condenó a medio Hollywood a pagar unas cantidades desorbitadas a la AVICOR. Éstos, en un gesto que les honra, donaron gran parte del dinero a la Fundación Corazones Rotos, destinada a ayudar, al menos en lo económico, a otras víctimas del gran engaño hollywoodiense. La Fundación lo mismo pagaba una semana en un spa para que el afectado se relajara y se olvidara de su amor perdido, que cubría el seguro médico en caso de daños físicos o costeaba las bajas si el dolor impedía trabajar al afectado.

Gary Osman encontró a otra mejor amiga. Lesbiana.

Tracy Mitchell se apuntó a un seminario sobre “El amor en la vida real: más allá de la Red”. En él aprendió mucho sobre habilidades de seducción y se convirtió en una consumada devorahombres. Le partió el corazón a K.

Angus McDonald, que ahora es rico, no ha tenido problemas para acostarse con todas las chicas guapas de su instituto.


Eva Méndez aún busca el amor; entretanto, se ha hecho fan de las pelis de Bruce Willis.

Meg Ryan se ha mudado a Europa a hacer películas de cine independiente. Aún intenta que Almodóvar le de un papel.

jueves, 26 de junio de 2008

Justicia poética (II)

Esta historia comienza aquí


III

- La AVICOR, representada por su presidente, John Pinkerton, denuncia a los actores y actrices sentados en el banquillo - la magistrada enumeró los más de veinte nombres de los acusados – por estafa emocional premeditada y dolor romántico intenso.

- ¿AVICOR? – preguntó Meg Ryan en voz baja a Billy Crystal -. ¿Qué es eso?

- Asociación de Víctimas de la Comedia Romántica… Ésos de ahí.

- Madre mía – Meg Ryan miró las filas de bancos, llenas de indignados hombres y mujeres con aspecto de tener deficiencias en sus habilidades sociales. Volvió la cabeza hacia Bruce, que mantenía la vista al frente.

El primer testigo de la acusación, Gary Osman, de Poughkeepsie, Nueva York, era un chico relativamente agraciado, con aspecto de trabajador de Google o de diseñador publicitario.

- Verá usted, señoría… - comenzó, retorciéndose nervioso las manos -. Yo tenía una amiga, mi mejor amiga. Amanda, se llamaba: una chica guapísima, inteligente, maravillosa… Nos llevábamos tan bien… Pasábamos todo el día juntos: tomábamos café, hablábamos de nuestros amantes, nos quedábamos a dormir el uno en casa del otro. Ella me gustaba, ¡claro que me gustaba! Sin embargo, en la vida habría intentado nada con ella, porque sabía que era mucho lo que podíamos perder. Valoraba mucho más nuestra amistad que un par de noches de sexo. Entonces alquilamos “Cuando Harry encontró a Sally”…Meg Ryan sintió cómo todas las miradas se volvían hacia ella y Billy Crystal. Se encogió en su asiento e intentó poner aquella cara de chica atolondrada e inocente que tan buen resultado le daba en las películas.

- Cuando vimos la película, Amanda y yo nos acostamos e intentamos salir juntos – se oyó un murmullo de desaprobación -. Harry y Sally parecían tan felices… Pero fue un desastre, señoría. No duramos ni un mes. Y después, por supuesto, no volvimos a hablarnos. Perdí a mi amiga, a mi alma gemela, por culpa de esos dos – y señaló acusadoramente hacia el banquillo -. ¡Exijo justicia!

- ¡Eso, eso! – corearon los miembros de la AVICOR, aplaudiendo mientras el muchacho volvía lloroso a su lugar.

Uno tras otro, los testigos desfilaron ante los atónitos ojos de Meg Ryan. Tracy Mitchell, de Denver, Colorado, había conocido a un chico por Internet y, después de ver “Tienes un email”, se había convencido de que sería rico, guapo y sensible. El chico había resultado ser un hombre viejo y tartamudo que había intentado violarla. Angus McDonald, de Seattle, Washington, se había empeñado en conquistar a la tía buenorra del instituto, convencido (después de ver “Diez razones para odiarte”) de que ella terminaría por quererle por su interior. El novio, que jugaba en el equipo de fútbol, le había partido un brazo y encerrado varios días en un contenedor de basura. Eva Méndez, de Alburquerque, Nuevo México, se había enamorado del prometido de su mejor amiga y pensaba sinceramente que él descubriría que la amaba y su amiga encontraría a otro mucho mejor justo antes de la boda, con el que se fugaría a las islas Barbados para no volver. Borracha como una cuba, había ido a casa del novio de su amiga a declararle su amor. Éste se había acostado con ella y después la había ignorado y se había casado con su prometida que, harta de escuchar los desvaríos de Eva, que aseguraba haberse acostado con él, le había retirado la palabra (nota: Eva Méndez decía que su situación no era exactamente el argumento de ninguna película, pero que lo que contaba allí era “el espíritu de la comedia romántica”. Al oír esta explicación, la sala en su conjunto asintió, comprensiva).


IV

- Señoría – comenzó su alegato final el abogado de la acusación -, señores del jurado. Han visto desfilar ante ustedes a todas estas personas: hombres y mujeres de a pie, honrados ciudadanos americanos. Todos han sufrido grandes dolores: emocionales y, en algunos casos, incluso físicos - miró en ese momento a Angus McDonald, que sollozó y aspiró con fuerza de su inhalador para el asma -. Con ese dolor, con esa buena fe, estas personas que usted ve aquí – señaló a los actores y actrices, que miraban avergonzados al suelo - se han lucrado vilmente. Han comprado mansiones, se han operado los pechos y han hecho fabulosos viajes. Mis clientes, sin embargo, han tenido que seguir con sus vidas, estirando sus dólares para llegar a fin de mes, sin poder siquiera comprar enormes tarrinas de helados Häagen Dazs para consolarse de sus pérdidas amorosas… porque, señoría, los helados Häagen Dazs son carísimos – murmullos de asentimiento -. Ya que no pueden ser reparados sus maltrechos corazones o ser restituidas sus deterioradas autoestimas, que estos mercenarios de las emociones paguen con aquello que les sobra: dinero. Aunque, señoría, ¿cuánto vale la ex mejor amiga de Gary Osman? ¿Cuánto vale el brazo de Angus McDonald? ¿Cuánto vale, señores del jurado, la honra de Tracy Mitchell? Es una pregunta retórica, no tienen que contestar – aclaró al confuso jurado -. Gracias por su atención.

El abogado defensor (el de Julia Roberts, que era el más caro y, por tanto, supuestamente el mejor), estuvo menos locuaz en su defensa. Habló de la responsabilidad de los guionistas, de que Hollywood daba lo que el público pedía, de cuánto necesitaban las estrellas sus millones para frenar su decadencia física. Meg Ryan se revolvía en su silla. El juicio era absurdo, pero aquel idiota iba a conseguir que los desplumaran. Le pegó disimuladamente una patada en el tobillo a Julia Roberts para castigarla por tener un abogado tan malo y por ser la mejor pagada a pesar de tener esa boca de buzón tan espantosa.

miércoles, 25 de junio de 2008

Justicia poética (I)

I.

Cuando Meg Ryan se levantó aquella mañana, pensó que iba a ser un día como cualquier otro. Estaba desayunando un zumo de papaya orgánica junto a la piscina cuando sonó su móvil de emergencias.

- ¿Bruce? ¿Qué ocurre?

- Escucha, Meg – Bruce Klein, uno de los mejores (y más caros) abogados de la ciudad, parecía alterado -. Te han demandado.

- ¿Qué?

- Como lo oyes. Tienes un juicio en un mes.

Meg Ryan frunció con dificultad su ceño inundado de bótox.

- ¿Y qué se supone que he hecho?

- Bueno… quizá es mejor que vengas a mi despacho y te lo explico.

Meg Ryan resopló e hizo una señal con la mano a su doncella mexicana.

- Juanita, ¿podrías, por favor, traerme una rebanada de pan de centeno con mascarpone? Gracias. Bruce, querido – dijo, dirigiéndose de nuevo al teléfono -. Si crees que tengo tiempo para ir ahora a la otra punta de Los Ángeles a solucionar alguna demanda absurda de algún tipo empeñado en sacarme unos dólares, estás chiflado. Te pago tres mil pavos la hora para no tener que ocuparme de estas historias. Hazme el favor de solucionarlo y me llamas cuando esté listo.

- Pero, Meg…

La voz de Bruce quedó al instante silenciada por el poderoso pulgar de Meg Ryan. Afortunadamente, el pan de centeno llegó en ese instante; se moría literalmente de hambre.


II

Meg Ryan se colocó con cuidado las enormes gafas de sol antes de salir del coche. No podía creerse que al final tuviera que asistir a aquel juicio absurdo. Bruce le había explicado algo de “daños emocionales y morales”, y se le ocurrió que podía ser algún fan enamorado de ella que no hubiera recibido respuesta a sus encendidas cartas. No era la primera vez que le pasaba. No había podido ocuparse mucho del asunto, en cualquier caso: estaba preparando “Te quiero a mi lado”, una emotiva película sobre una divorciada con problemas de infertilidad que, en su periplo para adoptar a una niñita africana, conoce a un guapo médico especializado en epidemias tropicales del que se enamora. En la última escena, cuando los tres consiguen por fin formar una familia feliz, su personaje descubre que está embarazada del médico: una vez más, el amor hace su milagro.

Cuando llegó a la sala de audiencias, le sorprendió ver a Tom Hanks esperando en la puerta. Se saludaron con un breve beso en los labios.

- ¿Qué haces tú aquí? – preguntó -. ¿Has venido a darme apoyo? Oh, querido, eres tan adorable... Aunque no entiendo cómo te has…

- No – la interrumpió Tom -. Yo también estoy acusado. Es un juicio múltiple.

En efecto: cuando ambos entraron a la sala, protegiéndose con las manos de los flashes de los fotógrafos, pudieron ver que el banquillo estaba ya prácticamente al máximo de su capacidad.

- ¿Billy Crystal? ¿Sandra Bullock? ¿Jennifer Anniston? – Meg Ryan estaba anonadada - ¿Qué está pasando aquí, Tom?

- Ah, pero ¿aún no lo sabes? ¿No has preparado tu defensa?

- Bueno, yo, la verdad… - Meg Ryan estaba empezando a ponerse nerviosa. Miró a Bruce Klein, que se encogía de hombros como diciendo “ya te lo advertí” -… no sé, tengo una película, me he quitado otra costilla... ¡no tenía tiempo para estas chorradas!

- Pues en buena nos han metido, Meg. Verás…

Tom Hanks no pudo continuar, porque en ese momento la jueza martilleó con energía sobre la mesa y abrió la sesión. Pálida como la cera de la que parecía estar hecha su cara, Meg Ryan tomó asiento y esperó.


Continuará...

martes, 24 de junio de 2008

Cocina Erasmus II


Por si pensábais que no podía empeorar.


En breve daré la solución al enigma. Os diría que esto es una pista, pero no lo tengo muy claro.

NOTA: El color es más parecido al de la otra foto. Es que ésta la saqué con flash y se ve un tonillo rojizo que no es así en la realidad.

Detalles (II)

En varias ocasiones, Xesc ha dejado comentarios en mi blog.
No es lo más bonito que han hecho por mí, pero no está nada mal.

lunes, 23 de junio de 2008

Copyright

- ¿Qué haces?
- Sacar la cámara.
- ¿Para hacerme una foto?
- Pues... sí, claro. Estás preciosa cuando te ríes así.
- Lo siento, pero no puedes hacerlo. Tengo copyright, y aún no te conozco lo suficiente como para permitirte mi reproducción total o parcial.
- ¿En serio?
- Totalmente. ¿Tú no tienes?
- ¿El qué, copyright? ¡Claro que no! Ni siquiera sabía que eso existiera.
- Pues claro que existe. Te vas a www.tueresunico.com y puedes registrar tu imagen a un precio bastante razonable.
- ¿Y para qué se supone que sirve eso?
- Ay, es que hay que explicártelo todo... A ver, ¿cuánta gente conoces que tenga mi cara?
- Pues... nadie, supongo. Sólo tú.
- Obviamente. Imagínate lo que podría hacer la gente con ella. Podrían hacerse pasar por mí. Podrían enseñar mis fotografías y decir que me conocen. Podrían recortar mi cara y pegarla encima de sus cuerpos.
- ¿Y por qué iba a querer alguien hacer eso? Todo el mundo tiene ya su propia cara, ¿no?
- De verdad, eres tan ingenuo que resultas encantador. Como dicen en la web, tu cara es tu única propiedad cien por cien original. Si no la proteges tú, nadie lo hará. Allá tú, pero si supieras las historias de plagio facial que he oído por ahí...
- Vaya. ¿Entonces no puedo sacarte una foto?
- De momento, prefiero que no. Quizá en nuestra siguiente cita.

Él la vio marcharse y pensó que no iba a volver a llamarla nunca. En lugar de eso, entró rápidamente a www.tueresunico.com y se abrió una cuenta.

Cocina Erasmus



Doy premio negociable al que adivine el contenido de la olla. Y prometo por Paul Auster que es comestible.


Señor, qué ganas tengo de dejar de compartir piso.

domingo, 22 de junio de 2008

Albertina, está linda la mar...

Hoy me he encontrado a Albertina cuando iba a tomar un café en un descanso del estudio. Es curioso, porque llevo unos cuantos días pensando en ella. Bueno, tampoco es tan curioso, porque vive al lado de la biblioteca y, de hecho, últimamente me la encuentro con cierta frecuencia: en la frutería, paseando por la calle o, como hoy, hablando con el conserje en el portal de su casa.
- Es que vienen mis hermanas a pasar el fin de semana – me ha dicho -, y tengo la cuna de mi nieto en la habitación y no sé cómo cerrarla. Y le he pedido al portero que si me puede ayudar, pero dice que está muy liado. ¿Tú tienes prisa?
Así que me he encontrado luchando contra una cuna gigante e inamovible como un coloso de piedra, mientras Albertina me contaba que vaya desastre, que tiene un montón de ropa para planchar y que todavía no sabe que va a poner de comer. Al final encontramos una flecha misteriosa en uno de los laterales de la cuna, y apretando y tirando de lugares estratégicos la plegamos y la colocamos a un lado de la cama. De repente tengo clarísima la magnitud del engorro que supone un hijo.
Me marcho enseguida, rechazando el ofrecimiento de Albertina de llevarme algo de comida. Desde que se divorció anda mal de dinero, y se dedica a cocinar en casa y a vender tuppers de congelados caseros a los estudiantes. También traduce casi cualquier cosa a ocho euros la página. Ahora parece que va saliendo a flote, pero J. y yo estuvimos en su casa a finales del curso pasado y apenas nos puso unas rebanadas de pan integral y unos quesitos el caserío.

Pero yo no quería empezar esta historia así. Quería empezarla hace ya casi dos años, cuando J. y yo volvíamos de un taller de escritura en la Alpujarra donde habíamos pasado tres días escribiendo, follando y riéndonos de los demás participantes.

(J., querido J., ¿Por qué no te has casado conmigo? La vida podría haber sido siempre así).

Albertina no tenía coche y volvía con nosotros a Granada en el asiento trasero del Micra de J. Después de casi un año compartiendo taller, J. y yo apenas sabíamos nada de ella: sólo que hacía poco que se había divorciado, que era traductora de francés y que escribía francamente mal. Yo la veía fea, con una fealdad perruna y triste de mejillas caídas y nariz colorada. J. decía que era dulce, pero ya os he dicho alguna vez que él es capaz de encontrarle algo a casi cualquier mujer.
No hablábamos mucho. Yo mantenía la mano apoyada en el muslo de J. para sentir cómo se tensaban y destensaban sus cuádriceps cuando cambiaba de marcha.

[Nota: yo pensaba que era la única que hacía esto. Me parecía muy romántico y urbanamente sensual. Cuál no sería mi sorpresa al releer hace poco “El mundo según Garp” y descubrir que en la página 265 habla de cómo Helen Garp “apoyaba la cabeza en su regazo porque le gustaba sentir cómo la pierna de Michael se tensaba y relajaba al mover levemente el muslo para pasar del freno al acelerador”. Nada nuevo bajo el sol, según parece]

En la parte trasera, Albertina hacía comentarios aislados: sobre el taller, sobre el profesor, sobre la hermosa alquería donde nos habíamos alojado. Cuando salimos a la autovía, adelantamos a un autobús del Imserso, lleno de ancianos que miraban apaciblemente por las ventanas.
- Yo siempre me imaginaba así con Antonio – dijo Albertina desde el asiento trasero -. Pensaba que cuando él se jubilara iríamos de viaje con el Imserso, cogidos de la mano. Ay que ver, lo que es la vida…
Depués siguió hablando mucho rato. Tiene una voz quejosa y monocorde, y cuando te habla tienes la sensación de que te está diciendo exactamente lo que se le pasa en esos momentos por la cabeza, sin recovecos ni segundas intenciones. No recuerdo muy bien lo que nos contó: sé que nos habló de algún negocio turbio que su marido había comenzado en la Costa del Sol y de cómo, a raíz de aquello, había empezado a mostrarse distante y nervioso. Contrajo algún tipo de enfermedad mental y empezó a engañarle con otra. Tras un tiempo sin que la situación mejorara, ella había pedido el divorcio.
- Al final ni siquiera quería hacerme el amor – dijo, y J. y yo nos miramos brevemente, aterrados ante la perspectiva de Albertina practicando el sexo -. Yo siempre he sido muy cariñosa. Siempre, hasta después de veinticinco años de matrimonio. Le daba besitos en el cuello, y él me decía: “Anda, Alber, quita, que me das mucho calor”.
Se quedó callada un rato.
- Y luego la psicóloga dijo que mi hija pequeña estaba mejor con él. Así que se ha ido a vivir a su casa. Y claro, él no me pasa pensión ni nada.
Creo que Albertina habría utilizado el mismo tono para explicar cómo cocinaba las lentejas o el calor que había hecho aquel verano en la ciudad.

- Lo que más pena me ha dado ha sido lo del sexo – me dijo J. después de dejarla en su casa -. Qué humillante.
- A mí lo que más pena me ha dado ha sido lo de la hija – dije yo.
- En cualquier caso, estar casado con Albertina tiene que ser muy raro.
- Sí.

Así que ahora me la encuentro de vez en cuando por su barrio, y parece que va tirando, entre traducciones y lasañas congeladas. En la frutería me pregunta cómo preparo yo los champiñones y, casi sin transición, si he vuelto o no con J. “Con la buena pareja que hacíais” dice siempre, con su perenne tristeza perruna. Yo me encojo de hombros y sonrío. “Qué le vamos a hacer”, digo, “así es la vida”. “Desde luego, hija”, contesta ella. “Si algo está claro es que la vida es así”.
Y se marcha a su casa solitaria, con las manos llenas de bolsas del Día, pensando en cualquier cosa no necesariamente importante.

sábado, 21 de junio de 2008

Detalles

A pesar de haberle dicho que no quería nada serio, el chico de los ojos grises me llamó ayer desde el concierto de Extremoduro para ponerme Standby. Apenas se oía nada, pero fue lo más bonito que han hecho por mí en mucho tiempo.

viernes, 20 de junio de 2008

Tiburoncitos

- Oye, ¿tú en qué trabajas?
- Yo no trabajo, yo soy compañera de clase de tu hermana. ¿Te parezco muy mayor, o qué?
- No sé…

Irene sonríe mientras remueve el pisto en la sartén, e Isaías me mira desde sus ojos castaños y grandes.

- Entonces, ¿en qué trabaja tu padre?
- ¿Mi padre? Pues verás… mi padre es biólogo marino.
- ¿Y eso qué es?
- Es un trabajo que consiste en estudiar el mar, los peces y todo eso.
- ¿Y los tiburones?
- Claro. Los tiburones son peces. De hecho, mi padre es especialista en tiburones.
- ¿Y los cuida?
- Sí… mira, los tiburones cuando nacen son muy pequeñitos.
- ¿Así? – Separa las manitas como un palmo.
- Más bien así – junto un poco más sus manos -. Son tan pequeñitos que no pueden vivir en el mar.
- ¿Porque se los comen las ballenas?
- Las ballenas, los delfines… por cierto, ten cuidado con los delfines, porque parecen buenos, pero son animales muy peligrosos.
- ¿Y se comen a los tiburoncitos?
- No, hombre. Para eso está mi padre. Cuando los tiburoncitos nacen, los trae a mi casa. Allí tenemos una bañera especial, más grande que las normales. Les dejamos que vivan allí hasta que crecen un poquito. Jugamos con ellos y les damos comida.
- Venga ya… ¡te lo estás inventando! Irene, ¿se lo está inventando?
- Qué va, ¿a que no, Irene? Ella vio la bañera de los tiburones cuando estuvo en mi casa hace dos meses.
- Es verdad. Cuando yo estuve había por lo menos cuatro o cinco.
- Hala…
- ¿Ves? Yo no te mentiría.
- ¿Y qué comen los tiburoncitos?
- Pues casi de todo: jamón york, boquerones, salchichas... Una vez tuvimos uno al que le encantaban las lentejas. Se las echábamos en el agua y las absorbía, así – abro mucho los ojos y succiono como un desague.
- ¿Y no te dan miedo?
- No, porque son muy pequeñitos, y además no pueden salir de la bañera. Y los dientes que tienen son como granitos de arroz. Una vez meti la mano a ver si mordían, pero apretaban muy flojo.
- Así – dice Isaías, y mordisquea suavemente la piel morena de su brazo.
- Eso es.
- ¿Y un día puedo ir a tu casa para ver los tiburones?
- Claro que sí. De hecho, si te portas bien…
- ¿Qué?
- No, nada, iba a decir una cosa, pero es que no sé si puedo confiar en ti.
- ¡Dímelo! Porfa…
- Nada, sólo que si te portas bien, a lo mejor la próxima vez que venga te puedo traer un tiburoncito para que tú lo cuides. Lo metes en tu bañera y me lo llevo cuando sea más grande.
- No sé – arruga el entrecejo, preocupado -. Me da un poquito de miedo…
- Pero si no dejaríamos que se hiciera muy grande. Yo vendría a llevármelo con nuestra furgoneta-piscina y lo echaríamos al mar antes de que fuera peligroso.
- ¿Tienes una furgoneta-piscina?
- ¡Claro! ¿Cómo íbamos a transportar si no a los tiburones?
- Qué guay…
- ¿Entonces quieres cuidar al tiburón o no? Imagínate lo que vacilarías delante de tus amigos con un tiburón en casa.
- ¿Sólo mientras sea chico?
- Sólo mientras sea chico.
- ¿Le puedo llamar Iker Casillas?
- Por supuesto.

Y mientras Isaías se va corriendo a decirle a su hermano que va a tener un tiburón bebé, yo sonrío, suspiro y me digo que no tengo remedio, que invento por puro vicio.

Príncipes

A lo mejor mi problema (otro de ellos) es que confundo el amor con las gilipolleces, con jugar a juegos absurdos en las mesas de los bares y tener una perfecta ortografía. Que ando pidiendo que me sigan la corriente en todo, que se atrevan a imaginar qué pasaría si hubieran nacido ratones o si sobrevivieran a un holocausto nuclear, que abracen árboles, que me reciten poesía de memoria. Y que escriban, pero no mucho mejor que yo, ni mucho peor que yo, y sepan a qué me refiero cuando explico que uno puede sentirse bien escribiendo sobre el dolor o contar los secretos profundos del alma sólo porque quedan bonitos.

Al final dios me hará caso y me mandará a uno que me escriba cartas y ponga las tildes, y lea poesía y sueñe despierto, y no tenga ni puta idea de todo lo demás.

jueves, 19 de junio de 2008

Esa tragedia surfera del olvido

Y ahora vas y escribes que intentar olvidarse de mí es como remar contra las olas; por lo difícil, supongo, con lo fácil que sería dejarse llevar, sin más, mientras yo te espero en la arena, leyendo sobre la toalla, tu surfera del cielo. Mientras me aburro y no te miro y después, cuando me preguntas si te he visto coger esa ola espectacular, asiento mentirosa frente a tu cara ilusionada, mi chico caprichoso, mi hombre-niño. Si yo me habría quedado, idiota, y te habría secado luego entre mis brazos, tu carne de gallina, tu pelo de pollito mojado. Me habría quedado con el mismo ánimo valiente y suicida con que lo hago todo, con que salto las hogueras con los pies descalzos y me caigo de la tabla haciendo equilibrios en la orilla, y me parto la muñeca, y los huesos, todos los huesos del cuerpo; con el mismo ánimo inconsciente con el que me enamoré de ti, imbécil, y no de cualquier otro más inofensivo. Y ahora me vienes escribiendo estas cosas, mentiroso, comparando el surf con los recuerdos, cuando tú siempre me has dicho que se surfea a favor de la ola. Empeñado en olvidarme mientras yo estoy lejos de la playa añorando el tedio de la arena vacía.

Y que conste que escribo esto porque sé que no vas a leerlo.

miércoles, 18 de junio de 2008

Otro miércoles

Llevo tres horas y media metida en este despacho orwelliano de mierda. Sólo ha venido Mi Querido Ex Novio a sacarme a merendar a eso de las seis. Hemos compartido un sandwich de pavo y tranchetes y una cocacola en la cafetería desierta, donde la luz entraba a raudales por las ventanas. Pero no quiero ponerme poética, sino reivindicar la inteligencia de las conductas humanas y preguntar por qué, si no hay nadie en la facultad, si los alumnos no pueden pedir asesoramiento sobre sus trabajos porque están de exámenes, si los profesores no necesitan de nuestros servicios por lo mismo, tengo que pasar yo hoy cuatro horas encerrada bajo los fluorescentes para satisfacer alguna especie de extraña cuota a la que nos obliga el ministerio. Por no hablar de julio. Y de septiembre.

Me rasco frenéticamente la parte superior de los brazos, que gracias al efecto combinado de la medicación y el sol se me ha llenado de eczemas. No me molestan: me dan un cierto aire de indefensión bastante encantador. Una vez conocí a una chica con psoriasis y pensé que podría enamorarme de ella y de sus delicadas heridas rosadas. En cualquier caso, casi he recuperado la piel de mi cara y, puesto que se ve bastante más que los brazos, no me quejo. Camino sintiéndome preciosa. Salgo a la calle cubierta de crema protectora factor total. El otro día me preguntó cierto galán pseudoepistolar que si olía a flores recién cortadas. Pues verá, no: ahora mismo a lo que huelo es a protección solar, a día de playa y verano bajo las luces azules de la biblioteca. A desfase estacional. Un olor la mar de poco romántico. Y conservo el blanco invernal de mi piel con defectos de fábrica. El blanco es mejor que el amarillo de las personas morenas en invierno. Voy a lucir un blanco sin complejos durante todo lo que dure el verano, y todas esas camisetas color pastel, todos esos vestidos claros hechos para resaltar sobre la piel morena, me cubrirán dándome el aspecto de un adorable fantasma rubio. Un fantasma que huele a protector solar.

Os dejo ya. Ha venido MQEN a recogerme y sacarme a la luz. Me ha traído un traje especial, una mascarilla y unas gafas de sol que me cubren media cara. Gracias, MQEN. No pude haber elegido nadie mejor para dedicarle mi amor.

Cuánto bien pueden hacer tres párrafos de escritura absurda y furiosa.

martes, 17 de junio de 2008

Concursos (II)

Ya conté una vez aquí mi ambivalente relación con los concursos literarios. También dije que me había presentado al V Certamen de Relato Universitario, convocado por una gente cuyo nombre no voy a decir para no hacerles publicidad, y que no tenía ningún tipo de esperanza de ganarlo. Obviamente, eso es mentira. Creo que uno siempre tiene esperanza: de ganar concursos, de ganar la lotería o de que Brad Pitt te escriba un mail diciendo que ha visto tus fotos en Flickr y cree haberse enamorado perdidamente de ti. El caso, que me pierdo, es que he pasado todo mayo pensando a ratos en el concurso y en lo que haría con los 6000 euros si ganaba. Comprarme un piano electrónico. Irme a Estados Unidos a asediar la casa de Paul Auster. Montar un fiestón con champán y exquisiteces e invitar a todo el que se dejara.

Como os podéis imaginar, no he ganado. De lo contrario, este post tendría exclamaciones, letras de colores, fotos de mí desnuda y demás expresiones de alegría. Ayer, por fin, encontré por Internet el relato ganador y me apresuré a leerlo. Estaba mentalizada. No tengas prejuicios, Marina, me decía; acéptalo con deportividad: este tío escribe mejor que tú y ya está.

Cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que el relato es malo. Tiene su gracia al principio, sí, la movida de los acertijos, las alusiones literarias... el estilo es un poco como de alguien que ha leído aproximadamente tres libros en su vida, pero más o menos se puede obviar. Pero llega ese final absurdo, esos personajes planos como papeles de fumar, esos diálogos sacados de la interiorización de todas las malas películas y series que hemos visto en nuestra vida.

No quiero parecer resentida. Mi relato es mejor, pero es que eso tampoco tiene mucho mérito. Lo que me pasa es que me siento frustrada. ¿Qué cojones se ha premiado ahí? ¿El estilo? ¿La supuesta originalidad? ¿El bagaje literario del autor? Me pueden decir misa, pero eso NO es buena literatura. No lo es, y ya está. He leído mucho, y a mí no me la coláis, señores del jurado. Es un relato curioso, con truquito, que se deja leer, pero NO es bueno. Y perdonadme por insistir, pero es que me siento como el niño que dice que el emperador está desnudo.

Un concurso de este tipo debería, en mi opinión, impulsar una literatura relativamente seria (no seria en el contenido, que el humor es una cosa muy seria, sino en el oficio), cuidada, innovadora. Un cuento no es una novela corta: forma parte de un género con sus características, sus reglas y su propia trayectoria en la literatura. Premiar una obra como ésta me parece faltarle al respeto al relato corto como manera de contar: a su historia, a sus límites y a sus posibilidades. Me parece quedarse en lo fácil.

Lamento lloriquear aquí porque no me han dado el premio a mí. A mi favor diré que hace poco quedé finalista en otro concurso y me gustó más el relato ganador que el mío (que tampoco era muy allá). J. lo calificó como "cortazarino tonto", pero creo que lo hacía por animarme, y la verdad es que estaba bien escrito y emanaba una sinceridad y una calidez que no son, ni de lejos, fáciles de conseguir. Pero esto concretamente me parece una estafa.

Aish, perdonadme, necesitaba desahogarme. Éste es mi duelo por los 6000 euros; es más, es incluso mi duelo por no haber quedado siquiera de los 10 finalistas y salir en el libro.

Pero resistiré cual aldea gala. Voy a seguir escribiendo como me gusta hacerlo. No voy a caer en la trampa de los relatos "concursables" o "no concursables", como les llama K. Y si acabo publicando muerta y/o con una oreja de menos, ya disfrutarán mis herederos las ganancias, exhibiendo mis libros con una foto en la solapa de mi perfil no desorejado.

lunes, 16 de junio de 2008

Hoy, post Amélie

Me gustan los exámenes de Junio.
Me gusta levantarme prontito, cuando todavía hace fresco, y coincidir con los niños que entran al colegio. Me encanta verles, tan pequeñitos, agarrados de la mano de sus padres, parloteando sobre sus profesores y sacándole antes de tiempo la pegatina al bollycao.
Me gusta llegar a la biblioteca y disponer mis apuntes y mis preciosos y brillantes rotuladores de subrayar, y levantarme a la media hora para ir a cotillear y tomar café en el bar de la esquina.
Me gusta cuando bajo al baño de la hemeroteca porque el otro está cerrado y la sala está llena de abuelitos que se van allí a leer gratis el periódico.
Me gusta leer culpablemente en los descansos.
Me gusta mirar a un chico mono toda la tarde y plantearme seriamente dejarle un post-it que diga algo como "Perdona, pero no puedo estudiar contigo delante, ¿te importaría ser un poco menos guapo?".
Me gustan estas noches cálidas, cordiales, y tomar helado de yogur en Puerta Real mirando las luces de la fuente contra el cielo índigo de antes de que anochezca.
Me gustan los placeres nocturnos culpables. Como un mistela en el Lobos con el chico de los ojos grises. O ciertas conversaciones con cierto bloguero ególatra de cuyo nombre no quiero acordarme.
Me gusta que después de cinco años, ya todo esto me da un poco igual.
Y me gusta, como hoy, levantarme temprano, hacer un examen, volver a casa, meterme otra vez en la cama y reiniciar mi día desde mi cuarto de persianas bajadas.
Así que os veo luego.

domingo, 15 de junio de 2008

- Besas tan bien...
- No, tú besas bien.
- Eres tú el que besa bien.
- ¿Y por qué te gusta tanto como beso?
"Besas como si me quisieras", pensó ella; pero no dijo nada.

sábado, 14 de junio de 2008

Divorcio

- Ella siempre me echa la culpa a mí, pero la verdad es que ella fue la que jodió nuestro matrimonio. Por cantar, tío. Por las puñeteras canciones.
- ¿Qué canciones?
- Cantaba todo el día. Por los pasillos, en la habitación. Mientras fregaba los platos o ponía la lavadora. Ni siquiera ponía la radio, sólo cantaba ella: una puta canción tras otra, mezclando trozos sin sentido, a voz en grito.
- Pero cantar es alegre, ¿no? No es para tanto.
- Tenía una voz horrible. Era como hacer chirriar una jodida plancha de metal contra el suelo. Una voz espantosa, tío, y no hacía más que cantar, y decía que no se daba cuenta, que no podía evitarlo. Me crispaba los nervios el puto chirrido, todos los días al llegar a casa: nada más que ese canturreo infernal. Ni siquiera tenía buen oído. A veces si siquiera sabías qué canción era.
- Así que la dejaste.
- Sí. La dejé.
- Realmente te entiendo, tío. Cantar mal puede ser muy desagradable.
- Sí, tío.
- Sí.

jueves, 12 de junio de 2008

Stendhal

Algunos hombres saben encontrar algo hermoso en todas las mujeres. A mí me gustan esos hombres, aunque no me casaría con ellos. Ésos que pueden aislar en un cuerpo inseguro unos hombros bonitos, o la boca generosa de una cara asimétrica. Ésos que siempre tienen los ojos idos detrás de las chicas que caminan por la calle, y le sueltan un piropo a la cajera sólo por ver cómo cambia cuando sonríe, atravesada por un breve relámpago de luz.

Se fijan en partes del cuerpo que ningún otro ve.

... tu nuca, te dicen.
... tu cuello.
... tus dedos.
... tus hermosos tobillos de princesa.

Una vez tuve un lío con un chico así. Él era guapo (estos hombres casi siempre lo son), y después de picotear un poco aquí y allá eligió por novia formal a una chica preciosa, de enormes ojos rasgados, labios oscuros y nariz respingona. La adoró durante meses, con palabras y besos y fotos. Luego la engañó tanto, y con tantas mujeres, y también tan hermosas.

A mí me gustan esos hombres, aunque les llamen golfos, o salidos, o donjuanes. No son malos; sólo tienen demasiado presente la polimórfica y perversa belleza femenina. Y les gusta tanto, la aman tanto, que les pasa que no saben qué hacer con tanto amor.

Omisión

Nadie tuvo corazón para decirle al ciego feo que la novedosa técnica para recuperar la vista por fin había sido probada, era un éxito y estaba lista para ser aplicada en cualquier hospital.

martes, 10 de junio de 2008

You made my day

Esta mañana se han dado cita en las coordenadas espacio-temporales a las que llamo mi vida una serie de hechos perturbadores. Ha empezado la única compañera de piso que me queda (algún día os contaré el misterioso efecto Agatha Christie que parece tener mi piso de este año) haciendo limpieza en su cuarto a las siete de la mañana, con gran profusión de cierre de puertas, arrastre de muebles y subida y bajada de persianas. A esto se han unido el nublado, un tenue pero potente síndrome premenstrual y una cucaracha agonizante a la puerta de mi habitación. Yo a las cucarachas no las mato, porque me da asco: espero a que mueran, luego les deseo una mejor reencarnación y las tiro al váter, acompañadas de toneladas de papel higiénico para que no se queden flotando. Así que esta mañana he pasado varias veces junto a la cucaracha poniéndome la mano junto al ojo en plan anteojera para no verla mover sus asquerosas patitas luchando por su vida.

La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.

Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.

Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".

Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.


Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca...

lunes, 9 de junio de 2008

Malentendido

Cuando le dije que con ella nunca me aburría, creo que no comprendió que eso no tenía por qué ser necesariamente bueno.

miércoles, 4 de junio de 2008

Un encuentro

Voy caminando por la calle en dirección a la parada del autobús. El invierno se está alargando hasta límites maleducados, y todavía hay diez o doce grados aunque sea casi junio. El cielo está cubierto de nubes blancas y húmedas y todo el mundo se ha levantado antes de lo que le gustaría. En mi dirección caminan dos monjas con esos hábitos antiguos tan fantásticos: túnica marrón, caperuza (¿caperuza?) negra y una especie de delantalito blanco sujeto con un cinturón de cuero. Admito que no estoy muy puesto en vestimenta clerical. Llevan unas sandalias de tiras por donde asoman ateridos los deditos de los pies. Son gorditas, redondas y sudamericanas; hay muchísimas monjas gorditas, redondas y sudamericanas, o a lo mejor son siempre las mismas paseándose por diferentes lugares de la ciudad.
Cuando nos cruzamos y estoy a punto de dejarlas atrás, me vuelvo y digo:
- Perdonen, hermanas - no sé si se les llama así.
Tardan unos segundos en contestar.
- ¿Sí, m'hijito? - dice la mayor.
- ¿Podrían bendecirme?
Ahora sí tardan en hablar. Me miran de arriba abajo. Probablemente piensan que hay una cámara oculta en algún lugar.
- ¿Bendecirte?
- Sí... verán, ustedes... ustedes saben de qué va el rollo, ¿no?
- ¿Qué rollo, hijo?
El rollo de todo esto, pienso, de para qué sirve tomarse una taza de café cada mañana y encarar la vida, y caminar por la calle hacia ella aunque los árboles estén llenos de pájaros. El rollo de si es verdad que hay un cielo o si nos disolvemos en átomos y pasamos a formar parte de la hierba, de una vaca, de la loncha de queso de un sandwich. El rollo de no suicidarse, a diario, todos los días de la vida.
Sin embargo, sólo digo:
- No sé, el rollo de lo divino, de Dios, del sentido de la existencia.
- Pero, ¿tú crees en Dios? - pregunta la más joven.
¿Cómo voy a creer en Dios? ¿Cómo podría alguien hacerlo, si hay chicles pegados a la acera y tenemos que madrugar todos los días, y en algún lugar del mundo con un nombre complicado pasan cosas que no serían peores si las imagináramos, y hay padres que tienen que cuidar de sus hijos con Síndrome de Down y, aunque hay momentos de una luz increíble y gigante, la mayoría del tiempo sientes que te falta algo importante que los demás sí tienen?
- Bueno, creo en la trascendencia. En que hay algo más grande que nosotros.
Sonrío, pero creo que he calculado mal la sonrisa, porque menean la cabeza, disgustadas, y siguen andando. Yo reprimo las ganas de salir detrás y suplicar de rodillas una bendición, pero sólo sigo caminando, camino esta mañana entre las paredes sucias, la gente distraída y los siempre sorprendentes tallos de las flores.

domingo, 1 de junio de 2008

Mente de mono

El presente no es más que dar tumbos por los escenarios del mundo mientras nuestra cabeza hila una sucesión de pensamientos, a veces con sentido, a veces inconexos. Nuestro cuerpo experimenta sensaciones que juzgamos como agradables y desagradables y, rápidamente, pedimos más de las primeras y menos de las segundas. Agrupamos esos sentimientos y pensamientos en emociones. Las asociamos a personas y a cosas. Entre emoción y emoción, hay tiempos muertos, aburrimientos, platos que lavar, autobuses que coger. En general, y salvo excepciones, eso es la vida.

Una vez pasa, miramos atrás, recolectamos esos pensamientos y esos sentimientos y los pegamos en nuestra memoria como en un álbum de recortes. Entonces parecen relatos. Tienen un comienzo, un principio y un final. Y nos gustan. Parece que tienen un sentido; si se los presentáramos a un grupo de lectura, sabrían sacar una enseñanza y escribir varias páginas de reflexión sesuda. Podrían haberle pasado a cualquiera. A lo mejor ésa es la clave: que podrían haberle pasado a cualquiera. Entonces nos encariñamos de nuestras historias, como si de verdad cualquier tiempo pasado hubiera sido mejor, y creemos que en el futuro es eso lo que vamos a vivir: historias con sentido. Y no nos damos cuenta de que el presente sigue siendo pegajoso e inconexo como un sueño.

Y así vivimos la vida. Así, hasta que nos morimos.

Mi querido HDP

El HDP u Hombrecito de la Posguerra es el señor que me enseña Psicología de la Educación. Lo llamo así yo íntimamente porque podrían recortarlo de mi clase y colocarlo en una escuela rural de 1950, con su chaleco y su bufandilla. Es flaco y tiene el pelo de una sola pieza, como Ken el de Barbie: ni le crece, ni se lo corta, ni se despeina.

Este señor y su asignatura son la versión moderna de los esclavos egipcios que construían pirámides arrastrando piedras. Podría licenciarme sólo con las horas de trabajo que le he echado a P de la E.

Es difícil explicar la personajez del HDP (curiosa coincidencia de siglas)en palabras de nuestro idioma. Es un señor realmente entusiasmado por su asignatura, convencido de que mandarnos setecientas prácticas, doscientas actividades de clase y quinientos trabajos complementarios de crédito europeo es lo mejor que puede hacer por nosotros y nuestra formación. Comienza todas las clases diciendo “esto es muy interesante, ¡interesantísimo! Esto lo pueden aplicar ustedes en su futuro profesional”, y saca un taco de transparencias pintadas de rotulador que nos explica con genuina pasión.

Lo peor del HDP es que se lee los trabajos. Cuando nos manda una actividad, llega al cabo de unas semanas con unas ojeras hasta los pies, porque se ha pasado la noche corrigiéndolas y haciendo transparencias con los mejores y peores ejercicios para que aprendamos de nuestros aciertos y errores. Si descubre que alguien se ha copiado, hace transparencias del plagio y pone con su rotulador rojo al lado: ¡¡¡COMPORTAMIENTO ACADÉMICO INACEPTABLE!!!, y lo proyecta en clase para aleccionarnos.

Mientras exponemos en clase, asiente con una sonrisa beatífica e interrumpe para poner sus transparencias sobre el tema y leernos cuentos de Jorge Bucay. El último día, nos despidió con un power point directamente sacado de los forwards de su bandeja de entrada, con fotitos de flores y velas y más cuentos sobre la educación, la paciencia y el luminoso poder de la esperanza. Y con transparencias.

Todo esto estaría bien si el examen fuera relativamente fácil. Pero encima su examen consta de preguntas del tipo de ésta:

Recuerda cuando trabajamos en clase el artículo de García (1998). ¿En cuál de sus enfoques sobre el aprendizaje podría enmarcarse la teoría de Ausubel?
a) Primero.
b) Segundo.
c) Tercero.
d) Cuarto.

(No es una exageración. Había una pregunta así en el examen de febrero).
(Obviamente, el artículo de García estaba impreso en una transparencia).

Es un profesor que cree fervientemente que aprender no es empollar el último día. Que tenemos que retenerlo, asimilarlo, relacionarlo e integrarlo TODO. Que al final de curso seremos mejores psicólogos y seres humanos. Como ya os he dicho, es un personaje.

Y lo más gracioso de todo esto es que hoy, domingo, mientras termino las prácticas del HDP (cada una de ellas un taco de folios con lecturas, artículos en inglés y análisis estadísticos), y me acuerdo de toda su familia, no puedo evitar pensar que es un señor bastante adorable. Qué poco hace falta para tenerme contenta.