Hoy Alana se ha puesto a bailar.
Estamos escuchando música en el portátil porque a Pablo se le ha antojado oír una canción que estaba cantando en la ducha, y de repente, al oír los golpes de batería de la canción que empieza, Alana, de pie con las manos apoyadas en la cama, empieza a bailar como bailan los bebés: moviendo el culo arriba y abajo sin separar los pies del suelo, mirándome encantada con una gran sonrisa, como quien sabe que has pillado el chiste que te acaba de contar.
Sonríe y baila, y yo llamo a Pablo, que está terminando de vestirse en el baño. Él la ve y se va a por su teléfono. Alana para de bailar porque la canción se ha puesto lenta, así que buscamos otra más animada: Matador, de Los Fabulosos Cadillac.
Allá va de nuevo: mueve su cuerpecillo de once meses, se ríe, le fallan las piernas y se cae al suelo. Se vuelve a levantar, apoya los brazos y mueve el culo otra vez. A mí me inunda una emoción absurda. Está bailando.
Cuando vas a tener un bebé nadie te advierte de que tu hijo se va a pasar muchos meses pareciéndose a un brócoli. Tú lees estudios que dicen que los recién nacidos ya reconocen patrones, distinguen tu voz, tienen emociones y otro montón de habilidades cuasi-adultas, pero en el exterior tienes a un ser sin masa muscular que te mira con los ojos desenfocados.
Así que el proceso de un bebé que crece es el de ir haciéndose menos brócoli y más persona, y yo me emociono a cada paso porque me siento más cerca de que Alana y yo por fin nos entendamos.
La gente habla del instinto maternal, de que intuyes lo que le pasa a tu bebé y te vinculas a él con una corriente hormonal e inexplicable. Yo a Alana la he visto siempre un poco extraterrestre. Es una caja opaca de relaciones causa-efecto que nosotros tratamos de descifrar.
«Parece que tiene sueño». «Igual son gases». «Yo creo que le están saliendo los dientes».
Pero más que nada estás adivinando, y cada vez que se acaba el día y ella está dormida en su cama, todavía viva y entera y creciendo, yo suspiro con alivio y pienso que no ha estado mal, pero que sin duda no ha sido óptimo.
Así que a medida que pasan los meses y ella empieza a reírse conmigo, a echarme los brazos, a mirar hacia donde señalo, yo lo que pienso es que cada vez nos vamos pareciendo más. No en nuestra personalidad, sino en nuestra cualidad humana.
Y hoy se ha puesto a bailar.
A partir de hoy, ya podemos bailar juntas.