massobreloslunes: 06/22/06

jueves, 22 de junio de 2006

Siete

Hace calor, el aire está espeso e inmóvil y yo, que quiero esperar a que refresque un poco antes de ponerme a repasar para mañana, me digo que si te llamo, que total, ya hemos hablado esta mañana, y a lo mejor me pongo pesada, pero ¿y si te llamo? Así que me acerco al teléfono, voy marcando las cifras y me hago creer que aún me lo estoy pensando mientras termino de pulsar los dígitos. Luego los pitidos, y yo anticipando tu voz, y luego la mía, “pues nada, que he vuelto de la biblioteca y no hay nadie en casa, no sabía qué hacer, quería desearte suerte, y darte ánimos, que debes de estar hecho polvo de tanta fórmula y tanta historia, y bueno, decirte que hace calor, y que a veces pienso qué hago yo aquí, suspendida sobre una ciudad ajena en esta terraza enorme, y que ahora voy a ducharme y a repasar, y que mientras menos te veo, más ganas me entran de escribir…”. Van dejándose caer los pitidos, uno tras otro, y recuerdo que cuando yo era pequeña mi madre me dijo que debía esperar siete tonos antes de colgar, y siempre me he ceñido a esa regla, porque después de siete tonos, si alguien lo quiere coger, lo coge, y si no es tontería seguir insistiendo. “…y eso, pues nada, que no sabía qué hacer, que estoy contando bicicletas asomada al balcón, y como tengo las llamadas nacionales gratis, he pensado en llamarte, y que ahora seguramente bajaré a comprarme una leche merengada, y eso, que estoy bien, aburrida de estudiar y del calor, pero bien…” y termino de contarte eso mientras suenan los últimos pitidos, seis, siete, y luego cuelgo, y ya está.

Yonqui literaria

Una vez cada cierto tiempo, a veces con eones de diferencia, se encuentra un autor que nos encanta. De pronto te parece mentira que hayas pasado X años de tu vida sin disfrutar algo tan bueno y te bebes hasta el último libro suyo que puedas conseguir. A mí no me pasa mucho; encuentro cosas que me gustan, claro, pero esa fruición absoluta, esas ganas de devorar, cada vez me atacan menos. Será la edad.
Sin embargo, hace unos días se me ocurrió sacar de la biblioteca un libro de relatos de Roald Dahl. Había leído Matilda, claro, y Charlie y la Fábrica de Chocolate, y Charlie y el Gran Ascensor de Cristal, y obviamente pensaba que era de la mejor literatura infantil que se ha hecho nunca (por Dios, una fábrica enorme de chocolate, el el Libro Supremo Infantil, sin duda). Son libros auténticamente bien hechos, desde la honradez, desde la ternura, sin asomo de paternalismo, con un deje de crueldad y con muchísimo amor hacia (algunos de) sus personajes.
Bueno, pues el otro día agarré el libro ("Historias extraordinarias") y me dije "hala, Marina, vamos a leernos un relatito para olvidarnos de los exámenes y luego seguimos estudiando" (yo es que de mí misma hablo en plural mayestático). Dos horas después, pasaba la página doscientos veinte del libro y lo cerraba, completamente exhausta. La tarde de estudio, perdida absolutamente, y yo hiperexcitada y con hambre de más.
Desde entonces me he leído a razón de libro por tarde otros dos libros y medio del amigo Dahl. Ese tío es un puto genio. La bibliotecaria me ve sacar todas sus obras como una desquiciada y sacude la cabeza, comprensiva. Marina leyendo en el autobús, ignorando a sus amigos para sentarse a leer sola en la cafetería de la facultad, ignorando a sus compañeras de piso para leer mientras come... Vaya, como cuando leía de pequeña y era enana y repelente y pedante y absolutamente feliz.
No se me da bien comentar libros... además, los libros no se comentan, se leen. Pero no podía dejar pasar estos días de exámenes y universo Dalhiano sin recomendaros que os déis un paseo por sus cuentos. Están tan bien hechos que ni siquiera puedes verle los hilos, como un fantástico marionetista que hace que ignores que hay alguien detrás moviendo los muñecos. Los cuentos son redondos, son agudos, son estremecedores, son divertidos, son crueles. A decir verdad, este hombre me va a retirar del mundo de la literatura, porque dudo mucho que en toda mi vida se me ocurra una sola idea tan buena como las de sus relatos. Pero bueno; cada uno es como es, y tiene lo que tiene.
Podría tirarme un siglo hablando de Roald Dahl, porque leerle me está haciendo pensar mucho sobre la literatura, la imaginación y la vida (temblad, lectores, temblad). Pero tengo que dormir y estudiar y comer y estudiar y toda esa vida tan maravillosa que llevo ahora y que tango tiempo me deja libre para escribir y pensar en mis cosas. Así que no leáis a Dahl, al menos no hasta que llegue el verano, porque en cuanto lo tengáis entre manos no os va a dejar hacer otra cosa.