
Este post se lo quiero dedicar al señor K. El señor K. es un melenudo adorable y depresivo que escribe como los ángeles. Tiene una gramática seductora, un verbo incisivo y un sentido del humor de alto nivel. Las editoriales no lo reconocen porque son mongolas, pero yo tengo una fe inamovible en que en algún punto se darán cuenta y le publicarán. En ese momento se hará minoritariamente famoso, en plan escritor de culto, y poco a poco irá mudando a bestsellerista de manera respetable, como Murakami. Entonces yo podré decir que le conozco, aunque seguro que se vuelve insoportable y pretencioso, y va por ahí comprando obras de arte caras para luego destrozarlas, como una extraña estrella literaria del rock.
El señor K. y yo nos conocemos desde hace más de tres años ya. Nos vemos en persona con una frecuencia aproximada de una vez cada eclipse solar completo, pero hablamos por facebook bastante a menudo sobre por qué las mujeres guapas están locas y los hombres guapos son unos neuróticos. Son conversaciones infructuosas pero divertidas, porque además el señor K. tiene la pluma ágil y una ortografía exquisita. Es la única persona que conozco que chatea colocando las exclamaciones iniciales y que nunca jamás equivoca una tilde. Es la persona a la que le consulto mis dudas ortográficas, lo que da lugar a conversaciones frikis del tipo de "pues si tú vas a seguir poniéndole la tilde a sólo cuando significa solamente, yo también, y me la suda lo que digan los capullos de la RAE".
Hechas las presentaciones, vamos al lío. Últimamente soy feliz y es raro. Este mayo estaba hecha polvo. Cocinaba pensando en autolesionarme para pedir la baja; a ver, no lo pensaba en serio en serio, pero la idea se me pasaba por la cabeza y me parecía muy deprimente. Supongo que tenía que ver con estar trabajando en el equipo de salud mental, epicentro de la hostilidad gaditana, con hacer tres tardes por semana y no tener vida, con no ser capaz de desengancharme de J., con el acné del Averno y en general con que mi sistema nervioso no es que sea último modelo y se desequilibra facilito.
Entonces decidí cambiar el chip. Verídico. Lo escribí en algún post de aquella época, creo recordar: que vi una peli en la que la protagonista decía que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas están a punto de cambiar. Decidí ver el lado bueno y la botella medio llena. Escribí en mi pizarrita de IKEA, en letras grandes, "Haz esfuerzos positivos por lo bueno", y cada vez que entraba en casa me entraba así como una punzadilla de autocompasión porque pensaba que era un poco triste mi coaching pizarrero. Pero bueno, ahí estaba y me esforcé como buenamente pude.
Desde entonces me han pasado muchas cosas bonitas, y ahora estoy en uno de los mejores momentos de mi vida adulta. No sé exactamente qué ha determinado el cambio. Quizá fue quedar con J. un día, meternos cuello y que fuera como besar a una almeja, y que a partir de ahí sintiera que ese capítulo de mi vida, por fin, ha terminado. Quizá fue empezar a escalar, que me tiene enamorada, divertida y en una sucesión permanente de lavar ropa y echarme trombocid en las rodillas. Quizá fue rotar por primaria y salir a la una todos los días. Quizá la sobredosis de endorfinas de la playa de Cádiz.
Pero mira tú por dónde que yo creo que fue el Michelian Challenge.
Ser medio feliz es raro porque estás suspendido en el vacío, como en una cuerda de estas de equilibrio tendida en mitad de las montañas de Yosemite. Tú aguantas ahí como puedes, y a un lado y a otro hay mucho sufrimiento. Lo veo en el trabajo, porque vaya tela las adicciones, en serio, son más duras de lo que había pensado y me parten el corazón. En la UCI pediátrica se estaba muriendo hoy un niño y había como veinte familiares llorando a coro en la entrada, perdidos en una burbuja inconcebible de pena. Y la gente sufre, en general; mis amigos, mi familia, mis compañeros... sufren mucho. Y en medio estás tú abrazando la fragilidad de tu presente, porque sabes que no eres invulnerable al dolor ni a la penita y que en cualquier momento la aguja puede atravesar el disco y ponerte los pelos de punta.
La cosa es que en medio de esa fragilidad cuesta encontrar algo sólido. Yo digo que en realidad sólido no es nada, porque todo es impermanente y blablabla, pero mira tú por dónde, después de años y años escribiendo y de leer en todas partes eso de "escribe a diario, nulle die sine linea, que la inspiración te pille trabajando" y tal, resulta que tenían razón todos. Que escribir todos los días toca alguna tecla misteriosa relativa al compromiso y al disfrute retorcido y mágico de tener una obligación que te gusta. Por eso cuando vuelvo de escalar y es la una de la mañana, y me duelen los antebrazos y pienso "qué cojones estoy haciendo yo aquí y ahora", el compromiso supone que en realidad no tengo alternativa. Tengo que escribir; sencillamente, no puedo decir que no. Y descubro un lugar de calma y encuentro que es un oasis, y que no me falla porque soy yo misma. Como cuando Momo visita al maestro Hora con sus hermosas flores horarias y después se da cuenta de que ha estado todo el rato en su propio corazón.
Así que gracias, señor K. Escribir todos los días me hace muy feliz. Era tan fácil como eso. Y en cuanto llegue al bestsellerismo será usted mi primer mecenazgo, chispas, y no tendrá que preocuparse más por el tercermundismo literario.
Se le quiere, pelanas. Muchos besitos.