massobreloslunes: 2008

domingo, 28 de diciembre de 2008

Estoy sentada en el salón de mi casa de Málaga. La chimenea ha ardido todo el día y creo que es la primera vez en estas vacaciones de navidad que, definitivamente, no tengo frío. Ha sido un buen día. Elsa y Arantxa han venido esta mañana y hemos dibujado mandalas. Por la tarde ha venido MQEN y hemos meditado juntos. Podía observar los pensamientos cruzando fugaces por mi cerebro: apenas ráfagas de luz en la noche oscura de la consciencia. Sólo me desconcentraba cuando pensaba en J., mi J.

Después de que MQEN se fuera he estado un rato tocando el piano. Había quedado a las once en el centro, pero ya sabía que no iría, así que he esbozado unas cuantas piezas con la sordina puesta. Mis dedos están débiles y torpes por la falta de práctica. A veces saben más que mi mente, a veces menos. Y yo pienso que la estructura de las piezas está completa en mi cabeza, sin fallos y, sin embargo, por alguna teoría aleatoria del caos, un chispazo equivocado de mis neuronas, fallo: piso entre teclas, no mantengo el ritmo, desplazo los acordes.

Después de tocar mando un mensaje a Arantxa y le digo que no voy a ir al centro. Estoy cansada, la chimenea me atrapa con el arder tranquilo de sus troncos. Luego me pongo a leer La hija de la amante, de A.M. Homes. En el libro, Homes habla de su adopción y de cómo conoció a sus padres biológicos cuando tenía treinta años. Sus padres biológicos resultan ser personajes ridículos, sórdidos, así que ella lleva setenta páginas hablando de su tristeza, de cómo se siente rota cuando su padre le oculta frente a su otra familia, cuando le regala joyas ridículas por su cumpleaños. De cómo le hace fotos a los armarios de su madre cuando va a limpiar su casa tras su muerte.

Yo estoy tranquila hoy, después de tantas horas junto a la chimenea, dibujando, meditando, leyendo. Sola y en compañía de personas a las que amo. Siento compasión por A.M. Homes, por cómo hay también sufrimiento cuando hay éxito, por cómo ni siquiera escribir puede salvarnos. Me digo que a un nivel elemental, todos estamos rotos; hasta los hijos de las familias felices. Recuerdo a Mariana hablándome de cómo nunca podría aspirar al nivel de amor y felicidad que tenían sus padres, y del miedo que le daba eso. Y, en cualquier caso, hay pocas familias felices.

Releo este texto y me doy cuenta de que sólo he comenzado a situarme, de que si fuera una escritora honrada y no pensara publicar esto en el blog continuaría en alguna dirección durante un par de páginas más. Pero estoy cansada. He meditado dos horas hoy. La apertura, la capacidad de sentirlo todo, también tienen un límite. Ahora prefiero irme a dormir y encontrarme con el territorio neutral de la inconsciencia. Voy a publicar esto, aun así, aunque sólo sea porque lo he escrito a ordenador y hay que aprovechar para que no se me marchen los lectores.

Entonces, buenas noches.

viernes, 26 de diciembre de 2008

La verdad sobre perros y gatos

Tengo un perro. No por elección propia, claro está. Lo ha traído mi hermano a casa utilizando una política de hechos consumados bastante discutible. Así que realmente no es mi perro, pero paso bastante tiempo con él. Cambiemos entonces la frase inicial:

Vivo con un perro. Ésta es casi más políticamente correcta.

Esto no es lo peor. Lo peor es que mi hermano le ha llamado Hooker, que no sólo es un nombre extraño y con poca personalidad, sino que en argot significa "Puta". Y yo soy muy lacaniana, así que eso de que nuestro perro se llame como una prostituta no hace sino acrecentar mi de por sí disposición regulera hacia él. Creo que me gustaría más si se llamara algo chulo, como Kubrick o Lunes. Lo bueno que tiene es que es muy, muy mono, con unos ojitos castaños muy graciosos y el pelito suave y negro. Si fuera un perro callejero de esos raros, cabezón e hirtuso, como diría mi colega el Adri, otro gallo le cantaría.

A ver, a mí no es que no es que no me gusten los perros. Son monos y merecen amor porque son criaturas vivas, etc etc. Pero no les capto muy bien. Tuve a mi querida y perdida gatita Clementina y no sé, la entendía. Ella hacía su vida, con sus intereses (dormir, el jamón york y los mimitos, por ese orden), y cuando le apetecía me buscaba, y cuando no pues pasaba de mí. O venía un rato, nos dábamos cariñitos y luego se iba. Hooker, sin embargo, sólo tiene intereses destructivos. Llevamos juntos en casa una semana y lo único que le digo al perro es "¡No, Hooker, no!". No chupes los platos de comida, no saques la tierra de las macetas, no muerdas mi zapatilla, no me acoses, no me mordisquees de bromita que duele, sal del salón, no te comas el turrón de la bandeja, no destroces las bolas del árbol de Navidad... Etc, etc.

Sus intereses no destructivos se reducen a dar vueltas en torno a los humanos moviendo el rabito. Y eso ya sí que me desconcierta. ¿Qué se hace con un perro? Yo intento gatunizarlo subiéndomelo al regazo y acariciándole bajo la barbilla, pero no le hace mucha gracia. Además, es un perro de aguas que tiene pinta de volverse gigante, así que en un par de meses esta opción tampoco me servirá. Normalmente le acaricio un poco y luego me agobio porque da vueltas a mi alrededor como un satélite enloquecido y necesitado de atención. No hace mucho más: huele cosas invisibles en el suelo, lloriquea, ladra y se caga en las alfombras.

No sé, no lo veo claro. En mi opinión, lo de ser de perros o de gatos es un poco como lo de ser de fanta de naranja o de limón: va con el carácter de cada uno y no cambia tan fácilmente. Si tuviera que teorizar sobre el asunto, diría que los amantes de los gatos somos más capaces de aceptar una relación independiente y libre, en la que cada uno se acerca al otro cuando le apetece y es libre de irse si les da la gana, mientras que los amantes de los perros son un poco patológicos y necesitan tener asegurada la atención y la fidelidad de su animal de por vida. Pero vamos, que eso son ganas de clasificar y juzgar, y a mí eso me hace retroceder un par de peldaños en la escala evolutiva de la reencarnación, así que no me hagáis caso.

En fin. Feliz Navidad, o lo que queda de ella.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sé que no estoy escribiendo mucho aquí. Sin embargo, soy muy muy traidora y escribo bastante en privado. En secreto. Todo empezó hace unas cuantas semanas, cuando un traidor virus estomacal me postró en la cama durante un par de días. Entre pota y pota empecé a releer los libros de Natalie Goldberg. Lo de esta mujer es muy curioso. Cree en la salvación espiritual a través de la escritura. Es meditadora zen con experiencia y relaciona su escritura con las sentadas de meditación. Yo no sé mucho de zen (de hecho no sé nada), pero estuve releyendo los libros a la nueva luz de mi (ejem) camino espiritual (doble ejem). Es curioso cómo cambian los significados de una lectura cuando empiezan a saltar a tus ojos matices diferentes, relacionados con lo que estás viviendo con tu vida en ese momento. La vida debería ser lo suficientemente larga como para releerlo todo.

Y lo que pasó fue que me entraron ganas de escribir más. Y que me di cuenta de que publicar en este blog me estaba deformando.

Me explico: escribir para un blog es hacerlo de una forma determinada, sobre una determinada temática y con una detemrinada extensión. Yo en ese sentido siempre he sido bastante anárquica, y he escrito desde minicuentos hasta historias gigantescas o post cuentavidas aburridísimos. Sin embargo, sí es cierto que escribir para otros todo el rato te condiciona. Necesitaba (necesito) un espacio de práctica, un gimnasio donde haer calentamiento para poder salir después aquí (o donde sea) a hacer una exhibición.

Además, me di cuenta de que todo, o casi todo, lo que alguna vez he escrito sobre J. he acabado por publicarlo aquí. No me pareció justo. Necesito despedirme de él y que no lo vea nadie. Necesito escribirle, porque vivir sin él es lo más difícil que tengo que aprender a hacer en este momento de mi vida, y no puedo hacerlo siempre de cara a la galería. Lo que no es culpa del blog, sino mía, obviamente. Así que últimamente me siento en el escritorio a escribirle despacio a J. (a mano, en la libreta verde que llevaba a los primeros talleres que compartimos) y me hace mucho bien. Y no creo que nunca se lo enseñe a nadie. Mucho menos a él.

Por otra parte, hay cosas que podría publicar aquí. Fragmentos de escritura en la libreta que no me disgustan. Pero, para terminarlo de arreglar, tengo el ordenador roto, y ahora mismo estoy escribiendo en la biblioteca del colegio, disimulando como si estuviera mandando un mail y mirando a un lado y a otro para que nadie lea lo que hay mi pantalla.

Esto no quiere decir que vaya a dejar el blog. Sólo quería dar señales de vida. Normalmente, cuando digo que voy a dejar el blog se me empiezan a ocurrir maravillosos posts y empiezo a aturrullar al personal (Murphy), así que prefiero dejar que las cosas se vayan asentando en mi vida literaria por su propio peso. De momento, me interesa más seguir escribiendo para mí. Creo que le daré aire a mi escritura, que se acabará beneficiando mucho. Si encuentro ordenadores libres y un poco de tiempo, quizá actualice de poco en poco. De lo contrario, no me echéis de menos :P

Os quiero siempre.

viernes, 28 de noviembre de 2008

El Contrapost (II): las sensaciones

Ahora vamos con otro concepto interesante: la evitación de las sensaciones negativas y la búsqueda de las sensaciones positivas. Esta dinámica, que puede parecer muy lógica y muy normal en el contexto cultural en el que nos movemos, es la causante de gran parte de nuestros males y nuestras patologías.

Creencias del mundo que nos rodea:

- Podemos elegir, comprar y comer la comida que nos gusta.
- Podemos elegir, comprar y utilizar la ropa que nos gusta.
- Podemos elegir y disponer de los pensamientos que nos gustan.
- Podemos elegir y experimentar las sensaciones que nos gustan.

La primera y la segunda afirmación son ciertas en su mayor parte, al menos para las personas con un poder adquisitivo medio (otra cosa es la satisfacción duradera que nos vaya a proporcionar esa comida o esa ropa, que al fin y al cabo vuelven a ser sensaciones agradables y efímeras. Pero no es ésa la cuestión).

La tercera y la cuarta, sin embargo, son parcialmente falsas. Podemos tener y experimentar tanto pensamientos como sensaciones agradables. Sin embargo, a menudo vamos a experimentar pensamientos y sensaciones que no son nada agradables. A menudo vamos a desear pensamientos y sensaciones agradables y no vamos a ser capaces de generarlos. De los pensamientos ya hablamos (más o menos) en el post anterior. Centrémonos ahora en las sensaciones (entre otras cosas, porque al fin y al cabo un pensamiento es agradable cuando nos proporciona sensaciones agradables).

Es decir, que actualmente creemos que si tenemos un trabajo gratificante, comemos sano, practicamos técnicas de relajación, viajamos a lugares hermosos, cuidamos nuestras relaciones, pensamos en positivo y dormimos bien, sólo experimentaremos sensaciones placenteras desde que nos levantemos hasta que nos acostemos. Este enfoque, además de irreal, es muy dañino. Convierte nuestra vida en una búsqueda de sensaciones agradables y una evitación de sensaciones desagradables que nos vuelve egoístas e impulsivos.

Pensadlo. Beber, fumar, drogarse y todas las adicciones: evitar sensaciones desagradables, conseguir sensaciones agradables. Enamorarse: conseguir sensaciones agradables. Los partidos de fútbol, los debates de televisión, las teleseries: conseguir sensaciones agradables. Los antidepresivos, los masajes, las técnicas de relajación, la terapia: evitar sensaciones desagradables y conseguir sensaciones agradables.

El gran problema es que hemos llegado a un punto en el que sólo "lo hago si me hace sentir bien". El coste de negarse a sentir el dolor puede ser enorme. Desde no ser capaces de emprender un proyecto importante para nuestro futuro porque va a requerirnos mucho esfuerzo, hasta evitar temas de conversación importantes porque nos hacen sentir violentos o nerviosos, o abandonar a nuestra pareja porque "ya no es como al principio". Aquí no pretendo reinstaurar una moral del sacrificio o de la resignación. Está bien querer sentirse bien. Es querer evitar el malestar a toda costa lo que acaba convirtiéndose en patológico. No sólo porque nos encierra en nosotros mismos y nos hace incapaces de hacer nada por los demás, sino porque nos llena de miedo hacia sentir y pensar "incorrectamente", estar enfermos o ser infelices.

Por cierto, hace un tiempo mi amigo Jose Luis me dijo que el peor insulto que podían lanzarle era "infeliz". En aquel momento, estuve bastante de acuerdo. Durante casi toda mi vida he pensado que ser feliz, entendido como sentirse bien la mayor parte del tiempo, no sólo era deseable, sino casi un imperativo moral para nosotros, los opulentos y afortunados habitantes del primer mundo. Ahora creo que la capacidad de aceptar el sufrimiento es mucho más importante que el bienestar. Paradójicamente, el empeño por estar bien y a gusto todo el rato nos vuelve egoístas. Es difícil mirar alrededor y ayudar a los demás si no se está dispuesto a tolerar cierta incomodidad.

Hoy en día estamos viviendo un impresionante auge de la autoayuda y la búsqueda de la realización personal. Esto debería ser bueno; sin embargo, paradójicamente, la mayoría de las personas que acuden a este tipo de recursos tienen como objetivo básico autoayudarSE y realizarSE. Hay pocos que vayan a relajarse o a meditar porque quieren ser capaces de ayudar a los demás o porque no quieren hacer más daño a su alrededor con su sufrimiento. Es más: curiosamente, ahora están popularizándose mucho las corrientes autoayudísticas del pensamiento positivo y la felicidad programada (tipo "El Secreto" y pelis similares), que básicamente proclaman que si uno piensa con la suficiente energía en aquello que desea, acabará materializándose. Estas ideas tienen el gran atractivo de prometer el paraíso en la tierra, y el gran peligro de terminar ignorando todo lo negativo y doloroso (incluidos mendigos, ancianos e incluso niños llorones) porque perjudica nuestras vibraciones y nos hace atraer acontecimientos "malos".

Por otro lado, gracias a Quiensea, la meditación Vipassana se está extendiendo como la pólvora, y ciertas terapias de tercera generación como la ACT (Acceptance and Commitment Therapy, o Terapia de Aceptación y Compromiso), también están empezando a pegar fuerte. En la Vipassana uno medita por sí mismo y por los demás, siendo consciente de que es "bueno para uno, bueno para todos". La ACT tiene una importante carga de orientación a valores que va más allá del conseguir sentirse bien y pretende acercar al individuo a donde realmente quiere estar, sin rechazar pensamientos o emociones del amplio espectro del sentimiento humano.

Así que estamos en un momento interesante: o hacemos todos caso a los gurús del buen rollito y seguimos mirándonos el ombligo por siempre jamás o meditamos todos y generamos la compasión suficiente como para salvar este mundo dolorido. A ver qué pasa :)

Si os interesa el tema, más información sobre meditación Vipassana aquí y sobre terapia ACT aquí.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El contrapost (I)

Todo esto viene a un post que escribió Amanda hace unos días. Amanda es una bloguera que escribe mucho y bastante bien sobre sexo, amor, amistad, infidelidad y lo que le echen. Además, es psicóloga, así que de vez en cuando explica algunos conceptos y teorías de psicología cognitivo-conductual. En el post en cuestión hacía algunas afirmaciones bastante categóricas respecto a las relaciones pensamiento-emoción-conducta que no me convencieron mucho. Intenté rebatirlas en los comentarios, pero tienen limitación de espacio y no sé si se me entendió muy bien. Así que, como lo bueno de los blogs de uno es que puede escribir lo que le plazca, voy a intentar explicar aquí un poquito lo que yo he comprendido hasta ahora de las relaciones pensamiento-emoción conducta.

Esto quiere decir que lo que viene a continuación puede ser un coñazo para algunos. Personalmente, opino que cualquier persona humana debería esforzarse por entender su mente y su comportamiento para intentar ser feliz, en lugar de ir trampeando por la vida y finalmente morir, y por eso considero muy interesante hablar y escribir sobre este tipo de teorías. Pero advierto lo del potencial coñazo por si alguien se raja :)

También tengo que decir que, si bien Amanda afirma que sus escritos están basados en un montón de años de trabajo con pacientes, yo digo que lo que voya escribir está basado en años de trabajo conmigo misma. Ya dijo Buda: no os creáis nada que os digan los demás, por sabios que sean quienes los digan o lógicos que parezcan los razonamientos, o por mucho que se infiera de sus palabras o de sus acciones. Creed sólo lo que experimentéis por vosotros mismos. Así que voy a hablar sobre aquello que conozco, y vosotros (si queréis) podéis reflexionar sobre ello por si os ayuda en algo. Pero no busco convencer a nadie de nada. Intentar convencer a alguien de algo es un gran desperdicio de energía y tiempo.

Resumo el post de Amanda: dice ella que los actos son consecuencia directa de los pensamientos. Que un pensamiento genera una emoción y la emoción genera una conducta. Que, por tanto, cambiando el pensamiento y aprendiendo a pensar correctamente, podemos cambiar la emoción que generamos y llevar a cabo la conducta correcta en cada acción.

Pensar que los pensamientos conducen a la acción, y que debemos centrarnos en cambiar los pensamientos, es tan absurdo como angustiarnos en el cine porque estamos viendo una película de terror y empeñarnos en cambiar la cinta por una comedia para sentirnos bien. Para empezar, cambiar la cinta es complicado; para continuar, ni siquiera es seguro que la comedia vaya a hacernos sentir bien. Por último, incluso suponiendo que pudiéramos lograr cambiar la cinta y sentirnos bien con ella, ¿no sería mucho más lógico darse cuenta de que no estamos dentro de la pantalla, sino sentados cómodamente en nuestras butacas?

El símil no es del todo exacto. La película que se proyecta en nuestra mente trata sobre nosotros y está extraordinariamente bien filmada. Pero no deja de ser una película. Si examinamos detenidamente nuestros pensamientos, nos daremos cuenta de que son, en su mayoría, proyecciones distorsionadas y repetitivas de nuestro pasado y nuestro futuro. En este sentido, los psicólogos cognitivos tienen razón: pensamos mal. Lo que no me convence es su propuesta. Si cambiamos esa película mental por proyecciones positivas y alegres sobre nuestro pasado y nuestro futuro, no dejan de ser películas. ¿Y quién quiere vivir la vida tamizada por la pantalla de cine de su mente?

Ejemplo ilustrativo: una persona está tomándose el café. Mientras lo hace, piensa en la importante reunión que tiene programada para esa tarde. Empiezan a asaltarle un montón de ideas negativas: "no voy a hacerlo bien, no la llevo bien preparada, voy a hacer el ridículo, me temblará la voz..." La solución más lógica y comunmente aceptada es esforzarse por pensar en positivo: "me va a salir bien, domino el tema, podré exponer mis ideas con seguridad, voy a hacerlo lo mejor posible".

El problema es que tanto en el primer caso (pensamientos chungos) como en el segundo (pensamientos positivos y adaptativos), la persona se olvida de disfrutar del café. De olfatear el aroma a tostadas que llega desde la barra. De sonreír mirando al niño de la mesa de enfrente. De observar a las personas que caminan al otro lado de la ventana.

Y, en última instancia, los pensamientos conducen a la acción sólo porque nosotros nos hemos convencido de que es así. Existe una especie de consenso general sobre que tenemos que pensar en positivo para hacer las cosas bien, mantener una alta autoestima para conseguir nuestros objetivos, anticipar resultados favorables para lograr las cosas. Así que invertimos un esfuerzo muy valioso en cambiar nuestros pensamientos sin darnos cuenta de que podemos realizar una acción sin que ésta se vea determinada por ellos.

Por ejemplo: yo llevo todas las mañanas de mi vida pensando "no quiero madrugar", y madrugo. Es cierto que, en esos casos, suele haber una verbalización interna que nos dice "bueno, pero tienes que madrugar, porque es importante que vayas a clase, que estudies una carrera, etc etc". Pero esa verbalización no tiene conexión directa con las acciones, no se materializa instantáneamente en una conducta consecuente. De hecho, a menudo fantaseamos con acciones que no llevamos a cabo, o nos proponemos firmemente hacer algo y terminamos por dejarlo.

Es cierto que los pensamientos negativos pueden afectar el desempeño en algunas tareas. Por ejemplo: un estudiante que no hace más que pensar que no se sabe un tema puede desencadenar una serie de reacciones fisiológicas que le impidan concentrarse y hacer bien el examen. Pero es sólo porque nosotros les damos ese poder. Esto puede resultar un poco complicado de entender, pero digamos que es como si estuviéramos en una habitación y hubiera una persona gritándonos órdenes en una esquina. Que las cumplamos o no depende de que creamos o no que tengamos que cumplirlas, del poder que asignemos a esa persona. Hacemos lo que nos dice nuestro jefe, pero ignoramos a un borracho de la calle. De la misma forma, se puede llegar a un punto en el que miremos a la vocecita de la mente con compasión y nos riamos de sus estupideces.

Por supuesto que la mente es útil, y que el pensamiento también lo es. Pero cambia tan rápido y es tan difícil de controlar que no merece la pena concentrarse en que todo lo que salga por nuestra cabecita sea lógico, correcto y positivo. Es sencillamente agotador (además de muy difícil).

De momento, lo voy a dejar aquí; si os apetece, o me apetece a mí, o en los comentarios surge alguna idea interesante, continuaré ampliando el tema en posts sucesivos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Sobre cómo se pone el sol en el Sacromonte

El miércoles pasado fui de visita a la Abadía del Sacromonte, un edificio del siglo XVII que alberga misteriosas historias de reliquias, falsificaciones y fe. No me voy a parar ahora a contar todo lo que pasó allí en su época, así que visitad esta página si queréis entrar en detalle. Lo que quiero contar es que cuando salíamos de allí, el sol se ocultaba por la Vega, en el hueco que queda entre en Albayzín y las colinas de la Alhambra. Todos nos acercamos el extremo del patio para ver el cielo y la bola redonda del sol entre las nubes, y cuál no sería mi sorpresa al ver que lo primero que hacían mis compañeros de visita era sacar las cámaras digitales y ponerse a disparar como locos.

A ver, personitas. Que no es que esté mal dispararle a la puesta de sol en lugar de sentarse a contemplarla a lo hippy. Bueno, bien bien no está, porque en lugar de admirarla en toda su grandeza, uno acaba concentrándose en encontrar el tiempo de exposición y el contraste perfecto para capturar unos colores lo más parecidos posible a la realidad. Al final nunca lo son, y uno termina por comparar la imagen en la pantalla con el cielo espléndido que tiene delante, y en lugar de agradecer el show gratuito del universo se queja por la resolución de la cámara. Pero ésa no es la cuestión.

Sacarle fotos al cielo sería razonable si al llegar a casa, descargar el contenido de la tarjeta de la cámara y sentarse frente al portátil, uno experimentara las mismas sensaciones que cuando está viendo el atardecer verdadero. Pero luego nunca es igual, por bonita que sea la foto. Lo que tienen de especial las puestas de sol es esa cualidad mágica de que algo increíblemente hermoso está ocurriendo junto al aburrimiento urbano de cada día. Es tan bonito, y es gratis, y es incomprensible y enorme, y cambia a cada instante hasta que se va. Las puestas de sol nos sacan del aturdimiento cotidiano; estamos inmersos en el trabajo, o en caminar por la calle hacia una tienda, o en rumiar nuestras preocupaciones, y de repente nos damos cuenta de que algo ha empezado sin avisarnos y es mucho más grande que cualquier importante asunto en el que podamos pensar. Ese cambio de escala provoca una especie de ruptura mental, un vacío, un satori breve pero intenso que nos tiene un tiempo variable contemplando el cielo sin pensar en nada más. Eso no tiene nada que ver con mirar la imagen en la pantalla, porque para ver imágenes bonitas en el ordenador basta con buscarlas en google. Y todos estaréis de acuerdo en que no es lo mismo.

La mañana siguiente de mi noche de amor con el italiano (suspiro, suspiro), estábamos los dos junto a playa, mirando el mar recién amanecido. A través del agua transparente de la orilla podían verse los guijarros de colores. "Mira esas piedras", me dijo Marco. "Ahora tienen unos colores preciosos: verde, azul, rosa... Bueno, pues cuando te las llevas a casa se vuelven grises. No sé por qué". "Es que a lo mejor no hay que llevarse las piedras a casa", contesté, y luego creo que le hablé de la floración de no se qué cerezo sagrado en Japón, en la que no se permite hacer fotos. Claro, que antes de volver a Málaga le saqué a él varias y, en efecto, no es lo mismo en absoluto.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Las grandes cuestiones de la vida: El amor (continuación)

A veces no se trata del amor. A veces el amor está, porque amar a alguien, como creo que ya he dicho alguna vez, debería ser un camino de una sola dirección, no interruptor que se enciende y se apaga. Uno empieza a amar y a partir de ahí el indicador sólo debería aumentar, porque al fin y al cabo a medida que pasa el tiempo se conoce más a la persona, y el conocimiento íntimo de alguien, el contacto con sus fuerzas y sus debilidades y su luz y su oscuridad, no podría hacer otra cosa que ayudarnos a profundizar en lo que sentimos por esa persona.

A veces no se trata del amor, sino de estar en pareja, y no es lo mismo.

Porque en ocasiones se ama, y se ama mucho y, sin embargo, estar en pareja no es una buena idea. A una pareja se le exigen requisitos, y muchos, mientras que para amar a alguien hay que aceptarle tal y como es. El amor es incondicional, pero la pareja no puede serlo, porque es más que un estado de ánimo: es una sociedad emocional y espiritual, un equipo de dos que sirve para hacerse un poco más fuerte en el combate extraño de la vida.

Así que para mí no sirve "nos queremos y ya está". Yo pido "nos queremos, nos entendemos, nos apoyamos y vamos por el mismo camino hacia los mismos objetivos". Como mínimo.

En este post hablaba de que la cuestión al elegir pareja es que, a medida que aumenta el nivel de exigencia, disminuye la posibilidad de encontrar a alguien que lo alcance. Yo he tomado una decisión. Lo quiero todo. Después de darle vueltas a todo este tema de las relaciones, la pareja, el amor y blablabla, he decidido no perder la esperanza. No plantarme con un premio mediano, como en los concursos de televisión; esperar al premio grande o quedarme sin nada. Existen los grandes amores, y yo estoy dispuesta a acabar sola si no encuentro el mío. Y ojo, que grande no es perfecto. Grande es grande.

Poco a poco se va perfilando frente a mí el recorrido que quiero que siga mi vida, y la persona que quiera hacerlo conmigo tiene que verlo con la misma claridad que yo. Porque si no acabará preguntándome a dónde narices vamos y sentándose a comer su bocadillo a un lado de la cuneta.

martes, 11 de noviembre de 2008

Not pleased to be a woman

Estoy en esos días del mes en los que no me siento ni un poco feliz de ser mujer. Me encuentro tan mal que no me apetece ni comer, y eso, creedme, es sentirse muy mal en la escala Marina de estados de ánimo. Ayer, de hecho, le di la paliza a la pobre PK (que, por cierto, ahora es mi compañera de piso, creo que no lo habí dicho) con una parrafada sobre lo inútil, caro y trabajoso que me parece que exista toda esta variedad de alimentos y una tenga que comprarlos, cocinarlos y comérselos para acabar, ejem, expulsándolos y volviendo a empezar el proceso desde el principio.

Es que tengo que ir al Mercadona y no me apetece.

Llegué incluso a proponer algún tipo de alimento único (el Supertrigo) que no hubiera que cocinar y que tuviera todos los nutrientes necesarios. La PK dice que eso sería un rollo, pero es porque está muy apegada a su paladar (opino).

Estoy atravesando una etapa rara. Es como si estuviera desfasado lo que estoy haciendo y lo que me gustaría hacer. Para empezar, no quiero, NO QUIERO estudiar, ir a clase o cualquier cosa que tenga que ver con la facultad. Creo que gracias a la maldita-maldita beca y al crédito europeo de los huevos, he desarrollado un condicionamiento aversivo intenso hacia el edificio gris y verde de Psicología. Es llegar allí, ver a todos esos alumnos vagando de un aula a otra y a todos esos profesores maquinando malvados métodos de evaluación, y se me revuelven las tripas.

(No voy a seguir hablando de esto, que me estoy poniendo de mala leche, y una no lleva una hora meditando para eso).

No sé qué más contaros. Pensaba que tenía muchas más cosas que decir, pero realmente tampoco es tan interesante odiar el mundo por culpa de la regla.

¡Supertrigo ya!

PD: Perdón por escribir tan poquito. Creo que no tener ganas de blog forma parte de mi etapa rara.

lunes, 27 de octubre de 2008

Más sobre los chinos (historia parcialmente verídica)

P. (en un chino a medianoche, comprando cervezas) :A ver, tú que sabes tanto: ¿por qué los chinos tienen esas estatuas de gatos que mueven el rabo a pilas? Quiero decir, que entiendo lo del gato, pero no lo del movimiento del rabo.

Yo: ¿No te sabes esa historia?

P.: No...

M.: Pues verás... todo se remonta a un antiguo emperador de la dinastía Ming (no me preguntes cuándo, soy malísima con las fechas). El caso es que en palacio vivía un gato de un raro pelaje, entre amarillo y marrón, al que llamaba "el gato de oro". Había nacido poco después de que el emperador consiguiera arrebatarle el trono a su hermano pequeño, que lo había usurpado vilmente encerrándole en una mazmorra en los confines de China (no me preguntes exactamente dónde, la geografía se me da fatal). El emperador lo consideraba símbolo de su buena suerte y augur de futuros triunfos, por lo que le trataba con privilegios de príncipe.

>> El caso es que el soberano cayó gravemente enfermo. Como suele suceder en estos casos, los médicos más afamados del país fueron a visitarle. Le clavaron agujas de acupuntura, le aplicaron ventosas de aire caliente, revisaron su carta astral y le masajearon los pies, y después de comprobar el resultado de sus tratamientos el veredicto fue unánime: no le quedaban más que unos pocos meses de vida. Desde la ventana de su dormitorio, el emperador podía ver al hermoso gato dorado reposando en uno de los muros de palacio. Estaba totalmente inmóvil, a excepción del balanceo acompasado del rabo. Cuando los médicos comunicaron su conclusión (pues en la tradición china se cree que la persona debe saber cuándo se acerca el momento de su muerte, para poder prepararse adecuadamente), el emperador sacudió la cabeza y comenzó a reírse.

>>- Mirad al gato de oro - dijo, señalando débilmente al animal tumbado en el muro -. Siempre me ha traído suerte. Mientras esté conmigo, no podrá sucederme nada malo.

>> Los médicos se miraron entre sí, apuntaron disimuladamente a su sien con el dedo y salieron en fila india de la estancia imperial.

>> Casualidades de la vida: al cabo de unas semanas, el gato dorado murió, víctima de una mala caída del muro de sus siestas. Cuando la emperatriz se enteró, su corazón se encogió de miedo. Sin el gato de oro, el emperador aceptaría su fatal destino y se consumiría como la llama de una vela. Así que ordenó embalsamar al animal en la misma posición en la que solía echar su siesta. Colocado sobre el muro, parecía dormir pacíficamente, como de costumbre. Sólo la inmovilidad del rabo delataba el engaño, así que la emperatriz lo ató con un fino hilo de pescar y encargó a un criado que se dedicara toda la tarde a balancearlo con suavidad felina.

>> El emperador pasó los meses de vida que le restaban tranquilo y feliz, pensando que el gato estaba ahí para protegerle y que nada malo podía pasarle. Cuando por fin aceptó la inmediatez de su muerte, sintió que la presencia del gato dorado le ayudaría a pasar a la otra vida y reunirse con sus antepasados. Y así murió con una beatífica sonrisa en su rostro, dejando por fin libre al criado para que fuera a darse unas friegas en los entumecidos músculos del brazo.

>> Es por esto que las estatuas de los gatos que hay en los chinos mueven el rabo a pilas: porque mientras permanezca en movimiento, nada malo puede pasarles.

>>Fin de la historia.

P.: Te lo has inventado, ¿verdad?

Yo: Claro.

P.: Ah, vale.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Chino-filipino

Vale que últimamente no escribo mucho. Entre otras cosas, porque aún no tengo internet en casa, a excepción de quince minutos diarios que generosamente me regala el FON. Esos quince minutos son tan escasos, tan preciados y pasan tan rápido que tengo que dedicarlos a asuntos importantes, como mirar el correo o abrir a la vez veinte ventanas con blogs variados para leerlos más tarde.

Ahora bien: es muy cierto que si realmente-realmente quisiera escribir, encontraría el momento (como lo estoy haciendo ahora) y me pasaría por aquí más a menudo. Así que la auténtica causa de mi desaparición es que, en general, no se me ocurre nada. O, mejor dicho, se me ocurren cosas pero no tienen la suficiente entidad y cuerpo ideológico como para considerarlas un PP (Post Potencial).

Sin embargo, hay un lugar que es fuente inagotable de inspiración para mí, y que me sumerge en un mundo de PP's cada vez que voy a visitarlo. Este lugar es El Chino. No como restaurante (que también), sino como una de esas tiendas que antes se conocían como el Todo a Cien o, más popularmente, Los Chollos. Ayer pasé una fabulosa media hora en El Mejor Chino de Granada* y pensé "Tengo que escribir sobre esto. El mundo tiene que saberlo".

No me acuerdo muy bien de cómo era el Chollo tradicional, regentado por españoles castizos - por cierto, ¿dónde están? ¿A qué clase de mobbing siniestro les han sometido los chinos (personas) -, pero sí sé que los Chinos (tiendas) de ahora son como el Hipercor, pero más baratos. El Mejor Chino de Granada (Hiperchino, en adelante), tiene de todo: tiendas de campaña, cestitas para perros, medias adelgazantes y un masajeador facial en forma de delfín, por mencionar sólo algunos artículos. Esta variedad, por alguna extraña razón, no es directamente proporcional al tamaño del Chino. Quiero decir, que el Hiperchino tiene de todo (literalmente), pero el año pasado solía comprar en otro más pequeño que había cerca de mi casa y nunca (insisto: nunca) me fui de allí sin encontrar exactamente lo que quería. Independientemente de su tamaño, un Chino es una especie de vórtice espacial donde se acumulan todos los objetos que uno pueda necesitar en su vida cotidiana. En ese sentido, pasa como con el Corte Inglés, solo que a una escala más humilde: uno llega y dice "quiero un perro verde", y el chino (dependiente) te contesta "¿de qué tamaño?".

Luego está el asunto del idioma. Porque siempre parece que el chino (dependiente) no te entiende y, sin embargo, sabe exactamente lo que quieres y dónde está. Esto, teniendo en cuenta la mencionada variedad de artículos del Hiperchino, quiere decir que tienen una amplitud de vocabulario preocupante. Esto me lleva a pensar en cómo será el entrenamiento de los chinos (personas) cuando llegan a España. Imagino que debe de haber una especie de curso intensivo que comprende:

a) Todos los productos de la tienda.
b) Direcciones e indicaciones, tipo "pasillo del fondo a la delecha".
c) Todos los números múltiplos de cinco y la palabra "euros" ("eulos").

Con esto, el chino (persona) está preparado para ser un chino (dependiente) estándar.
Por último, quiero mencionar la cuestión de robar en un Chino. ¿Alguien lo ha intentado alguna vez? El Hiperchino es grande, sinuoso y suele estar casi desierto, y mi presupuesto es bastante precario. Sin embargo, nunca (insisto: NUNCA) se me ocurriría meterme en el bolso ni una sola de sus velas perfumadas. Porque ya se sabe lo que pasa si te pillan robando en el Corte Inglés: un señor de incógnito te mete en una habitación secreta, coge tus datos y llama a tus padres. Pero ¿qué pasa si robas en un Chino? ¿Alguien cree que se limitarán a darte una amable reprimenda? No sé por qué, pero yo pienso en torturas y deportación (¿prejuicios raciales? Sí y mil veces sí). Por si acaso, prefiero no intentarlo.

Y aquí acaba mi jugosa disertación, que me tengo que ir a clase.

Volveré.

*Camino de Ronda, entre Plaza Einstein y Calle Sol.

jueves, 9 de octubre de 2008

Santa indiferencia

Queridos blogonautas:

El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.

Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.

Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).

En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.

martes, 7 de octubre de 2008

Resumiendo

He estado en un curso de Vipassana. Stop. Experiencia estupenda. Stop. De vuelta en Granada. Stop. Sin ganas de empezar el curso y/o la maldita-maldita beca. Stop. Muriendo de amor. Stop. Ya os contaré. Stop. Sin PC en casa. Stop. Se me ha acabado la hora de Internet. Stop. Iremos volviendo a nuestro ritmo habitual. Stop. Si esto fuera un telegrama de verdad, me saldría carísimo. Cambio y corto.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Este verano he dejado de escribir. Ya lo hice otra vez porque sentía que necesitaba darme un respiro, y me sentó bien. En esta ocasión, sin embargo, no hay ninguna razón concreta: simplemente, no tenía ganas. Volví de Italia muy feliz, me fui a meditar y regresé aún más feliz. ¿Quién quería escribir? Hace un tiempo pensé que la relación entre felicidad y literatura tiene forma de U invertida: si soy muy feliz o muy desgraciada, no escribo. Necesito una cantidad moderada de desdicha que me dé el primer impulso, pero no tanta como para abrumarme y quedarme bloqueada en mi pena.

Por otra parte, a veces tengo dudas sobre si la escritura es buena o mala para mí. Quiero decir, que todo esto de tener un blog, de crear un personaje que soy yo y no soy yo al mismo tiempo, de buscar mi verdad aun al precio de partir (o resquebrajar) corazones ajenos, no sé si me acerca a la felicidad o me aleja de ella. Y yo soy de las que entre la felicidad y el arte, prefieren la felicidad. Así que me pregunto si escribir es conciencia o ego, ignorancia o iluminación. Si deforma las proporciones de la confusión existencial o, por el contrario, arroja un poco de luz sobre la oscuridad de estar vivo. Si me siento bien cuando escribo porque me hace bien, o es autocomplacencia transitoria.

Por otra parte, el amor.

El amor es como una importante misión de guerra. Uno se pasa toda la vida esperando a que se la asignen y, cuando por fin llega el momento, no sabe si estará a la altura. El problema no es el amor; es que lo que exige de nosotros es tan grande, tan valiente y tan suicida que la mayoría no queremos ni sabemos darlo. Entonces nos conformamos con sucedáneos de medio pelo con los que trampeamos, más o menos, la angustia de nacer y morir solos en este mundo tan raro. Y yo, de momento, no estoy a la altura. Me doy cuenta una y otra vez, y lo intento, y me equivoco, y a veces pienso que sólo voy a poder amar a alguien que, de vez en cuando, pueda prestarme el amor que a mí me falta y ponerlo por los dos.

Llevo un rato con las manos suspendidas sobre el teclado, pensando en cómo pretendo unir lo primero que he escrito con lo último, la escritura con el amor (por no hablar de Paul Auster, que realmente ha sido quien ha inspirado todo esto con su hermosa última novela, "El hombre en la oscuridad"). He empezado el post sin saber muy bien qué quería decir y me he hecho un poco la picha un lío.

Después de pensarlo unos minutos, se me ocurre que a lo mejor escribo porque no sé amar. Si supiera amar, a los demás y a mí misma; si mi corazón fuera compasivo y mi mente estuviera tranquila; si no necesitara que nadie me convenciera de que soy única, especial, maravillosa, y de que sube al cielo cuando me toca y llora mi ausencia... si no pasara todo eso, no tendría que escribir, porque no necesitaría demostrarme que dentro de mí hay una corriente de energía tranquila y potente, que no tiene principio ni tiene fin, que está ahí corriendo como el agua del subsuelo y sólo espera a que yo saque el pico y me ponga a buscarla.

Hago una pausa y localizo en mi estantería la libreta que me regaló J. cuando cumplí 21 años. Las tapas son de cartón de maqueta, y en una de las hojas centrales ha escrito una frase parecida a lo que he dicho antes: "Las capacidades son como una capa de agua en el subsuelo: no pertenecen a nadie, pero hay que cavar para encontrarlas". La frase no es suya, sino de Natalie Goldberg, pero me resulta curioso que la eligiera para incluirla en la libreta, rodeada de pozos dibujados a lápiz con su trazo delicado y nervioso. Como si profetizara que a lo largo de nuestra intensa y tumultuosa relación, yo necesitaría a menudo escribir para encontrar agua bajo mis pies, porque él (o yo cuando está él, mejor dicho) me había dejado muerta de sed.

Escribo porque cuando lo hago soy invencible y nadie puede hacerme daño. Y esto no es un tópico, aunque lo parezca. Nunca me ha preocupado registrar mis cuentos, porque no me da miedo quedarme sin ideas, igual que nunca se me ha ocurrido que mi pareja pueda aburrirse de mí (tendré otros defectos, pero no soy, insisto, NO SOY aburrida). Si alguien registrara todo este blog a su nombre, abriría otro y seguiría escribiendo.

Nota: Con este último párrafo se me ha vuelto a ir la olla y llevo tres horas intentando acabar el post, así que lo voy a dejar como está.

martes, 9 de septiembre de 2008

Amor Fatal: Una obra en un acto

PERSONAJES

ÉL

ELLA

EL BRUJO

El escenario es más bien sencillo, con estética de proyecto de audiovisuales. Hay una mesa con un ordenador, preferentemente un Mac. El Brujo lleva el pelo corto, gafas de pasta, camiseta blanca y vaqueros de diseño. Está sentado frente al ordenador y su expresión es seria, contenida. Durante los primeros minutos sólo se escucha el click del ratón.

Entran Él y Ella. Son guapos, jóvenes, y van vestidos de forma sencilla, con ropa favorecedora pero poco estridente.

ÉL: (tímidamente) Hola...

El Brujo continúa con su trabajo.

ÉL: (un poco más fuerte) ¡Perdone!

El Brujo, sin apartar la vista de la pantalla, levanta una mano indicándoles que esperen. Después de unos minutos de silencio en los que Él y Ella se miran y gesticulan, como si pensaran en irse, el Brujo habla.

BRUJO: Contadme.

ELLA: Esto... ¿podemos sentarnos?

BRUJO: ¿Tú ves sillas?

ELLA: (ofendida) Entiendo... (dirigiéndose a Él) Mira, casi mejor nos vamos.

ÉL: (a Ella, poniéndose un dedo sobre los labios) Shhh... (Al Brujo) No le haga caso. Necesitamos su ayuda de verdad... Nos hace usted mucha falta.

BRUJO: Adelante, decidme.

ELLA: Verás, tú, Brujo, o como te llames...

ÉL: (interrumpiéndole) Mejor hablo yo, ¿vale?

ELLA: Vale... (se cruza de brazos, un poco enfurruñada).

ÉL: Pues verá, señor Brujo... perdone que le llame así, es que no sé su nombre.

BRUJO: Lo del nombre es un poco como lo de las sillas. Continúa.

ÉL: Pues resulta que nosotros tenemos un amor fatal.

BRUJO: ¿Cómo de fatal?

ELLA: Pues fatal... fatal, vaya.

ÉL: (dirigiéndose a Ella) Tampoco exageres... (al Brujo) digamos que bastante, lo suficiente.

ELLA: Fatal de juntarnos y separarnos y volvernos a juntar, y pelearnos y decir que lo nuestro no tiene futuro, y vernos a escondidas, y quedar para tomar café y acabar en la cama.

ÉL: Fatal como la poesía: "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio".

ELLA: O como la canción: "No debía de quererte..."

ÉL: "...y sin embargo..."

ELLA: Pues eso.

BRUJO: Entiendo... Y entonces, queréis cambiarlo por...

ÉL: Pues no lo tenemos muy claro.

ELLA: Habíamos pensado que a lo mejor tenía ud. un catálogo, o algo así.

BRUJO: ¿Un catálogo? Pero ¿tú qué te crees que es esto? ¿IKEA?

ELLA: Vale, vale, perdón...

ÉL: Entonces... No sé, ¿un amor normalito?

BRUJO: Define "normalito".

ÉL: Veamos... un amor de quererse normal, supongo. De cogerse de la mano, de ir a comer a casa de los suegros...

ELLA: Uno de "hasta la muerte nos separe".

EL: Eso, justamente eso.

BRUJO: No sé si sois conscientes de lo que eso implica.

ELLA: Tranquilidad, supongo, ¿no?

ÉL: Sabemos que perderemos un poco de emoción...

ELLA: ... pero es que no podemos más.

BRUJO: Permitidme que os enseñe algo.

El Brujo se levanta de la mesa. Él y Ella dan un paso hacia atrás. El Brujo utiliza un pequeño mando para proyectar una película en la pared del fondo. La película muestra a Él y Ella en diversas situaciones bucólicas: paseando de la mano, viendo la televisión abrazados en el sofá, intercambiando regalos en una mesa de restaurante mientras suena la música de un violín. Él y Ella ponen expresión de horror, pero se aprietan la mano en señal de apoyo.

BRUJO: (apagando el proyector) Ahora que sabéis lo que os espera, ¿estáis seguros de que queréis seguir?

Él y Ella se miran y asienten, en silencio.

ÉL: Si le digo la verdad, señor Brujo... esto no es vida.

ELLA: Se llamará amor fatal, pero ni siquiera es amor.

BRUJO: Está bien... puedo hacerlo, pero tendré que formatearos.

ÉL: ¿Qué?

BRUJO: ¿Creéis que podéis tener un amor normalito, como tú lo llamas, con todos esos recuerdos en la cabeza? ¿Qué va a pasar cuando os echéis en cara vuestras peleas anteriores? ¿O cuando deseéis volver a la emoción de lo prohibido, a las mariposas en el estómago?

ELLA: ¡Pero yo no quiero olvidarme de todo!

ÉL: ¿No hay una solución intermedia?

BRUJO: No. O formateamos, o tendréis que montároslo en analógico.

ÉL: ¿Analógico?

BRUJO: Sí, claro. Por el procedimiento de siempre. Hablar, aceptarse, perdonarse, toda esa mierda de autoayuda. Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, ya sabéis. Pero ahí yo ya no puedo ayudaros.

ÉL: Entiendo.

Él y Ella se miran de nuevo, dudosos. Cuchichean entre sí.

ELLA: Pues casi que nos lo vamos a pensar....

ÉL: Sí, la verdad es que sí.

BRUJO: No sois los primeros que lo hacéis. Allá vosotros.

ÉL: Perdone por haber malgastado su tiempo...

ELLA: Eso, perdone.

Pero el Brujo ya ha vuelto a su ordenador e ignora su presencia. De nuevo, sólo se escucha el click intermitente del ratón. Como quien escapa de un peligro inminente, Él y Ella salen del escenario.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Sé que os he tenido en ayunas mucho tiempo. Lo sé. Pero un virus maligno ha atacado mi ordenador y lo ha tenido inutilizado durante un tiempo. Esto se ha sumado a la rotura de la antena de la tele (que al final resultó ser "desenchufe de la antena de la tele"), y nos ha tenido todo el verano sumidos en una regresión tecnológica que hemos podido superar gracias a la guitarra de mi hermano y la meditación intensiva.

Ahora estoy en mi facultad, cumpliendo con el absurdo turno de verano de la maldita-maldita beca, y me gustaría escribir algo más, pero hace demasiado calor y mi inspiración está bajo mínimos. Sólo comentaré algo sobre lo mucho que odio la idea de empezar el curso y someterme a los arbitrarios dictados de esos engendros con tesis que se hacen llamar profesores. La única luz que alumbra mi desdichado presente es la de un futuro donde el hippismo inunde mi corazón. Eso y Prison Break, más concretamente el nuevo hombre de mi vida, Wentworth Miller.























El hombre al que elegiría si pudiera elegir a cualquier hombre.


Os quiero. Volveré. Tengo ganas de escribir, pero el mundo está un poco en mi contra.

martes, 19 de agosto de 2008

Grandes inventos, I

Marina: ¿Sabes qué invento patentaría yo?
Mi Querido Ex Novio: Cuéntame.
M: A ver... Yo siempre pido tarrina cuando como helados, ¿no?
MQEN: Sí.
M: Porque no me gusta el barquillo. El barquillo es asqueroso. Pero, al mismo tiempo, reconozco que echo de menos comerme el helado con la lengua, como los cucuruchos. Es como si fuera más un helado-helado. ¿Sabes lo que te digo?
MQEN: Ajá.
M: Entonces, voy a inventar un artilugio que permita comerse el helado a chupadas pero que no sea de barquillo.
MQEN: ¿Un cucurucho de plástico?
M: No, porque entonces cuando te comieras la parte de arriba, se acabó la diversión.
MQEN: Podrías usar una cucharilla.
M: ¡¡No estás entendiendo nada!!
MQEN: ...
M: tendría que permitir comerse el helado chupándolo todo el rato, para ponerse al nivel de placer de un cucurucho.
MQEN: Entonces, un cucurucho de plástico con un agujero en el fondo.
M: Mi primera idea también fue esa, pero luego se me ocurrió algo mejor.
MQEN: Sorpréndeme.
M: ¡Un cucurucho telescópico!
MQEN: ...
M: ¡La Cucurina!
MQEN: ¿Por "cucurucho" y "Marina"?
M: No, por "cucurucho" y "tarrina". Si se parece a "Marina" no es mi culpa, que luego me decís que soy una egocéntrica.
MQEN: Ok.
M: Bueno, el caso es que la cucurina se iría plegando a medida que avanza el helado. Así se podría chupar hasta el final.
MQEN: Muy bien, Peq, pues paténtalo.
M: ¡Eso voy a hacer!
MQEN: ¿Pero tú crees que tendría salida?
M: No lo sé. Es que la gente tiene sus prioridades un poco confundidas.
MQEN: ¿Qué quieres decir?
M: Pues que a lo mejor no le dan tanta importancia a poder chupar el helado aunque no les guste el barquillo. Para mí sí es importante, pero puede que ellos estén bien con sus tarrinas y sus cucharillas.

(Silencio resignado).

MQEN: Yo lo que inventaría es un cucurucho con jamón dentro.
M: ¡Un cucurucho hecho de piquitos con jamón dentro!
MQEN: ¡¡Eso!!
M: ¡El Jamonucho!

Etc.

domingo, 17 de agosto de 2008

El amante del Círculo Polar

Estoy sentada en mi habitación a oscuras e intento sentir con claridad cómo el aire se desliza suavemente por mis fosas nasales. Despido a los pensamientos de mi cabeza, como si apartara con el brazo los objetos de una mesa atestada.
Cuando estoy a punto de entrar en el sexto samadhi, me interrumpe el vibrador del móvil. Aparece en la pantalla la cara sonriente de J., que está en Finlandia de viaje con unos amigos.
- ¡Hola, gorda! - J. siempre parece alegre cuando llama por el teléfono. Eso está en mi lista de "razones para amar a J.", justo debajo de "se levanta de buen humor todos los días" y encima de "casi todas las películas le gustan" -. ¿Sabes desde dónde te llamo?
- ¿Desde Finlandia?
- ¡Desde Laponia! Estoy al lado del Círculo Polar. Y no sé, me he acordado de ti, porque he pensado que esto te encantaría. Todo es verde, hay muchos lagos, es precioso.
- Qué guay – intento aparentar entusiasmo, sonreír hacia el norte de Europa desde mi habitación a oscuras. La voz de J. se escucha tan clara, tan cercana, que me parece absurdo que me esté llamando desde Laponia. La compañía telefónica debería tener un Servicio Realismo, que hiciera sonar la voz del que habla lejana y difusa e intercalara rachas de frío viento polar entre frase y frase. En lugar de eso, el aire acondicionado zumba en mi habitación, y yo no cierro los ojos porque total, estoy a oscuras y el efecto es el mismo.
- Tendrías que verlo, en serio. Es como cuando fuimos a Cantabria, pero como si Cantabria la hubieran extendido por un país entero y la hubieran llenado de lagos.
Me río.
- Ya, te entiendo.
- Y hay un montón de renos. Cruzan por mitad de la carretera, como las vacas de nuestro viaje, ¿te acuerdas?
Pienso en Cantabria, hace exactamente un año. Pasamos diez días juntos. Nos dormíamos abrazados y nos levantábamos juntos por la noche para ir al baño. J. es el único tío que conozco, y casi la única persona, que va más veces al baño que yo. Salíamos de la tienda y caminábamos cogidos de la mano hacia la caseta de duchas del camping, y nos separábamos para entrar cada uno por el lado que le correspondía. De pronto estoy llorando a oscuras, y J. se queda callado a un montón de kilómetros de distancia.
- ¿Qué haces, gorda?
- Nada – digo – que me he emocionado.
- ¿Por los renos? – pregunta, y es una pregunta tan idiota y tan suya que me pongo a llorar más todavía.
- No importa – sollozo –, de verdad, no pasa nada, es que me has pillado en un día tonto.
Hablamos un poco más, me cuenta que allí casi no hay turistas y que la gente les mira como a bichos raros, que intenta desconectar pero piensa en su futuro, que está empezando a tener frío. Yo le escucho y sonrío a través de las lágrimas, y ni siquiera me pregunta qué me pasa porque supongo que lo sabe, y yo también lo sé, y ponerlo en palabras no tiene ningún sentido. Nos despedimos. “Te quiero mucho”, le digo, y es verdad. “Yo también te quiero”, me contesta, y también es cierto.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido, que diría Neruda. Mierda de amor, diría yo, que caduca como los yogures y te tiene meses retorciéndote de indigestión y de nostalgia.

viernes, 18 de julio de 2008

He vuelto de Italia llena de fuerza y de proyectos. Por primera vez en muchos meses, me siento libre y viva.
Y no tengo ganas de escribir aquí.
Llevar este blog es estupendo, pero estos últimos días me he dado cuenta de que estoy un poco cansada de Internet. Es verano, hace un tiempo magnífico, tengo dos manos y dos pies y no quiero que mi mayor muestra de creatividad a lo largo del día sea mi nick del messenger. Ya sé que hace nada despotricaba sobre las personas que cuelgan el blog en verano. Pero cambio a menudo de opinión, por si aún no os habíais dado cuenta.
Así que igual escribo menos, o no escribo nada en absoluto.
Además, curiosamente me apetece callarme las cosas. Por una vez en la vida.
Ya sabéis cuál es mi correo. Soy un buena corresponsal.
Echadme de menos. Os quiero.

miércoles, 16 de julio de 2008

Marco

Intento escribir sobre Marco y no me sale. Tal vez porque lo mejor ya se lo escribí a él en su casa, mientras tocaba la guitarra con Shiva tumbado a sus pies y me miraba por el rabillo del ojo. Habíamos pasado ya una noche juntos en la playa: una de esas noches perfectas, de novela, con sus ojos brillando en la oscuridad enmarcados por las copas de los árboles. Nos abrazamos, nos besamos, hicimos el amor dos veces, nos reímos con juegos de palabras mitad en español, mitad en italiano, aprendimos cómo se decía en la lengua del otro cada una de las partes del cuerpo.

La noche que pasamos en su casa, sin embargo, es extraña, turbulenta. Los dos estamos cansados y yo me marcho mañana. Marco se acerca y se aleja alternativamente, como un animal desconfiado, y cada uno de sus gestos me dice que me mantenga a una distancia prudente para no asustarle. Por la mañana da vueltas a mi alrededor como un satélite, como la luna, y yo, sentada a medio vestir en la cama, le miro y pienso en lo mucho que me gusta este chico, en cómo tiemblo sólo teniendo cerca su presencia eléctrica. Está tan lejos y, sin embargo, puedo sentirle muy cerca, rodeada de sus libros, sus objetos, sus pañuelos colgados en un somier en vertical, la mezcla seca de pinturas acrílicas sobre su paleta de madera.

Marco toca la guitarra de esa forma en que tocan los músicos y que a mí me pone a veces un poco nerviosa: como si no le importara mucho si le escuchas o no. Al final de cada canción, sin embargo, me mira y me pregunta “Ti piace?”, y yo contesto, sonriendo, que me gusta mucho, que es bellísima. Todo lo que podríamos decirnos si compartiéramos una de nuestras lenguas nos mira, agazapado, desde las esquinas de su casa enorme. No sé cómo contarle que puedo sentir su fuerza vibrando desde cada uno de sus gestos, que me llegan al mismo tiempo su luz y una oscuridad profunda e insondable, su gran ternura y su dolor. No sé cómo decírselo, así que le pido un papel y un boli (ya le he dicho que escribo), y me hago un hueco en su mesa atestada mientras él me mira de reojo con un punto de desconfianza. Me pongo el bolígrafo entre los dientes, tamborileo con los dedos, intento encontrar una primera frase que funcione. Escribo en la parte superior “Marco”, y después empiezo: Marco tiene los pies anchos y morenos, y una mirada larga, de pestañas negras y mentirosas, que te dice “derrítete”; y la primera vez que me mira, yo obedezco y me derrito”. Escribo sin parar varias páginas y, por primera vez en toda la mañana, noto que Marco está desorientado, porque ahora es él quien me siente lejos, quien nota cómo mi burbuja me envuelve y le mantiene a una distancia de seguridad, y no sabe qué hacer entretanto. Barre el suelo, le pone la comida a Shiva, alisa la almohada sobre la cama, se sienta a ver un vídeo de Pink Floyd. Cuando termino, cierro la libreta y la dejo sobre la mesa, porque no quiero imponerle mis palabras. Sin embargo, él me pide que se lo lea, así que me siento al otro lado de la cama y leo en castellano, despacio, confiando en que pueda entender lo suficiente pero no todo. Le cuento algo de lo que he visto en él y de lo que he sentido; lo bueno de no volver a verle nunca es que en estos momentos no tengo miedo de nada. Él me mira fijamente, y cuando termino me sonríe, gatea hasta donde yo estoy y se me tumba encima, abrazándome. Yo le abrazo también y me parece oírle sollozar un poco mientras le acaricio la cabeza, despacio.

Después de eso ya no hay nada. Ni direcciones, ni más fotos que las que ya tengo en la cámara digital, ni números de teléfono. Me dice que me buscará cuando vaya a España, pero se trata de una mentira tan lejana y tan bonita que tampoco le hago mucho caso. Me despido de él con la sensación de haber vislumbrado por unas horas una tierra desconocida y hermosa, y con el alivio de saber que me alejo de un hombre que podría volverme loca si quisiera. Le miro mientras recoge sus cosas, se pone su sombrero de camorrista y se cuelga la guitarra a la espalda, y disfruto del deseo y la avidez de tenerle cerca. La verdad es que no sé qué ha pasado por su cabeza en estos dos días; es difícil distinguir sus emociones de sus maneras de seductor impenitente. Sí sé, sin embargo, lo que ha pasado por la mía, y ha sido bonito, y extraño, e intenso, y fugaz, y se lo agradezco de verdad.

Aunque, por qué no confesarlo, el corazón me duele un poco.

Ya estoy aquí

Buenas a todos.
Ya he vuelto de Italia y estoy un poco de bajón. Ha sido un viaje maravilloso, con romance italiano incluido del que os hablaré en breve (nota: no a los tópicos antes de tiempo sobre los italianos, por favor).
Ahora estoy triste. Aquí no están mis amigas, nadie habla italiano, no hay bicis de paseo ni te despierta el frutero cantando "I pomodori per la salsa". Me siento como cuando era pequeña y volvía de los campamentos y, de repente, la soledad que había echado a ratos de menos se me hacía enorme.
En fin, que estoy un poco alucinada por la falta de sueño (apenas he dormido en tres días, entre el mencionado romance y el tren nocturno), pero quería dar señales de vida y agradecer los comentarios que me habéis dejado. Es tierno lo mucho que habéis tardado algunos (no miro a nadie) en enteraros de cómo iba lo de los posts programados.
Mañana sigo, entonces. Buenas noches y un beso grande.

lunes, 14 de julio de 2008

Vacaciones

Cuando Pablo y yo entramos aquella mañana en la cocina restregándonos los ojos de sueño, mi madre colocó sobre la mesa dos cuencos de helado medio derretido.
- ¿Me lo puedo comer? – preguntó Pablo, mirando el tazón de plástico con los ojos muy abiertos. Pablo siempre pide permiso para todo: para tomarse una fanta, para subirse al columpio y hasta para quitarse una piedra del zapato. Yo ya había metido la cuchara hasta el fondo, porque mi madre es de las que cambian enseguida de idea.
- El frigorífico se ha estropeado – dijo mamá, mientras apilaba en la encimera las bolsas de palitos de pescado -. Tenemos que comernos el helado antes de que se derrita. ¡Jaime! ¿Has encontrado ya el número?
La voz de papá llegó desde el salón.
- He llamado a Balay y me han dicho que eso es el servicio técnico y que ahora me dan el número. Estoy esperando.
Mamá se recogió el pelo con una mano. Siempre estaba sudando. Ella decía que era porque trabajaba como una esclava, y más en vacaciones que durante el año. Decía que estaba deseando volver a casa para tomarse unas vacaciones de verdad. Yo creo que tenía calor porque casi nunca bajaba a la piscina con nosotros: se quedaba en casa limpiando el polvo y haciendo unos cuencos enormes de gazpacho que siempre tenía que tirar, porque ni a Pablo ni a mí nos gustaba nada.
Nosotros ya habíamos terminado el helado. Empecé a dar golpes con la cuchara en el tazón.
- ¡Más, más, más! – Pablo se me unió, entusiasmado.
- ¡Ya vale! A ver, Os voy a poner más, pero esto es sólo hoy, ¿vale? Mañana desayunamos cereales otra vez.
- ¿El frigorífico no va a seguir roto mañana? – preguntó Pablo.
- Espero que no. Además, mañana ya no quedará helado.
- Bueno – dije yo – compramos más helado y mañana volvemos a romper el frigorífico, ¿vale?
Estaba claro que era una broma, pero a mamá no pareció hacerle mucha gracia. Pablo se retorcía de risa. Las gotas de colores le caían por la barbilla hasta la tripa desnuda.
- ¡Jaime! ¿Qué pasa con el técnico? - mamá limpió a Pablo con un trapo.
- Que tiene que ser mañana – papá entró en la cocina. Él también estaba sudando. Yo pensé que si el técnico no venía, lo mejor que podíamos hacer era irnos todos a la piscina, porque a pesar de lo temprano que era hacía mucho calor.
Mamá se sujetó la cabeza con las manos, como si le doliera.
- Se nos va a estropear todo. No me lo puedo creer. Llevamos tres días aquí y nos pasa esto, y con la compra recién hecha. Es que no me lo puedo creer…
Papá le puso el brazo en el hombro.
- Vamos, tranquila. Esto tiene alguna solución, seguro.
- Pues no sé yo qué solución. Quita, que me das calor.
- ¿Nos vamos a la piscina? – pregunté.
Irnos a la piscina me parecía una buena idea, porque hacía calor y ya no tenía más ganas de helado, y papá y mamá no parecían querer comer helado tampoco. Pero los dos me miraron como si yo fuera tonto y siguieron discutiendo sin contestarme siquiera.
- Bueno, Raquel, pero no me hables así porque no es culpa mía, ¿vale? Vamos a buscar alguna solución. ¿Y si les llevamos las cosas a los vecinos?
- ¿A quiénes, a los de Santander? Sí, vaya, como son tan simpáticos… Además, que todo el mundo acaba de llegar, Jaime, que no van a tener sitio porque acaban de hacer la compra, igual que nosotros.
- Pues a mí me cae bien Javi – dije yo. Era verdad. No me parecía justo que mamá se metiera con su familia; al fin y al cabo, era nuestro frigorífico el que se había roto. Javi sabía hacer surf y tenía una tabla super chula, y me enseñaba de vez en cuando, aunque casi nunca me la dejaba porque decía que era muy cara.
- Ya, Dani – dijo papá -, si Javi es muy simpático, y sus papás también. Es que mamá está un poco nerviosa por lo del frigorífico, ¿sabes?
- ¡Ya estamos con los nervios de mamá! ¡Yo no estoy nerviosa! ¡Si fuera una inconsciente como tú, a lo mejor no estaría tan nerviosa! ¡Que con este calor se van a pudrir las cosas en nada de tiempo, y a ti te da igual!
Para no estar nerviosa, mamá no parecía nada tranquila. Esta vez, sin embargo, no dije nada.
- Bueno, ¿y si cocinamos las cosas? Así aguantarán hasta mañana y luego lo congelamos todo.
- Cocinamos, dice, ¡ja! – mamá se rió, pero era una risa como la que hacemos nosotros en el colegio cuando alguien dice algo sin gracia -. Cocino yo, querrás decir, porque tú no tocas un plato.
- Mira, Raquel, si te vas a poner en ese plan…
Miré a Pablo, que estaba chupando el cuenco de colores. Se lo quité de la cara y vi que se había llenado de helado el pelo y la frente.
- ¿Qué plan, eh? ¿Qué plan?
- Mamá…
- Porque es muy fácil hablar de planes si tú no cocinas nunca…
- Mamá…
- Y cuando te digo lo liada que estoy, tu solución es que comamos en la calle. ¡Como si fuera gratis!
- ¡Mamá!
- ¡Qué!
- Que mira cómo se ha puesto Pablo.
- Ay, Daniel, de verdad, pues iros a la piscina y así se limpia, anda, y de paso no estáis por medio.
- Sí, eso – dijo papá – y tú deberías bajarte con ellos, Raquel, y así te refrescas y te calmas un poco.
- ¿Bajarme a la piscina? ¿Con la que hay montada? ¡Bájate tú, que todo te da igual!
- ¡Pues a lo mejor me bajo!
- ¡Pues muy bien!
Papá salió de la cocina dando un portazo. Cogí a Pablo de la mano, lo llevé a nuestra habitación y le puse el bañador de Spiderman. Cuando cruzamos el pasillo para salir a la calle, vi que mamá lloraba en la cocina, mirando un paquete lleno de líquido amarillo. Me di cuenta de que era la mantequilla y pensé que a lo mejor desayunar helado no estaba tan bien, después de todo.

sábado, 12 de julio de 2008

Si el silencio fuera sólido, verías en él las marcas de mis uñas clavadas. Las diez medias lunas de mi determinación aparentando indiferencia para salvar la vida.

jueves, 10 de julio de 2008

La maldita-maldita-beca (II)

Hoy ya me estoy empezando a cabrear. No he podido cambiar mi turno de mañana (recordemos que aún es lunes y no he salido de viaje) y mi coordinadora de la beca se lo ha tomado como si fuera el cardiólogo jefe del único hospital del país. A ver, coordinadora. Que sentarse cuatro horas a hablar por el messenger lo puede hacer cualquiera. Este problema entronca muy bien con el tema del post de hoy: la atención a alumnos, mi segunda función como becaria.

Para introducir el asunto, pongámonos en el lugar del alumno medio de la facultad de psicología.

"Hola, soy un alumno medio y estoy adaptándome al sistema de créditos ECTS. Gracias a la falta de idea y descoordinación que reina en la facultad acerca de dicho sistema ECTS, mi agenda de esta semana incluye catorce trabajos en grupo, seis lecturas de artículos, dos presentaciones en power point y un examen de prácticas. Me han informado de que hay unos simpáticos becarios en un despacho que me ayudan si tengo algún problema. Se me ofrecen dos opciones: ¿voy a que me ayuden los becarios y pierdo una tarde haciendo un trabajo decente? ¿O mejor hago las tareas para salir del paso y poder disfrutar parcialmente de la que se supone que es la mejor época de mi vida?".

Terrible dilema, vive dios.

Así que, como os podréis imaginar, nuestras horas de despacho transcurren en imponente soledad. Para colmo, las pocas veces que vienen alumnos se empeñan en preguntarnos sobre cosas que no sabemos (al menos yo): misteriosas técnicas de Excel, análisis de varianzas o cómo hacer que el Word no te cambie el formato cuando le apetece. Con lo cual mi parte dos del cometido como becaria se divide entre perder el tiempo y quedar como una tonta. Tendríair que ver la cara de "eres inútil" que te ponen los alumnos cuando te ven trastear con la barra de herramientas del Windows Vista como si fueras una madre intentando mandar un mail.

En general, sin embargo, mi beca no está mal. El problema es que es una beca ciclotímica: tan pronto pasas dos semanas asfixiada bajo montañas de tareas por corregir como te tienes que inventar los informes para que no parezca que no estás cumpliendo con tu importante cometido. Ejemplo:

Informe A: semana tipo alto ejecutivo.

Tarea: corregir ejercicios de metodología en la plataforma digital Ágora.
Tiempo: 5 horas.
Comentarios: ha sido una tarea exigente y agotadora.

Informe B: semana tipo "Los lunes al sol"

Tarea: revisar mi bandeja de entrada.
Tiempo: media hora.
Comentarios: he actualizado mi correo y me he puesto al día con los profesores de los diferentes departamentos.

Premio negociable a quien adivine cuál de los dos contiene una mayor carga de fanstasía becaria.

Y con este post queda más o menos resumido cómo me he ganado el pan durante este último curso. Hale, que me voy a dormir, que mañana hay que madrugar para llegar a Madrid, de allí a Roma y de allí a Lecce a ver a la PK-mon-amour :D

miércoles, 9 de julio de 2008

La maldita-maldita beca (I)

Me he dado cuenta de que mi blog es un poco aleatorio. La mayoría de los blogs tienen un tono más o menos uniforme para todas sus entradas: tono chorri-divertido, tono dramático-existencialista, tono cultureta-sencillo. Mi blog fluctúa. Y últimamente nos estamos deslizando hacia el modo chorriblog a una velocidad pasmosa. Entre los calamares de mi compañera de piso, los cuestionarios para ligar por Internet y los pasatiempos para niños, este blog está perdiendo esa pátina de seriedad literaria que siempre le ha caracterizado. Bueno. Qué le vamos a hacer.

Siguiendo con la tónica chorriposteante de la entrada anterior (que no voy a enlazar porque está justo ahí debajo), he pensado que no os expliqué demasiado bien en qué consiste la maldita-maldita-beca. Ha dado la sensación de que llevo todo el año tocándome la bola y ahora voy a extender la manita para que el Estado me subvencione los macarrones. Nada más lejos de la realidad. Empecemos desde el principio.

Érase una vez una niña que quería estudiar fuera*. No sabemos bien por qué, si esta niña era feliz en su ciudad y, para colmo, ha resultado estar más apegada a su terruño que un geranio. Puede que todo se deba a que su padre siempre le daba maravillosas lecciones sobre la vida como "lo que no hagas ahora no lo harás nunca" o "no te eches novio hasta los 35". Este padre probablemente no sabía mucho sobre el alto coste de la vida pseudoindependiente o sobre la relación de la incidencia de malformaciones en el feto con el aumento de la edad de la madre. A ver, que divago. La cuestión es que, por circunstancias de la vida que no vienen al caso y que tienen que ver con su llamativa maleabilidad y ausencia de opinión propia, esta niña se encontró estudiando periodismo en Barcelona, primero, y psicología en Granada, después (de periodismo sólo hice un cuatrimestre. Otro día os cuento esa historia). En cuarto curso, la niña se dio cuenta de que, o encontraba una forma de subvencionarse el tema vivir por su cuenta, o se iba a tener que volver a su ciudad de origen. Curiosamente, y a pesar de su naturaleza geraniácea, la niña le había cogido el gusto a eso de fregar platos y viajar en el Alsina y decidió quedarse en Granada.

Vale, esa niña soy yo, así que voy a cambiar a la primera persona, que esto es un poco agotador. Cuando estaba planteándome seriamente la prostitución de lujo como modo de vida, apareció, como caída del cielo, la convocatoria de la maldita-maldita-beca, que sobre papel se llama así:

Becas de alumno colaborador para la experiencia piloto de implantación del crédito ECTS.

Ahí lo llevas.


Me apresuré a rellenar el formulario y mi brillante expediente hizo el resto. Así que ahí me tenéis, hecha una becaria. En teoría, la maldita-maldita-beca tiene las siguientes tareas:

Tarea número 1: ayudar a los profesores.

Aquí es donde hay que hacer un breve inciso y explicar un poco qué entienden los profesores de mi facultad por adaptación al crédito europeo. Ellos estaban tan contentos con sus clases magistrales: venían, leían sus diapositivas, observaban pacientemente cómo las aulas iban vaciándose a medida que pasaban los meses, ponían su examen y listos. Cuando se enteraron de que debían cambiar de sistema y favorecer la autoformación, la adquisición de habilidades y la independencia del alumno, se apresuraron a informarse en profundidad y reestructurar su asignatura desde los cimientos.




















Una cosa así
.


Con semejante panorama, cuando yo me presenté en el despacho de los profesores que me habían asignado con mi cara de becaria y mi lección preparadita (HolasoyMarinalabecariadesuasignaturaqueestoyaquíparaayudarleconlaimplantación delcréditoECTSyestoyasudisposiciónparaloquenecesite), la mayoría se limitaba a contestarme: "Ehh... uh". Yo les dejaba un post-it con mi dirección de correo y me marchaba silbando El puente sobre el río Kwai.

Pero no os engañéis. Éstos son los mejores. Los peores son los que realmente se han tomado en serio la chorrada ésta del crédito europeo y quieren hacerlo bien. Porque ésos no te dicen "Ehh... uh". Qué va. En su cerebro se enciende una bombillita con un letrero que dice más o menos esto:

¡¡TENGO UNA BECARIA!!

Y cuando has terminado de soltarles tu frase de presentación, te contestan:

- Muy bien, pues pásate por aquí mañana que tengo una tarea que darte. O bueno, de hecho si eso te lo puedes llevar ya, ¿te importa?

["¿Te importa?" es una frase que, como becaria, vas a oír muy a menudo.
- Uy, es que acabo de terminar de corregir el examen hoy, pero necesito las notas pasadas para mañana, ¿te importa?
O bien:
- Ya sé que no tienes que subir esa tarde, pero es que me harías un enorme favor si te encargas tú de abrir los laboratorios, ¿te importa?]

Este tipo de profesores no se limitan a colgar tu post-it con la dirección de correo en su tablón y a ignorarlo el resto del curso, qué va. Estos te dicen:
- ¿Me podrías dar también tu número de teléfono?

Alarma. Peligro. Danger. Las dos cosas más importantes que he aprendido este año es que trastorno NO se escribe "transtorno" y que NUNCA debes darle tu número de teléfono a un profesor. Si lo haces, corres el riesgo de recibir la tarde de tu cumpleaños mensajes escalofriantes como éste:
"Marina, soy X. Por favor, revisa LO ANTES POSIBLE tu bandeja de entrada".

Pavorosas mayúsculas. Gracias a mensajes como éste, he desarrollado un condicionamiento aversivo por la bandeja de entrada de la Universidad, y cada vez que la abro se me hace un nudo en el estómago. Lo bueno es que estos profesores escasean. Si todos fueran así, esta beca sería demasiado parecida a la esclavitud como para ser legal.

Mañana continuaré hablando del resto de mis funciones como becaria. Sed buenos y pensad en mí, elegantemente tendida en las playas del tacón de la bota, protegiendo mi delicada piel roacutanosa con crema pantalla total.

*Historia ficticia.

martes, 8 de julio de 2008

El traje nuevo del emperador

Mañana me voy a Italia. Creo que eso ya os lo he dicho. Lo que no os he dicho es que antes tengo que cubrir un turno de despacho de mi maldita-maldita-beca. Por si no os he explicado antes en qué consiste mi cometido como becaria, se supone que tengo que ayudar a alumnos y a profesores con el trabajo extra que se derive de la aplicación del plan Bolonia: echar una mano con los power points y presentaciones orales, corregir trabajos, etc. En la vida real, lo que hago básicamente es pasar notas de alumnos a Excel y venir a la facultad dos tardes por semana a atender a un alumnado que no tiene ningún interés en ser atendido. No viene nadie NUNCA, pero ahora es JULIO, así que es imposible que vengan alumnos por la sencilla razón de que aquí no hay alumnos (bueno, miento: acabo de ver a una de las empollonas de mi clase en un aula de informática con otro grupito haciendo nosequé. Seguro que son extras para subir nota de los que no quiere que los demás nos enteremos).

¿Qué haces aquí entonces, dulce Marina? Eso quisiera saber yo, avispado lector. Cuando me enteré de que teníamos que venir en verano a atender al alumnado inexistente, intenté apelar al supuesto sentido común de mis congéneres humanos.
- ¿Pero por qué tenemos que venir en verano?
- Pues porque la beca dura nueve meses y empezamos en noviembre.
- ¿Y por qué no la resuelven antes?
- ...
- Bueno, ¿y por qué no juntamos todos los turnos que nos tocan a cada uno para tener que venir sólo una vez?
- Porque entonces nuestra dedicación al resto de tareas de la beca se resentiría.
- ¿¿¿RESTO DE TAREAS???
- ...
- Bueno, ¿y por qué no venimos en octubre, que todavía no se habrá resuelto la convocatoria del año que viene? En octubre sí hay alumnos y profesores, y a principios de curso es cuando hace falta más ayuda.
- Es que octubre ya es de la convocatoria del año que viene y nosotros ahí no nos podemos meter.
- ¡¡Pero si la convocatoria no sale hasta noviembre!!
- ...

Total, que no ha habido manera. Aquí me tenéis, y otros dos días de septiembre que también me tocan a mí. Y aún tengo que estar agradecida, porque me han juntado los turnos y con venir dos veces mañana y tarde ya he cumplido. A mí no es que me importe trabajar, ni siquiera venir aquí. Me jode la irracionalidad, esta sensación de estar vendiendo mi tiempo en lugar de mi esfuerzo. Que me sienten aquí a echar horas en el messenger para justificar lo que nos pagan (que tampoco es tanto, al fin y al cabo, y que encima nos llega con meses de retraso), hace que me hierva la sangre.

Para colmo, mañana no puedo venir (si todo va bien, estaré metida en un autobús on the way to Madrid para coger el avión a Roma) y no encuentro a nadie que me cambie el turno. Que si convenciera a las conserjes para que encendieran la luz durante el tiempo que se supone que voy a estar aquí, el efecto sobre la comunidad educativa sería más o menos el mismo. Pero ahí me tenéis, suplicando favores porque "esto no se puede quedar desatendido". Como si fuera una centralita del 061. Ya puedo imaginarme a los alumnos volviendo súbitamente de sus vacaciones y haciendo cola en la puerta para que les explique cómo se hace un póster para un congreso. "¡Por favor, por favor! ¡Si no encuentro la forma de pegar esta gráfica, el universo implosionará!".
Bueno, voy a poner esto para que se publique mañana, que si no me voy a quedar sin posts vacacionales enseguida. Seguiremos en contacto, queridos lectores.

PD: Que me vaya de viaje no quiere decir que no vaya a leer con cariño e ilusión todos vuestros comentarios. Es más: mi cariño y mi ilusión serán mucho mayores después de ocho días (¡OCHO DÍAS!) de abstinencia. Esto quiere decir que como llegue y no me encuentre mis posts programados llenos de comentarios laudatorios, en el próximo viaje os dejo a pan y agua quizá me esfuerce menos en disimular mi ausencia.
PD2: Pero os quiero, ¿eh?

domingo, 6 de julio de 2008

Me voy

Ahora que se están poniendo tan de moda los coach, entrenadores personales e incluso asistentes que te compran la ropa sin que tú tengas que salir de casa, se me ocurre un sector de mercado inexplorado que podría dar muchos beneficios: preparar equipajes. Todos estamos de acuerdo en que viajar es genial, sí, pero ¿quién no pagaría para que alguien se encargara de hacernos la maleta y nos depositara, con todo lo necesario pero sin llevar más carga de la cuenta, en el mostrador de facturación del aeropuerto? El preparador de equipajes estudiaría el viaje en cuestión, las características del viajero y otras circunstancias (limitaciones de las compañías aéreas, costumbres autóctonas) y prepararía una maleta óptima para que nosotros sólo tuviéramos que preocuparnos de anticipar las maravillas foráneas.

Por desgracia, creo que aún no se ofrece ese servicio y, en cualquier caso, no creo que pudiera permitírmelo. Así que tengo que hacerme yo solita el equipaje para pasar ocho días en el sur de Italia, con un handicap: sólo podemos llevar 10 kg de peso y hay que dejar espacio para parmesano barato y pasta precocinada de sabores chulis regalos para todos. Cualquiera que me conozca un poco puede dar fe de que la pasión por el riesgo no es una de mis virtudes. Yo soy la típica que lleva en el bolso una rebeca, un botellín de agua y un neobrufén. La típica que quiere reservar el camping y llevar muchas sombrillas a la playa para no deshidratarse. Mis amigas, que son una mezcla entre Chuck Norris y el tipo ése de la Ruta Quetzal (¿cómo se llamaba?), se ríen mucho de mí por estas cosas. Véase si no un extracto del mail que nos ha enviado hace poco mi querida amiga PK, que es la que vive en Italia y nos alojará estos días:

A ver, os informo: aki hace calor, y mucho, si alguna se kiere traer algo pa cubrirse x la noche en la playa o algo asi...k lo haga, tp pesa tanto en la maleta, xo vaya, yo aki tengo cosas y no los estoy usando, un chal en to
caso.(este punto es sobreto pa marina, k luego ya se como es con el frio)

(Nota: no juzguéis a la PK por su ortografía).

Ahí lo tenéis. El caso es que aquí estoy, viviendo sin vivir en mí pensando en qué voy a poder meter en mi maleta limitada. Tendré que ceder en alguno de mis básicos, como el forro-polar-por-si-acaso, el perfume o el aloe vera. De todas formas, hay algo que me parece profundamente injusto: yo, Marina, 47 inocentes kg de peso, 10 kg de equipaje; un señor italiano aficionado a la lasaña, 90 kg de peso, 10 kq de equipaje. A mí que me lo expliquen. Si la vida fuera de verdad justa, podría llevar una maleta normal, e incluso tendría que pagarme la compañía aérea por hacer que su avión viaje liviano y seguro.

Gracias al posteo programado de blogger, podré dejaros alguna muestra de mi escritura maravillosa para que no me echéis mucho de menos, que ODIO a la gente que se va y me deja huérfana durante semanas con la excusa de "blablabla, estoy de viaje, blablabla". Sí, claro; cuando vuelvas de tu viaje y estés otra vez metido/a en tu rutina miserable, ¿a quién le suplicarás para que te deje comentarios y alegre un poco tu triste vida?

Bah, no me hagáis mucho caso hoy. Estoy premenstrual y previaje. Se me pasará.

jueves, 3 de julio de 2008

Confusiones



Cuando fui a mi primer taller de escritura, allá por mis años mozos, nuestro profesor de entonces nos habló del famoso minicuento de Augusto Monterroso. Seguro que lo conocéis:

Cuando se despertó, el dinosaurio aún estaba allí.

Este minicuento, por muy famoso que sea, tiene un problema: es sintácticamente confuso. Leedlo atentamente y entenderéis a qué me refieiro. Así que la primera vez que lo escuché y hasta mucho tiempo después, pensé que era el dinosaurio el que se había despertado. Pero resulta que no: el protagonista del cuento es otro, un él invisible, que es quien ve al dinosaurio cuando se despierta. Ahí está la gracia, se supone. Sin embargo, a mí el minicuento me parecía lo suficientemente fascinante con el significado que le daba yo (me lo ponía de nick en el messenger y, en aquella época de mi vida -turbulentos diecisiete-, ése era el mayor honor que podía darle a una frase). Todavía me lo parece: despertarme cada mañana y descubrir que aún estoy aquí, que sigo siendo Marina en el cuerpo y la vida de Marina, en general me parece normal, pero a veces me sorprende. Éste es un concepto muy raro que creo que ahora no podría explicaros bien, porque estoy muy cansada, pero tiene que ver con que me resulta un poco extraño mantener una identidad constante a lo largo de la existencia: con la de posibilidades que tiene ser humano, y a nosotros la vida no nos ha dado más que una. Otro día amplío la idea, lo prometo.

Otro caso curioso de confusión gramatical lo protagoniza el omnipresente J., que durante mucho tiempo pensó que la máxima del relato "no decir, mostrar" (o sea, no explicar los sentimientos, sino hacer que el lector los perciba y pueda vivirlos) era una prohibición de decir la palabra "mostrar". Menos mal que no es un verbo de uso muy común en los relatos.

En otro orden de cosas, he empezado mis vacaciones y cambiado la posición sentada típica del estudio por la horizontal del vagueo indiscriminado. Así que no os preocupéis por mí si no escribo mucho.

lunes, 30 de junio de 2008

Se me ocurre

Esto de los blogs es un putiferio. Admitámoslo. Quien no se haya enrollado nunca con un bloguero (y con "enrollarse" quiero decir "tener sexo con", que luego algunos se meten con mi lenguaje de instituto), que tire la primera piedra. Vamos de intelectuales y de follar con las mentes a lo Martín Hache, pero luego ahí andamos todos lanzándonos las cañas y viendo a ver si pica algo.

A mí eso me parece muy bien. Yo estoy a favor del amor en general y del guarreo en particular. Lo que pasa es que a veces es difícil dar con la media naranja por este medio tan proclive a las exageraciones y a las ligeras distorsiones de la realidad. Luego se encuentra uno con que a ese chico que escribe tan bien el Señor no le dio ningún otro don, o que ese otro chico que parecía tan maravilloso tiene una novia formal que no se entera de nada. Para evitar estos malentendidos y preservar en lo posible la integridad de nuestros corazones, opino que podríamos montar una especie de Meetic bloguero, una página de contactos donde se resumiera la información importante para los potenciales interesados en mantener relaciones romántico-sexuales con otros blogueros. Así pasaríamos un primer filtro y reuniríamos sólo a la flor y nata de la red (o a los que no tenemos otra cosa que hacer que actualizar tonterías, claro, rasgo de carácter que, por otra parte, a mí me parece un valor).

He preparado un pequeño cuestionario (deformación profesional) donde resumo las preguntas que considero básicas para iniciar una relación internáutica. Os doy permiso para reproducirlo, enlazarlo en la barra lateral de vuestro blog y/o enviárselo al próximo que pretenda vuestro corazón cibernético, así como para añadir las preguntas que consideréis convenientes.


AMOR BLOGUERO: CUESTIONARIO DE COMPATIBILIDAD CIBERNÉTICA

Nombre o nick:

URL:

Temática del blog:

Frecuencia de actualización:

Soy un psicópata que utiliza el blog para atraer a sus víctimas.
a) Sí.
b) No.

(Si contestó "Sí" a esta pregunta, por favor, no siga respondiendo al cuestionario)

Lo que escribo en mi blog es
a) 100% verdad.
b) 100% ficción.
c) mitad y mitad.

Tengo pareja
a) Sí, pero me va la marcha.
b) No, podrías ser tú.

Busco
a) A mi media naranja y/o alma gemela.
b) Guarreteo sin más.

Encontrarás fotos mías en mi blog
a) Sí.
b) No.

(Contestar sólo si se respondió "b" a la pregunta anterior) No pongo fotos porque
a) Me hago el interesante.
b) Objetivamente tengo un físico regulero.

Ligo por Internet porque
a) Me parece una buena manera de conocer gente con la que tengo cosas en común.
b) En persona pierdo.
c) Soy un freak.

Faltas de ortografía
a) Las tolero.
b) No las soporto.

Valoro el físico
a) Sí.
b) En su justa medida.
c) No.

Estoy dispuesto a llegar
a) Hasta comentarios con un grado variable de carga sexual.
a) Hasta intercambio de mails y tonteo por el messenger.
b) Hasta donde haga falta.

La distancia
a) No me importa. Viajaría por tierra, mar o aire para conocerte.
b) Sí me importa. Abstente si no eres de mi provincia o limítrofes.

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domingo, 29 de junio de 2008

Perfeccionando lo simple I: Macarrones a la putanesca

Queridos lectores/as:

Aprovecho el inicio del verano para inaugurar esta nueva sección. Desde que soy estudiante con asignación monetaria restringida, me he visto obligada a encontrar los pequeños lujos de la vida que combinan su escaso coste en tiempo y en dinero con su exquisitez más allá de toda duda. Perfeccionando lo simple es algo más que una estúpida categoría en un estúpido blog: es una filosofía de vida, una visión del mundo. Se basa en la creencia de que hasta lo más sencillo puede mejorarse y alcanzar cotas de perfección que hacen la vida más hermosa y agradable. También tiene que ver con la voluntad de disfrutar de las pequeñas cosas y no estar esperando siempre a que nos toque una semana gratis en un spa o que nuestra pareja nos lleve a comer marisco. Esta sección abarcará muchos aspectos simples y perfeccionables de nuestra vida: desde recetas de cocina hasta paseos bajo la lluvia o posturas eróticas. Espero que disfrutéis.


Hoy: MACARRONES A LA PUTANESCA

Empezamos con comida por una razón muy sencilla. Mi padre me dijo de pequeña que lo importante de saberse cocinar no es tanto la autonomía (al fin y al cabo, cualquiera puede apañarse para sobrevivir) como la calidad de vida. Ser capaz de prepararme para mí sola una deliciosa cena de dos platos y postre me hace sentir rica de espíritu. Por eso, creo que es importante perfeccionar lo simple en la cocina, sobre todo cuando se cocina para uno y a veces sólo hay ganas de hacerse un sandwich.

Una amiga mía dijo una vez: "la pregunta no es ¿qué comemos hoy?, sino ¿qué le echamos a la pasta?". El precio y la versatilidad de este alimento italiano, unidos al hecho de que hace falta ser oligofrénico para cocinar mal un plato de pasta, la convierten en un elemento indispensable en la cocina de cualquier estudiante o mileurista de a pie.

La cuestión es que a veces el tema de la pasta se hace un poco monótono. No tenemos tiempo, así que acabamos echándole un chorreón de tomate y un poco de sazonador para espaguetis marca Hacendado y para el buche. Tenemos buenas ideas, claro, pero esas ideas requieren tiempo y ganas de cortar, sofreír, dejar cocer a fuego lento, etc etc.

¿Existe un término medio entre la pasta de gourmet y los macarrones de comedor del colegio? ¿Cómo encontrar un plato de pasta que se prepare rápido yque sea exquisito? Tranquilos, tengo la solución: Los macarrones a la putanesca made in Marina.

El procedimiento es el siguiente. Se pone a hervir abundante agua en una olla grande. Mientras, puede uno dedicarse a fregar los platos del día anterior o a inspeccionar la nevera en busca de alimentos en estado avanzado de descomposición (una práctica muy útil en un piso de estudiantes). Una vez que el agua ha hervido, se le echa una cucharadita de sal e inmediatamente después, los macarrones. Aquí uno puede tirar del Mercadona o, si realmente quiere perfeccionar lo simple, marcársela con unos Barilla o algo parecido. Sin embargo, el espíritu de esta sección implica recortar gastos, y en cualquier caso lo bueno que tiene este plato es que va a estar rico igual. Hemos escogido macarrones porque su forma hueca facilita el atrapado de los tropezones y la salsa, un punto muy importante para la degustación de esta receta.

Si queremos que el aprovechamiento del tiempo sea óptimo, éste es el momento de empezar a cocinar la salsa. Ponemos al fuego un cazo pequeñito en el que mezclamos (del tirón, no importa el orden de los ingredientes ni tienen que hacerse unos antes que otros):

- Un buen chorro de tomate frito. Después de una larga experiencia con la cesta de la compra, he seleccionado algunos productos que pueden comprarse de marcas blancas y otros en los que, sin duda, merece la pena gastarse el dinero para comprárselos de marca. Uno de ellos es el tomate frito: comprad Orlando, por favor. Hacedlo por mí. Además, la modalidad con aceite de oliva tiene una tapita que se abre y se cierra y es la mar de práctica.
- Otro buen chorro de cerveza o vino blanco. Nota: el vino blanco se vende en tetra briks pequeñitos, como los de los batidos del cole. Son muy útiles si sólo lo utilizáis para la comida o si queréis que vuestros hijos tengan un recreo divertido.
- Una cuantas aceitunas negras partidas en trocitos.
- Otras cuantas aceitunas verdes partidas en trocitos.
- Aceitunas negras y verdes enteras o por la mitad. Esta variedad en el tamaño de los tropezones es otro de los ingredientes principales del éxito del plato, así que no os saltéis este punto.
- Un puñadito de alcaparras. Mi vida como cocinera y como persona tiene un antes y un después de las alcaparras. Si uno prueba una alcaparra, en general encontrará su sabor indefinible y asqueroso; sin embargo, si se mezcla con salsa de tomate se produce el milagro y uno se pregunta cómo ha podido su paladar vivir hasta ese momento sin esa explosión de sabor.
- Un par de cayenas enteras. La cayena debe dejarse un rato, en función de lo mucho o lo poco que os guste el picante. Para amantes de las emociones fuertes, recomiendo machacar la cayena en el mortero y añadirla a la salsa. Para los demás, no os olvidéis de sacarla de la olla antes de servir el plato. Masticar una guindilla en plena comida la convierte en algo muy alejado de la perfección.
- Sazonador de espaguetis del Mercadona y otras especias al gusto.

Todo este mejunje se deja hervir tranquilamente mientras se hacen los macarrones. Para que la pasta esté en su punto, hay que sacarla del fuego un pelín antes de que esté hecha y verterla en el colador con un chorrito de aceite. Una vez allí, ella sola terminará de cocerse con el calor residual. Esto me lo enseñó J., a quien a su vez se lo enseñó su compañero de piso italiano. Me hace gracia que los italianos sean tan sibaritas para cocinar algo tan simple como la pasta. Realmente, ellos están muy en el espíritu de este post.

Una vez hecha la pasta, se mezcla en la olla pequeña con la salsa. Si sois más de poner los macarrones en el plato y verter la salsa por encima, allá vosotros, pero a mí me gusta más mi sistema porque todo coge más el sabor de todo. Soy muy maniática con la temperatura de la comida, así que lo remuevo hasta asegurarme de que está al rojo vivo.

Para terminar, se sirve en el plato y se espolvorea con queso rallado. Recomiendo rallar un poco de Grana Padano por encima: en el Mercadona venden trozos a tres euros, y creedme que por l o que dura y por la medida de la mejora que introducirá en vuestras vidas, merece la pena. El Grana Padano lo mejora prácticamente todo en la cocina (a excepción, quizá, del gazpacho).

Recomiendo comer con cuchara para coger bien los tropezones, pero allá cada cual.
¡Que aproveche!


Próxima entrega de Perfeccionando lo Simple: La siesta.