En ocasiones me da miedo soñar. No es una afirmación cursi en plan “me da miedo el futuro” o “no sé si soy digna de mis sueños”. Me refiero a soñar por las noches: la fase REM y demás. A veces estoy tumbada en la cama, calentita, descansando por fin al final del día, y me da por pensar que, en unos minutos, me voy a ver inmersa en la primera chorrada que se le ocurra a mi inconsciente. Hoy, por ejemplo, he soñado que engañaba a J. y me sentía culpable cuando le veía. Él estaba como avergonzado, una víctima completa, con la cara ruborizada y los ojos llenos de lágrimas. Yo me miraba al espejo y veía la marca de cinco dedos rojos en mi mejilla derecha, que sangraba por varios sitios. Por alguna extraña razón, esa era la señal de que le había sido infiel*. Después, yo tenía un brazo roto y nadie quería escayolármelo. Daba tumbos por todo el sueño con mi hematoma y mi deformación en el húmero y todo el mundo encontraba excusas para no arreglarlo. Y dolía bastante (¿cómo somos capaces de sentir dolor en los sueños? ¿a qué huelen las cosas que no huelen?).
Entonces me digo: ¿por qué yo, una chica sana y fiel, tengo que pasarme toda la noche lesionada y culpable? Ayer fui buena persona. Cumplí relativamente con mis obligaciones. Me merezco un descanso tranquilo. Así que me planteo si deberíamos poder elegir si soñar o no. En plan: “mira, pues sí, hoy me apetece: hoy quiero averiguar qué me deparan mis aleatorias neuronas”. O “pues esta noche más bien no. Preferiría una tranquilidad aburrida y reparadora, que ya he tenido suficientes emociones”.
Creo que si dejara de soñar, andaría por ahí dando tumbos, despierta y alucinada, y mi cerebro desquiciado encontraría la forma de hacer pasar las imágenes por delante como el cinexit. Puede que escriba un cuento sobre eso, un cuento superoriginal que gane algún concurso.
Otra cosa que me parece injusta de la fisiología humana es que no nos demos cuenta de cuándo dormimos. Decimos “me encanta dormir”, pero realmente no tenemos más que la sensación de relax de justo antes y la sensación, en el mejor de los casos, de haber descansado justo después. Me jode inmensamente que lo que viene nada más acostarse sea levantarse (y, en la gran mayoría de los casos, madrugar). Deberíamos poder dormir conscientemente: disfrutar del descanso, despertarnos varias veces y dejarnos caer otra vez dulcemente en la modorra. A lo mejor con entrenamiento se consigue.
Después de estas reflexiones profundas que van a enriquecer un montón vuestra vida intelectual, me voy a dormir.
PD: Me encanta Grace Paley. Leed a Grace Paley. Me gusta tanto que me da ganas de llorar. Me gusta tanto que me quita las ganas de escribir, porque creo que nunca voy a ser capaz de hacer nada parecido. En fin…
*Querido J.: no me acostaba con el otro tío, sólo nos dábamos unos cuantos besos. Te lo digo para que no te preocupes.