
Al terminar les doy las gracias. He aprendido mucho con vosotros, les digo; es hermoso ver cómo os estáis apoyando el uno al otro. Lo estáis haciendo muy bien. Luego salgo a la calle, miro los restos de luz que le quedan al día. Camino hacia la playa, pero un enorme charco del agua que ha dejado al bajar la marea me impide el paso hacia la orilla. Calibro si cruzarlo con mis botas chungas de plástico y decido que no, así que me quedo mirando el mar desde lejos, como una exiliada, mientras los corredores trotan frente a mí por la estrecha franja de arena y las nubes brillan con una luz rosada. Pienso que el mar es enorme y yo soy enorme, y que lo que aprendo cada día, todo esto del sufrimiento y la luz, de la locura y los libros, lo que me da trabajar y escribir y leer y amar, lo que me da escalar cuando escalo porque llevo un mes parada con la mierda del esguince y, en fin, lo que me da esta vida que estoy llevando, es casi tan inconmensurable como lo que tengo ahora delante.
Después camino por la avenida y contrato Internet con ONO, lo cual pega poco con todo el rollo poético de la playa y tal que os acabo de soltar, pero bueno; es lo que hago. Y me meto en una librería a buscar algo que sustituya a "Libertad", de Jonathan Franzen, cuando termine las escasas cien páginas que me quedan; quiero llorar de penita por acabarme el libro. Quiero olvidarlo y empezarlo otra vez de nuevo. Ese libro, lectores, ese libro es como la materialización de por qué me gusta escribir y por qué me gusta leer: por la esperanza de poder hacer algo mínimamente parecido algún día, por compartir el empeño absurdo de iluminar nuestros actos torpes de humanos, los trompazos que nos damos en el camino, con cierta comprensión compasiva que no mejore el mundo pero sí proporcione, por lo menos, una extraña felicidad estética.
Al final me voy a la parte de libros para niños y acaricio los preciosos y enormes cuentos ilustrados. Es increíble el arte y la sensibilidad de los ilustradores infantiles. Está Blancanieves, que te hace estremecerte cuando ves el dibujo de la princesa con los labios muy rojos y los bordes de los párpados también rojos, y todo lo que debería ser una princesa contenido en la pálida belleza de su rostro dormido. Está Alicia goteando agua desde su pelo húmedo y reflejando lo que es ser una niña y a la vez estar seria y ser fuerte y encontrarse asustada. Y siempre que miro estos cuentos pienso en llevarme alguno, pero luego me digo "qué tontería, si ya eres mayor, y si además nadie se va a querer reproducir nunca contigo porque eres una tarada". Pero hoy me decido y me llevo Besos que fueron y no fueron, que es un libro maravilloso de verdad, en el que cada página habla de un aspecto de los besos: La Máquina de dar Besos, el Vertedero de los Besos, los Robabesos, Besos con Superpoderes, y cada uno está acompañado de una ilustración colorida y soñadora. Me lo llevo porque es bonito y porque puedo permitírmelo pero, sobre todo, me lo llevo porque contiene una manera tan divertida y loca de ser y de mirar el mundo, tiene dentro de sus tapas una cantidad tan grande de dulzura y de imaginación que quiero tenerlo cerca por su acaso a mí se me olvida.
Así que me voy a casa con mi cuento enorme y añado un par de libretas de la marca Moleskine (Míchel tribute, él sabe a lo que me refiero) porque la última que compré, en Madrid el día de mi cumpleaños, está llena de textos ilusionados y cursis de cuando conocí a IA, y ahora cada vez que la abro y/o la veo en mi escritorio no es que me entren ganas de quemarla, que también, sino que sencillamente me veo incapaz de seguir escribiendo en ella. Porque estoy tan enfadada. Tan, tan enfadada. Pero la vida debe seguir, y si no sigue en las libretas de antes pues habrá que comprarse libretas nuevas. Y ahora estoy aquí, en casa, con el cuento a un lado del ordenador, lista para echarle un ojo mientras me tomo un colacao de mediaoche. Tengo la casa muy desordenada, pero casi como acto consciente y voluntario: porque lo elijo y porque no me apetece ordenarla, porque quiero que sea más importante sentarme aquí a escribir que fregar los platos. Por eso.
No sé ni sabré nunca si ésta es la mejor versión de la entrada, lo que es como decir la mejor versión de mí misma. Si es mejor que las otras que escribí antes, que también hablaban de libros, de la muerte y de la luz imposible del atardecer de invierno detrás de la playa de la Victoria. Creo que una se cansa de su voz cuando no deja que se filtre toda su verdad por miedo. Y a lo mejor mi verdad de esta tarde no son solo los libros infantiles, ni la reverencia profesional ante el sufrimiento ajeno. La pura verdad es que estoy enfadada de la ostia con IA por joderme mi libreta de cumpleaños. Y no hay mucho que él pueda o quiera hacer por eso, y yo lo siento por los dos, lo siento de una manera tan profunda y rabiosa que no lo puedo expresar muy bien aquí. Hay pocas formas de acabar bien las cosas para todos, Peq, me dice MQEN por el teléfono, y yo lo sé, lo sé y lo siento. En ocasiones la gente se hace daño.
Lo voy a dejar aquí, más que nada porque o voy al baño a quitarme las lentillas o cuando lo haga me voy a arrancar de paso la córnea. Os quiero. Gracias por ser testigos de todo esto. ¿Os lo agradezco suficiente? Igual no. Gracias. De verdad. Leo vuestros comentarios desde el móvil y me sacan sonrisas a lo largo de todo el día. Escribir es genial y leer también. Comprad "Libertad". Comprad cuentos y libretas. Escribid y leed, amad, enfadaros. Que la vida es corta, pero ancha.