massobreloslunes: 2017

martes, 14 de marzo de 2017

Cómo sobrevivir a tu primera novela, III: lo que querría haberme planteado antes

No sé muy bien cómo empezar este post. Más que nada, porque tengo la impresión de que lo que he aprendido escribiendo mi novela solo me puede servir a mí. Probablemente esa sea la primera lección: que no podemos aprender en zapatos ajenos, y que si vas a escribir una novela tienes que estar dispuesto a atravesar tu propio proceso, tu habitación 101 particular.

En mi caso, he escrito esta novela a lo largo de tres años muy difíciles. Solo ahora me estoy dando cuenta de lo difíciles que han sido. Creo, de hecho, que si he dejado el blog de lado en este tiempo ha sido, en parte, porque no quería enfrentarme a algunas partes de mi vida.

No quería enfrentarme a que al final del PIR estaba prácticamente deprimida. Hace un tiempo, Pablo me preguntó de qué estaba más orgullosa en mi vida, y le dije que de haber sacado y completado el PIR. Lo que es curioso, porque he hecho cosas mucho más difíciles en este tiempo, incluyendo terminar la novela, crear y vender varios cursos online y escalar 7a+. Pero el PIR fue una larga prueba de resistencia emocional de la que no podía escapar. 

Por supuesto, los que me leíais entonces sabréis que también fue una época intensa y luminosa. Quizá eso fue parte de la dureza. Me pasé cuatro años con la impresión de que andaba por ahí sin piel. Vi literalmente a cientos de pacientes contándome cientos de desgracias. A gente que quería matarse, a gente que se murió y a gente que quizá habría estado mejor muerta.

Después de eso, no quería enfrentarme a que en realidad mi vida en Margalef no me gustaba, ni a las cosas que iban mal con Pablo, ni a lo jodidamente duro que es emprender. No quería enfrentarme a que me he pasado los últimos años sin tomarme vacaciones y a que todavía no tengo una fuente de ingresos medianamente estable. No quería sentarme aquí y poner todo eso por escrito.

Y en medio de eso, estaba mi novela. Estaba mi Proyecto Grande y Loco que no quería abandonar pero que nunca encontraba el tiempo para abordar. La capacidad de organizarse el propio tiempo es uno de los aspectos más complicados y neurotizantes de trabajar para ti. 

Así que terminar la novela en medio de estos últimos años ha sido un acto heroico de resistencia emocional, comparable al Ironman que se está preparando Joan, el protagonista, al principio de la historia. Y ojalá alguien me lo hubiera dicho. Que estaría tan desesperada después de todo este tiempo. Que tendría ganas de llorar cuando pienso en lo cansada que estoy.

Por supuesto, todo esto depende. Depende de cómo te lo montes, de lo perfeccionista que seas y de la capacidad de concentración y productividad que tengas. Depende de lo importante que sea para ti que tu historia cierre bien y que todas las comas estén en su sitio.

Yo he aprendido de mí que soy más perfeccionista de lo que pensaba, que mi historia me importa y que se me da bastante mal ser productiva y trabajar lo bastante rápido como para no acabar quemándome.

Así que, por resumir. ¿Qué me gustaría que algún alma amable me hubiera dicho antes? Aquí va una lista de diecisiete consejos aleatorios.

  1. No escribas por escribir. Planea primero, escribe después (más sobre esto en el futuro post sobre pantsing que quiero escribir).
  2. Léete Wired for story antes de tocar una sola tecla.
  3. Esto va a ser duro. Asúmelo ya.
  4. Planea y respeta tiempos para trabajar en la novela. Practica el foco y trabaja de modo más intensivo. Nada de «ya lo haré en algún momento». «En algún momento» no aparece en el calendario.
  5. Contrata a una correctora ortotipográfica más barata.
  6. Tus personajes te van a caer mejor que muchas personas reales.
  7. Al final resolverás la historia. Tranqui.
  8. El mundo no se acaba porque muchos capítulos no te salgan bien a la primera.
  9. No puedes escribir veinticinco escenas que tienen lugar en cafeterías o bares, por mucho que la novela tenga lugar en España.
  10. Esta no es la historia de por qué la gente se desencuentra. Es la historia de por qué la gente se encuentra. Los desencuentros no tienen interés.
  11. Si las pelis de Hollywood cometen errores, tú también te lo puedes permitir.
  12. No te dejes atascar por tu propio perfeccionismo. Concéntrate en contar la historia.
  13. Vale que no te guste escribir sobre sexo, pero tampoco puedes saltártelo y esperar a que la gente lo averigüe.
  14. Siempre estás a tiempo de borrar. Pero para que eso te sirva, tienes que borrar en algún momento.
  15. Trata de depender de otras personas lo menos posible.
  16. No esperes tanto. Las ideas se decoloran cuando esperas.
  17. Si acabas esperando, no te machaques. Tiene sus ventajas.
Por supuesto, no sé cómo podría haber sabido todo esto de antemano, a no ser que esta noche se abra una ventana en el espacio-tiempo y pueda contarle estas diecisiete cosas a la Marina del pasado. Pero como me ponga a hablar con ella, no sé dónde podemos acabar.

Al final, como dice Joan, no hay carreras perfectas.

Y sí, voy a seguir citando a mis propios personajes. Probablemente durante mucho tiempo.




sábado, 11 de marzo de 2017

Cómo sobrevivir a tu primera novela, II: vista de pájaro del proceso en sí

Advertencia: esta serie de posts voy a escribirla principalmente para mí. Como ya comenté, no pretendo que sean especialmente divertidos ni didácticos. Creo que la única manera de que retome en algún momento este blog es eliminar absolutamente todas las expectativas y exigencias sobre el proceso, incluyendo: ser divertida, entretener, incluir imágenes, incluir enlaces, etc. Quizá si hago eso durante algún tiempo vuelva a considerar el tiempo aquí como una liberación, y no como una carga, y pueda volver más a menudo. Fin de la advertencia.

La escritura de EADEPC (El arte de encontrarse por casualidad) ha sido un proceso desestructurado y procrastinador, y en absoluto lo recomendaría si vas a escribir tu primera novela ahora. A mi favor diré que, como os contaba en el post anterior, en realidad nunca tuve mucha confianza en que terminaría la historia, así que empecé a escribir con poca fe y sin ningún plan previo para convertirlas en un libro completo.

Lo primero que hice fue garabatear escenas tal y como se me ocurrían, jugando con distintas posibilidades e improvisándolo prácticamente todo. En argot yanqui de escritura de ficción, eso se denomina pantsing: sentarte (sobre tus pantalones, o pants; de ahí el nombre) y escribir sin plan previo. Creo que voy a dedicar un post completo a explicar por qué NO recomiendo el pantsing casi en ninguna circunstancia, pero bueno; empecé así y ya está. De todas esas escenas que escribí, utilicé exactamente cero.

Lo segundo que hice, casi dos años después de aquellos primeros intentos de empezar, fue participar en el NaNoWriMo: una convocatoria internacional para escribir una novela de cincuenta mil palabras durante el mes de noviembre. Probablemente dedique otro post entero a explicar por qué tampoco recomiendo empezar sí tu novela. De este primer borrador completo conservé entre un quince y un veinte por ciento.

Un año después de acabar el NaNoWriMo, pude por fin dedicar un tiempo solo a escribir. Con el material y las ideas del NaNo, sumados a lo que había aprendido sobre cómo construir una historia en varios libros sobre el tema, completé un segundo borrador del que pude por fin empezar a sentirme medio orgullosa. Aproximadamente un setenta por ciento de ese borrador sobrevivió a la siguiente poda.

Después de eso, di a leer la novela a Pablo y utilicé su feedback para completar el tercer borrador: reescribí varios capítulos completos, eliminé otros, cambié de sitio algunas escenas y añadí algo de textura a la parte final, que había quedado un poco apresurada. Ahí cometí el error de dejarme pendientes las tareas menos agradables: investigar las partes técnicas de todo lo que tenía que ver con triatlón y revisar la línea temporal para que las fechas encajaran. Eso, sumado a que emprender es difícil, tenía mucho trabajo y estaba medio deprimida, hizo que tardara más de un año en retomar la novela.

En verano de 2016, por fin, me puse las pilas: completé lo que faltaba y la mandé a unos veinte betalectores. Creé un cuestionario en Google Forms para que lo rellenaran y conseguí dieciséis respuestas. Con ese nuevo feedback, terminé por fin el cuarto y definitivo borrador.

Por último, envié la novela a una editorial para la corrección ortotipográfica. Me hicieron un trabajo bastante chapucero para lo que mi nazismo lingüístico requiere, así que tuve que repasar el texto tres veces para asegurarme de que no quedaba ninguna errata.

Y ayer, por fin, mandé el manuscrito a maquetación. Cuando esté listo, solo quedará subirlo a Amazon y empezar a hacer algo de promoción a mi sufrida lista de correo.

Teniendo en cuenta lo anterior, probablemente escriba los siguientes posts sobre el tema:

1. Consideraciones generales sobre escribir y autopublicar una novela.
2. Por qué el pantsing es una mala idea y qué hacer en su lugar.
3. ¿Deberías escribir tu novela durante el NaNoWriMo? (Respuesta corta: depende).
4. Plotting (crear un argumento) y storytelling (contar una historia): qué es, para qué sirve y cómo aprender.
5. Los errores que cometí en mi primer borrador serio y cómo evitarlos.
6. Cómo investigar para tu novela si eres una vaga.
7. Editores freelance o cómo evitar que te timen.
8 y siguientes: ni idea, porque aún no sé cómo va el resto del proceso.

Y como estoy en el bus y tengo un rato libre antes de llegar a Granada, voy a empezar ahora mismo a escribir el primero post.




jueves, 9 de marzo de 2017

Cómo sobrevivir a tu primera novela, I: introducción

Recuerdo cuando, allá por el año 2012, tuve una idea para una novela. ¿Y si en un alarde de imaginación y de distancia con mi propia realidad escribo una historia de un chico y una chica que se conocen por Internet?

Nunca tuve muy claro que fuera capaz de terminar la novela. Apuesto a que vosotros tampoco. Apuesto a que pensabais: esta va a ser como los «escritores que no escriben» de la canción de Sabina: que habla y habla de su novela pero nunca sacará nada.

Pues ahí está, la tía. 103578 palabras que han salido de mi absurda cabeza y que están a punto de emprender el viaje hacia vuestros amorosos cerebros.

He pensado en empezar una serie de posts contando cómo ha sido el proceso, por si a alguien le sirven. No van a ser posts de «primero haz A, luego B y luego C», ni pienso investigar, ni voy a poner negritas, ni nada. Van a ser absolutamente desordenados y aleatorios, porque para escribir manuales ordenaditos ya tengo mi otro blog.

Hoy iba a a contar cómo he hecho para pasar de las primeras escenas sueltas e inconexas al manuscrito más o menos coherente que tengo entre manos. «Vista de pájaro del proceso en sí», iba a llamarse el post. Como no recordaba muy bien las primeras versiones, he abierto la carpeta de documentos llamada Mi vida pequeña, que era el primer título que había pensado para la novela, y llevo un rato leyendo.

Es divertido. El otro día hablaba de la fanfiction, y las primeras versiones de la historia se parecen a eso. Hay muchos Joans (¿cuál es el plural de Joan?) y muchas Mayas; de hecho, Maya se llama de mil maneras al principio. Hay una Elsa, una Eva y una Emma. También hay un Joan llamado Ángel y otro llamado Bruno. En algunas escenas Joan es médico y Maya profesora; en otras, Joan trabaja en una tienda de móviles y Maya vive en una furgoneta. Irene, la ex de Joan, se llamaba Elena en el primer borrador. A veces es comadrona y a veces cirujana.

Y es curioso, porque ahora me parece que Joan y Maya no pueden ser distintos a como son en la novela terminada. No pueden tener otros pasados ni otros proyectos: los universos alternativos que creé al principio me parecen falsos. Me pregunto si me he quedado con la mejor versión de la historia y me respondo que, de alguna forma metafísica, la que existe es la única versión posible.

Las primeras escenas que escribí son escalofriantemente similares a mi vida. Dan un poco de vergüencita ajena, de hecho. Porque la novela actual, a la que vamos a empezar a llamar EADEPC (El Arte De Encontrarse Por Casualidad), tiene elementos de mí y de mis historias, pero ha crecido hasta existir por derecho propio, y no únicamente como una forma de exorcizar mis traumas.

Quizá el camino de mi primera novela no tiene tanto que ver con el número de borradores que he escrito y los betalectores que he utilizado, sino en cómo he conseguido metabolizar lo que pasó y sacarlo de mí. Y es bonito eso. Es una hermosa manera de sanar una herida.

Estoy fuckin' orgullosa de mi novela. En las últimas semanas, me la he releído entera cuatro veces buscando erratas para la última corrección ortotipográfica. Y aunque me sé las frases de memoria y estoy un poco hasta el potorro de Maya y de Joan a estas alturas, no me puedo creer que haya logrado escribir una historia que me suene tan verdadera. 

Es raro, lo digo por experiencia, sentirse plenamente orgulloso de algo que uno ha creado, tener la certeza de que has hecho absolutamente todo lo que podías para crear algo hermoso. Porque en general vivo con la impresión de estar poniendo en lo que hago la mitad del esfuerzo del que dispongo. Pero con EADEPC no. Ahí he luchado desde las primeras escenas inconexas hasta la última coma de la última corrección.

Y a ver, que no es la novela del año, ni del mes. Que la historia no es nada del otro mundo, porque a mí el Rey del Cosmos tampoco me dio tanta imaginación, y que aún hay diálogos que me suenan un poco raros pero que no quiero tocar para no liarla. Pero os juro de verdad de la buena que es lo mejor que he sabido hacer en este punto de mi vida: que, como dice Franzen, es la mejor novela que podía escribir en su momento, y si escribo algo mejor más adelante, será porque he cambiado lo suficiente como para ser capaz.

Es una novela artesana. Tiene kilos de cariño. Y pensaba que en este punto de la vida sentiría cierto reparo, porque me acuerdo de aquella persona que me comentó en un post algo así como «¿y si con lo estupenda que te pones hablando de escritura, después resulta que tu novela no es buena?». Pensaba que me daría miedo la gente como esa, que se apresura a juzgar las creaciones de otros porque consuela un poco saber que los demás tampoco son perfectos. 

Pero hoy, concretamente, tengo una tremenda y gozosa sensación de QUE OS DEN A TODOS. Porque yo sé lo que me he dejado por el camino escribiendo esto. Sé las paletadas de energía, y de amor, y de cuidado por los detalles que tiene EADEPC. Como me dijo Anxo hace mucho tiempo sobre la terapia: cuando no eres todo lo bueno que te gustaría, lo único que te queda es matarte a trabajar; y cuando lo has logrado, cuando te has matado a trabajar por algo, y te has pasado horas encerrada, y has reescrito y vuelto a reescribir, y has acribillado a tus betalectores con preguntas, y te has peleado a muerte con tu correctora porque osó cambiarte las comas de sitio... entonces a los haters no les queda mucho espacio, porque tú estás a tope, porque te has asalvajado en el proceso y solo puedes gritar con el pelo ardiendo y sabor a sangre en la boca y repetir: QUE OS DEN. He escrito un libro.

Por último, quiero dejar aquí un apunte friki. Cuando empecé a escribir la novela, Joan no era triatleta. Lo del triatlón ni se me había pasado por la cabeza. Las primeras escenas están escritas en febrero de 2012, y hasta noviembre de 2013 no se me ocurrió poner al pobre Joan a preparar un Ironman.

Pues la primera escena que escribí era el supuesto final de Mi Vida Pequeña, y se contaba a través de un post de Maya, que en aquel momento no se llamaba Maya, sino Elsa. Y al final del post hay varios comentarios de lectores ficticios. Y ¿sabéis cómo se llama el último comentarista? 

Ironman. 

En serio.

Esto de la ficción es un trabajo muy misterioso.

Y me voy a dormir, que mañana me voy a Madrid al máster y necesito mis neuronas en plena forma.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Fanfiction

Si hay algo que me gustaría haber conocido en mi adolescencia es la existencia de la fanfiction: relatos que utilizan mundos y personajes de otros autores y los manipulan a su antojo. 

Qué feliz habría sido yo pudiendo escribir sin tener que imaginar demasiado: solo hilando diálogos, manipulando sentimientos y creando escena tras escena, sin el dolor de cabeza de parir una trama y a unas criaturas desde el principio.

Yo hacía fanfiction en mi cabeza, en realidad. Una de las más recurrentes era que Casper volvía a la vida y él y Christina Ricci, o como se llamara el personaje de la chica, se hacían novios. No podía tolerar la idea de que el monísimo Devon Sawa, vestido de blanco y con su peinado noventero de raya en medio, volviera a convertirse en un fantasma cabezón y traslúcido a las diez de la noche. Así que pensaba en ellos por la noche, tirada en la cama, pero antes de llegar a una conclusión satisfactoria, me quedaba frita.


Aún no entiendo del todo el mundo del fanfiction. Ni siquiera sé si "fanfiction" se escribe junto o separado. Me da la impresión de que tiene que ver con satisfacer esos anhelos que el escritor o el guionista coloca fuera de tu alcance porque son las reglas de la ficción, por alargar la temporada o porque un actor dimite y hay que matarle deprisa y corriendo (TE ESTOY MIRANDO A TI, SHONDA RHIMES).

Pero de repente puedes crear un mundo donde hacer desaparecer el anhelo de una patada. Y Harry puede estar con Hermione, y Sherlock con Watson, y puedes revivir a Mark Sloan o matar en la primera temporada al inútil de Ted Mosby. Y juegas con lo prohibido. Existen, aparentemente, subgéneros enteros de fanfiction con sexo o violencia explícitos, con orientaciones sexuales impensables en la obra original, o que mezclan vampiros con detectives y zombis con magos.

Es escribir sin reglas, por el puro placer de ver cómo se mueven los personajes de otros. Parece algo así como masturbación literaria. Y que les den a las reglas de la ficción. Que le den a que vale, ya sabemos que Casper se ha muerto, y no podemos resucitarle para siempre, porque sería muy raro, ¿qué dirían en el instituto? ¿Cómo se iba a hacer un pasaporte? Pero la vida ya es dura, así que por qué no usar la ficción para cumplir todos esos deseos que no nos atrevemos a mencionar en otra parte.

Me habría encantado pasar horas y horas de mi absurda adolescencia manipulando los mundos de otros.

Pero ahora soy mayor, y seria, y por Dios, qué vergüenza que me daría escribir la secuela apócrifa de Dirty Dancing, en la que Baby y Johny se casan y montan una escuela de baile; o mi versión de Puck, en la que se lía con Alboroto y tienen sexo secreto y desaliñado en el pensionado de Egeborg.

En serio, ¿soy la única que ve tensión sexual no resuelta ahí?

O, quien sabe: contar que en realidad Ana Frank no murió y que logró ser corresponsal de guerra en África y ganar un par de Pulitzers. Porque en mis fanfictions se ganan los Pulitzers tantas veces como A MÍ me dé la gana.

(No sé si lo de Ana Frank sería una falta de respeto) (Aunque, de hecho, Philip Roth escribió algo parecido a un fanfiction de Ana Frank, creo que en Zuckerman, encadenado)

Ahora tengo que escribir Novelas Serias, inventadas por mí al menos en un honroso treinta por ciento; el resto puede estar más o menos robado de aquí y de allá. De chicos de los que me enamoré un poco. De canciones que escucho todos los días.

Quién sabe. Quizá escriba fanfiction algún día. Parece divertido, y yo estoy mucho por la labor de divertirme últimamente. Así que puede que si os aventuráis por alguna oscura web me encontréis oculta tras un seudónimo de hombre, inventando romances secretos y prohibidos, haciendo trizas el anhelo que otros construyeron con tanto cuidado.

jueves, 19 de enero de 2017

Ser el exterior de otros

Esta mañana he mandado un mail hablando de la próxima publicación de la novela. Para los que estáis interesados: os podéis apuntar aquí y os avisaré. Si has recibido el mail de esta mañana, no hace falta que te apuntes de nuevo. Ya te he fichado y no puedes escapar, muahahah

(A ver, mentira, sí puedes escapar. Estarás siempre a un clic de la libertad. Pero una de mis reglas para la vida es: no desperdicies nunca una oportunidad para la risa malvada)

He recibido muchos mails muy cariñosos y entusiastas sobre la publicación de la novela. Gracias a todos. En este momento trágico de mi vida, en que escribo solitaria en mi piso, rodeada de gatos, comiendo legumbres para ahorrar y pasando frío por las noches, publicar la novela es una satisfacción enorme. Me emociona mucho que os haga ilusión, y confío en no decepcionaros.

Uno de los mails que he recibido me ha llamado mucho la atención. Me escribía una lectora contándome la pena que le da saber que Pablo y yo nos hemos separado, porque para ella éramos un ideal de relación (cito de memoria).

Es curioso. En primer lugar, habla mucho del poder de las palabras para llevar belleza a los rincones de la vida. Yo he llevado en mis 31 años sobre la Tierra una existencia pavorosamente normal. No he hecho grandes viajes, ni completado proyectos fascinantes, ni tenido tórridas aventuras. Como mucho, he hecho viajes divertidos, proyectos que no están mal y aventuras con un grado de torridez que probablemente la mayoría de vosotros también habéis vivido.

Pero ah, las palabras. A mí me pasa, conmigo misma. Leo lo que escribía aquí hace tres, cinco o diez años, y pienso: pero qué vida más guay llevaba esa chica. Cuando en realidad en el momento, mientras lo vivía, mi rutina era de lo más común.

Esta mañana he leído una frase en The Daily Stoic que creo que encaja muy bien con todo esto:

There is clarity (and joy) in seeing what others can't see, in finding grace and harmony in places others overlook. Isn't that far better than seeing the world as some dark place?

Hay claridad (y alegría) en ver lo que otros no pueden ver, en encontrar gracia y armonía en lugares que a otros les pasan desapercibidos. ¿No es mucho mejor esto que ver el mundo como un lugar oscuro?

Los humanos somos criaturas increíbles. Contenemos el mundo entero en nuestra mente. Podemos traer al aquí y al ahora todo el dolor y la alegría que hemos experimentado o que creemos que vamos a vivir. Y eso tiene una cara oscura, claro: cuando sufres porque sí, sin ningún riesgo inminente para tu integridad, porque te estás acordando de aquel chico que te partió el corazón o porque te da mucha pena no saber si habrá una quinta temporada de Sherlock (le pasó a una amiga).

Pero tiene una cara fantástica, y es que uno puede entrenar la capacidad de traer luz al presente escribiendo sobre él. Eso es lo que he hecho yo en este blog para mí misma todos estos años. Escribes, y relacionas unas cosas con otras, y bañas tu realidad con la extraña belleza de una especie de poesía. Después la recuerdas así, con ese discreto halo de luz, y tu pasado se redime.

El efecto también es visible para algunas personas de tu alrededor, como supongo que le pasó a la chica del mail. A mí me ocurre con los poetas y los cantantes, cuando pienso que me encantaría ser la chica a la que Sabina le escribió Y sin embargo o A la orilla de la chimenea.

Luego está la realidad, claro, y la realidad siempre es menos poética de lo que parece. Pasa conmigo y con Pablo, y seguro que también con Sabina y sus mujeres; al fin y al cabo, lo que dice Y sin embargo es, básicamente: pienso en ti, pero me estoy acostando con otras.

Así que este post tiene dos moralejas (oh, my god, la psicoescritura se está apoderando de mi alma y ya no puedo escribir sin leccioncitas).

La primera es que no compares tu interior con el exterior de otros. Sobre esto escribí en Psicosupervivencia hace tiempo ya. Y, sobre todo, no compares tu interior con mi exterior, el de Marina, porque yo soy una persona muy normal con una vida interior muy rica que la salva del suicidio, sí, pero que a veces es difícil compatibilizar con la alegría.

La segunda, la más importante, es que tú puedes traer a tu realidad, sea la que sea, esa misma belleza y esa luz que ves en las vidas de otros, y que muy probablemente el arte (o su sucedáneo) tenga mucho que ver con eso. Mis partes favoritas de mi vida son las que he escrito. Seguro que tú, lectora del mail de hoy, puedes escribir sobre el lugar donde quiera que estés ahora. O pintar, o hacerle fotos, o scrapbooks, o escribir con caligrafía bonita una frase que escuches hoy por la calle.

La belleza está a un paso de distancia. Y es lo más infravalorado y misericordioso de ser humano.

viernes, 6 de enero de 2017

Last Christmas I Gave You My Heart

Estoy sentada en el salón de mi piso, mirando con nostalgia anticipada las luces epileptógenas del árbol de navidad. El enchufe no hace bien contacto, así que cada dos por tres se reiniciar y se pone en modo variado, convirtiendo la esquina de mi salón en un momentáneo Las Vegas.

Este año me da pena que se acabe la navidad. En primer lugar, porque me he tomado mis primeras vacaciones totales (es decir, completamente desconectada del mail y del trabajo) en casi tres años. Esto no quiere decir que haya estado tres años trabajando sin parar; quiere decir que no me he tomado periodos de desconexión totales en este tiempo, lo que no me hace fuerte y trabajadora, sino poco organizada.

En realidad, son las primeras navidades completas y de verdad que tengo desde el instituto. Durante la universidad, los exámenes de febrero siempre planeaban amenazadores sobre mi cabeza. Tenía trabajos pendientes y libros que leer. Y durante el PIR casi nunca podía tomarme todos los días. Así que hacía mucho que no tenía unas navidades como cuando era pequeña: tiempo libre a espuertas para vaguear y desayunar mantecados con el pijama puesto.

Ahora estoy un poco triste. Creo que me doy miedo a mí misma. Me da miedo entrar otra vez en la espiral de no parar de trabajar y sentir que todo el peso del mundo recae sobre mis hombros.

Tengo intención de seguir escribiendo aquí. Pero estoy oxidada a niveles máximos, así que es posible que durante un tiempo solo veáis posts como este: desconectados y con bastante poca chicha.

Por otra parte, mi novela sale en breve ;) Esta vez de verdad. Y por "en breve" quiero decir "en menos de un mes". Así que stay tuned.

martes, 3 de enero de 2017

La pareja china (no tengo claro si este título es racista)

Anoche bajé al chino que hay enfrente de mi nueva casa a comprar leche semidesnatada. Dentro hacía un frío que pelaba: los chinos nunca ponen calefacción ni aire acondicionado, y supongo que es parte de lo que tienen de terrible y meritorio. Detrás del mostrador, un chico y una chica veían vídeos en un ordenador, embutidos en sus abrigos y cogidos de la mano.

Busqué la leche desnatada y la llevé al mostrador. "Uno con diez", me dijo la chica, muy sonriente; pagué, me dio el cambio y volvió a sentarse frente a la tele y a cogerse de la mano del chico.

Estaban muy bonitos desde mi posición: tan quietos, casi olvidados del mundo. Y seguro que no son la pareja perfecta. Seguro que se pelean y se ponen celosos y dudan. Pero ayer parecían tenerlo tan claro. Y brillaban con luz propia tras el mostrador de la tienda, tapados hasta las cejas, mientras un cantante gritaba en chino desde la pantalla del portátil.