Hoy, mientras la fisio me masajea el tobillo izquierdo, reflexiono sobre cómo será pasar los días tocando a desconocidos e intentando acabar con su dolor. Cierro los ojos, ladeo la cabeza y me dejo mecer por la musiquita relajante con piar de pájaros que sale desde unos altavoces escondidos. Me pregunta en qué trabajo, y cuando le digo que soy psicóloga me cuenta que ella cree que su profesión también tiene mucho de psicológico. Que empieza a tocar espaldas y cuellos doloridos y al final salen emociones enterradas. No me extraña, en realidad: da a una persona atención en una habitación cerrada y llorará de alivio solo por tener a alguien que le escuche.
Te voy a tocar los puntos gatillo ahora, me dice, y empieza a clavarme el pulgar en los tendones. Me quejo suavemente, pero un poco por avisar, que yo aguanto bien el dolor. Ahora empezará a disminuir, aclara ella, y es cierto: después de un rato de presión, el dolor se disuelve. Le pido que me explique lo de los puntos gatillo. "Los músculos acumulan tensión en ciertas áreas y allí se forma una isquemia, un lugar donde la sangre no llega bien. Lo pulsamos con los dedos y la sangre acude. Eso causa el dolor, pero también hace que la zona se irrigue y que sea más fácil sanarla."
Cambiemos de escenario. Estamos en consulta un paciente, el psicólogo de la Unidad y yo, y hablamos de su episodio psicótico y de su infancia. El psicólogo ha dibujado una línea con boli sobre la parte trasera de un papel en sucio, y al principio ha marcado los momentos dolorosos con rayitas verticales y el episodio actual con un círculo negro.
Entonces el paciente comienza a quejarse de las voces que se escuchan en la habitación de al lado. Está muy enfadado y quiere levantarse para pedirles que dejen de hablar de él, que no le falten al respeto. Y cuando el psicólogo le pide que se centre y le trae de vuelta a la hoja de papel, a las dolorosas rayitas verticales, agarra el bolígrafo casi con violencia. Prolonga la línea hasta el final del folio. Aquí estoy yo, dice señalando el final de su adolescencia dibujada. Y hacia aquí seguiré. Marca una flecha. Y mañana estaré aquí, y aquí habrá otro episodio psicótico. Dibuja un garabato violento. Y pasado mañana estaré aquí - otra flecha -, y habrá otro brote psicótico - otro garabato -, y entretanto está mi corazón, que a veces va despacio y a veces va deprisa, pero que me duele tanto, tanto...
Se lleva la mano al pecho y levanta los ojos hacia nosotros, desolado.
Hoy estoy muy cansada. No estoy escribiendo a gusto. No tiene que ver con nada: ha sido una mañana larga, hemos tenido comida de trabajo y luego he estado tomando un café en Puerto Real con el Kpot. Me ha acompañado a la parada del autobús para Cádiz, y nos hemos reído muchísimo mientras tramábamos planes conjuntos para conquistar a DDM sentados sobre un banquito de piedra helada. Después la fisio, yo pensando que estoy dispuesta a pagar todas las sesiones que haga falta solo por tener esta sensación tan agradable de que alguien va a hacerse cargo de mi dolor. Y los puntos gatillo. Los lugares donde pulsar para que acuda la sangre.
Pienso en mi paciente. El día que llegó a la Unidad nos explicaba que la olanzapina, que es un neuroléptico, se la habían recetado para sus problemas cardíacos. Creíamos que estaba negando la realidad, pero hoy entiendo que en el fondo es cierto. Que le damos fármacos porque le duele el corazón. Todos tenemos puntos gatillo y una manera distinta de contraer el alma para protegerlos. Y en días como hoy, mientras calibro moviendo el tobillo si está mejor o peor que antes de que me lo manipularan, me pregunto si siempre son capaces de sanar o si a veces la isquemia es tan grave que no hay pulsación bienintencionada que pueda arreglar el daño.