massobreloslunes: agosto 2010

lunes, 30 de agosto de 2010

Por eso me quedé soltera, II

Pues sigamos con la búsqueda de las increíbles características del hombre al que llamaremos I., de inexistente. Recordemos que las características no van por orden de importancia; son todas más o menos igual de innegociables y se ordenan en función de lo que a mí me apetezca escribir cada día.

Hoy estaba pensando en la alegría. La alegría es uno de los rasgos más bonitos que puede tener una persona. Más que nada, porque la vida es esencialmente una basura bastante triste, llena de pérdidas, de frustraciones y de detalles molestos. Así que cuando te encuentras a alguien que es capaz de pasar por encima de eso y de ser optimista, sonriente y dulce es muy, muy agradable.

El tema de buscarme un novio alegre creo que va a ser un problema. Más que nada porque el último referente que tengo en ese sentido es J., y J. a veces era, como decía Phoebe la de Friends, como Papá Noel harto de Prozac echando un polvo en Disneylandia. De hecho, a veces daba hasta coraje: esos días en los que yo me levantaba de un humor regulero, o simplemente con sueño como la gente normal, y él estaba en plan "oh-dios-cómo-me-gusta-estar-vivo". Pero molaba un huevo. Molaba abrir los ojos en la cama, moverse un poco y ver las pestañitas de J. despegarse como resortes, y él sonriendo y diciendo algo como "buenos días, mi amor, qué guapa estás por las mañanas".

Además, una persona alegre te permite cometer errores. Yo soy bastante impulsiva y estoy bastante loca, así que necesito a alguien con una dosis suficiente de buen carácter como para amortiguar mis pifias, mis borderías esporádicas (sinceridad radical, lo llamo yo) y mis cambios de opinión. En realidad aquí estoy cayendo en la visión chunga del amor y buscando a alguien que compense mis defectos. Pero es que hasta que yo no me convierta en una persona dulce, ecuánime y perfeccionada en las virtudes de Buda, o doy con un tío así o vamos a durar dos días. Así que es una cuestión puramente práctica.

De todas formas, creo que yo también soy alegre. Intento ser amable y no andar escupiendo a la cara de la gente mi malestar emocional. Incluso cuando estoy cabreada, no me dura mucho tiempo, gracias a mi propia ciclotimia. Así que no pido nada que yo no esté intentando dar.

Recuerdo que hace unos años estuve en unos campos de trabajo y que el último día hicimos la típica velada de campamento. Los chicos tenían que imitar a las chicas y viceversa. Bueno, pues el tío que me imitó a mí iba con una toalla amarilla en la cabeza, dando saltitos y diciendo "¡Buenos días, qué día más fabuloso, cuánto os quiero, qué feliz soy!", en plan teletubbie. Y un psiquiatra que ha trabajado un mes en mi equipo me describió luego a un compañero como "la pelirroja sonriente". Por otra parte, puesto que no soy pelirroja, es posible que su capacidad de calibrar mi carácter sea igual de mala que la de distinguir colores de pelo, así que no debería entusiasmarme.

Total, que un tío alegre. Alegre quiere decir que si no encuentra aparcamiento, se pierde con el coche en una ciudad nueva, tiene un mal día en el trabajo, está estresado, nervioso etc., se esfuerce mínimamente por no amargarme el día a mí. Que no se quede horas en plan mutista y susceptible. Que piense que, aunque este mundo es en general bastante basuril, hay cosas perfectas y dignas de admiración, como las canciones de Extremoduro o los hipopótamos de chocolate, y que cuando encuentre alguna de esas cosas sea capaz de mostrarse ridículamente entusiasta con ellas.

Que me mande a la mierda si hace falta, claro. Pero que aproximadamente un cuarto de hora después (o bueno, un poco más si la cosa es grave, pero no mucho más) ya esté pensando en lo siguiente de la vida y en que yo soy un desastre pero soy buena gente, y tenga ganas de perdonar, olvidar y retozar alegremente sobre la cama.

Porque un hombre que prefiere hacer el esfuerzo de seguir cabreado antes que el de descabrearse, francamente, no es mi hombre.

Aish, qué triste va a ser cuando me quede soltera y encuentren mi cadáver en mi casa devorado por pastores alemanes.

lunes, 23 de agosto de 2010

Encuentro

Voy en el autobús volviendo del trabajo. Deben de ser ya las siete y media, más o menos, pero todavía hace un calor tremendo de levante en calma. La gente va por la calle con pantalones cortos, faldas y sandalias, abanicándose, tomando helandos y secándose la cara con pañuelos de papel.

Yo estoy agarrada a la barandilla del autobús, de pie, mirando por la ventana. Mi mente se desliza tranquila por las personas y los contornos de los objetos mientras me regodeo en lo agradable que es volver a casa. Entonces les veo. Están en un murete, cerca de la parada del autobús, y por eso puedo observarlos durante un rato un poco más largo mientras el conductor para y los viajeros suben y bajan.

Él tiene el flequillo largo, despeinado y cayéndole parcialmente sobre la cara. Ella tiene el pelo negro y liso desmayado sobre los hombros, y los ojos y labios pintados de negro. Van vestidos de negro de arriba abajo, con vaqueros y camisetas, y se les ve cómodos sobre el muro, como dejados caer con suavidad, con los huesos encajados en la piedra. Cómodos como estás cuando tienes quince o dieciséis años y te sientas sobre cualquier superficie horizontal sin que te duela el culo.

Destacan en el aire de verano como dos cuervos negros y serios, absortos el uno en el otro, ignorando a la gente multicolor que pasa, que se sube al autobús y que come helados y granizadas. Como si los hubieran recortado del paisaje y alguien hubiera pegado sus figuras encima del muro. Como si pertenecieran a otro plano de realidad. No sé por qué me perturba tanto su imagen, pero les miro todo el rato que tarda el autobús en alejarse.

Después llego a casa y caigo en la cuenta. Son Lex y Lina.

Creo que ese relato es de lo que más me gusta de todo lo que he escrito en mi vida. Supongo que es porque no sé bien de dónde salió. Porque es medio onírico, dulce, triste y raro, y cada vez que lo leo consigue que me emocione un poco, incluso aunque sea mío. Y más aún ahora, que sé que Lex y Lina existen y que están en alguna parte, mirándose a los ojos y hablando despacio, quizá porque ya han abandonado la esperanza de ser vistos.

Qué pena no haberme dado cuenta a tiempo para haber bajado del autobús a decirles que no se preocupen. Que no estén tristes. Que yo les veo.

domingo, 22 de agosto de 2010

Las musas son los padres

A veces no entiendo la ambivalencia de la escritura. ¿Por qué me cuesta tanto trabajo, si luego me gusta? ¿Por qué me gusta, si me cuesta tanto trabajo? ¿Por qué sólo me pongo a escribir cuando estoy demasiado cansada para escribir bien? Resulta que es lo que más me cuesta trabajo encajar en mi vida. Puedo levantarme a las seis y media a meditar, puedo ir a nadar después del trabajo y puedo fregar los platos con una frecuencia suficiente para que no se me acumulen. Pero no puedo escribir con continuidad ni con disciplina.

Hay quien cree que cinco años de blog son algo parecido a la continuidad y a la disciplina, pero en realidad no. El blog es más bien como inevitable. Es un testimonio: ésta soy yo, esto es vivir para mí, ésta es mi vida. Cuando no escribo en el blog es como si perdiera la entidad, como si la colección de momentos de los que se compone mi vida se me escapara por un sumidero y se perdiera para siempre en el olvido. Con el blog me creo que soy una persona íntegra, que hay una estructura más allá de esos momentos fugaces y que esta estructura cambia pero también perdura de una manera tranquilizadora.

Pero no es escribir con disciplina, porque normalmente escribo por actualizar, por no dejar demasiados días la misma entrada colgando al principio del blog. Porque sé que da coraje y me debo a mis lectores, aunque sean pocos. Así que me siento aquí, agarro la primera idea que se me pasa por la cabeza y desvarío. Intentando juntar frases con toda la verdad y la belleza de la que soy capaz, como decía Grace Paley. Eso sí. Pero con poca disciplina. Con poco esfuerzo.

Y acabo publicando basura metaliteraria para no dejar colgando demasiado tiempo un texto que, en realidad, me deprime profundamente.

Hoy no estoy de muy buen humor, la verdad.

viernes, 20 de agosto de 2010

La culpa busca castigo

Tu ausencia es culpa.
Capablanca en la estantería es castigo.

Lo que callo escribiendo es culpa.
Ishiguro en el bolso es castigo.

No recordar tu voz es culpa.
Recordar tus palabras es castigo.

Los sueños son culpa.
El cubo en la mesita de noche es castigo.

Ni tú puedes borrar la culpa
ni yo quiero levantar el castigo.

Tu silencio es culpa.
Mi tristeza es castigo.



NOTA: No tengo claro que sea poesía. Pero tengo pocos post con esa etiqueta y los renglones son cortos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Bautizo de agua

Pues resulta que ayer fui a nadar por primera vez. Ya conté brevemente que mis experiencias natatorias infantiles son para mí una gran fuente de trauma y rencor hacia mi monitor nazi y mis padres, y que desde entonces la natación me gusta cero pelotero.

Como decía mi hermano de pequeño, ¿para qué quieres nadar bien, si dentro del agua nadie te ve?

Lo que yo no sabía es que aprender rudimentos de natación me serviría para poder defenderme con dignidad catorce años después, cuando mis rodillas de anciana dijeran ¡basta de footing, Marina, te lo suplicamos!

El caso es que yo ayer tenía muchos miedos en relación con mi bautizo de agua. El miedo principal era desorientarme, perderme y hacer el ridículo. Me imaginaba perfectamente con mi gorro y mis gafas dando vueltas por las piscinas y sin saber qué hacer. El miedo número dos era no ser capaz de hacer más de dos largos y tener que salirme humillada. El miedo número tres era que hubiese mucha gente nadando de forma competitiva y me adelantaran, atropellaran y abuchearan (trauma, ¡trauma!).

El primer miedo era infundado. Para empezar, porque yo siempre voy a los sitios nuevos como si fuera monguer y lo pregunto todo con cara de niña encantadoramente torpe. Así que llegué a la piscina, le enseñé al tío mi resguardo de tarjeta deportiva y le dije: "Hola, soy nueva, ¿podría por favor explicármelo todo?". En realidad, la piscina está diseñada para torpes guarros. Te mees por un pasillo que inevitablemente te lleva al vestuario que inevitablemente te lleva a las duchas antes de entrar en el recinto piscinero. Así que por ahí bien.

Del miedo número dos hablaremos más tarde.

Del miedo número tres, de hecho, también.

Entré a la piscina y los socorristas/vigilantes/lo que fuera me informaron de que no había clases y todas las calles estaban libres para natación ídem. El recinto es muy agradable, muy tranquilo y luminoso, aunque creo que el hecho de que no hubiera monitores gritando desquiciados a niños inocentes bastó para convertirlo en un paraíso zen a mis ojos. Hay una piscina de 25 metros y una olímpica. Yo siempre he nadado en piscina de 25 metros, así que, por supuestísimo, me fui derecha a la olímpica. Si hay una piscina pequeña y una grande, yo a nadar en la grande. Faltaría más.

Hay trampolines para tirarse de cabeza, pero yo me bajé con cautela por la escalerilla (que una cosa es tener confianza en una misma y otra creerse Michael Phelps y tentar a la suerte) y empecé con entusiasmo el primer largo a crol.

Primera cosa que aprendí ayer: cincuenta metros son muchos metros. De hecho, durante un rato de paranoia pensé que igual no me estaba moviendo y la gente me miraba y se reía de mí.

Sin embargo, mi miedo número dos (no ser capaz de hacer más de dos largos) carecía de sentido. Porque por la misma razón por la que me tiré a nadar en la olímpica, yo antes reviento que hacer dos largos e irme humillada. Catorce largos nadé ayer. Seis a crol, dos a braza, dos a espalda, dos con la tablita y a base de piernas y dos a un estilo que he decidido bautizar crolza, y que consiste en hacer piernas de crol y brazos de braza.

En ese momento me di cuenta de que, si bien me acuerdo a rasgos generales de cómo se nada, tengo dudas existenciales con algunos movimientos. No sé cómo colocar los pies, por ejemplo, ni recuerdo cómo se hacía para respirar por el lado izquierdo y cuando lo intento trago agua. Entonces aproveché para mirar a los otros nadadores libres a ver cómo lo hacían ellos.

Y ahí me encontré con que la gente nada muy raro y se me quitó mi miedo número tres.

Había un señor, por ejemplo, que nadaba a estilo calamar. Iba bocarriba y abría y cerraba los brazos y las piernas. Pero no hacía así un largo y punto, no: largos y largos tipo calamar. Al principio yo ni sabía cómo estaba nadando. Sólo veía su cara moverse por la piscina, como si se impulsara con la mente. Otra señora nadaba a lo que he bautizado como "la tijera flotante", que consistía en hacer extraños movimientos de apertura vertical de piernas bajo el agua mientras movía los brazos tipo perrito.

Mi conclusión fue que, igual que mi entrenador de la infancia quería que yo fuera María Pelaez, para nadar en plan libre basta con no ahogarse.

Y con esto ya tenemos otro post con la etiqueta "nadar". ¡Viva y bravo!.

domingo, 15 de agosto de 2010

Más sueños

Hay una amiga que no me habla. El tema es que ni siquiera sé por qué lo hace. Llevábamos mucho tiempo sin vernos y cuando intenté retomar el contacto de vuelta a Málaga resultó que no me cogía el teléfono. Tengo mis teorías sobre su actitud, pero como ninguna está comprobada me las guardo para mí y asumo que sus razones tendrá.

Esta chica en concreto está como las maracas de Machín desde siempre. Pero éramos amigas desde pequeñitas y hemos compartido muchos buenos ratos juntos, una de estas amistades triposas en las que te juras amor eterno y ponerle a tu hija el nombre de la otra. Sin embargo, nos fuimos distanciando y recuerdo que cuando me fui a Barcelona ella no me echaba mucha cuenta. Yo intentaba mantener la relación y ella como que pasaba un poco. Y yo tenía que estar muy, muy cabreada, porque soñaba con frecuencia que me la encontraba y que la mandaba a la mierda. Mi incosciente es bastante obvio, en general.

Esta noche he dormido fatal. Quizá porque me pimplé anoche un cuarto de kilo de chocos fritos y eso es dinamita para el estómago. Entre otras cosas, he soñado que me perseguía con una botella en la mano una paciente con algún tipo de problema psicótico. También he soñado con mi amiga, la que no me habla. Hacía bastante que no me pasaba, y de hecho en mis horas de vigilia creo que no me suelo acordar de ella y que tengo el asunto bastante superado.

He soñado en dos fases. En la primera ella me preguntaba por el PIR e intentaba convencerme de que su máster en clínica era mejor (ella también es psicóloga). Yo me mosqueaba un montón, me levantaba de la mesa y le soltaba lo siguiente:
- Te diría que esto es como la fábula de la zorra y las uvas... si no fuera porque eso te deja a ti como la zorra.

Y me quedaba tan panchísima. Muy bonito, muy compasivo. Me ha hecho gracia tener esa mala ostia en sueños, pero también me he sentido un pelín culpable.

Después he soñado con la tía que me perseguía y me he despertado con un montón de miedo, con los ojos muy abiertos y rígida sobre la cama, como en las pelis. Para no retomar el sueño donde lo dejé me he levantado, me he tomado un colacao fibra y me he vuelto a dormir.

Ahí ha venido la segunda fase del sueño con mi amiga, la que no me habla. Ahora estábamos comiendo con mis compañeros pires. Todo era extremadamente claro: las caras de la gente, el aspecto y el sabor de la comida, las conversaciones... Yo le presentaba a todo el mundo y le contaba qué tal mi vida, y ella me hablaba de la suya. Al final nos abrazábamos y ella me decía lo contenta que estaba de verme y de que volviera a su vida. Yo podía sentir su olor y el tacto de su cuerpo entre mis brazos y me ponía muy contenta.

Me he despertado triste. No por mi amiga la que no me habla que, francamente, tampoco me aportaba tanto de un tiempo a esta parte. Me he dado penita yo. Mi pobrecito inconsciente haciendo todavía el duelo por alguien que no piensa en mí. La parte más oculta de mi mente, que sigue teniendo ganas de agradar.

La autocompasión, que es una droga dura.

PD: En general me revienta que la gente me cuente sus sueños. Normalmente, lo que para el soñador está cargado de significado y es como superfascinante, a ti te resulta absurdo y surrealista y no te importa nada. Pero este es mi blog y me lo follo cuando quiero. Hala.

viernes, 13 de agosto de 2010

La felicidad subversiva

Hoy estoy cansada. Diría que estoy triste, pero en realidad no: simplemente estoy cansada y como un poco atontolinada por el calor. Llevo toda la tarde sola, paseando por el centro y después cocinando en casa y viendo Bones. De verdad que no entiendo el problema de la gente con estar sola. A mí no es que estar sola me guste o me deje de gustar. Es que no lo percibo como un estado raro o antinatural. Para mí es mucho más difícil estar con gente; no quiero decir que no me guste, pero sí que me resulta más exigente y me produce mucha más tensión que la soledad. Es como si yo sola fuera yo, y yo con gente fuera una metonimia de mí misma, el todo que hay debajo por la parte que se muestra cuando te encuentras con otros.

Supongo que esto de llevar bien la soledad tiene que ver con meditar y con que ahora mi mente está mucho más tranquila que hace años. Me acuerdo de que cuando fui a Barcelona era incapaz de gestionar el tiempo que pasaba sola. Mi mente me engullía y me aterraba con la inmensidad de su confusión. Me levantaba por las mañanas intentando decidir qué hacer ese día, en constante tensión por aprovechar mi tiempo y mis horas, esforzándome hasta la médula en que mi vida mereciera la pena. Hiciera lo que hiciera, al final nunca estaba contenta. Siempre deseaba estar en otro sitio. A mi día siempre le faltaban horas.

Ahora mi vida es sumamente normal, pero por dentro me siento salvaje. No sé cómo explicarlo, pero es como si todos los actos de mi día estuvieran llenos de significado, y el simple hecho de sentirme contenta y tranquila en un mundo donde lo normal es estar agobiado y triste pareciera subversivo.

Una de las cosas que más me está costando vencer en mi camino espiritual/personal es el apego a las ideas, a las emociones y a las experiencias. Cuesta renunciar a la intensidad, sobre todo cuando te lo pasas tan bien como yo enganchándote al drama. Tanto el sufrimiento emocional como las discusiones intelectuales proporcionan una pseudosatisfacción pajillera de la que es difícil desengancharse.

Sin embargo, cuando atisbas aunque sea un resquicio de paz interior te das cuenta de que es todo lo que hace falta. Tienes paz y eres capaz de hacer todo eso que dicen los libros de autoayuda de disfrutar las cosas pequeñas, de encarar los días con la energía y la capacidad suficiente para actuar conforme a lo que crees y a lo que quieres conseguir. Al lado de la paz, la intensidad que antes te resultaba placentera ahora te parece una basura, un sucedáneo violento y ansioso de la felicidad verdadera.

Es una pena que esa paz sea difícil de alcanzar y conservar. Enseguida viene algo que te desequilibra y te olvidas, te vuelves a enganchar a las emociones y a las ideas y sientes el breve respiro de estar arrastrado por la misma corriente de deseo y de ego que el resto de la humanidad. Lo subversivo es difícil y solitario a veces, y lamentablemente éste no es un camino recto. Pero si sólo fuera capaz de mantener el recuerdo de cómo me siento ahora, de lo sencillo que me parece todo, del descanso que supone abandonar la lucha y la tensión, creo que haría lo que fuera por continuar viviendo de esta manera.

lunes, 9 de agosto de 2010

Por eso me quedé soltera, I

He decidido comenzar una saga bloguera que tendrá como objetivo desentrañar las cualidades de mi pareja ideal y, por lo tanto, inexistente. Se va a llamar "Por eso me quedé soltera", y me ayudará a entender por qué me quedé soltera cuando llegue a la vejez y me encuentre rodeada de gatos.

Comencemos.

Desde que lo dejé definitivamente con J., hace ya casi seis meses, ¡guau!, dedico cierta parte de mi tiempo a pensar qué tipo de cualidades me gustaría encontrar en un tío para quedarme con él toda la vida. Más que nada por si resulta que las encuentro y no las reconozco.

En realidad, tengo una lista hecha. Las cuarenta exigencias. La idea se la copié a J., que escribió una lista parecida en su blog. Al final resulta que los dos cumplimos un número importante de las exigencias del otro (yo creo que cumplo todas las suyas, pero quizá me sobrevalore), y aun así no estamos hechos para estar juntos.

Así que he llegado a la conclusión de que esas exigencias son una tontería.

El amor no es una lista. Sobre todo porque esas listas son, en general, listas sobre nosotros mismos. Sobre nuestras cualidades y nuestros defectos. Hay dos tipos de requisitos: los que queremos porque creemos que los tenemos (que le guste leer, que le guste escribir, que le guste Paul Auster) y los que queremos para que compensen nuestras carencias (que se levante temprano y no gruña por ello, que me aguante, que me saque a la calle cuando a mí me da pereza). Encontramos a alguien así, nos volvemos locos/as por esa persona y pensamos que morimos de amor.

Precioso, vamos. Como Narciso mirándose embobado en el reflejo del agua.

Después resulta que la otra persona no es lo que creíamos. Que además de esas cuarenta exigencias tiene otra lista enorme, de doscientos o trescientos ítems, compuesta por sus propias características, sus neuras, sus miedos y su historia. Y ahora no es tan fácil querer, ¿verdad? Se nos llenaba la boca de amor cuando el otro encajaba perfectamente en el molde compuesto por nuestra imaginación.

Y la otra persona nos falla y entonces la damos de lado. No sé si tiene que ver con la sociedad de consumo. Esta idea tan curiosa de que las personas se pueden tomar y dejar como si fueran vaqueros del Zara. Yo nunca he podido comprender cómo se puede querer a una persona y después dejar de quererla, rollo interruptor de la luz. Ahora sí, ahora no. "Te he querido mucho", te dicen luego. Genial. ¿Y dónde está ese amor ahora? ¿Te lo has tragado? ¿Se ha deshecho porque ya no me lo merezco?

Supongo que existen muchas razones para "dejar de querer". Se puede aducir que el otro "ha cambiado". ¿Ha cambiado o siempre fue así? ¿Ha cambiado o tú te negabas a ver cómo era entonces para que se adaptara a tus expectativas? La gente no cambia tanto. ¿Ha cambiado él o has cambiado tú?

También se puede decir que en ciertos puntos de la vida se toman caminos diferentes. En ese caso no dejas de querer. Te separas con razonable amistad. Puede haber dosis variables de cabreo, claro; yo me he cabreado con J., pero no puedo decir que haya dejado de quererle. ¿Por qué? ¿Porque no quiere estar conmigo? Él es básicamente el mismo que había sido siempre. Otra cosa es que yo no quisiera darme cuenta. Es más: ahora es incluso mejor en muchos sentidos que cuando le conocí, porque ha madurado y tal. Así que le quiero; lo que pasa es que no quiero ser su pareja y, de hecho, ahora mismo ni siquiera le quiero como amigo. Pero espero que podamos serlo llegado el momento. Y mi amor permanece.

Y luego está el "me hizo daño, así que me alejé". De todas las razones, quizá ésta sea la más lógica, porque te alejas para protegerte. Pero igualmente, ¿por qué dejas de querer? ¿Porque no es como esperabas? ¿Pensabas que era un santo o una santa, incapaz de hacerte daño jamás? ¿Sus fallos le invalidan como persona? ¿Ya no te merece? ¿Crees que ese daño estaba dirigido a ti, expresamente? ¿Crees que quería verte sufrir? ¿No se te pasa por la cabeza que quizá él o ella también sufre, y que en general el dolor de otros no es más que el efecto colateral del propio dolor?

Si creo que puede existir un amor más fuerte y más duradero que todo eso, es porque lo he vivido. He vivido el amor después del cambio, después del rencor y después del dolor. Y os aseguro que es una relación más fuerte y más intensa que cualquier enamoramiento absurdo y engañoso, porque al amor se le suman el perdón, el conocimiento y la aceptación.

Así que mi primera condición es que mi hombre ideal comparta conmigo todas estas ideas absurdas y locas sobre el amor. Que me prometa que me va a querer siempre. Eso creo que es factible. Quizá no se pueda prometer que estarás con alguien siempre, pero puedes querer a alguien siempre. Si pones el suficiente interés. Si tienes el corazón suficientemente ancho.



Edito para añadir la tira entera:



sábado, 7 de agosto de 2010

El mal articular

¿Os acordáis de que estaba yendo a correr?

Me gustaba.

Veía maromos.

Había leído el libro sobre correr de Murakami y le estaba encontrando un sentido cuasiespiritual a la cosa.

Ahora resulta que después de dos meses (dos) corriendo veinte minutos (¡veinte!) tres veces por semana (¡¡tres!!) me duele la rodilla izquierda. Ya escribí hace unos días que es uno de los problemas de mi vida junto con la barrita arreglatodo. Pues fui al médico de cabecera, me tumbó en la camilla, me flexionó la pierna de una forma rara y aquello crujió como el infierno y me causó gran dolor.

Resulta que no es un crujido normal y que voy camino del traumatólogo. Nosequé del menisco. Fabuloso. Tengo veinticinco años, estoy en la franja inferior del IMC normal y tengo rodillas de anciana.

Pero si creéis que me voy a dejar vencer por el desaliento, estáis muy equivocados. Yo voy a hacer deporte, voy a hacer deporte y voy a hacer deporte. No me gusta, no es lo mío, pero creo que mi envoltorio físico es de una calidad tan regulera que si no hago algo empezaré a precipitarme sin freno por los acantilados de la decrepitud. Obesidad, osteoporosis, varices, ¡¡¡celulitis!!! Vade retro, vive Dios.

Y después de buscar entre los deportes y eliminar todos los que requieren coordinación, unas rodillas resistentes o sentido de pelota, sólo me ha quedado uno.

Chicos y chicas: voy a empezar a nadar.

Nadar me aberra. Tengo muchos traumas con la natación. De pequeña me apuntaron al Club Mediterráneo y tenía un entrenador medio nazi que me odiaba porque estaba en un nivel inferior al que me correspondía por edad. Ni siquiera se sabía mi nombre. Me llamaba Diana y me chillaba desde el borde: "¡¡¡Dianaaaa!!! ¡¡¡Respiraa!!!"

Sin embargo, parece que no me queda otra opción. Y paso de Pilates y chorradas de ésas. Yo quiero hacer deporte. Despacio y poco, pero deporte. Así que he decidido que soy una mujer adulta y emancipada, que los traumas no me dominan y que puedo hacer cosas sorprendentes y distintas como volver a nadar. Y aunque voy a a ser la típica que nada tan despacio que parece que está a punto de ahogarse, no importa: voy a nadar.

Después de informarme sobre los horarios de la piscina municipal y demás, me he ido de excursión al Decathlon de El Puerto de Santa María. Por unas míseras decenas de euros te puedes comprar un bañador, un gorro y unas gafas. He vuelto a casa y me he probado todo el conjunto.

Me he dicho: joder, qué profesional.

Me he dicho: uy, qué cómodo es este bañador.

Me he dicho: vaya, me parece que el gorro y las gafas me alivian por presión el dolor de cabeza levantero.

Como resultado, llevo ya un buen rato frente al ordenador así:





PD: Sí, estoy un poco exhibicionista en estos días.
PD2: Crear un etiqueta para "nadar" es un acto de fe por mi parte.

lunes, 2 de agosto de 2010

La píldora roja del Dhamma

Hoy voy a deciros algo muy seriamente:

No meditéis nunca.

No vayáis nunca a un curso de Vipassana.

Porque meditar es una putada. Cualquier parecido con la imagen idílica de una persona tranquila y en paz llegando al Nirvana sobre un cojín redondo es pura coincidencia.

La verdad es que te sientas a meditar y no sabes con lo que te vas a encontrar. Y que, salvo excepciones, te encuentras con sorpresas muy desagradables. Puedes darte cuenta de que eres un inmenso pozo de rabia y miedo escondido bajo una apariencia inofensiva y feliz. Puedes descubrir que llevas años arrastrando tristezas a las que ni te atrevías a poner nombre.

Y lo peor de la Vipassana, lo peor peor de todo, es que es como cuando Neo, el de Matrix, elige la pastilla roja en vez de quedarse con la azul y volver a su anterior estado ignorante. Una vez que has elegido vivir de esa forma, no hay vuelta atrás. Esto no quiere decir que no te desvíes. Claro que te desvías, cada día de tu vida es una constante desviación, pero has llegado a atisbar la dirección de la verdad y no deja de parpadear delante de ti como una señal luminosa enorme.

Además, como camino es un coñazo. Porque no se dedica sólo a prometerte bienestar, relax y sanación. No te dice lo estupendamente que te vas a sentir cuando acudas a un taller de fin de semana que te cuesta cuatrocientos euros o pagues un dineral por una consulta de naturopatía o un masaje japonés. Te dicen que vayas gratis, qué cabrones. Te regalan la comida y el alojamiento y te sientan a meditar diez horas diarias durante diez días. A sufrir dolores e incomodidades sobre un cojín y a levantarte a las cuatro de la mañana (sí, he dicho a las cuatro de la mañana).

Te dicen que aprender a meditar es aprender a morir.
Te dicen que la vida es en su mayoría Dukkha, sufrimiento. Sufrimiento por lo que queremos y no tenemos y por lo que tenemos y no queremos.
Te dicen que todo pasa, que no puedes aferrarte a nada y que sólo te amas a ti mismo y a tu ego gigantesco.
Te dicen que llevas toda la vida dormido.

Encima tienen hasta un código moral. Joder. Nada de "don't worry, be hippie" ni de amor libre y mescalina. Qué va. Abstente de intoxicantes, de sexualidad dañina (¡¡y sexualidad dañina es casi todo!!), no mientas, no robes, no mates. Nadie te obliga. Allá tú si haces cualquiera de estas cosas. Pero si las haces, no avanzas. Tenlo muy claro.

Y con ese panorama de sufrimiento, abstemiez y castidad, te sueltan en el mundo, para que te equivoques como una perra y luches contra tus debilidades. Tú puedes intentar olvidarte y volver atrás, al punto donde elegiste tomar la pastilla roja, a ver si ahora puedes por un casual cambiar a la azul y volver a ese estado en el que creías que la felicidad existía y que estaba escondida detrás de un número suficiente de sensaciones agradables. Pero qué va. Estás ahí con tu código moral, tu técnica milenaria y tu caudal de sufrimiento y no puedes hacer otra cosa que enfrentarte a él con el máximo valor posible.

Entonces, después de todo este panorama desolador, hay momentos (ni siquiera días o semanas, sólo momentos) en los que atisbas una felicidad distinta a la que te habían vendido. Una paz tan fresca, tan limpia y tan alegre que te parece mentira que haya quien busque algo distinto a eso. E incluso en medio de las oleadas de dolor, de tristeza y de miedo, te das cuenta de que tienes un asidero. Algo con lo que darle sentido. Una herramienta con la que enfrentarte a tus debilidades que da una dirección a tu vida y llena tus días de significado.

¿Compensa? No lo sé. A veces creo que no. La mayoría de las veces estoy segura de que sí. Pero, por si acaso, no lo probéis. No meditéis nunca. Escoged la píldora azul ahora que todavía estáis a tiempo.