massobreloslunes: septiembre 2007

martes, 18 de septiembre de 2007

Meditación

Me voy diez días a Barcelona a hacer un curso de meditación vipassana. No podré ni hablar, así que de postear, ni hablamos.
Os veo el día 2.

Granada

Voy a Granada a hacer parte de la mudanza y a echar una beca. Todo es un poco extraño este curso: hay gente que se ha ido y gente que llega. Echaré de menos a Adri, muchísimo. ¿Quién me va a convencer este año para ir a ver pelis nigerianas subtituladas en francés? Yo sola no voy a salir de Hollywood. También extrañaré a Ana, a ese conjunto de generosidades y manías y cariño y malhumor que ha sido mi compañera de piso durante los dos últimos años. Y a J., claro, aunque ya he pasado un año en Granada sin él, y tampoco me acostumbré tanto a tenerle allí como para pasarlo mal a estas alturas.
Camino por las calles llenas de desconocidos. Paso cerca de los pisos que han sido mis casas (cada vez son más), y miro las ventanas a ver si atisbo alguna señal de los nuevos inquilinos. Están tendiendo su ropa en la terraza donde yo guardaba mi bicicleta, ¿no les cabe toda en el patio interior? Subo a mi facultad a por una copia del expediente, y me encanta ese saber dónde está cada sitio (los servicios, la secretaría, el 20 minutos) y mirar por encima del hombro a los nuevos, que hacen cola en secretaría para matricularse. La cafetería huele a café (obvio) y a pan tostado, a mañanas saltándonos las clases y criticando a los profesores o a nuestros novios.
En Granada hay un tejado donde J. me besó por primera vez. Hay una frutería con una frutera pesadísima, que consiguió la dudosa proeza de venderle a Ana un melón en febrero. Hay una copistería con una dependienta eficaz y una ayudante lentísima, que me ha tenido esperando horas para imprimir trabajos y fotocopiar apuntes. Hay un banco donde me senté con la PK a criticar a los invitados de una boda hortera y a beber cerveza. Hay un bar que organiza trivials de los ochenta cada miércoles por la noche, donde se citan los frikis de la ciudad a ver quién se sabe el dato más recóndito y más inútil. Hay muchos sitios más, muchos rincones, mucha gente que se ha cruzado por mi vida y que se ha marchado, o que sigue ahí, según.
Y después de pasear durante dos días por la ciudad, de ver todos esos rincones y seguir con la mente los flashback que evocaba cada uno, creo que ya sé por qué he vuelto.
Porque aquí tengo una historia. Y quiero ver cómo termina.

domingo, 9 de septiembre de 2007

se busca compañero/a de piso, responsable y blablabla

Al final me quedo en Granada, y no me preguntéis por qué, si ni yo misma lo tengo muy claro.

He tardado más de lo que esperaba en encontrar piso. Concretamente, he estado cuatro días y he visto trece pisos. Trece, la virgen. Si no fuera por la terrible ansiedad que me provocaba no tener NI IDEA de dónde iba a vivir este curso, podría decirse que lo he pasado bien. Ver pisos es curioso: por unos minutos, rozas tangencialmente la vida de otra gente y te preguntas qué pasaría si dijeras que sí, que te gusta el piso, que te lo quedas . Esa cama podría ser tu cama, en esa estantería podrías meter tus muebles, en esa pared colgarías tus posters. Luego te vas y ya no sabes qué posibilidades escondía ese piso, o esa gente, porque tienes que escoger uno y no puedes vivir en todos a la vez.

Cosas que he aprendido en la búsqueda de piso:

- Si en el cartel pone "a 10 minutos del centro", es que está lejos.
- Si pone "a 10 minutos de la parada de autobuses", es que está a tomar por culo.
- Si anuncia como alicientes cosas como "lavadora" o "televisión", es un cuchitril.
- Mientras más de buen rollo vaya el anuncio (dibujitos, chistes etc), más sucios serán sus inquilinos.
- Si no ponen el precio, es porque no es su mayor atractivo.

En estos días, he tenido experiencias bastante religiosas con la fauna granadina de los pisos de alquiler. Como una señora que tenía ella una habitación en la que pretendía quedarse algunos fines de semana y en vacaciones. A ver, señora, eso no es una circunstancia to aislada to sin importancia, es conditio sine qua non, pero al revés, es decir: condición que invalida el resto del piso, aunque sea el palacio de Buckingham a 50 euros/mes. No me puedo creer que alguien vaya a alquilárselo; de hecho, la señora me da casi penita. Probablemente termine colándoselo a Erasmus que no entiendan bien dónde se meten.

Hoy he visitado también un piso donde vivía un escritor-fotógrafo-afinador de pianos, que lo tenía todo lleno de libros, instrumentos musicales y ruedas de bicicleta. Que era tremendamente bohemio es cierto, pero de momento no me veo tan desesperada como para vivir con una tuba incrustada en la oreja.

Al final he encontrado un piso en un sitio muy bueno, en pleno centro, con una habitación luminosa, grande y en razonable buen estado. Y con calefacción, gracias a Dios, que no quiero pasar un invierno como el del año pasado, que me iba al Mercadona nada más que para entrar en calor.

Y lo mejor de buscar piso es que parece que la decisión de irme a Granada ya no tiene vuelta de hoja y, como diría Homer, "eso es bueno".

jueves, 6 de septiembre de 2007

Es un placer presentaros mi recién abierto blog de crítica literaria benevolente, La Magdalena de Proust. Por si no teníais bastante con todo esto.

Decisiones

Yo pensaba que bastaba con decidir qué ibas a estudiar y dónde ibas a hacerlo. Esas dos decisiones me parecían ya lo suficientemente trascendentes y complicadas. Sin embargo, algún duendecillo de la naturaleza ha decidido que me voy a comer la cabeza hasta extremos inconcebibles durante todo el tiempo que tarde en acabar esta grrrftxxx carrera.

A finales del año pasado, decidí (como algunos sabréis) que me volvía a Málaga. Lo tenía clarísimo. No le veía más que ventajas. Después de un verano de malagueñidad claustrofóbica, he decidido que me vengo a Granada. Lo tenía clarísimo. No le veía más que ventajas.

Hoy estoy aquí, en la Biblioteca Pública de Granada, escribiendo como hace unos meses, mientras estudiaba para los exámenes de Junio. Llevo todo el día en la ciudad y ni siquiera sé cómo me siento. Creo que rara. Extraño a J. Me da la impresión de que la claustrofobia, o lo que quiera que sintiera, no está en Málaga, ni en Granada, ni en ningún lugar. Está en mí. Igual que las ganas de huir cuando las cosas se ponen difíciles. Igual que el miedo.

En última instancia, las dos opciones se parecen mucho. Las dos requieren que me enfrente a algo que temo: a la soledad, a la compañía, a lo desconocido, al pavor infinito de lo conocido. Esté donde esté, aprenderé algo y saldré siendo más fuerte y mejor persona, supongo.

Pero lo importante es que ahora mismo, en este preciso instante, no tengo ni puñetera idea de qué hacer. Daría algo por que alguien tomara la decisión por mí. Si alguno se apunta a dar consejos gratuitos, le estaré muy agradecida.

sábado, 1 de septiembre de 2007

El jueves decidí, anticipadamente, celebrar que terminaba mi trabajo. Me corté el pelo en mi peluquería carísima y me compré un libro de seiscientas páginas (“Tenemos que hablar de Kevin”, de Lionel Shriver. Lo último de Anagrama, para qué lo vamos a negar).

Durante los últimos días, había deseado pasar este fin de semana sola, en algún sitio tranquilo, para poder reflexionar. Este no ha sido (no está siendo) un mal verano, un verano del que me arrepienta o algo parecido. He trabajado mucho, y me hacía falta; me he sentido útil y, como decía en el post anterior, he aprendido muchas delicadas y sutiles lecciones sobre la vida. Pero, durante estos dos meses (desde que abandoné mi bonito piso del Realejo y metí – otra vez – mis pertenencias en cajas), he sentido como si entre mi yo físico (la persona que iba a trabajar, quedaba con J. o salía a tomarse unas cervezas) y lo demás no existiera absolutamente nada. Quiero decir, que de alguna forma era como si lo que antes era mi identidad (mis pensamientos, mis sentimientos, mis elucubraciones) hubiera desaparecido. Ha sido una sensación horrorosa; peor que la angustia, peor que la tristeza. Era un descontrol leve, pero preocupante: durante todo este verano, me he sentido como si intentara dar las curvas con una marcha demasiado larga.

Como decía, quería estar sola. De haber podido, habría reservado plaza en algún retiro tipo Rancho Relaxo y me habría metido allí a dormir todo el día, a comer bien y a dejar, sencillamente, que el gracioso regalo de no hacer nada se deslizara por mis cansados músculos. Al final, no obstante, me había resignado a entrar y salir de casa atravesando la mirada de mi madre y a oír hablar a J. de la inmediata entrega de su próximo proyecto. No se me ocurría dónde ir sin parecer rarita y acabar, al final, atontada por el ritmo monótono de mis propios pensamientos.

Sin embargo, se ve que hay parte de verdad en eso de que el universo conspira para que consigamos lo que queremos. Mi madre se ha ido a casa de mis tíos, mi hermano anda enredado en algún escabroso lío con su ¿ex?novia y no aparece por casa y mi novio está tremendamente ocupado con la mencionada entrega. Así que estoy sola. Me estoy dedicando básicamente a leer. Mi relación con la lectura es tan irregular como muchas de mis otras aficciones, y después de tropezar con “Monte Miseria”, de Shem (que al final he abandonado; ya hace tiempo que soy capaz de dejar los libros a medias), llevaba todo el verano leyendo poquísimo. Durante esos periodos que paso sin leer, olvido lo mucho que me gusta. El libro que estoy leyendo habla de la madre de un asesino de instituto americano: con todo lujo de detalles (¡seiscientas páginas!) explora la relación de la madre con su hijo, desde antes de su embarazo hasta su “sangrienta, mortal epifanía” (palabras textuales de la contraportada), y está bastante bien: me da ganas de escribir.

Me está gustando estar sola. Salgo a ratos con gente, porque tampoco confío tanto en mi propia psique como para dejarla a su bola un fin de semana entero. Pero estar sola en casa es reconfortante, porque todas las huellas que voy dejando son mías: mis platos sucios, mis sábanas revueltas, mi bolso abandonado en mitad del salón. La elocuencia y la inamovilidad de esas huellas, que no cambian a no ser que las cambie yo, me recuerdan que estoy ahí, que estoy viva y que sí que hay alguien entre mi cuerpo y todo lo demás. Y eso, me parece, es exactamente lo que necesitaba.