viernes, 10 de agosto de 2012
Una de las vidas que me queden me la reservo para dibujar. En ésta no me da tiempo, que soy muy lenta. Sin embargo, qué a gusto se pasan las horas intentando plasmar algo con el lápiz. Qué extraña la capacidad del ojo para calibrar si el resultado es o no humano, si se parece a lo que nuestro cerebro reconoce como normal. Y, sobre todo, qué curioso que el dibujo de una persona no tarde en convertirse en un personaje, en querer contarme su historia y en tener algo casi familiar en los rasgos que yo misma he trazado. La chica de la arena está ensimismada en su dibujo y ya no se parece en nada a la de la foto de dónde la saqué. Tiene su propia explicación de por qué está ahí sentada y de qué quieren decir esas figuras que compone sobre la arena. Me fascina que exista ahora y no existiera antes, que tenga una expresión distinta a la chica que copié y que, precisamente por eso, sea un ente nuevo en el universo y que lo haya creado yo.
(Y podría seguir reflexionando, pero voy a dormir, que es tardísimo y esto ha tardado más en cargar la imagen de lo que pensaba)
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