massobreloslunes: 2007

martes, 18 de diciembre de 2007

Implacable amor materno

Ayer me llamó mi madre unas cuantas veces para ver cómo estaba.
- Pitu, ¿quieres que vaya a cuidarte?
- (sonido ininteligible).
- Bueno, si mañana sigues malita voy para allá.

Obviamente, esta mañana me encontraba mucho mejor.
- Pitu, ¿voy para allá?
- No, mami, de verdad, estoy mejor. No merece la pena que vengas ahora.

Dos horas después.
- Pitu, estoy en Granada.
- ¡Pero si ya no tengo fiebre!¡Si me encuentro bien!
- Voy para tu casa. Y te he traído sopa.

Si una madre se propone cuidarte, no intentes oponerte. Tendré que ponerme otra vez el pijama y concentrarme en subir la fiebre para que no piense que ha hecho el viaje en balde.

(Adorable mamá...)

lunes, 17 de diciembre de 2007

Dalsy

Cuando decidí irme a estudiar a Barcelona hace ya casi cinco años, la única persona que me dijo algo sensato fue mi tía MªJose.
- Tú estás chalada, a Barcelona, qué lejos... ¿y quién te va a dar a ti ahora el Dalsy?
Cuánta razón.

No importa lo mucho que te guste ser pseudoindependiente y vivir tu vida; cuando tienes 38'5 y la pavorosa e hipocondríaca sospecha de que la hija de tu amiga A. podría haberte contagiado una neumonía, lo único que piensas es:

Quiero estar en casa con mi mamá.

Perdonad que no escriba algo más sesudo. Gasto todas mis energías en dormir y autocompadecerme.
Mandadme energía positiva.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Atracción fatal

Yo este año me había propuesto hacer amistad con los comerciantes de mi barrio. Quería vivir en una especie de versión del pueblo de la Bella y la Bestia: yo cantando por las mañanas y todo el mundo respondiéndome ¡bonyú! ¡bonyú! entusiasmados. Así que he empezado por el argelino de la copistería, un chico joven muy simpático que parecía una presa mejor que mi inexpresiva frutera. Llevo desde que empezó el curso siendo majísima cada vez que voy allí, sonriendo pen drive en mano y preguntándole cosas de su país (y liándola un montón hablando del idioma argelino o de por qué no pone adornos de navidad).
En mi subconsciente una vocecilla me decía, de vez en cuando: “cualquier día te tira los tejos el copistero”. Pero me negaba a hacerle caso: el copistero era como un presentador de la tele, sin piernas más allá del mostrador, y todo quedaría en una relación cordial en plan “¿cómo te trata la vida, Ahmed?" (o Manolo, o lo que sea, que en verdad todavía no sé cómo se llama). Y él “pues bien, Marina, aquí andamos”, siendo campechano y rebajándome las impresiones a color.
Así que cuando hoy me ha soltado así, a bocajarro: “A ver si quedamos un día para tomarnos algo, cuando tengas tiempo”, en mi cabeza ha resonado un tenue “te lo dije” mientras sonreía y decía “claro, claro”, y pensaba que vaya mierda tener que buscar ahora otra copistería donde no les importen los poderosos virus de mi pen.
Entre la cordialidad y el guarreo hay algún sensato término medio que yo, estoy segura, descubriré tarde o temprano.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Otro lunes

Ayer J. y yo hicimos un trato y acordamos que íbamos a tener un lunes estupendo. No sé cómo le habrá ido a él, pero a las siete y media de la mañana, caminando por las calles heladas casi en plena noche, mi lunes se parecía bastante a esto:



Tenía dos horas seguidas de psicología de la educación con el HDP (Hombrecito de la Posguerra)(malpensados), un señor mayor subalimentado y presumiblemente homosexual que tiene el pelo de una sola pieza, como Ken pero en canoso, y que viste como si acabaran de sacarlo de una escuela rural de los años cuarenta. Después, poco a poco, a base de desayunar un par de veces y pegarme al radiador en los cambios de clase, mi día ha empezado a mejorar.

En casa, he comido velozmente y me he echado una SG (Siesta Gustosa). Mis siestas se dividen normalmente en SGs y SIs (Siestas Infernales), en las que o no puedo dormirme (me pasa poco) o no puedo despertarme. A las cuatro he subido a la facultad a hacer mi útil trabajo de útil becaria, que os explicaré otro día que no me haya propuesto que sea particularmente estupendo.

En el autobús, escuchando Shakira música en mi MP3, me sentía bastante reconciliada con el mundo, incluso a pesar de tener la cara incrustada en un sobaco (que no era mío) y detrás a la típica señora que se apretaba contra mí y mascullaba "a ver si pasamos un poquito para atrás". Yo observaba mis manos agarradas a la barra vertical y las manos de los demás, que también se aferraban a los distintos salientes del enorme autobús de dos piezas. Pensé en todo el cuidado que tenían con sus cuerpos aquellas personas: desde la más hermosa y joven hasta la más vieja y arrugada. Nadie quería caerse.

Normalmente, los autobuses de la universidad renquean un poco Cartuja arriba. El nuestro ha superado las cuestas con dignidad, pero justo al llegar a la parte llana, la que une la facultad de Letras y la mía, ha dicho "aquí me quedo" y se ha quedado parado, mientras el conductor daba acelerones como un cani en un semáforo e intentaba ponerlo en marcha de nuevo. Al principio todos nos hemos quedado quietos, como si nada, dando golpecitos con los pies al ritmo de la radio, mirando por las ventanas. Pasaban los minutos y a la gente se le empezaban a escapar las sonrisas, las miradas de incredulidad. Era curioso aquello: el enorme autobús parado en llano, abarrotado de estudiantes inmóviles, resoplando como un anciano cansado. Enfrente de mí, una chica sorprendentemente guapa se reía y enseñaba unos dientes blancos y fuertes. Al final, alguien ha pedido que se abran las puertas y hemos salido apresuradamente. Me ha dado un poco la sensación de que estábamos abandonando el barco y al pobre conductor, que me recordaba a un hindú cabreado dándole con una vara a un elefante sentado testarudamente en el barro (sé que es una comparación extraña).

Así que he subido a mi despacho, dejando al autobús varado en la carretera, y me he puesto a mirar blogs y hablar por el messenger trabajar eficazmente. Y he encontrado esta viñeta, que me ha hecho mucha gracia:





Feliz loqueosquededelunes.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

sábado, 1 de diciembre de 2007

Queridos reyes magos:

Este año he sido inusualmente buena, así que, por favor, traedme:

Tiempo libre abundante, pero no excesivo.
Una piel normal. No excepcionalmente hermosa, de marfil, como en los cuentos: normal.
Buenas notas para poder elegir el prácticum que más me guste.
Relativa independencia económica (esto es difícil, pero por eso sois magos).
Ecuanimidad y compasión. Debería haber puesto esto en primer lugar.

Y ya en el plano material:

Una suscripción a "Mente y Cerebro".
Un cuchillo de cocina poderoso y una sartén que no se pegue.
Entradas para ver Jesucristo Superstar cuando la estrenen en Madrid.
Unas converse rojas talla 38.

(A ver si cuela)

Gracias de antemano.
Besitos.

Marina.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Hoy voy a hablar de algo de lo que nunca pensé que hablaría en este blog. Pensé que no hablaría aquí porque una de las cosas buenas de los blogs es que no te ven la cara, en general, si tú no quieres, e incluso cuando la enseñas puedes hacerte una de esas fotos con la cabeza muy inclinada, o muy girada, o a contraluz, o medio desenfocada, en la que igual podrías ser Audrey Tatou que Mónica Cervera.

Eso de lo que no quería hablar es mi acné.

En mi piel hay una cepa de bacterias superpoderosas que aparece y desaparece según la temporada o el remedio que esté probando en esos momentos. Llevo así desde los doce años. Por supuesto, no llevo desde los doce años con la cara hecha una facha; la mayoría de las veces, es algo relativamente soportable y, a excepción de cuando me estaba sacando el carnet del coche y me volví como Freddy Krugger, nunca he sido una de esas de mirarla y pensar “pobrecita”.
(Todo esto para que no os asustéis).

Tener acné recurrente tiene varios problemas.

a) La gente cree que te hinchas a comer porquerías. Mientras sostienen en la mano su donut de chocolate, te dicen “A lo mejor deberías evitar las grasas”. Si a ellos, en la lotería de la genética, les ha tocado una piel limpia y suave, creen que es porque tú, a escondidas, te pones hasta el ojo de chocolate y de cucharadas de mantequilla. A ver, hombre de dios, que si todo lo que comes te saliera por la cara, sería un cachondeo vernos a todos por ahí con los poros rezumando tomate frito o salsa de soja. Que las cosas no van exactamente así.
(Vale, lo del tomate frito es un argumento estúpido, pero hay ya muchos estudios que demuestran que el acné no es, ni mucho menos, consecuencia directa de la alimentación).

b) La gente (normalmente la misma de antes) se cree que no te lavas. Puedo prometer y prometo que, excepto algunas noches de juerga descomunal o de amor pasional, me he lavado la cara con lo que estuviera usando en ese momento un mínimo de dos veces al día, y seguido escrupulosamente todos los tratamientos que dermatólogos, naturópatas o la siempre seductora publicidad me han recomendado.

c) La gente (y esto lo hace incluso gente inteligente, o que te quiere, o ambas cosas) piensa que tú en tu casa no tienes espejo o que, si lo tienes, no te miras en él. Por eso te deleitan con frases del tipo de “oye, tienes la cara peor, ¿no?” o “vaya grano que te ha salido ahí”. Gracias. Tu frase no sólo ha hecho que yo baje del limbo en el que me creo que mi piel es perfecta y mire la realidad, sino que contribuirá muchísimo a la mejora de mi estado.

d) Todo el mundo conoce un remedio que a ellos mismos, o a una amiga, o al novio de su prima, le han ido estupendamente. A lo largo de mis casi diez años de problemas de piel, lo he probado casi todo. Cuando digo casi todo, quiero decir casi todo: jabones, cremas, lociones, geles, antibióticos, anticonceptivos, antiandrógenos (pastillas que bajan el nivel de hormonas masculinas y se les recetan a los violadores, hay que joderse) y, como colofón, TRES tandas de Roacután.

[ROACUTÁN: medicamento superpoderoso, carísimo e hiperagresivo, que te tienen que autorizar en una parte especial del hospital (no vale una receta normal) y para el que te hacen firmar un papel en el que aseguras que conoces los riesgos y no te vas a quedar embarazada, si eres niña, porque es altamente teratogénico (provoca malformaciones en el feto). Algunos de sus divertidos efectos secundarios son: sequedad, sequedad, SEQUEDAD, en labios, ojos, nariz y demás mucosas, además de en el resto del cuerpo (me fui una vez de ruta tomándolo y toda parte de mi pie que rozaba la bota se puso en carne viva). Te sube el colesterol, tu hígado se hace polvo y no puedes exponerte al sol ni beber alcohol mientras dure el tratamiento. Hay quien dice que causa depresión y que el chico que estrelló la avioneta contra un edificio en EEUU hace unos años lo tomaba. Aunque, por otra parte: ¿fue el Roacután la gota que colmó el vaso de su odio a la vida? ¿O fue su simpática vecina diciéndole que a lo mejor debería comer menos chocolate?. Pensadlo.
Pros del Roacután: se te quita el acné TOTALMENTE Y PARA SIEMPRE en un 80% de los casos. Contras: yo estoy en el 20%]

También he probado la levadura de cerveza, la bardana y otras infusiones, dejar los lácteos, hervir aguacates y lavarme con el agua restante, frotarme limones por la cara, la meditación, el poder de mi mente y las mascarillas de la superpop. Así que, a no ser que conozcas un tratamiento tipo cambiarme la cara con alguien como John Travolta y Nicolas Cage en Face to face, por favor: déjame tranquila.

Estas son mis quejas sobre el acné en lo que se refiere a los demás. En cuanto a cómo lo llevo yo, pues… bueno, según temporadas. En las Épocas Aceptables pienso que no hay para tanto, me cambio el corte de pelo y me creo que nunca volverá. En las Épocas Chungas no me hago fotos; lo último que pienso al acostarme y lo primero que pienso al levantarme es cómo tendré la cara por la mañana; no voy a cortarme el pelo porque no soporto este momento cruel en el que te sacan del lavabo, con el pelo recogido en la toalla, y tienes que mirarte al espejo en todo tu esplendor… En fin, que lo llevo regular.

Últimamente, a raíz de todo el estrés académico-emocional al que he estado sometida, estaba empezando a atravesar una de esas Épocas Chungas, después de más de un año de estar bastante bien (como atestiguan un montón de idílicas fotos con J. en las que salgo estupenda. Véase).



(Ahora mismo no puedo creerme que ésa sea yo. Pero lo soy)
Nota: YA había hablado de mi gorro rosa antes. No os metáis ahora con él, que no es el tema.

El problema de empezar una Época Chunga es que, como nunca tienes muy claro qué es lo que te ha hecho bien antes y qué podría ser peor, no sabes muy bien qué hacer para volver a una Época Aceptable. Así que el sábado pasado, después de intentar sin éxito cubrirme de maquillaje hasta parecer normal, acabé hartándome de llorar y diciendo que yo así no salía a la calle. Vale que tengo veitidós años, y no quince. Pero probad a pasar la mitad de vuestra vida con una afección cutánea desfigurante y básicamente aleatoria y a ver si sois capaces de llevarlo estupendamente todos los días.

Entonces, al día siguiente, en el autobús, conocí a Reme. Para que se juntaran nuestros caminos en la senda de la vida, tuve que perder de una forma extrañísima el autobús anterior (tenía billete, me subí a tiempo, pero se había colado gente de las siete y me tuve que bajar; al final Alsina me regaló el billete para compensar) y levantarme del sitio donde me había sentado en primer lugar porque un niño estaba jugando ruidosamente a la videoconsola en el asiento de al lado. Así fue como, gracias a la fuerza del destino, aterricé al lado de, probablemente, la única persona de aquel autobús que tenía un centro de estética para tratar el acné. Hablamos del tiempo, de los autobuses, del tráfico y de la vida en general y, al final, con mucha delicadeza, Reme me dijo que, si quería, podía pasarme por su clínica y me hacían un estudio sin compromiso.

Y como es cierto que lo he probado todo, hasta los naturópatas (los homeópatas no, que no me gustan), pero que lo de los centros de estética no lo había intentado antes, y que al hermano de mi adorado ex novio se le quitó el acné en un sitio así, pues allá que fui a los dos días. Yo es que en eso de las señales del universo no creo a veces, pero aquélla me parecía una señal demasiado poderosa y demasiado rara como para no hacerle caso.

¿Cómo es mi vida ahora? Me gustaría decir que estoy estupenda, pero lo cierto es que los productos que me estoy echando para secar mi increíblemente grasa piel me han resecado el contorno de ojos y descamado algunas partes de la cara, y parezco una mezcla entre la novia de drácula y un lagarto mudando la piel. Esa foto no la pienso enseñar, que aún tengo dignidad. Pero creo que estoy mejor, y que de aquí a unas semanas lo estaré aún más. El tratamiento es infernalmente doloroso a ratos y me siento como Bukowski adolescente, o como si todo el karma de los puntos negros que he sacado a mis novios contra su voluntad estuviera volviéndose contra mí. Y a ratos me miro los ojos, un poco tristes detrás de los párpados y de la piel reseca y enrojecida, y lloro otra vez. Pero queridos: estoy segura de que, de aquí a unas semanas, podré colgar aquí una foto del después y sentarme a esperar luego junto a mi email las proposiciones de boda. Rezad por mí.

Y aquí unas cuantas frases de ánimo, para no dar penita:
1) El acné no impide tener relaciones con los hombres. Ni siquiera impide tener problemas con los hombres o con el exceso de ellos.
2) El acné no impide desarrollar aceptablemente la compasión y el amor, y me imagino que también permite iluminarse.
3) El acné intermitente enseña sobre la transitoriedad de la vida y contribuye a la mencionada iluminación.
4) El acné, al final, se acaba. Aunque sólo sea porque nuestra piel va a terminar, en todos los casos, deshecha, comida por los bichos y mezclada con la tierra.

Y como me dijo mi colega el Adri el otro día: yo no soy mi acné. Pero es parte de mí, y por eso quería hablar del tema hoy.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Estoy tan cansada.
Y todo para, al final, morirse.
Hace un tiempo me preguntaba por qué existe esa creencia generalizada de que los libros son mejores que la tele. Me planteé que a lo mejor es sólo porque leer cuesta más esfuerzo que ver la tele y, en general, el esfuerzo está sobrevalorado. Al fin y al cabo, pensé, igualmente las películas cuentan historias, y hasta las series de televisión tienen su punto. Como decía la Oruga en un post suyo que me encantó, ¿y si leer no fuera, al final, bueno? (cito de memoria, Oruga; no consigo encontrar el post).
Al volver hoy del mercadona, que es un sitio que, en general, me inspira mucho, he puesto música en la cocina y he guardado, despacito, toda la comida en su sitio. Me encantan los supermercados, y la posibilidad de ir y abastecerse de energía multiforme a cambio solamente de dinero. La cuestión es que estaba yo guardando los chocapic, que son la base de mi pirámide alimenticia, y he echado un vistazo a la contraportada a ver qué regalaban (ahora contestadme una pregunta, rápido, con sinceridad: ¿cuántas veces, de pequeños, habéis comprado una marca de cereales sólo por el regalo?. J. tiene la teoría de que ni los regalos de los huevos kinder ni los de las cajas de cerales son ya lo mismo. Le recuerdo el año pasado en mi cama, mascullando que iba a quejarse al Defensor del Consumidor, sosteniendo en la mano un ridículo llavero de plástico mientras, sobre mi bonita colcha azul, reposaba el cadáver del huevo de chocolate, abierto en dos.)
Detrás de la caja de cereales había fotos de unas brujulitas de plástico. ¡El Guíadestinos!, anunciaban. Cuatro diferentes. Póntelo en la frente (¡) mira a qué simbolito señala e interpreta sus augurios.
Joder, pensé yo, como el aletiómetro.
Entonces tuve una intuición fulminante. Le di la vuelta a la caja de cereales y ahí estaba el anuncio de la película: “La brújula dorada”, ponía, en grandes letras amarillas. Próximamente en cines. Y al lado, justo debajo del cuenco lleno de chocapic, la foto de una niña rubia montada en un oso polar.
Lyra, claro. Y Iorek Byrnison.
Lyra cruzando el hielo a espaldas del enorme oso acorazado, que se pelearía a muerte por ella con otro oso y se comería su corazón palpitante después de vencerle. Iorek Byrnison, alimentando a Lyra con riñones crudos de foca mientras cruzaban el hielo buscando a Lord Asriel.
La película de “Luces del Norte”, de Phillip Pullman. Hay libros de los que no sólo recuerdo el contenido, sino también dónde estaba yo mientras lo leía, y de “Luces del Norte” recuerdo llevarlo en el regazo mientras iba al colegio en el microbús, con once o doce años. Abro la caja de cereales y saco la diminuta, ridícula, brujulita de plástico, y me doy cuenta de que eso que tengo en mis manos es precisamente un aletiómetro.
No sé cómo va a ser la peli. A lo mejor no está mal. A lo mejor son capaces de explicar con claridad lo que es un daimonion, y que no es, en absoluto, una mascota. O la niña que hace de Lyra tiene su cualidad seria y valerosa (valiente como frente a la muerte o la soledad, no como lo son los niños en las películas, con el valor divertido de saber que todo saldrá bien). A lo mejor sale Serafina Pekkala, la reina de las brujas del lago Enara, diciendo aquello tan hermoso de que merece la pena sentir el frío polar con tal de notar cómo la luna te acaricia la piel (“pero tú ni siquiera lo intentes, Lyra, tú te morirías”).
Pero lo dudo.
Así que hoy pienso que por eso son mejores los libros que las películas.

PD: Acabo de ver en una web que Nicole Kidman será la señora Coulter, y creo que voy a suicidarme.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Frustración

Post modificado por el bien de mi karma
¿Os he contado que tengo una profesora con unas ideas ciertamente curiosas sobre la psicopatología?

"Bueno, es que en realidad todos somos un poco esquizofrénicos,es decir, que todos alucinamos un poco, ¿no? (sonrisa) Es como si yo me estoy secando el pelo y digo "Uy, ¿ha sonado el timbre?" (gesto de secarse el pelo, más sonrisa). Pues más o menos eso es lo que les pasa a los esquizofrénicos."

Pues eso.

jueves, 15 de noviembre de 2007

La canica

Este post es ñoño, y el que avisa no es traidor.

Hace ya la burrada de casi siete años, cuando terminé la ESO, nuestra profesora de ética llegó a la última clase del año con una bolsa llena de canicas. Nos íbamos del colegio al instituto, y la mayoría llevábamos allí desde preescolar (yo no, yo llegué en segundo y hasta hace poco mis amigas no han dejado de mirarme raro). La profesora de ética nos dijo que iba a repartirnos esas canicas y que les diéramos un significado que pudiéramos recordar toda la vida. Que serían un símbolo de nuestro paso por el colegio.

(La profesora de ética hizo eso porque es algo que tienen en común los profesores de ética y los de filosofía: que van de enrollados por la vida. A mí en realidad la ética nunca me gustó. De todo lo que hicimos aquel curso, sólo me acuerdo de dos cosas: de los dilemas morales, que no me molan porque no hay una respuesta correcta que yo pueda contestar, y de un collage que hice para definirme a mí misma y luego resultó ser totalmente falso y dañó enormemente mi ego)

A lo que íbamos: las canicas.

Yo miré mi canica un rato y luego hice dos de las cosas que más me gustan en el mundo: me inventé un rollo y lo dije en alto para que todo el mundo lo oyera. Dije que mi canica no era totalmente redonda, que tenía una grieta en un lado, y que eso siempre me recordaría que la vida no es perfecta y que hay que aceptarla tal y como es. Así era yo con dieciséis años: una budista en potencia.

Después me imagino que el día siguió su curso, y creo que fue en el recreo cuando la PK (para quien no lo sepa: mi amiga del alma desde que llegué al colegio con siete años y le tocó quedársela al pilla pilla, porque ése es el primer recuerdo que tengo de ella) se llevó la mano al bolsillo y se dio cuenta de que había perdido la canica. Le afectó mucho, lógicamente. Pensaría algo así como: "Dios, he perdido la canica metafísica, ahora seguro que destrozaré mi vida y acabaré pinchándome heroína y vendiendo mi cuerpo". Ese tipo de cosas son las que te hacen pensar los profesores enrollados que hacen que pongas el sentido de tu vida en un objeto tan pequeño y fácil de perder.

Entonces, sin pensármelo dos veces, yo le di mi canica.

(Paréntesis: soy TAN generosa. Debería acabar el post aquí).

Para ser sinceros, pensé que, conociéndome, la canica me iba a durar aproximadamente un día, así que mejor se la daba a la PK, que se había quedado muy triste ahora que se veía en el arroyo existencial. También pensé que cuando la vida nos separara y yo pensara en la canica, me acordaría de la PK, y que acordarme de la PK siempre sería mejor que toda la chorrada aquella de la imperfección de la vida que había soltado antes (que total, es algo de lo que me acuerdo sin necesidad de pensar en la canica ni en la ética).

Pasaron los años, y aquellas dos muchachitas se convirtieron en dos mujeres en flor, o casi (creo que tengo prácticamente el mismo aspecto, en realidad). Desde entonces, me acuerdo de vez en cuando de la canica y pienso en la PK. Me acordaba en bachillerato y la veía en mi clase, sentada a unos pupitres de distancia, dibujando caricaturas en la agenda. Me acordaba en Barcelona y me la imaginaba en Irlanda, alimentándose de arroz blanco y aprendiendo palabrotas en japonés. Me he acordado aquí, en Granada, y la he visto en mi facultad (ella estudia Filosofía, pero da las clases en mi edificio), sentada en las escaleras, tomando el sol, riéndose todo el rato. Igual que siempre me quejo de que la vida te separa a menudo de las personas a las que quieres, tengo que reconocer que la vida, en su generosidad, ha mantenido siempre a la PK a mi lado, y no ya emocionalmente, sino físicamente. Gracias, vida. Es de lo mejor que has podido darme. No sabéis lo que es levantarse una mañana de invierno, subir a estudiar a la facultad cagándote en tus muertos y ver a la PK sentada en una mesa, tomando café y fumándose un cigarro. Es como un milagro.

Cuando le di la canica a la PK, pensé que me serviría para acordarme de ella cuando ya no estuviera. Sin embargo, la canica, o la ausencia de ella, me sirve para asombrarme de vez en cuando de que la PK siga cerca de mí.

Escribo esto porque este año está de erasmus en Italia y la echo muchísimo de menos.

Pero sé que el año que viene volverá, y nos intercambiaremos notitas en la biblioteca, y haremos fiestas de disfraces, y bailaremos regetón, y nos reiremos, y seguirá haciéndome ese regalo cotidiano e increíble que es ser mi amiga, y que ni ella se imagina todo el bien que me hace.
En el prólogo de la brillante y encantadora antología "Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades", Harold Bloom dice "a medida que la inteligencia y la consciencia se desarrollan en nosotros, nos damos cuenta de que lo mejor y más antiguo de nosotros es incognoscible para los demás". Y yo me he dado cuenta de que lo mejor, más antiguo y más incognoscible de mí es el profundo placer que me produce leer según qué cosas.

Me gustaría que me contárais, si os apetece, que es lo más incognoscible de vosotros. Si os apetece.

Besitos de becaria explotada.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Monday, bloody monday

Concateno pensamientos.
He leído un cuento de aterradora belleza esta mañana, mientras estaba sentada en el autobús, en el asiento que me acababa de dejar, caliente, un chico al levantarse. Leer ese cuento ha sido, probablemente, lo más impactante que va a ocurrime hoy, y a mi alrededor nadie se ha dado cuenta, porque sólo miraban por las ventanas la ciudad gris bajo el cielo azul y rosa claro.

Aterradora belleza. Me acuerdo de cuando teníamos quince años y nos reuníamos en el Café con Libros de Málaga, en el antiguo, el que tenía como asiento un columpio, justo en mitad de Calle Granada. Leíamos un poemario de Ferrán Fernández, y nos encantaba uno que terminaba con las palabras "mujer de masturbadora belleza". Lo leíamos y nos reíamos, escandalizadas.

Más adelante, mi amiga Marina conoció al poeta en persona, en uno de esos vagabundeos sociales por Málaga que le gustan a ella tanto. Compró el libro, él se lo dedicó y ella me lo prestó.

Resulta que mi amiga Marina se llama como yo, así que ahora tengo el libro de mis quince años dedicado a una que podría ser yo, como si alguien me lo hubiera filtrado por las esquinas del tiempo: "Para Marina, con tanto cariño por mi parte como insistencia por la suya", pone.

Luego pienso en eso de las esquinas del tiempo, y que a veces me parece mentira que yo siga siendo yo, porque con todas las historias que todos los días leo, y escucho, y veo, e imagino, me resulta raro que no se hayan mezclado con la mía y me la hayan cambiado por completo, y de repente me encuentre con otro pasado a las espaldas, en otra ciudad o con otro futuro por delante. Y me miro al espejo y sólo estoy yo, la de siempre, la de los ojos de mi padre, la boca de mi madre y mi nariz ("me daría pena que nuestros hijos heredaran esa nariz", me dijo J. una vez, "porque es maravillosamente tuya").

Y pienso en el lunes, y en que hoy me he puesto un jersey negro porque he pensado que los lunes son un día muy existencialista. Y llevo varios días mirando a la gente caminar por la calle y pensando en cómo se atreven a estar por ahí como si nada, a enamorarse, a ponerse a régimen, a bailar, sin saber a dónde vamos, de dónde venimos o qué hay después de la muerte. A vivir bajo un sol al que, como decía el cuento que he leído esta mañana, ni siquiera podemos mirar directamente.

Como vuelvo al cuento de esta mañana y parece que mis pensamientos han completado una especie de círculo, y además tengo una reunión en cinco minutos, lo dejo por hoy.

Que tengáis un buen lunes existencial. Tranquilos, los martes son más bien cartesianos.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Ver el mar

¡He recuperado el cuento!
No lo había perdido; simplemente, tenía el archivo copiado a medias en dos carpetas, y lo había continuado sólo en una de ellas, no sé si me explico. Aquí lo dejo entero. Es largo, no tiene diálogos etc etc, así que lo leéis si os apetece y si no pues no :) Besitos.


Es domingo por la mañana y ella va a ir a ver el mar. Ya lleva más de un mes en la gran ciudad y aún no lo ha visto; nunca ha conocido ningún lugar donde tengan el mar tan escondido. De todas formas, ella imagina el mar de la ciudad sucio y cubierto por gruesas capas de aceite, con botellas y pañales flotando suavemente junto a la orilla, así que ha decidido que cogerá el tren (por algo está en una ciudad donde el transporte público es dolorosamente eficiente) y se irá a algún pueblo bonito, blanco y costero, a mirar un mar más limpio y más tranquilo.

En su piso compartido no se oye nada. Sus compañeras pasan el fin de semana fuera, con su familia; ella es la única que, por ser de tan lejos, se quedará allí hasta navidad. Al principio le atraía aquella especie de naufragio de tres meses, la seguridad de que estaba abandonada a sus fuerzas hasta diciembre, pero ahora, a veces, también desea tener un hogar a una hora de tren. Hoy eso no tiene importancia, porque a una hora de tren también está el mar y, en el fondo, es el mismo mar que ella ve en casa, así que puede que también sea una especie de hogar.

Navega por la casa sola, callada, preparándose un desayuno minucioso: café, tostadas y zumo, que luego traga delicadamente frente a la ventana. En todo momento se comporta como si la estuvieran observando, como si fuese la protagonista de una película de autor donde cada plano tiene que cuidarse al máximo.

No sabe qué tren tiene que coger para ir al mar, pero en la gran ciudad todos los trenes salen del mismo sitio, así que decide que irá allí, mirará uno de esos grandes mapas con las líneas marcadas con diferentes colores y cogerá el tren que le indiquen. Su abuelo le había dicho antes de marchar que no se preocupara por la gran ciudad, que “lo único que hace falta saber para moverse allí es leer”. Ciertamente, era tranquilizador lo claro que estaba todo, lo bien indicado: la abundancia de carteles, de flechas y de letreros. Sólo había que tener claro dónde querías ir.

Después de tomar el desayuno y fregar lentamente los platos, se prepara un bocadillo de queso. Se lo tomará frente al mar, sentada en la arena, mirando el horizonte, y luego volverá a casa. Aunque intenta hacerlo todo lenta, calmadamente, hay una especie de ansiedad en cada uno de sus movimientos. Sabe lo que es, ya lo ha sentido antes: es el peso de todas las vidas que no está viviendo. Cada decisión que toma respecto a qué hacer con su tiempo desde que llegó a la ciudad es la negación de todas las otras cosas que no hace. Hoy verá el mar y habrá tantas cosas que no pueda hacer por ello. Reconoce que es un pensamiento estúpido, poco práctico. A veces le gustaría ser capaz de vivir, y ya está. Pero está ese nudo que siente ahora mismo, mientras coloca las lonchas de queso sobre el bocadillo, y el aire doliéndole al entrar y salir de sus fosas nasales.

El tiempo y el espacio que hay entre su piso vacío y la gran estación central, llena de gente, pasan muy rápido. En el camino piensa que en el metro la gente sólo va. No hay otra cosa que hacer, más allá de transportarse. No hay tiendas que mirar, ni parques, ni bares que disimulen la sensación de urgencia de los viajeros. Esa voluntad férrea de llegar y de que no te importe lo que pase en el camino es, cree ella, lo que hace del metro un lugar tan duro.

La gran estación central de donde salen los trenes de cercanías también está bajo tierra, pero hay algo más tranquilizador en ella, como si los trenes supieran que están a punto de salir a la superficie. Se acerca a uno de los grandes planos con líneas de colores y busca el nombre del pueblo de una compañera de su facultad, que le dijo que vivía junto al mar. Lo encuentra, busca el número y el color de la línea y va a hacia una de las máquinas enormes donde se compran los billetes. Una vez en el pueblo, podría llamar a la compañera de clase y tomar un café con ella. El problema es que, como casi siempre durante estas últimas semanas, cada vez que está sola es como si esa soledad fuera alimentándose a sí misma y haciéndose cada vez más fuerte, más inexpugnable; por eso, mientras más tiempo pasa sola, más difícil le resulta dejar de estarlo. Así que no sabe si llamará a su amiga o se quedará paseando por la orilla de su pueblo sin decir nada, ocupando su espacio en el mundo sin que nadie sepa cuál es exactamente.

Compra un periódico antes de subir al tren. Tira la edición del día a la papelera y se queda con el suplemento dominical. Le gustan los reportajes largos sobre sitios lejanos, libros que no ha leído, personas distintas a ella. Tiene la esperanza de que todas esas páginas vayan sedimentando en algún lugar de su cuerpo y construyéndolo, rellenándolo como los frascos de sal de colores que hacía en clase cuando era pequeña. Así que lee el suplemento aplicadamente, como si alguien fuera a examinarla a la mañana siguiente o como si a alguien le importara.

Mira su billete y busca el andén por donde pasará el cercanías. Ya ha aprendido en qué tiene que fijarse: número, estación, andén, dirección. Combina toda esa información en su cabeza y se dirige a la vía con paso seguro. Se sienta en una banco y lee su dominical, pero reconoce que no le gusta nada la sensación de toda esa gente que se marcha antes que ella, de todos esos trenes que llegan y se van sin ella.

Por fin aparece su tren. Se queda quieta en el andén hasta que la máquina para por completo; luego, como si llevara toda la vida haciéndolo, entra por la puerta que le queda más cercana y se sienta.

Mira alternativamente su revista y a la gente que le rodea. Se fija en las expresiones de la cara, en los que suben y bajan, en las conversaciones, algunas de ellas en un idioma que desconoce. Enseguida el tren sube a la superficie y ella observa cómo va cambiando el paisaje: primero la gran ciudad, compacta, altiva, que le da la impresión de no estar habitada por gente real. Luego los barrios periféricos, que más que sucios son mugrientos, con una leve pátina de porquería acumulada por los años. 

Pasan las paradas y no oye anunciar la suya. Comprende que se ha equivocado mucho antes de tomar la decisión de levantarse a mirar el mapa. No le gusta que le tomen por paleta, pero finalmente no tiene más remedio que admitir que, de alguna forma que se le escapa, se ha subido al tren que no era. Está segura de haber mirado bien todos los datos: número, estación, andén, dirección y, sin embargo, se ha equivocado. “No pasa nada”, se dice, “ bajaré y cogeré el tren de vuelta”. Así que, como si lo hubiera hecho toda la vida, espera a que el cercanías se detenga y baja despacio, con el bolso apretado bajo el codo y el dominical en la mano.

La parada en la que está no parece muy importante. De hecho, para ir al pequeño pueblo-dormitorio que le da nombre, hay que cruzar las vías por encima, sin ninguna medida de seguridad de esas que ella pensaba que estaban ya en todas partes. Tantea los raíles con el pie, temerosa de sentir la vibración de un tren cercano, y cruza. Al otro lado no hay nadie que espere el tren de vuelta, y los pocos pasajeros que se han bajado con ella emprenden enseguida el camino hacia sitios que les son conocidos. Cuando ella ve que el último de sus compañeros de viaje ha desaparecido detrás de una fachada, se sienta en el banquito de plástico a esperar el tren de vuelta a la ciudad.

El lugar donde está no es feo; simplemente no hay nadie, y en los márgenes de las vías crecen plantas resecas. Ella no se atreve a volver la mirada y a examinar el lugar donde ha aterrizado, a aventurar si será un barrio industrial, residencial u obrero. No quiere estar allí, porque no es allí donde ella quería ir; quería ir a ver el mar, y se ha equivocado de tren, y ahora está perdida, y cuando estamos perdidos no nos interesa saber sobre el lugar donde nos hemos perdido, sino encontrar rápidamente la manera de volver a la ruta correcta.

De repente tiene la certeza de que el tren no va a pasar. Por supuesto, esa certeza no dura más de unos segundos. Pero ese momento de clarividencia es tan potente que, a toda velocidad, pasan por su cabeza imágenes de cómo será su vida si nunca jamás llega un tren que la devuelva al lugar de donde vino.

Después, cuando es de nuevo consciente de que tarde o temprano llegará un tren en la dirección adecuada, se da cuenta de que igualmente nunca será lo mismo; de que, en cualquier caso, ella quería ir a ver el mar sin perderse primero, y todo lo que haga ahora se sale de aquel primer recorrido que trazó con tanta seguridad en los planos de su domingo.

Luego, en efecto, llega el tren, con su uniforme velocidad de máquina eléctrica y, sin pensarlo, ella agarra su revista, se queda quieta hasta que la máquina para, se sube y se va de allí para siempre.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Terror y pavor. Me he dado cuenta de que el cuento no estaba completo porque en el archivo tampoco lo está. He perdido la mitad de mi cuento y no creo que pueda volver a escribirlo igual.
Me siento como Jo March. Maldita tecnología.

PD: He quitado la otra mitad porque leerlo a medias no tiene mucho sentido.
PD2: ¿Alguien lee este blog?

domingo, 4 de noviembre de 2007

Yo quisiera no tener que soltarme de nadie... acompañaros a todos los que me habéis amado, y a quienes yo he amado, por el camino ancho y húmedo de la vida. Querría multiplicarme y estar con los que me quieren y a quienes quiero, derramarme en amor infinito por vuestras espaldas, apretaros la mano y cobijaros del frío.
Yo quisiera que el amor no se acabara nunca, que no tuviera un periodo delimitado y tajante como las fechas de una tumba. Quisiera tener corazón para todo el mundo, y horas, y labios, y caricias. Quisiera que nadie me retuviera al lado empaquetada y etiquetada con M de mío.

A veces no entiendo bien este mundo de exigencias, de amor de ida y vuelta, de nombres unidos por conjunciones definitivas. No entiendo cómo personas que se han amado de repente se abandonan unas a otras y se dejan perdidas a un lado del camino, sentadas sobre maletas, empapándose bajo la lluvia. A veces yo sólo querría que la existencia se multiplicara en espacios paralelos e infinitos donde poder amar y ser amada de diez mil formas diferentes.

Pero supongo que eso es pedir mucho.

miércoles, 31 de octubre de 2007

El peso

El lunes fui al Anaïs a hacer vie litteraire. Leyó un periodista sobre la ciuda de Granada en Nicaragua. A mi lado, en la mesa, un señor argentino meneaba la cabeza con nostalgia, y cuando terminó me habló de Erwin, su amigo nicaragüense, exiliado como él en Bélgica y desaparecido con 25 años cuando intentó volver a su país. Luego cogió carrerilla y no podía parar de hablar: del exilio, de la Argentina, de irse, de volver. Me contó sin respirar todo lo ocurrido en su país y en su vida en los últimos cincuenta años. Yo le miraba, suspiraba cuando había que suspirar, asentía cuando había que asentir, bebía a ratos de mi cerveza. Cuando conseguí levantarme para irme sin parecer maleducada, estaba estremecida. Aquel hombre estaba lo que se dice aterrado ante el peso de su propia historia. Le salía por todos los poros tan intensa, tan dolorosa, que necesitaba contarla a toda costa.
Espero que mi vida nunca me pese tanto. La ligereza, la liviandad, es un lujo demasiado grande como para desperdiciarlo por el paso del tiempo.

domingo, 28 de octubre de 2007

Daniel

En estos días de abstinencia bloguera, uno de los acontecimientos que más me ha conmocionado ha sido éste.

Me gusta saber que aún quedan héroes.
Me aterra pensar que un hecho tan noble y probablemente tan impulsivo como defender a alguien que está siendo atacado pueda tener una consecuencia tan grave y tan absoluta como morirse.
Me da pena suponer que, a partir de ahora, todos los demás danieles del mundo se lo van a pensar bien antes de defender a otra chica, y todas las demás chicas del mundo van a poder ser agredidas impunemente.
Y, sobre todo, me da miedo decirme a mí misma que en el mundo siempre hay dos bandos, el de los cobardes y el de los valientes, el de los que miran y el de los que hacen, y saber que, en su situación, yo me habría quedado mirando.

Ojalá no se haya muerto en vano. Ojalá la chica deje a ese tremendo asesino hijo de puta. Ojalá los que se encuentren en su situación no piensen "mejor no lo hago, si él murió yo también puedo morir", sino "si él fue capaz, yo también puedo hacerlo".

Ojalá yo sea capaz de colocarme en el lado correcto de la raya.

lunes, 15 de octubre de 2007

Por acontecimientos personales dolorosos, no sé cuánto tardaré en escribir. Mientras tanto, os reenvío a La Magdalena de Proust, mi blog de crítica literaria, donde sí voy a intentar seguir colgando cositas.
Besos besos.

lunes, 8 de octubre de 2007

Hola, fondo norte.

Estoy en la biblioteca de mi facultad, pasando el típico periodo de principio-de-curso-en-mi-casa-aún-no-tengo-internet. Es lo que tiene mudarse todos los puñeteros años.

Este año vivo, no sé si lo he dicho, con el eje germano-oriental: dos alemanas y una austriaca que tienen el preocupante potencial de poder criticarme en su idioma sin que yo me entere de nada. Sin embargo, me da igual porque ¡friegan platos! y ¡limpian! y ¡sacan la basura! Incluso cumplen otras tareas de limpieza de nivel 2, como lavar las fundas de los sofás o limpiar el fregadero de restos de comida. Este grado de higiene doméstica es tan desconocido y maravilloso para mí que podrían celebrar sacrificios humanos en el salón si quisieran y me daría igual.

Este fin de semana, incluso han limpiado el salón, que me tocaba a mí, no sé si porque les caigo muy bien o porque aún se sentían culpables por haber tenido a dos amigos durmiendo allí unos cuantos días. Les he explicado que en España esas cosas no nos importan: que estamos inundados de endorfinas solares y todo el mundo nos cae bien. No obstante, no han parado de pedirme disculpas desde que llegué, y eso que los amigos eran bastante majos y muy poco molestos. En cualquier caso, tampoco me voy a negar a que limpien por mí; lo tomaré como una compensación kármica.

Por lo demás, no he escrito nada esta semana porque he tenido una crisis de tipo vital. No es que esté mal; de hecho, después del curso de meditación me noto como agradablemente anestesiada y todo me da bastante igual (a ver cuánto me dura). Pero esta semana, lo juro, he tenido la revelación de que no me quedaba más que decir. Ya está, pensé, has llegado a tu tope. Tu cupo de chorradas literarias está completo. No puedes hacer más que seguir dando vueltas a lo mismo y aburriendo al personal, y para eso mejor te paras. Sin embargo, ayer estuve escribiendo un buen rato un cuento que tenía en la cabeza desde hace años. No voy a dar muchos detalles, porque espero publicarlo aquí en unos días y un cuento no se puede resumir sin destrozarlo, pero digamos, simplemente, que ayer fui caaz de empatizar con la yo que quería escribir ese cuento y que pensaba que la historia merecía la pena. Bueno, la historia es una chorrada, muy minimal, tipo yo, pero en conjunto me está gustando cómo queda, ya me diréis.

De todas formas, últimamente estoy perdiendo un poco la fe en mí misma como escritora. No es que crea que escribo mal, pero cada vez percibo más y más cosas a mi alrededor, y la distancia entre lo que quiero escribir y lo que realmente escribo se va a agrandando por días. La vida me parece un conjunto de sutilezas tan enormemente delicadas que no entiendo cómo la literatura puede hacer frente a eso, y opino que cualquier cosa que sea capaz de hacer yo se quedará muy corta. Pero bueno, imagino que el valor está en saber eso y, aun así, seguir adelante.

martes, 2 de octubre de 2007

De vuelta

Vuelvo del curso de meditación y empiezo con mi vida. Del curso paso de hablar, que llevo dos días contando lo mismo; si queréis saber más sobre la Vipassana, seguid el link que puse en el post anterior, que lo explican todo la mar de bien.
Me gusta el comienzo de curso desde siempre, desde pequeña. Me daba la sensación de que cada Septiembre la novedad iba a poderle a la rutina y mi vida iba a empezar a parecerse por fin a los anuncios del Cortre Inglés: tendría los ojos azules, sería monísima e iría a clase por un sendero cubierto de hojas secas, con leotardos y faldas escocesas. Al final, la emoción me duraba exactamente dos días, y después volvían, como cada año, el insidioso olor a madrugada que tiene la casa cuando te levantas de noche, el sueño de la primera hora y el tedio del frío.
En la universidad no es exactamente lo mismo, porque al final acabas no levantándote de noche a no ser que te cuenten la asistencia, pero me sigue apeteciendo empezar cada año. Este curso hago cuarto, que suena ya a persona mayor y responasble y a mirar a los de primero por encima del hombro. Nos iremos de viaje de estudios a pulserear en Punta Cana o algo así, me temo, y tendré que empezar a pensar, tranquila pero seriamente, en qué cojones voy a hacer con mi vida cuando acabe la carrera. La universidad es un poco como los aviones: te llevan de un sitio a otro y luego te dejan en el aeropuerto de destino, abandonado a tu suerte.
Este verano ha sido un poco caótico, con los niños y toda la pesca. En general, sin embargo, he acabado contenta: al menos, me he demostrado a mí misma de lo que soy capaz. Y he ganado unas perrillas. De todas formas, el verano me revoluciona: que lo diga si no mi pobre ex novio, que le dejé dos veces en dos años, una por verano. Se me descolocan los biorritmos y me pongo fatal. Estoy deseando volver a Granada y recuperar mi vida tranquila, mis posters y mi fregasuelos con olor a colonia.
Además, ahora tengo unas ganas de vivir tremendas, después de que en el curso de meditación una señora me dijera que yo tosía mucho y que ella empezó así y le diagnosticaron un cáncer de pulmón y que, además, tenía intuiciones sobre las enfermedades de la gente. Podéis pensar que es una chorrada, pero probad a pasar una semana sin hablar con nadie y meditando como una burra y que lo primero que os digan al romper el silencio sea que a lo mejor tenéis un cáncer. Me pasé la siguiente hora de meditación asumiendo que iba a morir pronto: estaba claro, mi tos era un cáncer y encima, en las personas jóvenes, esas cosas van rapidísimo. Me puse tristísima pensando en mi madre y en que si yo me moría le iba a destrozar la vida. Pensé “a lo mejor puedo reencarnarme en mi gata”. Me molaba la idea de ser la Clemen, todo el día tirada en el sofá, ronroneando y dejándome querer, y además así podría consolar a mi pobre familia de mi inigualable pérdida. También pensaba en mis amigos hechos polvo y en que todos le pondrían mi nombre a su primera hija (ya ahí empezaba a entretenerme con la idea, lo confieso).
Después llamé a mi madre por teléfono y me dijo que mi hermano y ella también habían seguido tosiendo y que tomándose nosequé aerosol para la bronquitis se les había quitado, y que no fuera tonta. De todas formas, durante las horas que pasé sumida en la paranoia me dio tiempo a pensar qué haría yo con mi vida si me quedaran dos meses. Si me quedara tan poco tiempo de vida, creo que la inminencia de morir me amargaría demasiado como para disfrutar de viajes o de saltos en paracaidas e historias así. Al final pensé que me dedicaría a tres cosas: a leer (para distraerme y para ampliar indirectamente mis vivencias), a hablar y estar con la gente a la que he querido y a intentar convencer a mi madre de que no se suicidara de pena cuando yo me fuera. No es un plan muy emocionante, pero creedme que pensé en serio sobre el tema y ésas fueron las conclusiones a las que llegué. También escribiría, creo yo, para ver si luego alguien me publicaba algo aunque sólo fuera por el morbo de la chica moribunda que cuenta cómo se siente.
Al final parece que no me muero (tocaremos madera), así que me he tenido que mentalizar otra vez para seguir enfrentándome a la vida. No sé cómo narices me voy a mantener en Granada, porque mis dos padres médicos afirman ser pobres de solemnidad, así que he pedido una beca de colaboración en la que me dan cuatrocientos euros al mes por trabajar veinticinco horas semanales (vamos a peor) pero que, por lo menos, tiene más que ver con mi carrera que el telepizza.
Voy a dejaros, que me duele el culo de tanto meditar y estar sentada aquí no ayuda mucho.

martes, 18 de septiembre de 2007

Meditación

Me voy diez días a Barcelona a hacer un curso de meditación vipassana. No podré ni hablar, así que de postear, ni hablamos.
Os veo el día 2.

Granada

Voy a Granada a hacer parte de la mudanza y a echar una beca. Todo es un poco extraño este curso: hay gente que se ha ido y gente que llega. Echaré de menos a Adri, muchísimo. ¿Quién me va a convencer este año para ir a ver pelis nigerianas subtituladas en francés? Yo sola no voy a salir de Hollywood. También extrañaré a Ana, a ese conjunto de generosidades y manías y cariño y malhumor que ha sido mi compañera de piso durante los dos últimos años. Y a J., claro, aunque ya he pasado un año en Granada sin él, y tampoco me acostumbré tanto a tenerle allí como para pasarlo mal a estas alturas.
Camino por las calles llenas de desconocidos. Paso cerca de los pisos que han sido mis casas (cada vez son más), y miro las ventanas a ver si atisbo alguna señal de los nuevos inquilinos. Están tendiendo su ropa en la terraza donde yo guardaba mi bicicleta, ¿no les cabe toda en el patio interior? Subo a mi facultad a por una copia del expediente, y me encanta ese saber dónde está cada sitio (los servicios, la secretaría, el 20 minutos) y mirar por encima del hombro a los nuevos, que hacen cola en secretaría para matricularse. La cafetería huele a café (obvio) y a pan tostado, a mañanas saltándonos las clases y criticando a los profesores o a nuestros novios.
En Granada hay un tejado donde J. me besó por primera vez. Hay una frutería con una frutera pesadísima, que consiguió la dudosa proeza de venderle a Ana un melón en febrero. Hay una copistería con una dependienta eficaz y una ayudante lentísima, que me ha tenido esperando horas para imprimir trabajos y fotocopiar apuntes. Hay un banco donde me senté con la PK a criticar a los invitados de una boda hortera y a beber cerveza. Hay un bar que organiza trivials de los ochenta cada miércoles por la noche, donde se citan los frikis de la ciudad a ver quién se sabe el dato más recóndito y más inútil. Hay muchos sitios más, muchos rincones, mucha gente que se ha cruzado por mi vida y que se ha marchado, o que sigue ahí, según.
Y después de pasear durante dos días por la ciudad, de ver todos esos rincones y seguir con la mente los flashback que evocaba cada uno, creo que ya sé por qué he vuelto.
Porque aquí tengo una historia. Y quiero ver cómo termina.

domingo, 9 de septiembre de 2007

se busca compañero/a de piso, responsable y blablabla

Al final me quedo en Granada, y no me preguntéis por qué, si ni yo misma lo tengo muy claro.

He tardado más de lo que esperaba en encontrar piso. Concretamente, he estado cuatro días y he visto trece pisos. Trece, la virgen. Si no fuera por la terrible ansiedad que me provocaba no tener NI IDEA de dónde iba a vivir este curso, podría decirse que lo he pasado bien. Ver pisos es curioso: por unos minutos, rozas tangencialmente la vida de otra gente y te preguntas qué pasaría si dijeras que sí, que te gusta el piso, que te lo quedas . Esa cama podría ser tu cama, en esa estantería podrías meter tus muebles, en esa pared colgarías tus posters. Luego te vas y ya no sabes qué posibilidades escondía ese piso, o esa gente, porque tienes que escoger uno y no puedes vivir en todos a la vez.

Cosas que he aprendido en la búsqueda de piso:

- Si en el cartel pone "a 10 minutos del centro", es que está lejos.
- Si pone "a 10 minutos de la parada de autobuses", es que está a tomar por culo.
- Si anuncia como alicientes cosas como "lavadora" o "televisión", es un cuchitril.
- Mientras más de buen rollo vaya el anuncio (dibujitos, chistes etc), más sucios serán sus inquilinos.
- Si no ponen el precio, es porque no es su mayor atractivo.

En estos días, he tenido experiencias bastante religiosas con la fauna granadina de los pisos de alquiler. Como una señora que tenía ella una habitación en la que pretendía quedarse algunos fines de semana y en vacaciones. A ver, señora, eso no es una circunstancia to aislada to sin importancia, es conditio sine qua non, pero al revés, es decir: condición que invalida el resto del piso, aunque sea el palacio de Buckingham a 50 euros/mes. No me puedo creer que alguien vaya a alquilárselo; de hecho, la señora me da casi penita. Probablemente termine colándoselo a Erasmus que no entiendan bien dónde se meten.

Hoy he visitado también un piso donde vivía un escritor-fotógrafo-afinador de pianos, que lo tenía todo lleno de libros, instrumentos musicales y ruedas de bicicleta. Que era tremendamente bohemio es cierto, pero de momento no me veo tan desesperada como para vivir con una tuba incrustada en la oreja.

Al final he encontrado un piso en un sitio muy bueno, en pleno centro, con una habitación luminosa, grande y en razonable buen estado. Y con calefacción, gracias a Dios, que no quiero pasar un invierno como el del año pasado, que me iba al Mercadona nada más que para entrar en calor.

Y lo mejor de buscar piso es que parece que la decisión de irme a Granada ya no tiene vuelta de hoja y, como diría Homer, "eso es bueno".

jueves, 6 de septiembre de 2007

Es un placer presentaros mi recién abierto blog de crítica literaria benevolente, La Magdalena de Proust. Por si no teníais bastante con todo esto.

Decisiones

Yo pensaba que bastaba con decidir qué ibas a estudiar y dónde ibas a hacerlo. Esas dos decisiones me parecían ya lo suficientemente trascendentes y complicadas. Sin embargo, algún duendecillo de la naturaleza ha decidido que me voy a comer la cabeza hasta extremos inconcebibles durante todo el tiempo que tarde en acabar esta grrrftxxx carrera.

A finales del año pasado, decidí (como algunos sabréis) que me volvía a Málaga. Lo tenía clarísimo. No le veía más que ventajas. Después de un verano de malagueñidad claustrofóbica, he decidido que me vengo a Granada. Lo tenía clarísimo. No le veía más que ventajas.

Hoy estoy aquí, en la Biblioteca Pública de Granada, escribiendo como hace unos meses, mientras estudiaba para los exámenes de Junio. Llevo todo el día en la ciudad y ni siquiera sé cómo me siento. Creo que rara. Extraño a J. Me da la impresión de que la claustrofobia, o lo que quiera que sintiera, no está en Málaga, ni en Granada, ni en ningún lugar. Está en mí. Igual que las ganas de huir cuando las cosas se ponen difíciles. Igual que el miedo.

En última instancia, las dos opciones se parecen mucho. Las dos requieren que me enfrente a algo que temo: a la soledad, a la compañía, a lo desconocido, al pavor infinito de lo conocido. Esté donde esté, aprenderé algo y saldré siendo más fuerte y mejor persona, supongo.

Pero lo importante es que ahora mismo, en este preciso instante, no tengo ni puñetera idea de qué hacer. Daría algo por que alguien tomara la decisión por mí. Si alguno se apunta a dar consejos gratuitos, le estaré muy agradecida.

sábado, 1 de septiembre de 2007

El jueves decidí, anticipadamente, celebrar que terminaba mi trabajo. Me corté el pelo en mi peluquería carísima y me compré un libro de seiscientas páginas (“Tenemos que hablar de Kevin”, de Lionel Shriver. Lo último de Anagrama, para qué lo vamos a negar).

Durante los últimos días, había deseado pasar este fin de semana sola, en algún sitio tranquilo, para poder reflexionar. Este no ha sido (no está siendo) un mal verano, un verano del que me arrepienta o algo parecido. He trabajado mucho, y me hacía falta; me he sentido útil y, como decía en el post anterior, he aprendido muchas delicadas y sutiles lecciones sobre la vida. Pero, durante estos dos meses (desde que abandoné mi bonito piso del Realejo y metí – otra vez – mis pertenencias en cajas), he sentido como si entre mi yo físico (la persona que iba a trabajar, quedaba con J. o salía a tomarse unas cervezas) y lo demás no existiera absolutamente nada. Quiero decir, que de alguna forma era como si lo que antes era mi identidad (mis pensamientos, mis sentimientos, mis elucubraciones) hubiera desaparecido. Ha sido una sensación horrorosa; peor que la angustia, peor que la tristeza. Era un descontrol leve, pero preocupante: durante todo este verano, me he sentido como si intentara dar las curvas con una marcha demasiado larga.

Como decía, quería estar sola. De haber podido, habría reservado plaza en algún retiro tipo Rancho Relaxo y me habría metido allí a dormir todo el día, a comer bien y a dejar, sencillamente, que el gracioso regalo de no hacer nada se deslizara por mis cansados músculos. Al final, no obstante, me había resignado a entrar y salir de casa atravesando la mirada de mi madre y a oír hablar a J. de la inmediata entrega de su próximo proyecto. No se me ocurría dónde ir sin parecer rarita y acabar, al final, atontada por el ritmo monótono de mis propios pensamientos.

Sin embargo, se ve que hay parte de verdad en eso de que el universo conspira para que consigamos lo que queremos. Mi madre se ha ido a casa de mis tíos, mi hermano anda enredado en algún escabroso lío con su ¿ex?novia y no aparece por casa y mi novio está tremendamente ocupado con la mencionada entrega. Así que estoy sola. Me estoy dedicando básicamente a leer. Mi relación con la lectura es tan irregular como muchas de mis otras aficciones, y después de tropezar con “Monte Miseria”, de Shem (que al final he abandonado; ya hace tiempo que soy capaz de dejar los libros a medias), llevaba todo el verano leyendo poquísimo. Durante esos periodos que paso sin leer, olvido lo mucho que me gusta. El libro que estoy leyendo habla de la madre de un asesino de instituto americano: con todo lujo de detalles (¡seiscientas páginas!) explora la relación de la madre con su hijo, desde antes de su embarazo hasta su “sangrienta, mortal epifanía” (palabras textuales de la contraportada), y está bastante bien: me da ganas de escribir.

Me está gustando estar sola. Salgo a ratos con gente, porque tampoco confío tanto en mi propia psique como para dejarla a su bola un fin de semana entero. Pero estar sola en casa es reconfortante, porque todas las huellas que voy dejando son mías: mis platos sucios, mis sábanas revueltas, mi bolso abandonado en mitad del salón. La elocuencia y la inamovilidad de esas huellas, que no cambian a no ser que las cambie yo, me recuerdan que estoy ahí, que estoy viva y que sí que hay alguien entre mi cuerpo y todo lo demás. Y eso, me parece, es exactamente lo que necesitaba.

viernes, 31 de agosto de 2007

Mañana termino de trabajar. Y no es que no me alegre. Hoy dos niños se han quedado encerrados en una clase y, mientras el cerrajero les sacaba, han tirado todo el material por el suelo. Luego una niña se ha hecho caca encima y otra ha vomitado del asco. Por otro lado, si vuelvo a escuchar el disco de canciones infantiles de Maria Elena Walsh, me suicidaré.

Así que sí, me alegro de terminar con este curro.

Sin embargo, hoy, mientras almorzábamos, N. se inventaba adivinanzas y se las contaba a mi compañera B. Adivinanzas bobas, como "adivina, seño, ¿tengo el vaso lleno o vacío? ¿Me he tragado ya la comida o no?". "Hay que ver lo que le gustan a N. las adivinanzas", pensé, distraída, mientras me metía una patata frita en la boca. Después observé a A., a su lado, riéndose con los ojillos entrecerrados, y se me ocurrió que A. es muy seria y siempre sabe lo que quiere, pero de vez en cuando se le nota que sólo tiene cuatro años. "Y a F.", continué, "le encanta coger hormigas con la punta de los dedos y traerlas para que las veamos, mientras él las observa con los enormes ojos almendrados bizcos". Y así seguí, uno por uno, y me di cuenta de que podía decir de cada uno algo distinto, algo que se derivaba no sólo de haberles regañado o de haber cantado el tiburón, sino de haberles conocido.

Y eso me hace sentir que he aprovechado el verano. Saber una pequeña cosa de cada uno de esos veintitantos niños pequeños.

jueves, 23 de agosto de 2007

domingo, 19 de agosto de 2007

Cantimploras vacías, botas limpias

Ya estoy de vuelta. Llevo un rato intentando escribir un post sobre el viaje, pero no me quedaba muy convincente: era uno de esos textos con los verbos en infinitivo, mucho punto y seguido y un montón de pinceladas idílicas y chispeantes sobre lo bien que lo hemos pasado.
Después de pelearme un rato con el teclado, he bajado a tomar un poco de queso que he traído del norte. La casa estaba en penumbra y he tocado un rato el piano mientras pensaba que irse es estupendo, pero volver también está muy bien.
Echo de menos a J., aunque sé que está en su casa, a diez minutos de aquí. Llevamos una semana sin despegarnos, decidiendo juntos en cada momento el siguiente paso a dar, peleándonos por ver o no ver otra dichosa iglesia románica, haciéndonos cariñitos en la tienda. De repente vuelvo a tener autonomía, y es como si me faltase la mitad de algo, o algún tipo de público que escuche y apruebe qué tengo pensado hacer en los minutos siguientes. Sin él hay mucho silencio.
Al final subo y releo el post. Con este viaje, como con tantas cosas, pasa lo de siempre: a mí me parece único y especial, pero sé que si lo escribo aquí, si cuelgo las fotos, quedará reducido a un puñado de anécdotas y a una felicidad como la que puede tener cualquiera.
Y yo no quiero hacerle eso a nuestro viaje.
A lo mejor escribo algo más mañana y cuento algo divertido, como el día en que nos perdimos en un parque natural y acabamos haciendo ocho kilómetros trotando por mitad del bosque húmedo, apartándonos del sendero para esquivar a las vacas. O hablo de la problemática de la sidra asturiana, que hay que bebérsela de golpe y, según J., “no incita a una conversación tranquila”.
Pero el resto creo que me lo voy a reservar.

jueves, 9 de agosto de 2007

Nos vamos

Loado sea el señor: Vacaciones.

Una semana libre en medio del caos infantil.

Para celebrarlo, J. y yo nos vamos de viaje a Cantabria. No sé qué es mejor: si el viaje en sí o poder librarnos de la feria. Que no es que no me guste, pero el año pasado, cuando me vi con mis amigas hippies en el Zona Roja escuchando por centésima vez "El vals del obrero", mientras niñatos de catorce años fumaban porros a mi alrededor, me sentí como Neo en Matrix: "Mire por esa ventana, sra. Matilda: su época ya ha pasado".

Hemos ido a pertrecharnos a Decathlón. Después de dos tardes enteras allí metidos, opinamos que sería mucho más divertido dejar el viaje y quedarnos toda la semana comprando productos marca Quechua. El Decathlon es como el Mercadona del deporte. De mis numerosas adquisiciones, que no voy a detallar porque me da vergüenza el porcentaje de sueldo que me he dejado allí, lo que más me gusta es un gorro rosa chicle que no podré ponerme delante de mis amigas hippies y unas gafas tipo potencia-pa-tu-carro. Con las dos cosas puestas parezco una concursante de Gran Hermano, pero J. opina que estoy monísima, y ya es bastante.

Nuestros planes norteños son: ver piedras (J.), hacer rutas por el campito (yo), ver iglesias (J.) pasear por la playa (yo), hacer surf (J.), intentar que J. no se ponga pesado con el surf (yo), quedar con amiguitos blogueros (ambos) y tomar sopa de sobre a la acogedora luz del lumo (también ambos). En alguna parte retorcida de mi mente, quiero convertir a J. en un montañero, para cumplir mis fantasías infantiles de cuando estaba en los scouts. Aunque él se resiste con bastante firmeza, por fin he logrado que cambie sus zapatos Geox (que respiran tanto que se empapan cuando llueve) por unas botas medio decentes regaladas por mí. De aquí a la G-7 hay un paso :)

No sé cómo nos irá. La madre de J. está muy preocupada. Dice que nos hagamos un planning: que hacerse un planning es muy importante, porque si no vamos a quedarnos sin ver nada y volveremos peleados. Aunque he intentado tranquilizarla respecto a la relación causal entre hacer un planning y romper una relación, yo también tengo mis dudas sobre si nos aguantaremos una semana pegados el uno al otro como lapitas. Espero que sí, porque si no todos nuestros demás planes (descendencia y demás) van a ser un poco complicados.

Si no, siempre nos quedará el Decathlon.

PD: Vuelvo el domingo (no éste, el siguiente). Ya os contaré.

miércoles, 1 de agosto de 2007

Fotos de mis pitufines

Por supuesto, no he colgado yo las fotos. Las ha sacado el ayuntamiento para publicitar lo requetebien que ha ido el proyecto "Educa en Verano", lo maravillosa que es la integración, lo estupendamente que se unen las culturas... A costa, diría yo, del esfuerzo diario de monitores que infracobran y se dejan la piel a diario, y que son (somos) el último eslabón de una jugosa subvención que aún no tengo claro quién se merienda.

Pero bueno, obsérvese que he dejado de llamar a los niños Pequeños Psicópatas para denominarles Pitufines, así que estoy considerablemente más contenta con mi curro :)

En el Aquavelis, adorablemente atontados por el sol.
Haciendo manualidades. Yo recorto papelines con cara de concentración y moño anti-piojos.
Jugando espontáneamente alentados por el fotógrafo. Mi brazo extendido indica dulcemente a D. que haga el favor de volver a su sitio. Está bien porque en la foto no se me ve la vena hinchada.
Momento folclore. Les adoro.
Cantando el Tiburón. Todas las monitoras me odian por introducir en sus cerebros ese invento de satán.

Y ya está, que se me cae la baba.

PD: Prometo escribir sobre otra cosa algún día.

martes, 24 de julio de 2007

El tiburón

Al final de este verano, puede que no haya influido mucho en la vida de los niños a los que doy clase. No sé si quedará algún valor incrustado en sus pequeñas cabecitas, o algún conocimiento del mundo, o alguna regla útil para la vida.

Lo que sí permanecerá es la canción del tiburón.

Dice así:
Tiburón tiburón
tiburón a la vista
bañista
que el tiburón
te va a comer (¡ñam ñam!).
Con mi pellejo
no va a poder.
Salte del agua mujer
vente conmigo a bailar
que el tiburón
te va a comer (¡ñam ñam!).
Ay ay ay ay
que me come el tiburón, mamá (bis)

Todo esto acompañado con gestos apropiados (la regla número uno para una canción infantil es que tenga gestos). Por ejemplo: para hacer el tiburón, juntamos las palmas sobre la cabeza, etc etc.

La canción del tiburón tiene numerosas posibilidades: cantarla en chiquito, en grande, bajito, fuerte, rápido, lento o sólo con gestos. El primer día que la canté, no pareció tener mucho éxito. Al día siguiente, algunos niños la tarareaban tímidamente. Ahora es el éxito del verano: todos los niños de la escuela, incluidos los pequeños aprendices de delincuente de la clase de los mayores, se pasan el día cantando el tiburón. Llegan por la mañana y piden el tiburón. Se van a sus casas cantando el tiburón en brazos de sus sufridos padres. Cuando quiero que se porten bien, les digo que si me hacen caso, cantaremos el tiburón. Mientras comen, dibujan o escuchan un cuento, se les va la olla y se ponen a cantar el tiburón.

El tiburón es el Harry Potter de las canciones infantiles.

Al cabo de una mañana, canto el tiburón unas diez veces. Si en este verano voy a trabajar seis semanas, es decir: treinta días laborables, cuando termine habré cantado esa maldita canción unas trescientas veces.

Entre eso, la ronquera, la terrible ansiedad y la sospecha permanente de que tengo piojos, este verano está siendo una experiencia bastante límite.

domingo, 22 de julio de 2007

Sol

Mi piel es inútil. Además de llevar diez años batallando con el acné, de dejar transparentarse todas mis venas y de llenarse de cardenales al mínimo golpe, es incapaz de ponerse morena.
Para evitar que mis monstruitos se metan conmigo más de lo necesario, hoy he ido a tomar el sol con J. Nos hemos pasado el día en bolingas en una bonita playa nudista de Granada, tomando gazpacho y sandía, jugando con las olas (un poco, que a mí me daban susto) y paseando nuestras respectivas partes colgantes.
Como soy una persona consciente de los riesgos de la deteriorada capa de ozono, he seguido todas las indicaciones del protector solar. No he tomado el sol entre las doce y las cuatro, he usado un filtro adecuado a mi tipo de piel, he renovado con frecuencia la aplicación y blablabla.

Después de mirarme al espejo varias veces a lo largo de la tarde y la noche, he constatado las siguientes mejorías cromáticas en mi piel:
Las partes de mi cuerpo color blanco nuclear (tradicionalmente cubiertas por el bikini) ahora son blanco enfermizo.
Las partes tonalidad blanco-enfermizo (piernas y panza, sobre todo) ahora son color ser humano.
Las partes color ser humano (brazos y escote) son actualmente amarillo simpson.

Dentro de poco culminaré mi ciclo vital natural de relación con el bronceado y concluiré que paso, que total, está lejos de mi alcance, y además mejor, que así no me saldrán manchas ni me convertiré en una vieja pelleja, como todas vosotras zorras-asquerosas-uniformemente-tostadas-al-sol.

Y bailaré sobre tu tumba tras tu melanoma...

(No debería postear a estas horas)

martes, 17 de julio de 2007

La importancia del lóbulo prefrontal

Tengo el cuerpo blandito, blandito, con la glucosa y el ánimo por los suelos. He quedado en el centro y querría no moverme de aquí, pero sé que no es sano: tengo que salir y despejarme.
Mis pequeñines son deliciosamente aleatorios. Son capaces de portarse tan bien como para plantearte la docencia y las familias numerosas, y tan mal como para entender a Herodes y las ligaduras de trompas. No obstante, queda la fascinación. Me fascinan sus caritas que me miran cuando cantamos una canción y las manos haciendo gestos. Diminutos cachorritos humanos hechos para inspirar instinto de protección. Les regañamos, y mucho, pero casi nunca tiene importancia. Quiero decir, que claro que la tiene: no deben pegarse unos a otros, ni subirse a sitios peligrosos, ni meterse en la boca cosas del suelo. Pero un porcentaje enorme de regañinas (siéntate bien, escúchame, cállate, etc. etc.) tiene como única razón ir adiestrándoles para encajar en el mundo que les hemos diseñado. Esta última frase me ha quedado muy de perriflauta de manual. A ver si me explico un poco mejor: es normal que se muevan, es normal que quieran charlar, es normal que si no les apetece escuchar un cuento ahora prefieran coger los juguetes del rincón de la clase y ponerse a su bola. Pero hay que enseñarles que nos pasamos un enorme porcentaje de la vida haciendo cosas que no nos apetece, que esto es así, que es lo que hay.
No es que esté en contra de cómo se enseña. Creedme que estoy aprendiendo que es fundamental que los niños estén mínimamente organizados y controlados: para ellos y para ti. Sólo que a veces querría prepararles una gran burbuja enorme llena de gomaespuma indolora donde pudieran, sencillamente, hacer lo que les apetezca sin herirse a ellos mismos ni a los demás.
(También estaría bien que los mayores dispusiéramos de una gran burbuja así, por otra parte)

viernes, 13 de julio de 2007

Blanco

En el Aquavelis, poniendo crema a los niños.

Yo(tono de voz pedagógico-entusiasta): ¡Anda, mirad a Laura toda cubierta de crema! ¡Está entera blanca! A ver, decidme cosas blancas: blanca como la nieve, como las nubes...

Laura: blanca como tú, seño.

Va a ser que va tocando ir a la playa.

martes, 10 de julio de 2007

La seño Matilda

Después de los exámenes, el espectáculo de danza de la panza (próximamente hit de youtube) y la mudanza, sin transición, me he incorporado a mi trabajo de verano. Soy profe.
La idea de que un trabajo de verano como monitora de niños en riesgo social sería más gratificante y menos machacante que, digamos, trabajar de camarera o de reponedora, surgió de algún lugar de mi mente probablemente enajenado. Hoy, que llevo dos días allí, creo que trabajar de curtidora o de herrera es, probablemente, descansado y feliz al lado de guiar por la vida a la PPP (Pequeña Pandilla de Psicópatas) que nos han encomendado.
Si fueran niños aceptablemente normales, o al menos fueran pocos, o por lo menos tuviéramos espacio y materiales, quizás sería todo un poco más sencillo. El problema es que nos han juntado con lo mejor de cada casa (o de cada clase) y por cada niño razonablemente obediente hay tres que son unos trastos. Encima, son veinticinco metidos toda la mañana en una clase pequeñísima y con la mitad del colegio en obras. Y fresquitos, claro.
De todas formas, no puedo quejarme. Mis niños tienen entre 3 y 5 años, y por mucho que haya que estar todo el día encima de ellos y te digan seño-seño-seño-seño setecientas veces por minuto, tienen aún restos de inocencia y sonrisas luminosas. Además, como cada uno es de un país, parece que estoy en la atracción de "It's a small world" de Disneylandia. Los mayores son pequeños aprendices de delincuentes que se dedican a clavarse lápices y a subirse en los asientos de las excavadoras. Tienen unas miradas de locos salvajes que hasta ahora sólo había visto en mi gato Bandido, que es como una pequeña y bicolor encarnación del Mal.
Mañana vamos al Aquavelis. Tengo espantosas visiones de niños esnucados, ahogados e insolados. Intento desplazarlas de mi mente y pensar en días felices y agua luminosa y refrescante. Ya os contaré.

domingo, 1 de julio de 2007

Ñoñoversario

YO: No tenemos ninguna fecha de aniversario. Quiero un aniversario.
J:
(...)
YO: Porque el señor don miedo-al-compromiso se negó a dejar claro que me amaba hasta vete a saber cuándo.
J: Pues vamos a poner un aniversario. ¿Qué día te gusta?
YO: No sé...
J: Podría ser la fecha de las Jornadas del Balneario, cuando dimos el taller de escritura juntos. Fuimos un equipo. Eso es bonito, ¿no?
YO: Sí, pero... no sé, al final las jornadas no han sido un buen recuerdo para mí. Me decepcionaron un poco.
J: ¿Y el viaje a la Alpujarra? Nuestro primer viaje juntos.
YO: No está mal, pero para eso queda mucho. Yo quiero que sea dentro de poco. Llevo un montón de tiempo aguantándote y quiero un aniversario antes de que te hartes y me dejes para buscarte a ti mismo o vete a saber qué.
J: Hija, pues no sé... eres muy exigente.
YO: A ver... ¿no hay ninguna fecha en concreto en la que me miraras y te dijeras: "la amo"? Ése sería un bonito momento para recordar.
J: No sé, mi amor, ha habido muchos momentos especiales para mí. Cada momento a tu lado es especial.
YO: Vaya, que no te acuerdas.
J: Um...No, lo siento.
YO: Pues yo sí recuerdo un momento en que pensé que te amaba.
J: ¿Sí? ¿Cuál?
YO: Fue el último fin de semana que pasamos juntos en Granada, antes de acabar los exámenes. Tú, yo y la gata en la casa del Albayzín. Fuimos al bar aquél donde todo era rojo y cuadrado para reírnos de los modernos, ¿sabes cuál te digo?
J: Sí.
YO: Nos pusieron de tapa unas patatitas asadas pequeñas, con aceite, ajo y perejil, creo recordar. Estaban buenísimas.
J: ¿Y así te diste cuenta de que me amabas?
YO: Espera, que no he acabado. Era un número par de patatas, y yo me comí todas las que me tocaban. Cuando a ti sólo te quedaba una en el plato, la miré fijamente y pensé: "si parte la patata y me da la mitad, es el hombre de mi vida".
J: ¿Y partí la patata?
YO: Partiste la patata.
J: Menos mal.

(Así que, si a alguien le interesa saber por qué celebraremos el próximo domingo la fecha de nuestro aniversario ñoño, que sepa que es el aniversario del día en que J. se ganó mi corazón partiendo una patata por la mitad)

(Ah, y escribo sobre eso hoy porque no se me ocurre nada más y llevo muchos días sin actualizar).



lunes, 25 de junio de 2007





Cuando era pequeña, mi padre me llevaba a comprar libros y a tomar algo, a pasear y a cenar. Decía que lo pasaba muy bien conmigo, que se sentía muy afortunado de tener una hija como yo. De un tiempo a esta parte, sin embargo, siento que estamos muy lejos el uno del otro. Me da la sensación de que, aunque él ha avanzado mucho en el camino de la vida, no puede ayudarme, porque yo camino justo en la dirección opuesta (o, por lo menos, en una carretera diferente, al otro lado de la bifurcación). Así que últimamente no me gusta mucho quedar con mi padre a solas. Habla en un tono monocorde, gris, con un rictus permanente de pesadumbre y miedo en la cara. Hace tres años le quitaron un melanoma, y creo que esa sacudida de la mortalidad, ese recordar que lleva una fecha de caducidad grabada en el dorso, le ha dejado hundido en una especie de existencialismo mediocre que subsana como puede, entre gintonics, bizcochos de chocolate y colaboraciones con alguna ONG.
Así que apenas tenemos ningún tema de conversación, porque es como hablar con alguien que está mirando continuamente la tele interior de sus negros pensamientos. Los únicos temas de conversación que compartimos son la cocina y la literatura. Cuando no sé qué contarle, le pregunto cómo hace él la paella o qué puedo preparar con salsa de almendras, y entonces se le iluminan un poco los ojos siniestramente parecidos a los míos y puede tirarse siglos explicando cómo descubrió la manera de que el arroz quedara perfecto y a la bechamel no le salieran grumos.
Lo de los libros lo descubrí hace poco. Mi madre decía que mi padre siempre compraba libros muy raros; que leía un trozo de la contraportada y, si le llamaba la atención, se lo llevaba. Yo creía, como siempre, que mi madre tenía razón, así que empecé a leer literatura de adultos por Isabel Allende y Rosamunde Pilcher. Luego me entró el cansancio de lo cursi y el gustillo del realismo sucio, de Carver, de Capote. Leí a John Irving, me enganché a Auster y empecé a querer visitar Estados Unidos para ver de dónde salía esa extrañamente lúcida percepción de las cosas. Y de repente un día mi padre me dijo que le comprara el nuevo de Auster para su cumpleaños, y he ahí que aquellos libros tan raros que compraba mi padre se parecían bastante a lo que yo quería leer. Mi padre, como yo, quiere básicamente entretenerse, engancharse, no ser capaz de dejar el libro ni mientras esperas en la cola de la pescadería. Como yo, él abomina de lo cursi y de los escritores españoles empalagosos (permítaseme generalizar, que éste blog es muy minoritario como para ser políticamente correcta). Desde entonces, intercambiamos libros y le tengo a él como suministro de las novedades que yo no me puedo permitir.
Hace unas semanas le pedí que me comprara un libro: “Este libro te salvará la vida”, de A.M. Homes. Había leído una colección de cuentos de la autora y me había encantado. Mi padre me llamó: “te he comprado el libro, ¿te importa que me lo lea antes y te lo doy cuando vengas a Málaga?”. Casi me había olvidado cuando ayer me entregó la novela antes de que me marchara de su casa tras el almuerzo. “¿Te ha gustado?”, pregunté, y en las décimas de segundo que transcurrieron entre mi pregunta y su respuesta sentí que un montón de cosas que no era capaz de precisar dependían de aquel juicio: no es si a mi padre le gusta o no la novela; es si a Mi padre le gusta la novela que Yo le he recomendado.
“Uf, me ha encantado”, dice él, “la he leído volando”.
Me paso todo el día contentísima. La ha encantado el libro, le ha encantado el libro, tarareo mentalmente, y me muero de ganas de leerlo para confirmar que a mí también, y que es mi padre, que no soy un error genético, que pueden conmovernos las mismas cosas. Así que mientras vuelvo a Granada en el autobús de las nueve leo, primero a la luz mortecina del atardecer en la carretera, luego bajo el frágil foco que hay encima de la cabeza de mi compañero de asiento (el mío no funciona). Hoy estudio y leo, viajo en autobús urbano y leo, tomo un té con hielo a media tarde y leo. Cuando termino de estudiar, me siento en los escalones de la biblioteca y me acabo las últimas cincuenta páginas del libro, engullendo rápido las líneas para que no se me haga de noche.
Me parece que es lo más cerca que he estado de mi padre en mucho tiempo. Y no es un libro intrascendente. Habla de la bondad, de la gente que intenta hacer el bien, de meditación, incluso. Habla de un padre y de su hijo, que hace mucho que no se ven y que a vece no se gustan pero, aun así, se adoran. Es conmovedoramente humana y contenidamente (o a lo mejor no; a lo mejor brutalmente) optimista. Y tiene la ambigüedad extrañamente pura de la literatura norteamericana, que a mí me encanta y a mi padre también.
Ahora, que estoy a punto de irme a dormir con la sensación de plenitud melancólica de haber terminado un buen libro, no sé si alegrarme porque lo mío con mi padre puede tener futuro o entristecerme por conformarme con tan poco.
No me haré la interesante: creo que, en general, estoy contenta.

martes, 19 de junio de 2007




Otra vez ese pensamiento inquietante. Sus padres se separaron, cierto. No se llevaban bien, cierto. Ahora todos han aceptado la situación como adultos civilizados, cierto. Sin embargo, ella está ahí, y es el resultado de cuando ellos sí se querían. Tiene la mitad de los cromosomas de uno y la mitad de otro. Le resulta tan raro pensarlo: ella, como símbolo máximo del amor, como unión de dos seres que no van a poder separarse nunca. Se mira al espejo y ahí están: los ojos de su padre, flotando inquietantemente sobre la boca de su madre, y en medio una nariz que parece suya (porque ella no se la ha visto a nadie más) intentando poner paz. Entonces piensa: si se separaron, si se odian, qué hago yo con mis genes. Hay dos seres viviendo en mí, dos aliens que no pueden llevarse bien, porque son de naturaleza distinta, porque no estaban hechos para estar juntos. Y no puede dejar de pensar eso; y le inquieta, hasta un punto que no sospechaba, la idea de sus dos mitades prisioneras en ella, diariamente enfrentadas, condenadas a entenderse.

viernes, 15 de junio de 2007

Pensamientos que no vienen a cuento inducidos por el estudio, toma I

¿Por qué es tan emocionante recordar la primera cita? Yo a J. le interrogo de vez en cuando sobre la tarde en que el amor (o algo parecido) nos hizo suyos: qué pensó cuando me vio, cuándo decidió que me iba a meter cuello, etc, etc. Es un poco como tener el making off: saber qué había detrás de las cámaras, qué ases se guardaba él en la manga.

Algunos terapeutas de pareja recomiendan revivir el primer encuentro para fomentar la actividad sexual. Yo a veces (no se lo digáis a mi dulce novio) cierro los ojos mientras le beso e intento reproducir la sensación de la primera vez; es complicado, la verdad, porque hasta a besar a una personita fascinante y sensual como es él se acostumbra una, pero a veces lo consigo; por un momento, se corre el velo de la costumbre y de lo conocido, y me parece que me precipito por primera vez hacia sus labios, que extiendo por primera vez las manos bajo su camiseta y aspiro por primera vez su olor a hombre interesante.

¿A qué viene todo esto? Veamos, queridos lectores: una está de exámenes y se ha propuesto no interrumpir su relativamente cotidiana descarga de palabras, pero esto va a ser al precio de que yo me siente cada cierto tiempo en el ordenador de la biblioteca pública y descarge lo primero que se me pase por la cabeza, sin darle demasiadas vueltas y sin pararme a corregir, que si no pierdo el tiempo y se me va a la mañana en darle a la tecla. Y llevo varios días con la sensación de que va a pasar algo y no sé qué es, aturdida y meditabunda como si mis neuronas hubieran decidido ponerse en huelga de celo. Así que quería que mi momento de hoy frente al teclado me recordara algo bonito. Como conocer a J., que fue tan emocionante, tan de novela rosa de puro romántico, que a veces me entran ganas de desconocerle para poder vivir de nuevo lo que sentí al llegar al Lisboa y verle ahí sentado, todo feliz, con esa manera que tiene de andar por la vida como si el mundo le perteneciera o, aún mejor, como si el mundo fuera una extensión de su terraza del Albaycín y él pudiera pararse en cualquier momento a disfrutar de la vista.

Y sin más, vuelvo a la ardua tarea de introducir conocimientos en mi ligeramente desproporcionada cabeza.

miércoles, 13 de junio de 2007

Reflexión matutina inspirada por el café, toma I

Esta mañana, en los diez minutos que han transcurrido entre el sonido del despertador y el momento de levantarme, he soñado con Mariana. Como resultado, he pasado el camino entre mi casa y la biblioteca recordándola y reflexionando sobre la nostalgia. Es curioso, porque a lo largo de mi vida he extrañado a mucha gente, pero a nadie de una forma tan intensa y desproporcionada como a ella, que sólo estuvo seis meses en mi vida y dejó el hueco de alguien a quien has conocido desde siempre.

Creo que echar de menos es uno de los sentimientos más desagradables que existen. Yo empecé con siete años, cuando me mudé de Córdoba a Granada. Me recuerdo a mí misma, toda repelente, mirando la lluvia desde la ventana del autobús escolar y pensando en lo deprimida que estaba (y sí, utilizaba la palabra deprimida) y escribiendo cartas a mis mejores amigas de Córdoba y soñando con extrañas configuraciones de circunstancias que me permitieran volver allí. Luego me adapté a Málaga y pasé la infancia y la adolescencia rodeada básicamente por la misma gente y residiento fundamentalmente en el mismo sitio, hasta que me planté en Barcelona con dieciocho tiernos años; desde entonces, la gente no ha parado de entrar y salir de mi vida a ritmos más o menos dispares.

A echar de menos uno se habitúa, como al clima. La primera vez que me despedí de mi dulce ex novio en la estación de autobuses de Pamplona creí sinceramente que iba a morirme de pena, y me asfixiaba entre lágrimas mirando por la ventana del autobús; la última, creo que simplemente vi desaparecer su perfil larguirucho y lánguido por detrás del tabique del metro y pasé a otra cosa. Ahora creedme que extraño a J. durante la semana, pero como nos pasamos los fines de semana pegados como un chicle a la suela de un zapato, lo llevo relativamente bien. Una de las características de hacerse mayor es ser cada vez más consciente de lo alucinantemente rápido que pasa el tiempo.

Sin embargo, no es lo mismo echar de menos a alguien que sabes que siempre volverá, como J. (con siempre me refiero a un plazo más o menos indefinido que a saber cuánto tiempo nos aguantaremos la Langosta y yo), que extrañar a alguien que ya no va estar más en tu vida, a no ser en forma de email esporádico o de brevísima visita de vacaciones. Como Mariana, por ejemplo: lo que me duele de añorarla es que pasé de compartir habitación con ella a no volver a verla en dos años (y lo que me queda para repetir). Lleida y Granada están muy lejos. O Laura, mi compañera de piso de primero aquí en Granada, que también voló lejísimos en cuanto acabó el curso (a Madrid, a Italia y luego otra vez a Madrid), llevándose sus dibujos animados, sus legañas y sus pepinillos. Creo que no es justo que algunas personas pasen por nuestras vidas como una ráfaga luminosa y cegadora y luego desaparezcan. Algunos dirán que alguien no desaparece si uno no quiere, pero no estoy del todo de acuerdo; la memoria es sabia, el olvido es adaptativo y los huecos que se quedan vacíos los llena otra gente.

Afortunadamente, hay personas que sí parecen quedarse siempre. Yo aún salgo con las mismas amigas que cuando tenía ocho años, y que sigamos siendo una piña compacta y bien avenida me parece un auténtico milagro. Y a lo mejor los que se van lo hacen para preservar en nuestra memoria un recuerdo intacto e intachable. Imaginad si yo hubiera acabado peleándome con Mariana por los platos sucios o el dinero del aceite. Mejor conservarla así, en el formol eficaz de la idealización, y alegrarme cada vez que tenga oportunidad de pasar con ella un día, como hice este septiembre.

Echar de menos en catalán se dice "trobar a faltar": te busco y encuentro que faltas. En castellano, echar en falta es más bien cuando pierdes algo o cuando te lo roban. A veces sí que parece que la vida te roba a personas que tú quieres mantener cerca. Como decía Mafalda, ¿quién se cree que es la vida para hacerle eso a uno? Pero bueno, para qué vamos a lamentarnos. Es lo que hay.

martes, 5 de junio de 2007

El Hada Azul

Mi madrina murió el domingo de resurrección. No sufráis; tenía 90 años. Lo que más me duele de su muerte no es el hecho en sí de que haya desaparecido, sino la manera casi obscena que tuvo de tirar sus últimos treinta años por un desagüe. La conocí sentada en un sofá y la vi por última vez sentada en un sofá. No tenía aficciones, no cosía, no leía, veía la televisión sólo por tener algo donde fijar la vista. Realmente, ocupaba el día en repasar sus tristezas con la barbilla apoyada en la mano, en amasar cuidadosamente sus rencores y en llamar llorando por teléfono a todos aquéllos que aún querían (o debían) ocuparse un poco de ella.
Era buena, pero no era una buena persona, si por buena persona entendemos cumplir más o menos bien con la tarea de ser humano. Era arisca, repetitiva, pesada, culpabilizante como una pesadilla freudiana. Nunca recuerdo que la perspectiva de ir a verla se me haya presentado como algo agradable, y ni siquiera el hecho de que esté muerta va a cambiar eso.
El único recuerdo bonito que tengo de ella es que, en ocasiones, en las largas noches de verano que pasábamos en la terraza de nuestro piso de vacaciones, me recitaba larguísimas poesías que se sabía de cuando era pequeña. Eran poemas de rima un poco burda, pero me embelesaban como cuentos. En sus últimos años, cuando ya no había apenas nada de ella que quisiéramos conservar, nos insistía para que apuntáramos en una libreta todas sus canciones y poesías, para recordarlas “si se le iba la cabeza”. Murió con todas las ideas en su sitio, perfectamente lúcida con casi un siglo de monótona existencia, pero nos faltó el tiempo, así que la libreta apenas tiene rellenas ocho o diez páginas.
Hace unos días me acordé de una de sus poesías, “El Hada Azul”. Va de un hada que baja del cielo y reparte a una mujer de cada una de las naciones de la tierra un precioso don; finalmente, le dice a la española que ella es la mejor y la sube en un trono, o algo así. Infancia de posguerra, qué os voy a contar. Intenté recordarla, pero no me salía entera, así que tecleé en google “El Hada Azul”. 0’13 segundos después, ahí la tenía. Y así mi madrina se fue definitivamente al otro mundo y el vivo siguió comiéndose el bollo de la inmediatez tecnológica.
Como sigamos así, nos vamos a quedar sin nostalgia.

martes, 29 de mayo de 2007

Estamos que nos subimos por las paredes






Dedicado a J., que va a sonreír un montón cuando lo vea.

domingo, 27 de mayo de 2007

Home, sweet home

(Basado en hechos reales)


A la puerta de mi casa
hay un frigorífico
una lavadora y una secadora.
Toman el aire conscientes
de la transitoriedad de las cosas.
En el garaje de mi casa
hay un grafiti enorme
de un duende azul que fuma un porro
en el que pone "Sicario".
La tele de mi casa
se ve en blanco y negro
desde hace meses
sin que nadie haga nada.
Mi madre ofrece a mi novio
yogures caducados.
Mi hermano se ducha
con su novia, y cantan Fito.
Y sobre la repisa del lavabo
antiepilépticos e inhibidores de la MAO
me miran y me dicen
"Tú serás la siguiente".

miércoles, 23 de mayo de 2007

Sobre soñar, dormir y etcétera

En ocasiones me da miedo soñar. No es una afirmación cursi en plan “me da miedo el futuro” o “no sé si soy digna de mis sueños”. Me refiero a soñar por las noches: la fase REM y demás. A veces estoy tumbada en la cama, calentita, descansando por fin al final del día, y me da por pensar que, en unos minutos, me voy a ver inmersa en la primera chorrada que se le ocurra a mi inconsciente. Hoy, por ejemplo, he soñado que engañaba a J. y me sentía culpable cuando le veía. Él estaba como avergonzado, una víctima completa, con la cara ruborizada y los ojos llenos de lágrimas. Yo me miraba al espejo y veía la marca de cinco dedos rojos en mi mejilla derecha, que sangraba por varios sitios. Por alguna extraña razón, esa era la señal de que le había sido infiel*. Después, yo tenía un brazo roto y nadie quería escayolármelo. Daba tumbos por todo el sueño con mi hematoma y mi deformación en el húmero y todo el mundo encontraba excusas para no arreglarlo. Y dolía bastante (¿cómo somos capaces de sentir dolor en los sueños? ¿a qué huelen las cosas que no huelen?).
Entonces me digo: ¿por qué yo, una chica sana y fiel, tengo que pasarme toda la noche lesionada y culpable? Ayer fui buena persona. Cumplí relativamente con mis obligaciones. Me merezco un descanso tranquilo. Así que me planteo si deberíamos poder elegir si soñar o no. En plan: “mira, pues sí, hoy me apetece: hoy quiero averiguar qué me deparan mis aleatorias neuronas”. O “pues esta noche más bien no. Preferiría una tranquilidad aburrida y reparadora, que ya he tenido suficientes emociones”.
Creo que si dejara de soñar, andaría por ahí dando tumbos, despierta y alucinada, y mi cerebro desquiciado encontraría la forma de hacer pasar las imágenes por delante como el cinexit. Puede que escriba un cuento sobre eso, un cuento superoriginal que gane algún concurso.
Otra cosa que me parece injusta de la fisiología humana es que no nos demos cuenta de cuándo dormimos. Decimos “me encanta dormir”, pero realmente no tenemos más que la sensación de relax de justo antes y la sensación, en el mejor de los casos, de haber descansado justo después. Me jode inmensamente que lo que viene nada más acostarse sea levantarse (y, en la gran mayoría de los casos, madrugar). Deberíamos poder dormir conscientemente: disfrutar del descanso, despertarnos varias veces y dejarnos caer otra vez dulcemente en la modorra. A lo mejor con entrenamiento se consigue.
Después de estas reflexiones profundas que van a enriquecer un montón vuestra vida intelectual, me voy a dormir.
PD: Me encanta Grace Paley. Leed a Grace Paley. Me gusta tanto que me da ganas de llorar. Me gusta tanto que me quita las ganas de escribir, porque creo que nunca voy a ser capaz de hacer nada parecido. En fin…

*Querido J.: no me acostaba con el otro tío, sólo nos dábamos unos cuantos besos. Te lo digo para que no te preocupes.