Así que reúnes el valor y lo dices. Me bajo aquí. No quiero esto. No eres tú, soy yo, llámalo equis, pero la cuestión es que voy a pasar. Gracias por los momentos, eres estupendo, cuídate mucho. Que te vaya bien.
La sensación es una mezcla entre tener ganas de vomitar, haber cogido la gripe y que se te agarroten los dedos por las ganas de estrangular a alguien.
El momento llega y se va, como todos los momentos, y marca el principio del montón de horas de después. Del montón de horas que tendrán que pasar antes de que empieces a alegrarte de lo que acabas de hacer.
Y entonces cierras los ojos, vuelves a abrirlos y estás sola. Se te caen unas lágrimas rabiosas mientras te acaricias con suavidad el pelo de la nuca. Aguzas el oído, porque estás segura de que en algún lado vas a poder escucharlos. Los aplausos. Las enhorabuenas. Los vítores.
Pero sólo hay silencio, y el zumbido intermitente de la nevera.
Así que te dices que el valor es un gesto ético y estético. Que debe de haber cierta gloria de andar por casa en elegir la victoria a largo plazo.
Con eso te consuelas.
Y te vas a dormir. Qué otra cosa te queda.