massobreloslunes: julio 2011

domingo, 31 de julio de 2011

19. La cosa está mu mala, o no

Hoy, mientras volvíamos en el coche desde el quinto coño donde me he ido a hacer barranquismo, ha surgido con una amiga el tema de los hombres, las parejas, la soltería y lo chungo que está todo en el mercado de la carne-espíritu. Me da la sensación de que después de cierto tiempo de soltería se adoptan dos actitudes: o la culpa es mía, que no merezco el amor, o la culpa es de "los hombres" o "las mujeres", que no me entienden, que los quieren cabrones, que las quieren tontas o que se echan novias absurdas cuando en realidad deberían estar conmigo.

Personalmente, y después de va para año y medio de soltería, creo que no me posiciono en ninguno de los dos lados. En el de la baja autoestima seguro que no, porque yo soy estupenda. Con mis fallos y tal, pero hay gente mucho más tarada que yo que encuentra a otra gente que le quiera. Ya sabéis que un día de estos le tendré que poner a la moto un sidecar para mi ego, pero qué le vamos a hacer.

En cuanto a "los tíos", pues no sé... es mucho generalizar pensar que les gustan tontas, que tienen miedo al compromiso, que todos los buenos están pillados o que se van quedando calvos a toda velocidad. Reconozco que mi listón está alto, pero también opino que, como leí una vez en un libro, sólo me hace falta uno. Los demás pueden ser unos cabrones insensibles, pero qué me importa a mí el futuro del sexo masculino. Yo sólo quiero uno, y creo positivamente que entre miles de millones de criaturas ese uno tiene que existir.

Así que yo lo atribuyo a la aleatoriedad. Pienso que encontrar pareja dependerá de que mi camino se cruce por puro azar con el de ese chico estupendo. Mientras tanto, procuro hacer mis deberes. Creo que lo único que depende de mí hasta entonces es ser la persona que quiero ser, para darle a ese chico especial la oportunidad de querer todas esas cosas de mí. De amar a mis virtudes en acto, y no en potencia. No puedo hacer mucho más que eso y procurar ser amorosa, abierta y sincera con las personas que me rodean. Y valiente, y dispuesta a arriesgar, y un poquito loca.

Lo demás se lo dejo a la suerte, que hasta ahora, la verdad, conmigo no se ha portado nada mal.

sábado, 30 de julio de 2011

18. Cuerpo

Esto de publicar todos los días es hercúleo, joder. Es heróico. Estoy hecha polvo. He estado escalando (lo sé, otra vez) y no tengo fuerzas ni para teclear. Mañana tengo que levantarme a las seis de la mañana porque me voy a hacer descenso de barrancos. Así que el hecho de abrir blogger y ponerme a escribir algo es como para que toda la Viña se congregara al pie de mi ventana a hacerme la ola.

¿Sabéis, en realidad, de dónde surgió todo este rollo vigoréxico-aventurero que me traigo últimamente? Entre otras cosas, de trabajar en Atención Primaria. Cuando has visto al vigésimoquinto anciano polimedicado arrastrarse trabajosamente desde la sala de espera hasta la silla de la consulta, empiezas a apreciar muchísimo al cuerpo joven que todavía habitas.

Los cuerpos de los ancianos me llaman la atención. Son como una contradicción andante: sus células llenas de señales que dicen que el fin está cada vez más cerca, los músculos y los órganos perdiendo utilidad y función y el cerebro arrugándose despacio dentro del líquido cefalorraquídeo. Y ellos con esa voluntad de vivir, con todas sus células defectuosas empeñadas en seguir adelante. El cuerpo tocando hasta el final como la orquesta del Titanic.

Hoy ha venido a la sierra una mujer con algún tipo de deformación ósea y una pierna considerablemente más corta que la otra. Llevaba un vestido largo de flores y unas botas horribles, una de ellas con un alza de unos quince centímetros. Bajo el vestido se torcían trémulamente unas pantorrillas delgadas. El simple hecho de caminar hasta la zona de escalada le ha costado un horror. Luego se ha sentado todo el día a mirarnos trepar, con un vaso de yogur batido en una mano y un bocadillo en la otra. Hablaba de lo genial que era estar en el campo, de lo estupendo que parecía escalar y de las ganas que tenía de hacer puenting.

Entonces piensas: joder, qué suerte tengo de que mis piernas sean de la misma longitud. Piensas en lo terrible que debe de ser saber que nunca, NUNCA, podrás intentar escalar una pared, ni esquiar, ni montar en bicicleta, ni subir una montaña. Tu cuerpo está en tu contra. En momentos como ese, uno piensa en lo ridículo que es en realidad el Acné del Averno.

Así que bueno, yo qué sé, no escaléis si no queréis, aunque mola, pero usad el cuerpo. Es un regalo con los días contados. Usadlo para divertiros, para que os lleve a lugares alucinantes, para tocar y que os toquen, para saltar, para coger olas, para dar masajes, para tener sexo. Es un instrumento increíble. Está tan bien diseñado. Es tan delicado y tan potente, y responde tan bien cuando se le cuida un poco.

Y en la línea de lo que acabo de decir, voy a usar mi magullado cuerpo para desplazarme a ese lugar llamado cama a dejarme morir.

viernes, 29 de julio de 2011

17. Esa sensación

Le llevaron a urgencias por una ingesta masiva de lepidópteros, también conocidos como mariposas. Había robado la colección de su cuñado (casi cuarenta ejemplares recogidos en viajes por todo el mundo) y se había tragado los insectos uno por uno, teniendo la afortunada precaución de quitar el alfiler primero.

El médico de guardia se las vio y se las deseó para convencer a los familiares de que comerse cuarenta mariposas no era malo.
- ¿No se comen ustedes cuarenta gambas? - pregunto, de forma un poco retórica -. Eso es todo proteína.

Después, sin embargo, retuvo al paciente en la consulta para hacerle unas preguntas. Tenía que descartar depresión, psicosis o intentos autolíticos. Le miró fijamente desde el otro lado del escritorio mientras daba vueltas en la mano a su bolígrafo de propaganda farmacéutica.
- ¿Por qué lo ha hecho? - preguntó.
- Hacía tanto tiempo que no tenía esa sensación... - contestó él, con ojos soñadores.

jueves, 28 de julio de 2011

16. La vida al torro

En escalada hay dos formas de trepar: de primero y al top-rope (en adelante, "torro", porque estamos en Cádiz y aquí se pronuncia así. Hale).

Si tú vas de primero, tienes que ir asegurándote a medida que subes, colocando tus cintas y tu cuerda en las chapas que ya están puestas en la vía. Si vas al torro, la cuerda está colgada de la reunión (la chapa o chapas de arriba del todo) y estás asegurado desde arriba.

Toda esta explicación tiene un sentido, lo juro. Paciencia.

El tema de ir de primero o de ir al torro no tiene que ver con lo que escales o cómo lo hagas. Los pasos son los mismos y la vía es igual. Es un tema puramente de coco y tiene que ver con lo dura que va a ser la caída (o el "vuelo"). Al torro, de hecho, no te caes; te quedas colgado más o menos en el mismo punto donde estabas. De primero te caes/vuelas hasta la última chapa que hayas colocado. Así que cuando vas de primero, la pregunta fundamental no es "¿cómo subo?", sino "¿cuánto daño voy a hacerme si me caigo?". Al torro no tienes ese problema. Vas seguro y tranquilo, te puedes hasta colgar a descansar en un momento dado.

Pienso en las dos formas de escalar y me parece que es un poco como la vida (hale, comparaciones por la cara). Se puede vivir al torro: asegurado, confortable, sin caerse nunca más allá de donde pusiste el último pie. Y se puede vivir de primero, atreviéndote a avanzar un poco a partir del último seguro, arriesgándote a perder pie y a acabar más bajo de lo que empezaste.

En eso pienso cuando me preguntas, risueño, qué podemos perder. Volar un poco, claro. Darnos un susto. Todo depende de dónde hayamos colocado la última cinta. Y yo, la verdad, pienso que escalar de verdad es ir de primero. Vivir de verdad no es vivir al torro. Por eso, desde aquí te digo que paso de que me aseguren desde la reunión, y que aunque no sé muy bien dónde hemos puesto la última cinta, estoy más que dispuesta a pegarme el vuelo.

miércoles, 27 de julio de 2011

15. El mal capilar 2'5: Cortar o no cortar (that is the question)

Hola, queriditos:

Ya os habréis dado cuenta de que llevo sin deleitaros con post sobre mis aventuras en la peluquería desde Enero. Es más o menos el tiempo que hace que no me corto el pelo. Después de un año de "quiero llevar el pelo corto porque yo lo valgo y porque a J. le gustaba mi melena así que ahora que se joda", echo de menos mi pelazo rubio. Echo de menos tardar tres horas en secármelo, tener que echarme sérum en las puntas y dejarlo colgar esplendoroso por mi espalda.

Así que ahora estoy atravesando una época dura: la época de dejarte crecer el pelo.

Mi plan era aguantar con el corte de Enero hasta que tuviera la longitud suficiente para darle forma y que siguiera estando largo. El tema es que no sé si a vosotros os pasa, pero yo tan pronto estoy feliz como una perdiz con mi melena como me da una enorme paranoia y no puedo soportar un día más sin cortarme. Empiezo a sentir cómo mis puntas se abren, mi keratina se degenera, mi melena se abomba y me empiezo a parecer a Melanie Griffith en los ochenta.

Así que ahora tengo una disyuntiva mortal sobre si ir o no a la peluquería. ¿Por qué? Pues porque de todas las frases que no entienden las peluqueras malignas de este mundo, la más universal es, sin duda, la siguiente:

"De largo córtame MUY poco".

No importa cuánto subrayes la palabra "muy". No importa cómo de juntos coloques los deditos para expresar lo corta que debe ser la longitud. Ellas te quitarán un cacho gigante, que en jerga peluqueril se conoce eufemísticamente como "dos dedos". Porque, amigas, las peluqueras del mundo tienen una misión:

SANEAR PUNTAS.

No importa que el pelo, de por sí, sean células muertas que ni sienten ni padecen. Ellas quieren saneártelo. Quieren que te crezca fuerte y brillante para así tener más material con el que hacerte sus cortes del Averno. Creo que igual que a mí me puede torturar que un paciente sufra o no saber cómo ayudarle, las peluqueras dan vueltas por las noches en su cama pensando que le han cortado a alguien demasiado poco y que su pelo no está saneado.

Total, que vivo sin vivir en mí, lectores. ¿Aguantar con esta sensación de continuo cardado hasta que mi melena crezca lo bastante? ¿Ir a la peluquería y que me dejen estupenda de mona pero en el mismo punto de longitud que hace seis meses? Esto no sería tan grave si mi pelo creciera más rápido, pero por la velocidad a la que me crece, debo de estar casi muerta.

Menos mal que el flequillo venganza creció y fue recortado por mis tijeras de manera mucho más aceptable para la sociedad, y menos mal que es verano y todas las mujeres gaditanas andamos con una variante de fregona desteñida por melena. En realidad, no creo que aguante mucho más sin ir a la peluquería, por mucho que me aberren las limitaciones cognitivas de las peluqueras. Acabaré cayendo, sentándome en ese sillón de Satán, acumulando adrenalina mientras finjo leer la Cuore y yéndome con el cuero cabelludo dolorido y sensación de incomprensión.

Supongo que para presumir, hay que sufrir.


Nota: Este post se lo dedico a IA. Porque si no fuera gracias a las peluqueras del Averno, quizá yo no estaría gastando los minutos de mi tarifa plana a esta velocidad. Les voy a tener que estar hasta agradecida.

martes, 26 de julio de 2011

14. Algo

No sé qué escribir hoy. Estoy tan poco inspirada que me he puesto mi vestido nuevo de Desigual para ver si se me ocurre algo, porque me queda estupendo y tiene muchos colorines. MQEN dice que me da aspecto de psicóloga excéntrica. Lo cierto es que la otra noche me lo puse y un paciente me vio por la calle y no me saludó.

Así que aquí estoy, sentada frente a la mesa del salón, con un vestido ajustado de colores, unos pendientes de plata, unas chanclas verdes del chino y las uñas de los pies pintadas de color coral. Sintiéndome el ser más mongolo de la creación, que conste. Si yo no quiero escribir. Si yo quiero dormir o comer chocolate.

Me levanto, me tumbo en el sofá chaiselonguero, me miro los pies y las piernas. Debería depilarme, pienso, pero es que estoy llena de arañazos de escaladora. Mi rodilla derecha lleva cambiando de color un mes. En cuanto sale de un moratón, la meto en otro. Lo bueno es que hace juego con mi vestido de Desigual.

Vuelvo al ordenador como si me estuvieran apuntando con un arma. ¡Quiero dormir! Hoy he tenido una ración extra de sol y poniente en las orejas que me ha dejado lista. Uno de esos días de marea baja y playa kilométrica, de colocar la silla en la arena húmeda y mirar cómo se refleja el sol en los charcos que han quedado en la orilla. De pequeña no me gustaba la playa, pero creo que era porque a mi padre tampoco le gustaba y porque siempre he sido una niña friolera e hipoactiva. Ahora cada vez me gusta más. Me relaja mucho no tener por qué hacer nada.

No puedo sacar mucho más que esto. Estaría bien ser capaz de escribir entradas cortitas e ingeniosas o, en su defecto, poder echarse aloe vera en el cerebro. O llegar aquí con algo más que voluntad: con ideas, pensamientos, la lección estudiada. Dicen que el bloqueo no es sino el vacío, y así me siento yo hoy. O quizá no; quizá estoy llena de cosas y no quiero compartirlas todas. Quién sabe. En cualquier caso, el vestido de Desigual da un montón de calor, se me caen los parpaditos por debajo de las gafas y nadie está siempre a la altura de sus propias expectativas.

Menos mal que mi vestido mola tela ;)



Nota: sí, la pose es un poco "porqueyolovalgo" y sí, tuerzo un poco la cabeza para lucir cuello. Pero qué pasa, es mi blog y salir mona es lo mínimo que se despacha.

lunes, 25 de julio de 2011

13. Breves

Me quedan tres semanas para las vacaciones, ¡tres! Prometen ser relajadas, agradables y gratificantes. Y mis vacaciones también prometen genialidad, aunque aún tengo que perfilar los detalles.

Está haciendo un verano fabuloso en Cádiz. Poco levante y muchas tardes maravillosas de poniente fresquito para ponerse junto al mar en la silla. El agua está espectacular de buena y yo estoy más morena que en toda mi vida (o quizá "menos blanca" sea la expresión que busco).

Me encuentro tan relajada y feliz que me pregunto si no tendré alguna enfermedad cerebral. Si me viera House diría "pero si ésta es una neurótica, ¡la felicidad es un síntoma!".

Conseguí ordenar y limpiar mi casa. Luego la desordené y ensucié otra vez, y ahora estoy en el mismo punto que al principio. ¿Alguien sabe trucos para que te guste limpiar? ¿Cantar como Mary Poppins, a lo mejor?

No voy a decirlo muy alto, pero quizá (sólo quizá) haya encontrado la solución dietética al Acné del Averno. Pero ya os digo que prefiero no contar nada para no gafarlo. Si la cosa sigue bien, seréis los primeros en enteraros. De propina, me he librado de las lorzas que venía acumulando desde que empecé con el rollo "gano dinero, voy a gastármelo en comida". ¡Viva yo!

Siguen pasando cosas bonitas, sigo conociendo a gente linda y a ratos me miro las manos por si todo esto es un sueño lúcido muy conseguido.

¡Ah! Y busco coche de segunda mano. No muy grande, que cueste entre 3000 y 4000 euros, preferentemente diesel y de un color mono.

Hale, a dormir (o a no dormir, según se dé la noche).

domingo, 24 de julio de 2011

12. Post muy largo e incoherente sobre mi fin de semana. Allá vosotros



Supongo que pasará con todo, pero en la escritura hay una diferencia fundamental entre escribir a gusto, con convicción, disfrutando del proceso y oyendo encantada el ruidito de las teclas, o escribir despacio, encajando una frase detrás de la otra con esfuerzo sobrehumano y más bien poco contenta con el resultado. Escribiendo del modo B se pueden sacar textos, sobre todo si tienes práctica y no se te da mal esto, pero cuando noto que lo estoy haciendo así suelo borrar el post entero y empezar de nuevo. Suele ser una cuestión de estructura o de punto de vista, y lo suele resolver arrancando de otra forma totalmente distinta y dándome permiso para escribir chorradas gigantes.

No sé si la gente puede disfrutar algo que yo no he disfrutado escribiendo. Igual sí; sería muy egocéntrico pensar que mi propio disfrute es condición necesaria para el de los demás. Aun así, hay algo en esos post construidos con sudor y sangre que me resulta ajeno y acartonado, y por eso casi todos acaban el la carpeta de borradores. Me ha pasado con la versión anterior de éste, y como no me gusta escribir como el que exprime a una vaca moribunda, he vuelto a empezar.

La cosa es que me mola escalar muchísimo. ¿Lo he dicho ya? Creo que mi entorno está un poco extrañado de esta nueva afición mía. Mi padre, el pobre, cada vez que le digo que he estado escalando me dice "ten cuidado, no te vayas a caer, que tú eres muy torpe... muy lista con la cabeza, pero muy torpe con las manos". Tócate los pies. ¡Yo no soy torpe! Dibujo bien, toco instrumentos mal pero con cierta solvencia y también tengo habilidad en otras cosas manuales que no incluiré aquí porque no está bonito.

Aunque no lo parezca, procuro contenerme al escribir sobre escalar, porque es como cuando conoces a alguien o empiezas a enamorarte: todo te parece fabuloso, pero en realidad no sabes cómo va a acabar la cosa, así que procuras mantener los pies en el suelo hasta que no tienes las ideas un poco más claras (curiosamente, con la escalada mejor no mantener los pies en el suelo, porque entonces vas listo. Jejejej, juego de palabras).

Pero de vez en cuando se lo tienes que decir a alguien. Estoy TAN enamorada. O escalar me gusta TANTO. Empiezas con alguien y todo el tiempo que pasas con esa persona te parece poco. Yo me quito la cuerda y ya estoy loca por ponérmela otra vez. De esa persona te parece adorable hasta la forma que tiene de rascarse la nariz. De escalar me gusta ir al campo, me gusta ir con gente, me gusta que te aseguren y asegurar tú. Asegurar es bonito: mola que pongan en ti toda esa confianza. Me gusta el respeto que hay en general por el que está arriba peleándose con la piedra. Me gustan las palabras de ánimo desde abajo. Me gusta estar arriba y encontrar por fin la manera de subir un poco más, porque eres capaz de percibir cómo está tu cuerpo, la relación entre tus fuerza, el equilibrio y el tamaño del agarre.

He estado estupendamente a gusto este fin de semana en Bolonia. Aunque he escalado menos de lo que querría, claro, pero quién no. Quién no se marcha de la cama de su enamorado como si le estuvieran arrancando por la fuerza. La zona es preciosa: las rocas están rodeadas de árboles y se alzan sobre una extensión de colinas y campos que terminan junto al mar. Desde la roca se ve la forma de las olas: lar cortitas, picadas y peleonas del levante; las largas, remolonas y cuasi-sensuales del poniente.

Cuando estoy en el campo me relajo. Me dan igual la mugre, los bichos, dormir en la tienda con la cadera clavándose contra el suelo y recordándome que ya no estoy en los scouts ni tengo doce años. Atardece despacio. No te pasa eso que ocurre en la ciudad, de estar de repente en una habitación viendo la tele o trabajando, y mirar al exterior y darte cuenta de que ha anochecido. Puedes sentir cómo las sombras se alargan, la luz se vuelve cada vez más mortecina y a ti te entra una nostalgia dulce de pensar que ya no habrá más día hasta mañana.

Por la noche hablo por teléfono con llamémosle interlocutor adorable (IA), un personaje de reciente aparición en mi existencia del que no voy a decir mucho más, salvo que es adorable y punto. Me alejo del grupo y camino a tientas por entre las piedras. La oscuridad no me da ningún miedo; casi me parece peor el cerco de luz tramposo de la linterna, que te deslumbra y te impide adaptarte a la poca claridad que den la luna o las estrellas. Esta visión tan poética ha estado a punto de costarme un tobillo en alguna ocasión, pero me da un poco igual.

Termina la conversación con IA y me quedo sentada en el suelo, y después me tumbo en la hojarasca con las manos hundidas en la tierra. Pienso vagamente que podría haber algún bicho muerto o (más plausible) algún clinex sucio bajo mi espalda, pero me da igual. No me importan ni el frío, ni la piedra que se me está clavando en las costillas ni las hormigas que empiezan a subirme por las piernas. Hay incluso algo de agradable en esa sensación de estar siendo fagocitada por el suelo, como si las hojas y los bichos me estuvieran acogiendo. Estoy tan tranquilita y tan zen. No sé si será por haber escalado, por IA o por mi momento campestre, pero en este instante podría morirme aquí, comida por las hormigas o apuñalada por algún asesino rural y loco, y me daría igual.

Me están saliendo hasta musculitos, que lo sepáis. Yo pensaba que entre el hombro y el codo sólo tenía piel y grasilla, pero resulta que no. Me siento ágil y dueña de mis extremidades. Me fascina todo lo que me queda por conocer de este deporte, y me encanta sentir que es muchísimo y que me puede acompañar un montón de tiempo. Espero que esto no se tuerza, igual que una espera con optimismo que una relación no se joda nada más empezar. Pero en los comienzos hay que tener fe. Realismo, sí, y a cabeza en su sitio para no pegarse un batacazo real o figurado, pero también un soplo de fe. El aliento que necesitan las cosas hermosas para estar vivas. El optimismo necesario para decidir levantar los pies del suelo.

sábado, 23 de julio de 2011

11. Vida.

Tenía preparada una mini entrada muy ocurrente sobre mi epitafio perfecto. Pero qué va, paso. Me da mal rollo. No quiero morirme; no ahora. Así que pensad en mí, que esta noche estaré durmiendo en Bolonia, al abrigo del viento de poniente dentro de mi tienda Quechua. Pensad en mí trepando, bañándome en la playa, tomando el sol y sonriendo todo el rato. Morid de envidia, o no, porque quizá también vosotros estéis haciendo cosas bonitas. Y esperad a mañana, que prometo escribir más.

viernes, 22 de julio de 2011

10. Aquí/así vivo yo

Alguien me pidió hace un tiempo que comprobara cuántos de estos propósitos había cumplido. En lugar de eso, voy a hablaros de mi casa tal y como es, sin compararla con ninguna casa ideal. Porque las casas ideales, como las personas ideales, no existen.

Mi casa es fabulosa de principio a fin. Es pequeña, pero yo también, así que nos entendemos. El salón está pintado en burdeos y verde, que cualquiera diría que vaya horror de combinación de colores. Pues qué va: quedan de puta madre, porque mi casa es cien por cien luminosa y ni los colores más oscuros del mundo consiguen apagarla. Por el balcón se ven tejados blancos gaditanos, sucios de humedad y de viento, y como delante no tiene ningún edificio le da el sol toda la tarde. Por eso en verano es un hornito, pero a mí no me importa, porque enciendo el aire acondicionado y me abstraigo o, mejor aún, agarro la silla de playa y me voy a tirarme al sol a Cortadura.

Lo que más me gusta de mi casa, 1: el sofá. Ya hablé de él en el post de las siestas. Es el sofá perfecto, porque tiene chaise longue para leer, y cuando te echas la siesta en la parte no chaiselonguera puedes extender la almohada por la parte chaise longue y no se cae al suelo. Es blandito y amplio, y como soy pequeña quepo estirada de sobra. Y no hay nada como siestear en el sofá sabiendo que nadie va a interrumpirte.

La cocina es un armario. Verídico. Se abre y se cierra y es diminuta. Tiene dos fuegos, un fregadero de un seno (jijiji ha dicho seno), una mininevera y una mesita auxiliar que parece una tabla de planchar. Lo bueno es que desde que hago paleodieta ya no cocino tanto y mis hábitos están más bien simplificados (fríete algo y aliña algo), así que con mi cocina-armario me basta y sobra. Además, tiene el modo negación: cuando no quiero asimilar que tengo platos sucios desde ayer, cierro el armario y hala: ya no hay cocina. Y yo puedo dormir la siesta en mi sofá chaiselonguero.

Además de la mininevera, que lleno de botellas de agua para que no me falte agua fresquita en verano, también tengo una nevera grande con frigopoesía pegada. El paraíso es no tener que compartir la nevera con nadie, que lo sepáis.

Luego está la despensa, que se organiza por estratos. En los estratos más oscuros tenemos aquello que estaba aquí antes de que yo llegara, y que no tengo claro lo que es. Recipientes extraños, insecticidas contra insectos desconocidos, botes de pintura burdeos y verde. Luego están los estratos de comida no-paleo y comida regalada por el Carrefour cuando le dio por regalar comida y la chica de la caja me obligaba a llevármela. Si alguien quiere un kilo de galletas María, por favor, que se ponga en contacto conmigo. Mi despensa es uno de esos lugares de mi casa que siempre digo que ordenaré y nunca ordeno. Como el altillo de mi armario, por ejemplo.

El baño es pequeñito, lo cual está bien porque se limpia en un plis. Cada dos meses o así me da la neura de que tengo demasiados potingues acumulados y tiro la mitad. Aun así, no me resisto a comprar porquerías nuevas en el Carrefour cada vez que voy, y acabo con los cajones llenos de guarradas que no uso nunca, tipo keratina y exfoliantes para la cara que no puedo ni oler. En la ducha tengo un surtido de geles que voy alternando según el estado de ánimo. Si me siento ni fu ni fa, pues un gel super soso de Sanex y un champú chungo Pantene, ambos transparentes. Son sosos hasta en el color. Que estoy depresiva y/o muy animada, pues un gel de Lush que huele a jazmín como si te hubieras revolcado en una biznaga gigante, un champú que es como lavarse con zumo de naranja y mola mil, o un exfoliante de vainilla que rasca mucho pero huele genial.

El dormitorio está pintado de un celeste un poco intensito, para mi gusto. Hace poco que le compré sábanas de adulta a la cama, muy suaves y con rayas de color pastel. Mi cama es lo segundo que más me gusta de mi casa. Es sencillamente perfecta. Está completamente firme, no le suenan los muelles y es gigante y toda para mí. Me permite hacer la X y cambiar saludablemente de posición toda la noche. Mi cuarto es como el cuarto de los niños de los Simpson después de que Sherry Bobbins limpie: si respiras, todos los trastos que tengo guardados en sitios semiocultos saltarán y devorarán el poco espacio que quede libre.

Me olvidaba de la terraza. En ella está el tendedero, que siempre tiene ropa porque soy una floja y odio recogerla, y mis tres plantas, que después de pasar un glorioso invierno bajo la lluvia ahora se mueren de inanición porque me olvido de regarlas. Son una albahaca, una hierbabuena y un geranio (puedo comerme dos de tres, es un buen porcentaje). Me gustaría ser una persona capaz de cuidar las plantas, pero no lo soy, qué le vamos a hacer. Puedo fantasear con que algún día tendré un huerto, pero teniendo en cuenta que soy la única persona del planeta que fue capaz de matar de sed un cactus, no creo que eso suceda nunca.

Me encanta mi casa. Me encanta y me encanta, y a veces cuando me voy a trabajar le doy besitos y le digo que volveré pronto, que no se preocupe. La cuido poco, en el sentido de que la desordeno mucho y limpio lo justo, pero creo que ella me comprende, a mí y a mi atolondramiento perpetuo. Siempre está dispuesta a poner la cocina en modo negación y acogerme en el sofá, o a que haga un hueco en la mesa del salón, coloque el portátil entre un montón de objetos raros y me ponga a escribir.

Para terminar, he seleccionado algunas fotos que hice en mi casa cuando estaba aprendiendo a manejar la reflex. No son gran cosa como fotos en sí, pero espero que al menos os hagáis una idea.


Mi sofá el día que me puse reyes a mí misma.


Frigopoesía.


A veces compro flores. En verano no, porque se pochan.


Haciendo el monguer en el sofá con las exposiciones largas. Creo que una de las Marinas soy yo y la otra es mi ego monstruoso.


Mañanas de paleodesayuno y Anatomía de Grey en el portátil.


El interior de la cocina armario. La taza de la vaca es mi favorita.


Secando calcetines y leyendo a Harold Brodkey.


Mis plantas, esplendorosas cuando el cielo se encargaba de regarlas por mí.


Una de mis estanterías. Juro que el libro de Shopaholic no es mío.


Sofá, Anagrama y mantita. Nostalgias invernales.


Mi guitarra. Normalmente está en su funda, pero así quedaba más molona.


Cielos de Cádiz desde mi ventana.


Recuerdo cuando soñaba con tener mi casita durante la carrera. Con no tener que aguantar fiestas Erasmus, con no encontrarme la lavadora ocupada cuando reunía el valor para poner una, con que el Húngaro no me robara los huevos cuando yo no miraba. Con escribir en el salón sin que me interrumpiera nadie y dormir la siesta en el sofá ídem. A veces echo de menos vivir con gente, pero en general estoy estupendamente bien aquí. Los sueños se van cumpliendo poco a poco, que lo sepáis.

PD: En realidad, he cumplido bastantes propósitos.
PD2: Este post es largo y con fotos porque el de mañana va a ser muy corto. Avisados estáis.

jueves, 21 de julio de 2011

9. Encuentro inesperado

Estoy sentada en mi cuarto de estar, con los antebrazos doloridos y los dedos despellejados, incrédula y sonriente. A Santiago Segura le preguntaron después de estrenar Torrente que si estaba preparado para el éxito que había supuesto la película. Él contestó que por supuesto que estaba preparado para el éxito; para lo que no estaba preparado era para el fracaso.

Así que yo no estoy preparada para la soledad ni para el sufrimiento. Estoy preparada para conocer a personas como tú. Estoy preparada para la felicidad y diseñada para vivir como vivo últimamente, agradecida y sorprendida a cada momento por la de cosas buenas y bonitas que me están pasando. Por poder escribir aquí todos los días y tener las palabras suficientes para hacerlo. Por poder agrandar los momentos para que todos quepamos en ellos. Por escalar, por las heridas, por el dolor en los antebrazos.

Hoy he ido otra vez al roco, ¿sabes? Bueno, claro que lo sabes, te lo he contado al volver, mientras daba vueltas por mi casa espídica y entusiasmada, con el móvil en una mano y el yogur en la otra. Nunca he sido deportista. En las clases de educación física del cole había dos grupos: uno de niños que jugaban al fútbol y otro de niñas que jugaban al mate. Yo me iba con las niñas y jugaba mal. Ahora resulta que voy al roco con tíos musculosos y ágiles, y de verdad de verdad que no lo hago por ver si pillo cacho, sino porque me gusta un montón. Y estoy ahí con los gatos puestos, cubierta de magnesio, gritando cuando me caigo en los colchones y pensando: quién me ha visto y quién me ve. Subiéndome a la pared sin miedo aunque ella se empeñe en escupirme.

Y hoy hablo contigo y me sorprende la frescura de tu voz al otro lado del teléfono, me sorprende que no se te acabe la conversación y esa mezcla encantadora entre sinceridad y timidez. Me dan ganas de decirte: vámonos por ahí, joder, me cojo las vacaciones MAÑANA (y sí, en mi mente son mayúsculas) y me llevas al Naranjo de Bulnes o a donde sea. Para eso sí estoy preparada. Para lo que no estoy preparada es para pasar los días adormecida en la consulta del médico de cabecera, sin saber cómo sentarme en la silla, mientras el sol hace su recorrido detrás de las ventanas sin que yo pueda verlo.

Pero va, también estoy agradecida por eso, porque atención primaria es entretenido y salgo prontito, y al fin y al cabo me gusta mi trabajo aunque sea entre cuatro paredes, y después puedo ir y venir en mi moto y pasarme las tardes en la playa en completa holgura craneal, mientras escucho música, o leo un libro, o charlo contigo sobre acosadoras virtuales y traumas infantiles con la natación.

Así que bueno, este post es todo inconexión, pero qué quieres que te diga: es tarde y sólo he cenado un yogur. Además, en realidad no es más que una excusa. Sólo quería darte los buenos días.

miércoles, 20 de julio de 2011

8. Mis vacaciones ideales (sé que parece el título de una redacción del cole)



Primero me voy una semana al Caribe, a un hotel de estos de pulserita con todo incluido. Me paso el día en la playa en un estado de absoluta holgura craneal. Voy con amigos de confianza, preferentemente el tipo de amigos que te deja tu espacio y que no se molesta si quieres pasarte el día leyendo o dormitando. Tengo una aventura breve pero intensa con un monitor de actividades que no está demasiado moreno ni demasiado petado, y que me lleva a ver el atardecer sobre el mar desde acantilados especiales y secretos. Como ensaladas ricas y frutas tropicales en un bufé que compensa su poca calidad con su mucha variedad y con la espléndida sensación de creerte que estás comiendo gratis. Estoy tan relajada que mi cerebro debe de tener la consistencia de una medusa.

Después voy a Málaga unas cuantas semanas, las suficientes como para sentir que tengo unos años menos y estoy de vacaciones universitarias. Me paso el día entre el Balneario, la casa de Metemary, el Café con Libros y calle Granada. Visito a mi amiga Julia y nos echamos las cartas de Osho, medito con MQEN y cenamos en el vegetariano de la Merced, me echo una cerveza con el Señor K. porque nuestro contrato de ciber-amistad establece que debemos vernos en persona una vez cada dos años, mínimo. Voy a ver a mis tías a Torre del Mar y me ceban a pescaíto frito y leche con sirope de fresa. Me voy con mi primo de fiesta y me emborracho, porque es a la única persona del mundo a la que no le sé decir que no bebo alcohol. Me gasto la paga extra en esmaltes de uña de Kiko, libros raros de la FNAC, guarradas olorosas de Lush y demás productos exóticos que no puedo encontrar en Cádiz. Voy con las niñas al Elementus a oír flamenco y comer tapas ricas. Le toco a Elsa la panzota de ocho meses y pongo la oreja para ver si escucho cómo nada Tahira en su casita submarina.

Después me voy a Dhamma Neru, porque ya me vale, que no medito desde que era chica. Hago un curso sentada y después sirvo unos días, a ver si consigo inyectar en mi cerebro algo parecido a la firme determinación. Aprovecho que estoy allí y me quedo unos días en Barcelona visitando a la gente que conocí en el último curso y a la que seguro habré conocido en éste. Vagabundeo por la ciudad ardiendo, visito el Parc Guell y el de la Ciutatella, desayuno pa amb tomaquet todos los días a pesar de la paleodieta.

Luego paso unos días en el campo, preferentemente en los Pirineos, aunque no tengo muy claro cómo ni con quién. Lo que sé es que camino, escalo, me baño en las pozas y duermo al raso. Mi acompañante o mis acompañantes son gente maja, sencilla y con buen humor, gente física y bronceada que no saben que yo en realidad soy una gafapasta y tengo un blog donde me las doy de interesante. Quizá conozca a algún chico majete, un chulazo moreno que me asegure en vías facilitas para que vaya de primer y luego monte vías chungas para inspirarme deseos muy sucios mientras le veo trepar sin camiseta.

Por último, vuelvo a Cádiz. Paso los últimos días de vacaciones durmiendo hasta tarde, meditando, leyendo y tostándome en Cortadura. Compro salmón fresco en el mercado y me lo como a la plancha con ensalada de aguacate y gazpacho, mientras asomo los pies desnudos por el balcón abierto. Paseo por el Baluarte de la Candelaria cuando anochece y observo cómo choca el agua del mar contra los muros, y luego vuelvo a casa, olfateando la dama de noche a través de las verjas cerradas del Parque Genovés. Cuando llego a casa entra el vientecito de poniente por la ventana y se escuchan amortiguados los sonidos de la calle, y yo paso lo que queda de día escribiendo, charlando por el facebook de chorradas, canturreando a todo volumen música hortera en el spotify y tocando la guitarra. Luego me tumbo en mi cama de matrimonio, hago la X justo en el centro, y cuando me he hartado de mantener una postura que uso básicamente para expresar lo mucho que me gusta dormir sola, me giro a un lado, me acurruco sobre las manos juntas y me duermo escuchando (ya lo sabéis) cómo el viento toca los edificios con su sonido de flauta monstruosa.

(Ahora acepto sugerencias sobre qué hacer con mis reales y escasos veintiséis días de vacaciones. Snif, snif.)

martes, 19 de julio de 2011

7. Sueño

Últimamente sueño con chicos que hablen poco. Sueño con un tío sano, alegre y buena persona, que me acepte como soy y que no quiera que rellene sus expectativas como si fuese masa en el molde de su mente. Sueño con poder llevar junto a alguien vidas paralelas, como Frida Kalho y Diego Rivera en sus casas comunicadas por un puente. Sueño con un compañero de cordada que me asegure desde el suelo mientras yo trepo, de forma literal y metafórica. Sueño con echarme un amante entre semana y tener los fines de semana para mí. O viceversa. Sueño con que me miren y me vean, y también con polvos estrambóticos en sitios inesperados. Sueño con chicos guapos, claro. Puestos a soñar.

lunes, 18 de julio de 2011

6. La inutilidad laboral

Hoy ha vuelto a mi consulta el chico de la alopecia. El dermatólogo le ha mandado un montón de lociones y pastillas, trankimazin incluído, y le ha dicho que se rape. Ahora se le ven todas las calvas y no quiere salir de su casa.

La consulta de hoy ha sido extraña. Él estaba cabreado con el mundo, y yo creo que me encontraba demasiado sobrepasada por la empatía como para servir de algo. Además, tengo los músculos y la mente un poco trillados después de escalar todo el fin de semana, y en realidad no quería más que irme a casa a cenar una tortilla de ibuprofenos.

Intentaba pensar a toda velocidad qué podía decirle que le sirviera de algo. ¿Qué me habría servido a mí en los primeros tiempos del Acné del Averno?

1) Aléjate de los dermatólogos como de una plaga de escorpiones. Son unos inútiles que sólo tratan síntomas sin buscar causas.
2) Tienes derecho a pasarlo mal y a cabrearte. Que "sólo" sea un problema estético no quiere decir que no vaya a hacerte sufrir.
3) Es tu problema, y es tu responsabilidad. Te ha tocado esto como podía haberte tocado otra cosa y es una putada, pero ahora eres tú quien se tiene que hacer cargo.
4) Entiendo tu dolor.

He omitido 1) porque a lo mejor dan con la solución para el pobre chaval. 2) y 4) creo que quedan bien, pero me da la impresión de que 3) le ha deprimido un poco. Mola ser una víctima cuando tienes dieciséis años. Mola pensar que si sólo tuvieras una piel mejor o un pelo lustroso, tu vida se arreglaría. Y mola tener la esperanza de que en algún lugar de la tierra hay alguien que te va a coger tiernamente en sus brazos y te lo va a arreglar todo.

Al final me he sentido inútil por varias razones. Porque no es mi problema, sino el suyo, y no puedo tratarle como si me estuviera tratando a mí. Porque no puedo pedirle al chaval que se sobreponga cuando yo le saco diez años y una carrera de psicología y todavía hay días en que el estado de mi piel es lo único en que pienso. Porque por mucho que yo quiera comunicarle algo de lo que he aprendido, en realidad él tendrá que aprenderlo por sí mismo, y no sirve de nada que yo intente inyectarle en el cerebro sabiduría de enferma crónica en media hora de consulta. Ha sido muy frustrante.

No sé si se ha ido peor de lo que llegó o si algo de lo que le he dicho resonará en su cabeza en algún momento. Espero que sea capaz de sacar el suficiente valor como para no pasarse el resto del verano sin ir a la playa, que asuma su responsabilidad y que intente hacer en casa los ejercicios de relajación. Pero sobre todo, de verdad de verdad, espero que le funcionen los corticoides y el minoxidilo, que le crezca una cabellera larga y espesa y que no tenga que preocuparse por estas chorradas dermoexistenciales nunca jamás.

domingo, 17 de julio de 2011

5. Todos los otros libros

Cuando no me gusta un libro sufro. Mis niveles basales de felicidad en un periodo de tiempo dado (por ejemplo, una semana) tienen mucho que ver con el libro que estoy leyendo. Con un buen libro no estás solo. Con un buen libro nunca te aburres. Con un buen libro la vida adquiere colores, texturas e incluso algo que se parece mínimamente a un sentido. Para mí leer un mal libro es como hacer dieta: me invade una sensación persistente y molesta de miseria espiritual y de ansia por algo que no sé definir bien. Y termino triste y comiendo mucho chocolate.

Normalmente un mal libro tiene remedio. Lo dejas y punto. Ya he dicho alguna vez que no tengo problemas en dejarme un libro a medias si no me está gustando. El peor de los casos posibles es el siguiente:

UN LIBRO MALO QUE ESCRIBIÓ UN AUTOR QUE TE GUSTA.

Porque joder, con ese autor tú has establecido una relación. Te ha hecho pasar buenos ratos. Como si hubiérais echado un polvo estupendo: se ha establecido una poderosa ruta neuronal en tus circuitos del placer literario que le incluye a él. Así que un día llegas a la librería y ves que ha sacado un libro nuevo. Cuando eso sucede, interiormente es como si escuchases una musiquita celestial y se abriese un hueco en el cielo de la librería por el que entra un rayo de sol.

Abres el libro muerta de la ilusión. Escribes tu nombre en la primera página. Lo olfateas, lees la dedicatoria y la cita inicial, compruebas si han traducido el título original de manera literal o se lo han inventado. Empiezas a leer con avidez contenida.

Poco a poco te empieza a embargar la sensación insidiosa de que algo no va bien. Sigues leyendo, no te disgusta, está bien escrito pero no te atrapa. Continúas leyendo por fidelidad, porque todavía está fresco en tu memoria el recuerdo de los buenos ratos pasados con ese autor, pero en el fondo de tu corazón sabes que si el libro lo hubiera escrito otro lo habrías dejado ya. Al final lo terminas en diagonal o lo dejas directamente, decepcionada, estafada y reacia a colocarlo en la librería al lado del anterior, el que te hizo pasar momentos inolvidables.

Todo esto para decirte, Dara Horn, que tu último libro es una puta mierda. Que después de alucinar completamente con "El mundo que vendrá", de pasarme varios días leyendo absorta en los autobuses y soñando con Chagall, y de enfadarme con cierta personita porque me dijo que el libro no le había molado nada, entré en la FNAC, vi tu libro y lo agarré con desesperación. Me gasté veinte euros, veinte, para llevármelo a casa y tenerlo conmigo por siempre jamás.

Los personajes no me podrían dar más igual. La historia de amor es tan poco creíble como carente de emoción. El protagonista es patético y no es que tenga dilemas morales: es que es un monguer que no sabe qué hacer con su vida. El argumento no tiene ningún tipo de sentido. No sabía nada de la Guerra de Secesión y ahora sé todavía menos, porque te explicas tan mal que las partes donde habla del conflicto bélico se parecen demasiado a leer chino. La protagonista femenina me aberra. ¿Por qué todas las mujeres tienen que ser devastadoramente guapas y flacas? ¿Por qué estás obsesionada con el judaísmo?

En fin, no voy a ahondar mucho más en la crítica, porque no mucha gente conoce a la autora y yo escribo esto porque es lo primero que se me ha ocurrido esta noche y necesitaba desfogar un poco mi decepción. Resumo: "El mundo que vendrá" es fabuloso. "Todas las otras noches" es caca de vaca. No entiendo cómo alguien puede escribir con semejante ciclotimia en lo que a calidad se refiere. Entre esto, que Ishiguro es una ruleta rusa entre la magia y el mortal aburrimiento, que la última de Irving Welsh también la tuve que dejar a medias y que Paul Auster se está quedando sin alma, sólo puedo decir que o Nick Hornby sigue manteniendo el listón o una servidora se va a dedicar forever a Marian Keyes, que no decepciona nunca.

sábado, 16 de julio de 2011

4. Think less, climb more

Hoy me voy a limitar a copiar un articulillo que he escrito para mi profe de escalada hablando del curso que hice la semana pasada. Porque estoy en Grazalema y esto está programado (ou yeah).

----------------
Yo siempre había querido escalar. No sé por qué: nadie a mi alrededor escala ni yo soy especialmente deportista. Pero veía a esa gente subida a la roca y pensaba “yo quiero hacer eso”. Era una de esas ideas que están siempre en la periferia de tu mente y que nunca te decides a llevar a cabo, porque no tienes tiempo o porque hay asuntos más urgentes. Así que cuando vi el curso anunciado en el tablón de la piscina municipal, no me lo pensé.

Pasé las dos semanas anteriores superemocionada. ¡Iba a aprender a escalar! Algunas cosas me preocupaban. ¿Haría falta estar muy en forma? Me imaginaba patéticamente agarrada a la roca mientras intentaba subir mi propio peso con mis débiles bracitos y no lo veía claro. Le escribí a Jose un correo y él me tranquilizó enseguida: tú tranquila, mujer, que no hace falta experiencia previa ni que seas como los extraterrestres de Avatar.

El día anterior el curso estuvo a punto de cancelarse, por problemas con el sitio y retiradas a última hora de la gente. Casi me da algo. Por un momento me vinieron a la cabeza pensamientos del tipo de “claro, cómo voy a escalar yo, si eso es para gente aventurera y chachi, si el destino no quiere que yo me suba a una roca porque seguro que no puedo y me tienen que izar con una grúa para que llegue arriba”.

Pero en realidad esos pensamientos no duraron mucho. De alguna forma, estaba convencida de que al final el curso iba a hacerse y de que yo escalaría. Así que le mandé un mensaje al móvil a Jose poniéndole una carita triste y debió de funcionar, porque una hora después me llamó y me dijo: “¿Te vienes mañana a aprender a escalar?” Preparé mis cositas con ilusión: mi almuerzo, mi crema para el sol... ilusa de mí, porque los escaladores ni se echan protector solar ni comen. Pero eso todavía no lo sabía.

La primera parte del curso es un rollo, yo lo aviso. Llegas a Grazalema, aparcas el coche y empiezas a echar un ojo a las rocas que se alzan en medio de la pradera. Las miras con respeto, sí, pero sin miedo. Tienes muchas ganas de probar y de saber si es tan fácil o tan difícil como parece desde abajo. Y entonces el profe te sienta en la hierba y se pone a explicarte cosas sobre el material de escalada. Que si esto es un arnés, esto un mosquetón, esto un grigri (pues vaya un nombre ridículo, piensas tú). Que si los tipos de chapa y los nombres de cada una.

Tú aguantas el tirón, porque en realidad hace un montón de calor y al menos ahora estás sentada a la sombra y a gustito, pero en realidad no quieres más que colocarte el arnés y subir. De repente se han ido tus miedos sobre tener que ser transportada con una grúa y te ves ahí arriba, coronando la reunión o como se diga, convirtiéndote en un prodigio de la escalada a pesar de que tienes ya más años que un gnomo y el deporte que más practicas en tu vida cotidiana es el levantamiento de caña.

Entonces te subes a la roca y empiezas a entender. Escalar no es cualquier cosa. No es hacer footing por el paseo marítimo. Lo que tiene escalar que es distinto a otros deportes es el miedo: aunque es un miedo controlado, divertido y adictivo, es un miedo que tiene que ver con que te estás jugando el tipo. Ahí es cuando agradeces que te hayan explicado todo lo anterior: porque por lo menos sabes lo que estás haciendo, qué es lo que te asegura y cómo lo hace, de qué depende que si se te escurren las manos de la piedra no hociques contra el suelo.

La primera vez que escalas también tomas de repente conciencia de tu amiga la gravedad. Al principio todo va bien: subes manos, subes pies, la vía es fácil, pim pam, y de repente te das cuenta de que te estás alejando un montón del suelo y a nadie parece importarle. Que tu mente racional sabe que estás asegurado, pero tu mente animal te dice “¿se puede saber qué intención tienes subiendo en vertical para no llegar a ningún sitio?”. Empiezas a sentir ese miedo del que os hablaba, y en ese momento es un miedo totalmente real. Porque es muy fácil cuando desde abajo ves al compañero decir que no puede, sobre todo si tú estás viendo que tiene unos apoyos estupendos, unos agarres enormes y un arnés superseguro amarrado a su cintura. Pero cuando tú estás ahí y te das cuenta de que es verdad, de que no puedes subir ni un centímetro más, empiezas a tomar conciencia de tus limitaciones.

Y en ese momento escuchas que alguien te anima. ¡Arriba, bicho! ¡Sí que puedes! Y dices: yo no he venido hasta aquí para que me bajen tristemente en plan grúa e irme al pueblo a comer jamón. Yo quiero escalar, siempre he querido escalar y voy a subir. Y de donde pensabas que no tenías fuerza, la sacas: elevas tu cuerpo unos palmos más y no puedes creer que unos segundos antes te pareciera tan difícil.

Intentas mantener agrupados tus huesos, tus músculos y tu mente. Te das cuenta de que hay momentos en que los músculos pueden y la mente no, y hay momentos en que la mente quiere y los músculos dicen que hasta aquí hemos llegado. Se te olvida tu nombre, se te olvida en qué trabajas, no sabes quién eres ni qué hacías con tu vida antes de estar subido a esta roca, porque has dejado de ser tú y te has transformado en un ser increíblemente pequeño y ridículo que lo único que quiere es llegar arriba sin matarse.

Al día siguiente te duele todo. No debería decirlo, que se supone que escribo esto para animar a la gente a que escale, pero de verdad que no he tenido peor resaca deportiva que después del primer día del curso. Te duelen los brazos, los hombros, los dedos. Te duele el culo del arnés, las manos de asegurar, te duelen los dedos de los pies por culpa de los gatos. Y te da exactamente igual. No quieres más que volver a subir. Yo, que soy de las que no sale si le duele la cabeza, que en cuanto bostezo me estoy queriendo echar una siesta, y el segundo día del curso sólo quería tomarme un ibuprofeno y volver a Grazalema.

Los sitios empiezan a resultarte familiares. Las personas que ayer eran extrañas hoy no es que sean tus mejores amigas, pero ya tenéis un pequeño trocito de historia en común. Ves desde lejos a las escaladores encaramados en la roca y piensas “eh, yo puedo llegar a ser uno de ellos”. Escalas mejor que ayer, porque te ves más seguro, o peor que ayer, porque estás más cansado, pero escalas. Ves a tu compañero dar patadas de rabia porque no ha podido llegar arriba y porque tiene los dedos tan agarrotados que no es capaz de abrir la botella de agua. El día termina y tú quieres que sea el principio de algo, aunque no sepas muy bien de qué.

No puedo acabar de escribir esto sin hablar de los profes. Escalar es de por sí alucinante, pero creo que el curso no habría sido igual de no ser por Jose y Ana. Sé reconocer a un apasionado de lejos, porque yo también lo soy, aunque sea de algo tan diferente a la roca como es escribir. De la pasión de Jose te das cuenta enseguida, desde la primera llamada de teléfono, desde el primer momento en que empieza a hablar de escalada y a enseñarte el material. Respeta lo que hace porque lo conoce y porque está comprometido con ello. Disfruta viéndote subir porque está contento de poder compartir contigo algo que a él le ha hecho feliz. Ana y él se complementan a la perfección: ella sube y muestra lo que él está explicando, él la asegura mientras ella se deja caer para enseñarnos en la práctica que quiere decir volar. Los dos te hacen sentir acogido desde el momento en que llegas a Grazalema, y ellos son quienes marcan la diferencia entre un curso cualquiera y una experiencia inolvidable.

Para mí empezar a escalar ha sido un regalo. Siempre había querido hacerlo. Y creo que si no lo había intentado antes, más que con mi forma física o con la gente de mi entorno tenía que ver con que no pensaba que fuera ese tipo de persona. Pero, al fin y al cabo, ¿quién decide qué tipo de persona eres? ¿Tú, los que te rodean, los límites que tú mismo has creado? Este curso me ha hecho darme cuenta de que puedo ser una escaladora, porque he tenido la suerte de que quienes han recorrido parte del camino quieran compartir conmigo lo que saben. Hazlo tú también. Descubre qué tipo de persona eres y dónde están tus límites. Comienza a escalar.

viernes, 15 de julio de 2011

3. Redefiniendo

- ¿Sabes qué cosa genial me ha pasado hoy?
- Cuéntame.
- He encontrado mis gafas de sol.
- ¿Las graduadas?
- Sí. Pensaba que las había perdido, pero me las había dejado en una tienda de zapatos y me las tenían guardadas.
- Qué bien, ¿no?
- Sí, me he puesto muy contenta. ¡He ahorrado ciento cuarenta euros!
- ¿Por qué?
- Porque es lo que me costaron las gafas y me habría tenido que comprar otras iguales.
- Si quieres verlo así...
- Claro. Así que con el dinero que he ahorrado me he comprado un vestido.
- ¡No has ahorrado dinero!
- Y un sujetador. Las dos cosas en rebajas.
- Ahm.
- Lo que significa que me ha sobrado dinero.
- Claro.
- Es decir, que ¡he vuelto de compras con más dinero del que salí! ¿No es genial?
- Sí que lo es. Casi mágico, diría yo.

jueves, 14 de julio de 2011

2. Exitus

Hoy se ha muerto un paciente del cupo de la médico con la que paso consulta. Ha sido raro. El señor tenía más años que el sol, era pluripatológico y además llevaba meses con un dolor insoportable en una pierna y no paraba de gritar que quería que se la amputaran. Aun así, lo de morirse no creo que le haya hecho gracia.

Yo pienso a veces en la muerte. No mucho, porque entonces me rayo y no puedo vivir, pero de vez en cuando me viene la idea a la mente y me entra un pánico breve e intenso. Me pasa sobre todo a la hora de la siesta, no sé por qué. Estoy ahí tan a gusto fantaseando con chulazos morenos y de repente pienso "no quiero morirme", y me resulta extraña y terrible la idea de que un día voy a desaparecer.

Han llamado a primera hora a la consulta de la médico para avisar de la muerte del señor del que os hablaba. Yo lo conocía, porque tanto él como la mujer venían cada pocos días a la consulta a negociar analgésicos y parches de morfina. Ni la médico ni yo esperábamos que fuera a morirse de pronto, creo; ella porque no lo veía tan mal, yo porque la idea de que alguien de pronto esté vivo y luego se muera todavía me resulta bastante ajena.

Cuando se muere una persona el médico de cabecera tiene que abrir una última hoja de consulta en su historia digital. Al principio de cada hoja hay que escribir el motivo de consulta, por ejemplo catarro, o dolor de oídos, o infección de orina. Cuando te mueres, el médico escribe "EXITUS", y debajo apunta la hora y la causa de la muerte. Y ya está: fin. Ya no vas a ir más a que te renueven las medicinas de la tarjeta o a que te miren la garganta. Te has muerto. Punto.

Después ha llegado el señor de la funeraria para que la médico le firmara el parte de defunción. Traía el informe del 061 y unos cuantos formularios que había que rellenar. Lo peor era el electrocardiograma. Yo ya me he acostumbrado a ver electros sin entender ni papa de las ondas que recorren el papelito. La médico, que es muy maja, me explica: "esto es la cara A, esto la cara B y esta la onda Q que como ves tiene aquí un piquito preocupante", y yo asiento fingiendo que me entero, como cuando veo House. El tema es que el tío de la funeraria traía el electro plano del paciente muerto como prueba para el certificado de defunción. Tres rayas rectas como tres siniestros dedos del destino debajo del nombre del señor, que ahora sonaba vacío como la piel de un animal muerto.

Toda la vida creyéndonos que somos algo. Con nuestro nombre, nuestros apellidos, nuestro DNI, nuestros motivos de consulta apuntados en el ordenador. Toda nuestra pequeña o gran historia de catarros y picores o de cánceres e infartos. Y al final, exitus. Salimos hacia algún lugar y no tenemos ni idea de hacia dónde. Mientras miro escalofriada el electro plano sobre la mesa, me pregunto cómo hacemos para que todo nos importe tanto y para ignorar a diario la cruda realidad de la muerte. Y en realidad es curioso, porque después la mañana avanza, yo me olvido del señor muerto, me voy a casa, después a la playa y después al Carrefour, y sigo mordiendo el bollo de los vivos mientras todavía me queden dientes para hacerlo.

miércoles, 13 de julio de 2011

1. Sangrar

Ella le agarra suavemente la mano con la suya, y con una de sus uñas largas y limadas en pico le araña en el dorso, justo en la piel arrugada de los nudillos.
- ¡Joder! ¿Qué coño haces?
- Te hago sangrar.

No es un arañazo sensual, y a él le parece un gesto gratuito y brusco mientras observa asombrado cómo la capa superficial de la piel se despega del resto y cómo la sangre empieza a aparecer en puntitos pequeños y rojos.
- ¿A qué ha venido eso?
- A que quiero que sangres. ¿Cuándo fue la última vez que te hiciste una herida? Una de verdad, con costra, una herida de caerte corriendo, o de darte un golpe en la espinilla con el pedal de la bici.
- Yo qué sé, tía... - él se chupa el nudillo y nota el sabor a óxido en la punta de la lengua. De pronto le viene a la cabeza que eso debe significar que no tiene anemia y que debería estar contento.
- De adultos no sangramos, no nos hacemos heridas. Como mucho, te cortas cocinando o te pillas un dedo con la puerta del coche. Se nos olvida que la vida es física, que la vida duele y que las cosas que importan a veces hacen heridas - ella está seria mientras le dice eso, y él no puede creer que le esté largando una lección vital-filosófica a cuenta de arañarle con esas uñas de bruja que lleva.
- Y por eso quieres hacerme sangrar.
- Sí. Para que sientas que soy física. Para importarte.

Hay que joderse, piensa él.
Pero se siente extrañamente halagado mientras observa los arañazos en el dorso de las manos, con el orgullo difuso e inútil de las heridas de guerra.

martes, 12 de julio de 2011

Desafiando (otra vez)

Encantada me hallo.



Gracias a todos los que habéis comentado en el post anterior. Coincidiendo con la mayoría, yo me siento con ganas y fuerza para continuar con el post diario. Como dice Anónima del Averno, "que deje de ser un ejercicio de incertidumbre y se convierta en uno de fluidez". Sí he leído el libro, por cierto, aunque no había reparado en esa frase.
En un ejercicio de ironía poética, hoy me he quedado otra vez sin Internet. Tengo que decir que la gran mayoría del Michelian Challenge ha estado patrocinado por mi amiga la PK, quien amablemente me ha cedido su pincho de Internet porque aún le quedaba tiempo que ya había pagado y ella no lo estaba utilizando. Hoy el pincho ha decidido morir, así que os escribo desde la sala de reuniones de la UCI pediátrica del hospital. A partir de mañana empieza de nuevo la salvaje búsqueda de conexión a Internet desde donde poder lanzar a la red mi chorrada diaria.
De manera que empezamos un nuevo desafío: Un año de escritura diaria. Empezamos mañana con el 1 e intentaremos llegar al 365. No se me ocurre ningún nombre en particular para el desafío; si alguien tiene alguna propuesta, bienvenida sea.
Otra vez gracias a todos por comentar, por vuestro ánimo y por vuestra lectura, silenciosa o no tanto. Algún día escribiré una novela y será para vosotros.


(De hecho, no se lo digáis a nadie, pero planeo apuntarme al NaNoWriMo de este año) (Shhh)


Nota: No consigo ajustar bien los espacios entre párrafos :S Internet me odia mucho hoy.

lunes, 11 de julio de 2011

Clausura del Michelian Challenge -- TMC 30.

Curioso y apropiado que el TMC termine en lunes. Lo he cumplido (casi) todos los días, excepto el día que obligué a la PK a escribir tres frases en mi lugar porque no me daba tiempo entre escalar, manifestarme y apañármelas para respirar un poco. Pero si me perdonáis ese desliz, lo he hecho: he escrito todos los días durante treinta días.

¿Cuál es mi evaluación, una vez terminado el reto?

Si os digo la verdad, esperaba más. Esperaba llegar a algún tipo de epifanía escritoril. Pensaba que por fin podría unir esos fragmentos de identidad dispersa que soy yo como escritora en un todo coherente. Encontrar una voz, un tono, un hilo conductor que me llevara a través de las entradas del blog. Creía que adquiriría cierta seguridad y que me sentiría menos perdida al sentarme en este teclado.

Sin embargo, no es así. No he llegado a ninguna parte. Me sigo sintiendo igual de desorientada y despistada. Las sensaciones al escribir son como han sido siempre: algunos días mejores, otros peores. Hay días que no me salían las palabras de puro cansancio y el resultado me ha parecido una basura. Otros días me sentía a gusto, tecleaba con convicción y pensaba que no puede haber en el mundo nada mejor. En resumen: como siempre.

No sé si la calidad de los textos ha variado, para mejor o para peor. Quizá necesite más tiempo de escritura diaria para notar una mejora en ese sentido. Tampoco sé qué os ha parecido a los lectores. ¿Os gusta tener un post nuevo cada día, o al final acaba resultando cansino? ¿Creéis que se ha sacrificado la calidad por la frecuencia, que la frecuencia ayuda a la calidad, que ni una cosa ni la otra o que soy una pesada y os da igual lo que haga con mi existencia?

Creo que voy a seguir escribiendo todos los días. Me ha vinculado con el blog y conmigo misma de una forma que, si bien no ha supuesto una increíble trascendencia literaria, sí que creo que ha mejorado levemente mi vida y mis hábitos como escritora. Me gustaría comprometerme con un TMC más largo: un año de TMC o algo así (pero sin escribir TMC al final de las entradas, quizá). Pero antes querría saber qué opináis vosotros, los lectores. Va, regaladme un comentario. Me lo merezco. Soy una campeona.

domingo, 10 de julio de 2011

Publicidad -- TMC29

En un mundo de banners destelleantes, de ventanas emergentes, de anuncios detrás de los espejos de los bares y de Rafa Nadal en todas las marquesinas de autobús, resulta curioso estar en la playa, escuchar un zumbido, levantar la cabeza y ver una avioneta publicitaria cruzando el cielo. Te preguntas cómo todavía hay quien se gana la vida así y cómo todavía hay quien paga por ese tipo de publicidad, que asocias a veranos antiguos de Mikopetes y pelotas de Nivea.

¿Cómo será el conductor de una avioneta publicitaria? Te lo imaginas viejo y medio alcohólico, con una avioneta antigua y polvorienta aparcada en un rincón del aeródromo, amarrando perezosamente el anuncio a la cola mientras se fuma un cigarro y pasa de las normas de seguridad. Te lo imaginas escuchando al Fary mientras conduce aunque, ahora que lo pienso, no creo que pueda escuchar música con el ruido, que si ya es alto desde la lejanía de la tumbona no me quiero ni imaginar dentro de la cabina del conductor.

En realidad, pienso mientras tomo el sol en mi silla caletera y hundo los piececitos en la arena, tiene toda la lógica. Porque donde se ponga esta sensación plácida y segura de estar tirada en la playa, oír el zumbido, levantar la cabeza y esforzarse por leer lo que pone en el cartel ondulante, que se quiten Rafa Nadal, Natalie Portman y hasta el grimoso de José Coronado con los anuncios de yogures para cagar.


PD: ¡Mañana es la clausura del Michelian Challenge! Auguro un post espectacular y concluyente que resumirá la verdad de este desafío y por extensión de la existencia. O quizá un post cutre escrito a última hora porque el TMC se me suele olvidar hasta que no estoy a punto de meterme en la cama. No os lo perdáis, en cualquier caso.

sábado, 9 de julio de 2011

Novatos -- TMC28

¿Cuántos blogs nuevos se abrirán cada día? Y de todos esos, ¿cuántos aguantan más de una, dos, cinco, diez entradas? Alguna vez he pensado en cambiar de dirección y hay un montón que ya están cogidas y que no tienen más de dos post. Que, por otra parte, si pillas una dirección chula y luego no escribes, déjala libre para que la aprovechemos los demás, especie de egoísta de las ideas.

Ya he dicho que mi blog me encanta, y entre otras cosas me gusta el simple hecho de haber sido capaz de mantenerlo. No ha sido fácil. Ha habido épocas de desmotivación, marrones con familiares, amigos y ex novios, dificultades con la conexión a Internet, ausencia de comentarios en post que a mí me parecían maravillas de la literatura contemporánea... y un largo etc.

Escribir un blog, además de mantenerte en movimiento, te enseña a ser desapegado. Es un ejercicio de generosidad. También es peligroso, porque no deja de ser una ventana al mundo. Ya lo he dicho alguna vez: los que defienden que escriben el blog para ellos mismos mienten como perras. Si fuera así, escribirían un diario. Si escribes un blog quieres que en algún momento te lean: quieres contactar.

Si tuviera que darle un solo consejo a alguien que va a empezar a escribir un blog sería el siguiente: si no quieres que alguien lea algo, no lo escribas. No importa que intentes esconderte detrás de un seudónimo. La blogosfera es enana. Un comentario o un enlace te pueden delatar. Así que si escribes algo sobre alguien, tiene que ser porque si lo leyera podría fastidiarte, pero lo soportarías, y esa persona también podría soportarlo. Seguirías adelante con tu blog porque quieres escribir y eso es lo más importante para ti. Desde que tengo presente esa regla no he vuelto a tener movidas con gente por el blog. Sé que los que me quieren, en general, tienen que apencar con lo que hay aquí escrito, porque he puesto en una balanza lo que significa para mí publicarlo y lo que significaría que lo leyeran y gana lo mío.

(Esto no quiere decir que no esté dispuesta a retirar nada de lo que hay aquí, o que piense que nunca voy a volver a herir a alguien escribiendo. Soy falible pese a mi genialidad intrínseca).

Otro consejo importante es: resiste. No importa que le des igual a todo el mundo. No importa que te parezca que otros blogueros sean mucho peores que tú y les lea media España y parte de Sudamérica. No te preocupes de los demás. No te preocupes de los comentarios, ni de los seguidores, ni de las visitas. Resiste. Debe de ser algo que disfrutes mientras lo hagas, e igual que debes estar dispuesto a que te lea todo el mundo, debes estar dispuesto a que no te lea nadie.

¿Más consejos? Comprométete. Con el blog y con lo que sea. Si empiezas un blog y quieres que te lleve a alguna parte, tendrás que resistir más allá de dos, diez o hasta cien entradas. Igual que si empiezas a dibujar o a escalar. Mira que a mí me cuesta, porque yo soy de las que empieza con algo, se entusiasma y luego se harta... pero J. me lo dijo una vez, y tenía toda la razón: no sirve hacer un taller de fin de semana y dedicarte a otra cosa. Para que algo te sirva debes comprometerte y profundizar. Escribir entradas buenas y entradas de mierda, unas más graciosas, otras más tristes, liarla a tope y tener que borrar post porque tu madre o tu novio se han cabreado contigo y no te hablan.

Y ya está. Poco más. Escribir un blog es mucho menos inofensivo de lo que parece al principio, y mucho más importante. Aunque sólo sea porque hace falta valor para dejar constancia de tu experiencia en palabras escritas, y porque todo lo que implica relacionarse con humanos tiene el peligro de terminar hiriendo. Las personas se quieren y se hacen daño, me dijo una vez mi amigo A., el que ya no me habla. Sucede, ya está. Qué le vamos a hacer. Las palabras no son inocuas y hay que vivir con ello. Pero si esto de escribir te importa de verdad, si tienes dentro la llama que te hace querer sacudirte las emociones por las puntas de los dedos en dirección a un teclado Qwerty, encontrarás la forma de sacar la cabeza por el otro lado, tomar una bocanada de aire y seguir adelante. Seguirás posteando. Seguirás escribiendo.

viernes, 8 de julio de 2011

Poesía económica IV: Romance de la renta básica -- TMC27

¡Renta de emancipación,
es grande mi excitación
y en mi futuro yo veo
la posible automoción!

La crisis me había asustado,
por perdida te había dado;
¡grande ha sido mi sorpresa
cuando te me han ingresado!

De ti es lo más atractivo
tu carácter retroactivo.
Diez meses todos de golpe
suman un gran efectivo.

Mileurista me he acostado
y rica me he levantado
y a la Erika y a PK
a almorzar las he invitado.

¡Renta de emancipación
hoy me llenas de emoción!
Más vale tarde que nunca...
qué sabio, ¡cuánta razón!

jueves, 7 de julio de 2011

Ser adulta -- TMC26

La gente empieza a llamarte de usted por defecto.

Compras juegos de sábanas de matrimonio y te planteas cambiar tu almohada por una de látex, porque es mejor para el cuello.

Pagas impuestos, así que puedes decir "eso lo pago yo con mis impuestos" con cara de justa indignación.

Tus amigas empiezan a procrear.

Tienes una casa. La pagas tú. También el agua y la luz. Es tu casa, aunque sea de alquiler.

Veintiséis días seguidos de vacaciones te parecen una barbaridad...

... y en esas vacaciones, en lugar de querer irte a hacer el camino de Santiago o a meditar, lo único que te apetece es tumbarte a la bartola mientras alguien te abanica.

Dices frases que empiezan por "mi jefe..." (y normalmente terminan con "capullo").

Tus gastos extraordinarios ya no son jamón york o un paraguas, sino algo más serio, como unas gafas o un horno.

Vives sola y te encanta.

Dices frases que empiezan por "me voy a currar" (y normalmente terminan con "y no me apetece una mierda").

Tienes que gastar en comidas de trabajo, regalos para compañeros que tienen hijos y/o funerales y décimo del Gordo de Navidad.

Te gastas el dinero en lo que te sale del potorro. Te sigues sintiendo culpable después de hacer un encargo online a Lush de 40 euros, pero un poquito menos.

Puedes hacer regalos de verdad, sin tener que pedirle dinero a tu madre para comprarle un regalo a tu padre, y viceversa.

Te abres una cuenta nómina y una cuenta de ahorro. Te robas a ti misma de la cuenta de ahorros, pero bueno.

Haces cosas como limpiar las tuberías de vez en cuando para que no se atasquen.

Te planteas contratar a alguien para que te limpie la casa. Pero no lo haces porque te has gastado todo el dinero en la tienda Lush online, entre otras cosas.

Haces listas de lo adulta que eres y te planteas cuándo todo lo anterior dejará de hacerte ilusión y empezará a parecerte un coñazo.

Mystery -- TMC25

El chico no demasiado atractivo ligaba muchísimo, y todos los demás se preguntaban siempre cuál era su secreto. Él se limitaba a observar a las mujeres, escoger un detalle absurdamente pequeño y elogiarlo con delicadeza y eficacia. Me encanta la forma en que se curvan los lóbulos de tus orejas con esos pendientes, decía, o tu manera de girar la muñeca para ver la hora, o cómo cada vez que te pregunto algo y no sabes la respuesta miras un segundo al cielo antes de encogerte de hombros. Sabía que la clave no estaba en la intensidad del elogio, ni siquiera en su adecuación, sino en lo pequeño del detalle. Sabía que ellas sólo quieren a alguien que les observe con ese grado de atención.

Puedo prometer y prometo...

Que ayer escribí un post. Lo juro por... por... los pintaúñas de colores, el chocolate y el honor micheliano. Pero Blogger no lo ha publicado. Quiero llorar. Ni siquiera lo ha guardado en borradores.

Lo único que puedo hacer a cambio es reescribirlo luego y publicar otro esta noche, para seguir cumpliendo con el Michelian Challenge. ¡Que ya me queda muy poquito!

Mis disculpas por las alteraciones en la programación.

martes, 5 de julio de 2011

Robado -- TMC24

El otro día me sacaron un robado. No sé si se dice así, en realidad, pero creo que sí. Me refiero a que un extraño me sacó una foto en la calle y sólo me di cuenta al final, justo cuando el fotógrafo bajó la cámara después de apretar el disparador.

Es gracioso, porque yo me paso la vida observando a la gente, escribiendo sobre ellos y hablando sobre ellos, y cuando de repente el foco se vuelve hacia mí me quedo como desconcertada. Aunque en realidad, siempre he querido estar al otro lado. Ser el objeto del post en lugar del sujeto. Que alguien hable sobre, qué te digo yo, la chica rubia que escribe en las escaleras de la catedral y de vez en cuando deja las manos suspendidas sobre el teclado mientras mira cómo vuelan las gaviotas.

Así que el otro día iba en la bici por el Campo del Sur, que es como le llaman aquí a la parte de paseo marítimo de Cádiz antiguo. Estaba atardeciendo, y detrás de mí debía de verse la ciudad recortada contra el cielo turquesa y el mar plateado rompiendo contra el malecón. Yo pedaleaba despacio y giraba la cabeza a ratos para mirar la vista. Y entonces oí el clic, miré hacia el frente y vi al fotógrafo bajando la cámara con expresión un poco avergonzada. En mi mente se compuso la imagen que debió sacar su objetivo. El paseo y la chica en bicicleta que mira el mar. Me pareció una foto bonita y me sentí vagamente halagada.

Hoy pienso que ahora estoy en el disco duro de algún extraño. No me molesta, no pienso que me vayan a quitar el alma como los antiguos; me siento más bien honrada de poder ser un objeto medio artístico, o al menos el objeto de la sensibilidad de alguien. Equivale a que utilicen contigo la segunda persona del singular y te hace visible. Así que ahora escribo sobre el extraño que me fotografió. Porque me gustó el momento. Y porque, si al final resulta que sí que se llevó un trocito de mi alma, ahora yo tengo un pedazo de la suya atrapada en mi blog.

lunes, 4 de julio de 2011

Sobre ser vistos -- TMC 23

Hoy no tengo muchas ganas de pensar, así que voy a contar una breve anécdota de mi curro. Es curioso cómo, a medida que vas observando a la gente, cada vez te vas fijando más no sólo en lo que te cuenta, sino en todo lo que rodea a ese relato, incluso desde antes de entrar en la consulta.

La paciente en cuestión es una chica de 31 años que perdió a su madre hace cuatro meses a causa de un cáncer. Ahora su padre tiene demencia, es la pequeña de cinco hermanos y, entre que es la única mujer y que ahora está en paro, es la que se ocupa principalmente de él. Está tan desbordada que apenas come, no duerme y no es capaz de pensar con claridad.

Cuando ha llegado la hora de su cita, yo estaba de pie en mitad de la consulta del médico observando fijamente un poster de anatomía. De hecho, iba de camino a la puerta, pero me he distraído porque me encanta la anatomía. Me parece mágico cómo encajan todos esos huesos y músculos para formar personas. La chica ha llamado a la puerta y ha entrado. "No sabía si abrir o no", me dice.

Durante la consulta, una de las cosas que más me llama la atención es que repite "Me siento pequeñita. Nadie puede verme". De hecho, pesa cuarenta y tres kilos y medirá en torno al uno sesenta. Está volviéndose literalmente lo más invisible posible.

Al terminar me ha preguntado qué hacer la semana que viene, cuando vuelva a venir a verme para practicar algo de relajación. No sabe si llamar a la puerta si la encuentra cerrada. "Hoy he estado a punto de irme", me dice. "No te preocupes", contesto yo, "llama y ya está. Lo peor que puede pasar es que esté con otro paciente y tengas que esperar un rato". Le sonrío, ella sonríe un poco, se encoge de hombros y se va, diminuta dentro de sus vaqueros anchos.

Despues de que se marchara, me he quedado pensando. Está tan obsesionada con que nadie puede verla, con que nadie podrá ayudarla, que piensa que incluso yo, que trabajo en esto y que tengo una cita con ella apuntada en la agenda de mi ordenador, me voy a olvidar de atenderla y tendrá que marcharse. Hasta ese punto ha abandonado la esperanza.

Hoy comentaba un amigo que queremos tener pareja para que alguien sea testigo de nuestra existencia. Para importarle a alguien sobre la faz de la tierra. Me he acordado de mi paciente y de lo invisible que se sentía. He pensado que a veces mi función como profesional no es más que la de ser un par de ojos. Y también he pensado, no sé por qué, que abandonar la esperanza de que los demás puedan vernos es tirar la toalla demasiado abajo. No nos hemos vuelto invisibles. Siguen ahí nuestros huesos y nuestros músculos, animando nuestro espíritu por debajo de la piel. A veces sólo hace falta llamar a la puerta.

domingo, 3 de julio de 2011

Hoy toca hablar de nuestro colega el Acné del Averno -- TMC22

Desde que en octubre dejé por imposible la medicina tradicional y me lancé a la búsqueda de una solución natural para el AA han pasado muchas cosas.

Si escribo sobre esto no es porque me guste hablar del estado de mi piel, que no me gusta. Es porque el AA, más allá de un problema estético, no deja de ser una enfermedad más o menos crónica con la que estoy luchando una batalla sin cuartel. Y lo peor de ella es lo solo que se siente uno. Sientes que nadie puede entenderte y nadie puede ayudarte. Al fin y al cabo, durante muchos años has confiado en los demás y te han fallado, así que ahora no puedes confiar en nadie. Nadie puede hacerse cargo de ti. Esa desesperanza y esa soledad son lo más duro por lo que he tenido que pasar en todo este asunto. Por eso quiero escribir sobre ello: porque a lo mejor alguien está pasando por lo mismo, o por una enfermedad distinta pero que igualmente no consigue solucionar, y a lo mejor leyendo esto puede sentirse un poco menos solo y desesperanzado.

En este asunto del AA y los remedios naturales hay una primera fase de luna de miel. Los dermatólogos son unos inútiles, te dices. Hacen medicina basada en parchear los síntomas y no tienen ni idea de las causas subyacentes. Ahora yo sé que hacer y será fácil: comeré sano, haré deporte y todo irá bien. En esta fase hay una ventaja y un peligro. La ventaja es que empiezas a hacerte cargo de tu salud y dejas de ser una víctima. Te das cuenta de que a nadie le importa tu problema tanto como a ti y de que tienes margen de acción para intentar solucionarlo. El peligro es creerte que el camino va a ser fácil.

No pretendo explicar todo lo que he intentado durante estos meses. Resumo diciendo que estoy probándolo todo: la dieta, el ejercicio, el descanso, el sol, los suplementos vitamínicos, los jabones, las cremas e incluso un libro de psicología de los problemas de piel llamado Skin Deep. Diré también que después de más de nueve meses con toda esta historia, en una escala del uno al diez donde uno es Horrores del Infierno y diez es Piel Fabulosa, mi cara está en un tres y medio. No se acerca ni al aprobado. Por otra parte, si descontamos mi piel, me encuentro mejor física y mentalmente que en mucho tiempo.

Hoy por hoy pienso que tengo el organismo revolucionado. Años y años de anticonceptivos, antibióticos, cuatro tandas de Roacután, un montón de jabones y cremas asesinas y un estilo de vida con carencias (dos años de vegetariana, seis años de estudiante nutriéndome básicamente de pasta y sedentarismo crónico) no se arreglan en un mes, ni en seis. También pienso que este tema tiene mucho de psicosomático. Por eso, hoy por hoy creo que me queda mucho, pero que mucho tiempo antes de que el estado de mi cara sea más o menos normal.

Donde más he avanzado, sin embargo, es dentro de mi cabeza, justo detrás de esa piel del Averno que tanto me preocupa. El año pasado por estas fechas, la posibilidad de tener un rebrote me parecía una pesadilla. Lo había dejado con mi novio, había perdido a mi mejor amigo y, aun así, la peor experiencia de mi vida seguía siendo el AA. Más concretamente, el brote que tuve en cuarto de carrera, cuando me agarró la tipa asesina del centro de estética y convirtió mi cara en la de una leprosa.

Empecé con toda esta historia de la cura natural con la piel bastante bien, gracias a la acción paliativa y engañosa de la píldora, así que me creía que iba a ser fácil. Bastaba con cuidarse un poco y mantenerse. No estaba dispuesta a empeorar, ni estaba dispuesta a esperar. Pensaba que si la cosa se ponía chunga, volvería a la píldora y punto, porque no quería vivir una vida en la que el miedo y la obsesión por el AA llenaran cada uno de mis pensamientos conscientes. Al principio aguanté bien, pero después el efecto rebote post-píldora ha sido importante. He estado peor que hace mucho tiempo, tanto en intensidad de las lesiones como en su extensión.

Al final, no estar dispuesta a empeorar y querer que todo pase rápido no son más que caras diferentes del miedo. ¿Miedo a qué? Al final no es miedo al AA. El AA sólo son granos. Mi miedo tiene más que ver con la pérdida de control, con el pánico a mostrarme como soy, con la dificultad para aceptar mis fallos y los de los demás, con el temor a que no me quiera nadie.

Ahora tengo menos miedo. No se me ha quitado del todo y sigo teniendo días horribles en los que no paro de darle vueltas al asunto, pero el miedo ha disminuido. Y he luchado, estoy luchando y seguiré haciéndolo mientras piense que me queda margen para mejorar, pero también estoy encontrando el camino de la aceptación. Hoy he leído este artículo en un blog sobre nutrición tipo paleo. Habla de que, en ocasiones, ni la nutrición ni la medicina tienen la respuesta porque, por mucho que cueste reconocerlo, no todos los problemas tienen solución. También dice que la esperanza y la desesperación son simples estados mentales basados en la idea que uno tiene acerca del futuro. No se trata de que la esperanza sea lo deseable: los dos son un engaño y tienen que ver con estar fuera del presente, pensando en cómo sería la vida si fuera de otra manera.

En relación a eso, el consejo que más me ha servido últimamente me lo dio J. Me dijo: "Tómatelo como algo crónico; es parte de ti." Después me habló de la novia de un amigo, que era muy guapa pero a la que le faltaba una mano (típica historia de J.). En su momento, me sentó regular. Yo no quería que me dijeran que era algo crónico. Necesitaba esperanza, necesitaba creer que podría controlarlo y solucionarlo. Ahora me he dado cuenta de que vivir pensando que puedes arreglarlo todo es vivir con la mente puesta en un futuro mejor, donde tu piel es perfecta, tú eres perfecta, no sufres por nada, la gente no puede verlo y todo va bien. Vivir así es muy triste.

Considerar el AA como algo crónico y saber que tengo días mejores y peores me está ayudando. Me ayuda a vivir en el presente, porque sé que a lo mejor no hay otro futuro mejor en ese aspecto. Estoy haciendo las paces con el problema. Está perdiendo (parte) de su poder sobre mí. Conseguir hablar de ello con la gente, escribir aquí, hacerme fotos, mirarme al espejo, estar dispuesta a empeorar y observar todo el proceso con más curiosidad que pánico son avances que los demás no ven, pero que para mí son enormes.

Algún día espero poder enseñar aquí fotos de antes y después, de esas super impactantes que cuelgan en las páginas de remedios para el acné. Ahora mismo no las tengo y no sé si existirán algún día. Imagino que sí, aunque sólo sea porque no he visto a ninguna vieja con acné y yo espero llegar a vieja. Pero si no sucede nunca, pues qué le vamos a hacer.

sábado, 2 de julio de 2011

Estoy tan cansada que no se me ocurre un título -- TMC21

Hoy he estado aquí. Después de seis horas de camino trepando por las rocas como cabra, cuatro rappels, un tobogán de roca al agua congelada, un cuasi rescate en una poza y dos cervezas sin alcohol al calor de la sierra, siento muchas cosas. Un poco de euforia, un mucho de cansancio, un algo de aturdimiento. Pero, sobre todo, me siento muy agradecida.

Por poder pisar la naturaleza, aunque sea con una rodillera.

Por seguir conociendo a personas lindas cuando pensaba que hacía tiempo que había agotado mi cupo.

Por mis brazos, mis piernas, mis ojos, mi pelo, mis huesos, mi sangre y por la piel que lo recubre todo.

Por el agua congelada de las pozas, que me recuerda a los baños helados en los ríos de los campamentos.

Por el sol, el aire, la piedra calcárea y las grutas catedralicias.

Por mi libertad, por el dinero que no lo paga todo, pero sí lo que es necesario pagar.

Por poder volver a casa por la noche, mirar a la gente que camina por las calles de la ciudad y sentirme un poco distinta, muy sucia y muy orgullosa.

Por la cena opípara y bien merecida.

Por el alegre post micheliano.

Por el descanso al que se entrega una cuando piensa: hoy sí, hoy lo he hecho bien. Hoy he utilizado bien las horas de vigilia que me han tocado.

viernes, 1 de julio de 2011

Parafilias -- TMC 20

Ella dice:
oye, ¿y tú por qué tienes tanto interés en conocerme en persona? no serás un psicópata...

Él dice:
xDD
qué va, mujer... aunque no eres la primera que me lo pregunta

Ella dice:
jajaja
si algún día quedamos, no me estrangules, porfa

Él dice:
podría estrangularte un poco, en según qué situaciones
jeje

Ella dice:
paso... la falta de oxígeno mata neuronas

Él dice:
pero intensifica los orgasmos ;)

Ella dice:
eso me da una idea de tus prioridades