La primera cosa que he averiguado hoy es que leer buenas novelas me pone. Hala, ya lo he dicho.
Ayer hablaba con B. sobre qué tipos de tío pueden gustarte. Yo comentaba que los escritores ya no me atraen particularmente. Que me basta con escribir yo y que, de hecho, dos egos escritores pueden ser como trenes que se chocan. Peleas de pareja por signos de puntuación: no es recomendable. Así que no me ponen los escritores. En serio. No doy un duro por hablar con ninguno de mis escritores favoritos; es complicado que su conversación pueda ser más interesante que su prosa.
Me ponen las buenas novelas porque son evocadoras. Ayer fui a la FNAC y me hice jurar que iba a salir de psicolandia y a leer ficción. Eché una ojeada a las novedades y vi un libro de Salamandra con el nombre de Jonathan Franzen en la vitola, explicando lo muchísimo que le había gustado. Y yo con Franzen tengo un problema serio, a saber: que si recomienda el listín telefónico, yo cojo y me lo leo. Así que no miré ni la sinopsis. Eché un ojo a los primeros párrafos para comprobar que estaba bien escrito y bien traducido, y me lo llevé.
Oh, las buenas novelas. Novelas que son mejores que personas: así se titulará mi futuro recopilatorio de críticas sobre mis libros favoritos. Leer El Arte de la Defensa es mejor que charlar con un 95% de la población. Seguro. El tipo se tiró diez años escribiendo la novela. ¿Os lo imagináis? Diez años. Diez años invertidos en algo que no sabes bien si va o no a funcionar. Imagino que debía de tener una confianza inmensa oculta en algún lugar. Inseguridades, seguro: todas las del mundo, pero también una veta firme de saber que lo que tienes entre manos es muy grande. O buenos padrinos.
En cualquier caso, no sé explicar por qué me pone leer buenas novelas, pero imagino que tiene que ver con que evocan la textura de la vida. Detalles, detalles, que decía Nabokov. Acariciad tiernamente los divinos detalles. Yo leo al tal Harbach y le observo hablar de cosas que ni comprendo, de puto beisbol, por el amor de Dios; de la elegancia de un parador en corto, los escupitajos de tabaco bajo los banquillos, el sonido de la pelota en el guante o el clima congelado de Milwaukee, y es como volver a casa. Lo que es mortal de absurdo, porque yo nunca he estado en Milwaukee, y que me aspen si sé lo que es un parador en corto. Lo que sí sé es que las buenas novelas están llenas de intensidad. Y a mí la intensidad me pone.
La segunda cosa que he averiguado hoy, y que me otorga el derecho a denominarme Escritora con mayúsculas y que, de hecho, quizá me haga fabricarme un Diploma de Escritora De Verdad y autoentregármelo es la siguiente:
Estaba yo esta mañana en el hospital, inmersa en este Plan de Mejora Constante que es mi vida, y que ahora encima está aliñado con un intenso "la vida es corta y podrías morir en cualquier momento". Externamente parecía que revisaba historias clínicas, sentada en una mesa del control de enfermería. Internamente, sin embargo, estaba haciendo todo un replanteamiento vital. A ver, Marina, me decía. Es lunes, tienes resaca, te ha bajado la regla y no tienes muy claro que puedas tolerar mucho más tiempo pasarte siete horas al día en un hospital. Y no sólo eso, sino que últimamente estás perdiendo energía, duermes poco, tomas demasiado café y ves tu vida como a través de una lente borrosa. Tienes que hacer algo. En serio. Algo.
Así que me he acordado de un artículo de Leo Babauta que leí hace unos días. Algo para eliminar la neurosis de las mil listas de tareas y ochocientos objetivos. Una lista sencilla de cosas que quieres hacer todos los días. Comer una fruta. Hacer ejercicio. Estar con la gente a la que quieres. Trabajar un poco en lo que te importa. Algo sencillo, poco aparatoso. He pensado en cuál sería mi lista. Hacer ejercicio, claro, y comer una ensalada al día, que es hasta fácil porque me encantan. Y escuchar a alguien con atención plena aunque sea un rato (ya explicaré eso) y escribir. Entonces he pensado: para qué voy a poner escribir. Eso no necesito proponérmelo. Sería como proponerme dormir, o ducharme, porque lo voy a hacer igualmente; mejor lo cambio por otra cosa.
Entonces he enarcado las cejas bruscamente, verídico, y el insight me ha golpeado en la cabeza. Venga ya, hombre. Resulta que ya no soy una persona que se propone escribir y escribe, nonono. Ahora soy una persona que escribe sin proponérselo. Que escribe porque no puede no escribir.
Os juro que yo no era así antes. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, y me molaría mucho descubrir el secreto, porque la mayoría de los escritores que conozco están neurotizados porque no escriben lo suficiente y yo así podría hacerme rica.
Así que hoy ha sido un día muy literario. Literariamente genial. Además, he leído un trozo de Ikigai que me ha gustado, en el que el autor dice que celebramos demasiado poco. Que nos cuesta muchísimo tiempo conseguir implantar un hábito y que luego apenas lo disfrutamos, con lo muchísimo que cuesta. Que hay que celebrar más a menudo nuestros logros. Así que como implanté el hábito de escribir en el mes del Michelian Challenge, voy a pasarme por lo menos un mes celebrando que soy Una Escritora De Verdad. Justo antes de las mil entradas y de la tarta de glaseado rosa, que también va a celebrar eso.
¿Qué he hecho hoy para celebrar? Llamar a Aran, que es su cumple. Subir andando despacísimo las catorce plantas hasta oncología, parándome en cada piso para ponerme al sol frente a la ventana y observar Madrid, los coches y a la gente, contenta de ir a la catorce por mi propio pie y bajar luego. Leer mi Novela Mojabragas en el metro y también mientras merendaba un muffin de arándanos casero en La Libre. Reírme un montón de rato con Cris, que ha vuelto hoy de León, y estrujar a la gata Mia, y decidir que la ropa del tendedero la va a recoger su puta madre. Celebrar, en general. La celebración es un estado interior.
Lo dejo aquí. Acabo de decidir que hoy no voy a contestar ni un mail, ni un comentario, ni un twitter más, que no voy a leer nada que no sea la NM y que voy a cerrar el ojo a las once en punto.
Celebrar.
Sed felices, queridos.
lunes, 25 de febrero de 2013
Momento Quevedo
Este post se lo dedico a Anxo: porque la culpa de lo bien o lo mal que salga la tienen casi seguro las (¿cuatro? ¿cinco? ¿seis?) cañas que acabamos de fusilarnos en un bar cualquiera de Lavapiés
Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.
Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.
Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.
Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.
Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...
Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido
Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:
Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.
Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.
Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.
Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.
Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.
Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...
Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido
Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:
Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.
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