massobreloslunes: 09/10/13

martes, 10 de septiembre de 2013

Amor-raro-llorar-Roma

Si pudiera hablar ahora con la Marina de hace un año, la de "me siento sola, y cuándo encontraré a alguien, y tengo que conseguir ya un gato", y un largo etcétera, le diría: relájate. Encontrar el amor no soluciona nada.

Encontrar el amor, de hecho, es una experiencia bien rara.

No sé cómo explicarlo. Es verdad que han sido muchos cambios. Cambio de lugar de trabajo, de ciudad, de piso. Viajar a otro continente, conocer a Pablo y atraerlo con mis malvadas artes de escaladora hipnotista a esta tierra gallega que nunca le hizo gracia. Pero es mucho más que eso. Yo antes sabía dónde estaba el centro: justo en mi interior, en algún lugar entre mi pecho y mi espalda. Las paredes de mi identidad se construían alrededor de mi mundo y mis experiencias. Yo elegía qué compartir y qué no.

Ahora es como si en mi cabeza cupiéramos los dos, y los dos cupiéramos también en su cabeza y, de hecho, cuando me encuentro mal la experiencia de su amor me transforma, porque es como si yo viviera también de alguna manera en la mente de Pablo. Yo sé que él me quiere todo el rato, y es una sensación muy rara; como si alguien, en un lugar muy remoto, encendiera todos los días una velita por tu alma. Eso es muy bonito, pero también te obliga a buscar un nuevo centro: porque ya no está en ti, ni está tampoco en él; se encuentra en algún lugar muy íntimo, en mitad del espacio que queda entre los dos.

Lo que quiero decir es que estoy pasando una época difícil, incluso a pesar de haber encontrado el amor, y eso es lo más desconcertante de todo. Que no hay premios en esta vida; no hay ningún lugar a donde llegar. Y cada vez que reaprendo eso; cada vez que cambian las condiciones de mi vida y se convierte en lo que siempre quise que fuera y, aun así, la masilla gris y decepcionante de la realidad se filtra entre los ladrillos que yo coloco con tanto cuidado... bueno, entonces me pregunto, como Lionel Shriver, que todo esto para qué.

Pienso mucho en la muerte, últimamente. No me quiero suicidar, ni matar a nadie. Pienso en la muerte como experiencia inescapable, y es como si todos los días tuviera sentado a mi lado al fantasma de la transitoriedad. Hoy hablaba con Pablo sentada en la silla caletera, y lloraba porque me sentía inmensamente triste y, sin embargo, más allá de ciertos problemas con el coche que son sobre todo económicos, y de ciertos problemas laborales que se resumen en que ME ABURRO, lo más preocupante que podía contarle es que con el vestido que voy a llevar a la boda del sábado se ve la marca blanca que ha dejado en mi espalda la camiseta de escalada. "Cuando me pasa algo así - me explica él -, cuando me siento triste y no sé por qué, examino mi vida y me doy cuenta de que no tengo motivos. No hay ningún problema. Entonces me doy cuenta de que tiene que ver con algo más. No puede ser mi vida, porque mi vida está bien; debe ser algo más". 

Así que quizá por eso pienso en la muerte: porque en realidad toda mi vida va bien, va estupendamente bien si la comparamos con un 99% de las vidas humanas que han poblado alguna vez este planeta. Quizá ahí está la clave: he alcanzado algún tipo de meta, sé lo que quiero hacer y sé a quién amo, y ahora sólo puedo preguntarme si eso es todo. Y es una pregunta bastante existencialista y deprimente que hacerse a los 28 años, así que no sé si estaré al borde de algún tipo de importante despertar espiritual.

O quizá sólo es la vuelta al cole. Quién sabe.