Tengo un perro. No por elección propia, claro está. Lo ha traído mi hermano a casa utilizando una política de hechos consumados bastante discutible. Así que realmente no es mi perro, pero paso bastante tiempo con él. Cambiemos entonces la frase inicial:
Vivo con un perro. Ésta es casi más políticamente correcta.
Esto no es lo peor. Lo peor es que mi hermano le ha llamado Hooker, que no sólo es un nombre extraño y con poca personalidad, sino que en argot significa "Puta". Y yo soy muy lacaniana, así que eso de que nuestro perro se llame como una prostituta no hace sino acrecentar mi de por sí disposición regulera hacia él. Creo que me gustaría más si se llamara algo chulo, como Kubrick o Lunes. Lo bueno que tiene es que es muy, muy mono, con unos ojitos castaños muy graciosos y el pelito suave y negro. Si fuera un perro callejero de esos raros, cabezón e hirtuso, como diría mi colega el Adri, otro gallo le cantaría.
A ver, a mí no es que no es que no me gusten los perros. Son monos y merecen amor porque son criaturas vivas, etc etc. Pero no les capto muy bien. Tuve a mi querida y perdida gatita Clementina y no sé, la entendía. Ella hacía su vida, con sus intereses (dormir, el jamón york y los mimitos, por ese orden), y cuando le apetecía me buscaba, y cuando no pues pasaba de mí. O venía un rato, nos dábamos cariñitos y luego se iba. Hooker, sin embargo, sólo tiene intereses destructivos. Llevamos juntos en casa una semana y lo único que le digo al perro es "¡No, Hooker, no!". No chupes los platos de comida, no saques la tierra de las macetas, no muerdas mi zapatilla, no me acoses, no me mordisquees de bromita que duele, sal del salón, no te comas el turrón de la bandeja, no destroces las bolas del árbol de Navidad... Etc, etc.
Sus intereses no destructivos se reducen a dar vueltas en torno a los humanos moviendo el rabito. Y eso ya sí que me desconcierta. ¿Qué se hace con un perro? Yo intento gatunizarlo subiéndomelo al regazo y acariciándole bajo la barbilla, pero no le hace mucha gracia. Además, es un perro de aguas que tiene pinta de volverse gigante, así que en un par de meses esta opción tampoco me servirá. Normalmente le acaricio un poco y luego me agobio porque da vueltas a mi alrededor como un satélite enloquecido y necesitado de atención. No hace mucho más: huele cosas invisibles en el suelo, lloriquea, ladra y se caga en las alfombras.
No sé, no lo veo claro. En mi opinión, lo de ser de perros o de gatos es un poco como lo de ser de fanta de naranja o de limón: va con el carácter de cada uno y no cambia tan fácilmente. Si tuviera que teorizar sobre el asunto, diría que los amantes de los gatos somos más capaces de aceptar una relación independiente y libre, en la que cada uno se acerca al otro cuando le apetece y es libre de irse si les da la gana, mientras que los amantes de los perros son un poco patológicos y necesitan tener asegurada la atención y la fidelidad de su animal de por vida. Pero vamos, que eso son ganas de clasificar y juzgar, y a mí eso me hace retroceder un par de peldaños en la escala evolutiva de la reencarnación, así que no me hagáis caso.
En fin. Feliz Navidad, o lo que queda de ella.