Mi abuela tiene un carácter difícil. Sin más. Nunca ha sido la típica abuela que te hace comidas ricas y muchos regalos. Es más bien el tipo de abuela que te regaña porque no vas a verla, que te ignora mientras escucha la COPE y que en la nevera guarda medio aguacate, un paquete de actimel y cinco botellines llenos de agua fría. Mi hermano la llama la antiabuela.
Ahora tiene noventa años y está perdiendo la cabeza. Lo más curioso es que se le nota porque se está volviendo muy, muy simpática. Que me alegro mucho de saber de ti, Marina, me dice hoy al coger el teléfono. ¿En qué trabajas? Soy psicóloga, abu, le explico. Vaya, así que tú también te dedicas a esas cosas, ¿no? Intuyo que se refiere a mi prima, que es terapeuta ocupacional. Sí, abuela, a ayudar a la gente. Es el rollo que a mí me mola. Así me gusta, cariño.
Te quiero, abu, le digo antes de colgar. Yo a ti también, hija, me contesta, y creo que es la primera vez que me dice algo así en... no sé, quizá en su vida.
Cuando mis padres consiguieron la plaza fija en Málaga me mandaron a mí primero para que empezara el nuevo curso mientras ellos completaban el traslado desde Córdoba. Viví un tiempo sola en casa de mi abuela y dormía con ella todas las noches. Recuerdo que me agarraba a su brazo derecho como un koalita mientras ella escuchaba el transistor tumbada bocarriba. Nunca me había planteado lo incómodo que debe ser permanecer bocarriba con una niña de siete años colgada de tu brazo.
Está bien que se esté demenciando hacia la simpatía. Es mejor que volverse (más) cascarrabias y que todos la recordemos como un infierno de mujer. Ahora se desdibuja la antiabuela, la matriarca resistente que vivió en el Sahara con su marido y con sus seis hijos, y aparece un ser más tierno y más indefenso. Me da pena la otra, sin embargo: mi abuela con mal carácter, mi abuela raruna. Se ha ido y supongo que ya no volverá. Esta señora es un poco otra persona, y me parece que vamos a tener que aprender a conocerla de nuevo antes de que se vaya. Ya no habla de política, porque se cabrea; ahora escucha Radio María todo el rato. Mi madre dice que se está poniendo en paz con Dios.
Mi abuela, mi única abuela, que ha sobrevivido veintiséis años a la más longeva de todos los demás. Que hace dos años decidió que quería usar pantalones y pidió un chándal por reyes, pero más como muestra excéntrica de su carácter que como una señal adorable de no querer envejecer. Que se rompió por dentro cuando la guerra y no se ha vuelto a recomponer. Se irá y espero que nos acordemos de esta señora más amable que nos hace sonreír en vez de mosquearnos.
[Si algo me consuela, por otra parte, es que al final ha vivido lo suficiente como para cumplir su deseo de no morirse con Zapatero en el gobierno]