Me dio penita porque si la moto está aquí, no está en Málaga. Y Málaga sin moto es el fin de una era. Del por saco que di para que me la compraran, de cómo me convertí en la chica con moto antes de empezar a ser la chica sin coche que soy ahora (curioso cómo cambia en un momento la posición en el escalafón socio-motorizado).
En mi moto iba yo por el amanecer del paseo marítimo para ir al colegio, y por las calles oscuras cuando volvía de fiesta. Cantaba a gritos mientras conducía y bajaba el volumen en los semáforos. Aguantaba la lluvia para no tener que coger el autobús y parpadeaba con fuerza para que las gotas no se me metieran en los ojos.
En mi moto llevaba a Funes a su casa cuando le amaba y él pasaba de mí, y me ponía de los nervios notando su cuerpo de metro noventa y pico pegado a mi espaldita de persona pequeña. A la moto me subía para darle besos cuando conseguí conquistarle tras duros meses a pico y pala, y en la moto me iba llorando cuando se nos acababan las vacaciones juntos.
Además, aunque la moto no ha muerto, que si la bujía le hace perlilla, pues se le cambia y punto, sé que la pobre seguramente ha venido a morir a Cádiz. Y cuando se me estruja el corazón de verla aparcada en mi calle, extranjera la pobre en este universo paralelo y curioso que es la Viña, lo que pienso es que soy gilipollas. Que soy una pobre idiota hipersensible que va por la vida sintiendo congoja por cosas que a los demás no les importan.
Hale, ya se me ha puesto tonta la noche del jueves...