Me alegro de todas las veces que salió mal. De todos los que tenían novia, mujer o ex omnipresente. De los capullos engreídos, los emocionalmente distantes y los fríos de corazón. De los cobardes, los falsamente valientes y los que no comían ni dejaban comer.
Me alegro de los rechazos y las cobras. Agradezco profundamente no haberle gustado lo suficiente a nadie. Creo que me tocó la lotería cada vez que di más de lo que recibí o me senté a esperar mensajes y mails que no llegaron nunca. Respiro aliviada cada vez que imagino que lo que pudo haber sido hubiera decidido, de hecho, ser.
Me parecen una bendición todas y cada una de las noches que pasé acurrucada en mi lado de la cama, imaginando que alguien se acercaba desde detrás y me abrazaba. Me alegro de haber contado los meses que habían pasado desde la última vez. Estoy segura de que el karma estaba de mi parte cada vez que quedé con un chico y fue decepcionante, aburrido o directamente ridículo.
Porque imagina que hubiera salido bien con alguno de ellos. Imagina que hubiera empezado algo con cualquiera que no fueras tú. Nuestro destino era como una de esas largas cadenas de fichas de dominó, y un sólo fallo podría haberlo echado todo a perder. Estuve en riesgo muchas veces y me escapé.
Ahora estás aquí, sentado frente a mí, tecleando con furia en tu portátil. Yo me como el trozo de tarta de limón que me has traído del Café Royalty y recorro tu mandíbula con los ojos. A ratos nos miramos y nos sonreímos. Y yo agradezco todo lo que me ha llevado hasta aquí, porque creo que nunca lo sabremos de verdad. Creo que nunca seremos del todo conscientes de lo cerca que estuvimos de que nada de esto sucediera nunca.