massobreloslunes: 06/19/09

viernes, 19 de junio de 2009

El suspiro del moro

Yo no quería escribir este post.

Yo no quería escribir el post sobre irme de Granada, porque eso confirmaría que me voy y que no hay nada que pueda hacer para remediarlo. Así que llevo días evitando el asunto, y pensando que si la vida se está volviendo tan posteable es precisamente por tocarme las narices.

Ayer iba caminando hacia Puerta Real a comprarme un helado de yogur. De camino vi que estaba empezando una de las pelis del festival Cines del Sur en la plaza de las Pasiegas. Me senté al aire libre frente a la catedral y me quedé muy quieta, sosteniendo el programa entre llas manos mientras respiraba el aire templado. Pasé media hora viendo una peli china sobre un cantante de ópera y decidí continuar con el plan original del helado de yogur. Cuando tuve mi tarrina en la mano y eché a andar hacia mi casa sentí una rara felicidad privada. Hay que joderse, pensé. Cinco años para hacerme un hueco y ahora resulta que ésta no era la verdadera vida.

Hoy, en la clase del taller, una mujer lee un texto sobre una exposición de pintura. "No has descrito ningún cuadro", le dice un chico cuando termina". "Sí que lo ha descrito", digo yo, "pero no nos ha dejado ver por qué era importante para ella". Entonces les explico que a principios de año estuve en una exposición en la galería Cidi Haya y que vi un cuadro que me impresionó mucho. Era una imagen enorme de Granada: de Puerta Real y la unión de Recogidas con Isabel la Católica. Para quien no conozca la ciudad, es la parte más concurrida del centro. En el cuadro era de noche y no había nadie en la calle: sólo las luces brillando sobre el pavimento húmedo, Granada resplandeciendo cuando todo el mundo duerme. El cuadro me recordó a todas las noches que he pasado por allí, o por cualquier otro lugar de la ciudad, y las calles estaban vacías porque al día siguiente era lunes, o jueves, y yo caminaba a esa hora de vuelta a mi casa porque nadie me obligaba a estar en ningún sitio al día siguiente, y sentía el mismo tipo de felicidad privada e intensa que hoy cuando me comía el helado. Les explico a mis alumnos que para contar cuánto le gusta a uno una cosa, tiene que explicar la relación que tiene con ella. Entonces no harán falta grandes adjetivos: el lector lo entenderá.

No puedo explicar cuánto me conmueve y me gusta Granada. Tendría que contaros todo lo que me ha pasado aquí. La amistad y el amor, que han nacido y han continuado o se han gastado. Las bicicletas, las cañas, las tapas, los helados, las lágrimas, los portales, los apuntes, los cafés, las flores, las lecturas de cuentos, el puto acordeonista de la catedral. No puedo contarlo, porque sería demasiado largo y demasiado cursi y, aun así, de alguna manera, tenía que escribir este post.

Es posiblemente mi última noche en la ciudad como habitante de la ciudad. Voy a tomar algo con Funes y con Adri. "¿Te acuerdas de cuando me acompañaste a ver la facultad el primer día que vine a Granada?", le pregunto a Adri. Ese día caminé desde la estación de autobuses hasta la acera del Darro pensando sobre mi vida y mi futuro. Acababa de volver de Barcelona y estaba destrozada. Desde ese momento, todo ha ido a mejor; a veces, tan despacio que parecía que estaba retrocediendo. La ciudad se ha tomado su tiempo para enseñarme.

Pienso en dar un paseo por el Albayzín antes de irme a dormir, pero decido que no. Les explico a Adri y a MQEN que eso es como los polvos de despedida. Si sabes que la relación se acaba, ¿para qué vas a follar? Al final te pasa que follas y lloras porque sabes lo que estás a punto de perder. Yo no pienso follarme al Albayzín esta noche. Después vengo aquí y escribo esto. Recorro despacio el camino desde los sentimientos hasta las palabras y recuerdo a Kerouac: "La sensación que experimentas encontrará la forma que necesitas". Al final, supongo, escribir esto es lo más parecido que conozco a dormir tranquilamente abrazada a la ciudad.