massobreloslunes: 12/30/12

domingo, 30 de diciembre de 2012

Ser el nunca

Acabo de releer uno de los últimos capítulos de "Pájaro a Pájaro", el libro sobre escritura de Anne Lamott. Se titula "Escribir es un regalo".

Siguen quedando cosas que decir para pintar retratos de gente a la que hemos querido - dice Anne -, para tratar de expresar aquellos momentos que nos parecen tan inexpresablemente hermosos, aquellos que nos cambian y nos hacen más profundos. 

Después sigue hablando de cómo escribió dos de sus libros para su padres y su mejor amiga, que murieron de cáncer.

¿Te lo puedes imaginar? Escribí para una audiencia de dos a quienes quería y respetaba, que me querían y me respetaban. Así que escribí para ellos con todo el cuidado y el cariño que pude, que es, claro está, como me gustaría escribir siempre.

Ayer pasé parte del día mandando mails a la gente que ha hecho de mi 2012 algo especial. Entre ellos estaba Joaco, el asturiano extremadamente avionil que me robó un poco el corazón este verano. Le mandé un mensaje bonito, pero contenido. Puedo ser mucho más cursi que eso. Le dije que me gusta lo mucho que ama su trabajo y cómo les enseña a correr a los chicos de los pueblos. Le agradecí el termo de café que me preparó el primer día y el viaje a la manifa de Oviedo escuchando Mr. Brightside.




Me contestó anoche con su entusiasmo proverbial. "Qué pasada - decía -. Nunca me habían escrito algo así. Emocionásteme y tou".

Me gustó y, al mismo tiempo, me dio como ternurilla. Pensé que todo el mundo se merece escritos entusiastas. Hay algo afortunado en ser capaz (más o menos) de ponerle palabras a las cosas. Ayer tomaba chocolate caliente con José Luis en el Woodstock, frente a la playa de la Victoria, y hablábamos de escribir. "Cuando estoy contigo siento cosas - decía él - y después voy a tu blog, las leo y es como si me diera cuenta de que eso es lo que habría querido decir. Que ahí están esos sentimientos".

Al leer el mail de Joaco también pienso que no sé si es un propósito o una vocación, pero está bien poder ser el nunca de alguien. El "nunca me habían escrito algo así", o "nunca había conocido a nadie como tú", o "nunca nadie me había hecho un regalo tan bonito". Es complicado, porque no hay nada nuevo bajo el sol, pero está bien cuando sucede. Es un buen objetivo por el que esforzarse.

También me ha contestado Pablo, el chaval con el que trepé en Oviedo y que era un encanto. Se muda con su mujer a Boulder, Colorado, y se ofrece como contacto de escalada. Yo he mirado mi nómina, lo que me queda de aguinaldo después de volverme loca en las tiendas online de montaña y la página de viajar.com, y como la cosa me medio cuadre, igual me voy a los EEUU en mayo. Ir a EEUU es un sueño supergigante que tengo desde hace tiempo. Hasta me he comprado esta tarde la guía de los parques naturales del Oeste en el Corte Inglés, como quien planta semillitas a escondidas a ver lo que sale.

En momentos como éste me siento como la protagonista de un relato de Robert Fulghum, el de "Todo lo que necesito saber lo aprendí en el parvulario". Habla de una chica que se pasó horas llorando en un aeropuerto porque había perdido su billete de avión, hasta que descubría que estaba sentada sobre él. Pienso en los días en que creo que la vida me supera o me siento sola, y luego descubro que llevo todo el rato sentada encima de mi billete. Hay tanta gente en este planeta, tanta, que si uno lo piensa bien, sentirse solo es imposible.

Escribidle mañana algo bonito a alguien que haya hecho de vuestro año un año mejor. Regalad palabras amables. Quizá recibáis una respuesta que os sorprenda. Las palabras son buenos regalos: le gustan a todo el mundo, no hay que acertar con la talla y son gratis. Que, tal y como está la cosa, no es moco de pavo.

De mi abuela a la Keyes, y viceversa



Hace un par de días, mientras estaba en Málaga, mi madre me dio un cuaderno de recetas que había pertenecido a mi abuela paterna. Lo encontró ordenando la casa después del incendio y quería que se lo llevara a mí tía la de Madrid. El cuaderno empieza en 1949, y parece ser que mi abuela empezó a escribirlo poco antes de casarse. Esas recetas eran su dote: lo que iba a aportarle al hombre al que amaba, su capacidad de cuidarle en la alegría y en las penas hasta que la muerte los separó.

Abro el cuaderno por la primera página. "Libro de recetas de cocina y repostería", se titula. "Este cuaderno pertenece a Marina Rodríguez Jiménez", añade después con su bonita caligrafía inglesa. Las recetas están numeradas hasta la última, la 83: lentejas guisadas. La leo con atención. Es una hermosa receta detallada. La cocina cariñosa se contiene en los detalles, y las lentejas de mi abuela los tienen a montones. "Limpiar las lentejas con cuidado, porque siempre traen chinos y trocitos de tierra", "remojar las lentejas y apartar las que suban a la superficie", "batir las patatas cocidas y añadirlas al caldo".

Un rato después, cuando salgo a la calle para ir al supermercado, voy pensando en el nombre de mi abuela muerta escrito en la primera página del cuaderno. Los nombres de los muertos significan tan poco. De repente se convierten en el traje vacío de alguien que se ha marchado. Al final nos morimos, pienso frente al sol insultante de la calle Real. Qué absurdo es todo. Qué absurdo querer vivir bien, tener penas de amor y preocuparse de cómo hacer unas buenas lentejas. Frente a mí, la gente pasea contenta en esta mañana de sábado; los altavoces atruenan con villancicos y las mesas de las terrazas están llenas.

Entro en la librería de la calle Rosario. Después del aguinaldo estoy súbitamente bien de dinero, así que me estoy autorregalando cosas. Ayer encargué un buen chaquetón de plumas y unos pies de gato buenísimos que van a escalar mejor que yo. Hoy me he dado el gusto y me he comprado el libro de repostería de Marian Keyes. Porque sí. Porque me encanta Marian Keyes, me encantan los dulces y quiero aprender a hacer galletas en forma de zapato.  El libro es fabulosamente rosa, con unas fotos espléndidas y la autora en la portada, con un delantal y su carita mofletuda de irlandesa sanota, rellenando cupcakes con una manga pastelera.

Aún no he mirado bien el libro, porque le pedí a la dependienta que me lo envolviera para disimular el oprobio y ahora me da pena abrirlo. Sí sé que MK habla de la depresión que le entró hace tres años y de cómo hornear repostería le está ayudando a salir de ella. Hay algo tan cariñoso en cocinar para otros. Miro el cuadernito de mi abuela al lado del mamotreto hortera de la Keyes. Mi abuela murió de cáncer cuando yo tenía un año. Me pregunto si en 1949 se pudo imaginar que su nieta, la que lleva su nombre, andaría comprándose vergonzosas obras anglosajonas para aprender a hacer tarta de queso invertida, y si se reconocería en este linaje de cocineras anónimas.

Y pienso que sí, que se reconocería. Porque mi abuela y yo sabemos y queremos cuidar.

Ahora sólo espero que 2013 sea un año lleno de gente para la que poder cocinar tartas y (si por fin aprendo) los famosos cupcakes de los que todo el mundo habla.