domingo, 29 de mayo de 2011
El trasplante
martes, 24 de mayo de 2011
El mal accidental, o cómo se quemó mi casa
lunes, 23 de mayo de 2011
Sobre los 26
sábado, 14 de mayo de 2011
Grandes cuestiones hipnagógicas
viernes, 13 de mayo de 2011
Concierto

Fede Comín es pequeño, más que bajito. “Es un comin-o”, bromea Luna, mientras la camarera toma nota de nuestras bebidas y le vemos ir y venir entre las mesas del Libertad 8. Llevamos ya tres días vagando por Madrid, revolviendo el rastro, comiendo en restaurantes étnicos en Lavapiés. También atracando el Sephora, claro, y engullendo cafés y galletas en el Starbucks, y mirando libros. Yo hoy no quería venir, lo confieso: un concierto de cantautor es como la caja de bombones de Forrest Gump. Nunca sabes lo que te va a tocar. Hubiera preferido meterme en el cine y desconectar un ratito de la realidad. Quizá temía que el concierto fuera demasiado verdadero.
Pero ya estoy aquí, y miro el escenario con la silla y la guitarra y después al público. Creo que no llegamos a diez, literalmente. Es lunes, e incluso en el gran Madriz la gente parece tener cosas más importantes que hacer. Mañana es mi cumpleaños y me siento tan perdida. Cumplo veintiséis, y de repente es como si hubiera dado el paso que desequilibra la balanza de los veintitantos hacia el lado de los veintimuchos. Quiero hacer tanto y el tiempo, de repente, parece pasar tan deprisa.
Fede Comín se sube al escenario y se vuelve enorme. “Tengan cuidado, no se me amontonen”, bromea antes de arrancarse. Me engancha cantándole a Granada en la primera canción y sigue con Argentina, con el fútbol, con los marcianos. De los diez que somos, al menos cuatro se saben las letras y corean bajito, y como somos pocos él se turna para mirarnos a los ojos con los suyos, que son oscuros y se arrugan en las esquinas cuando sonríe. Yo ni me muevo en la silla, entro en un momento de esos que ahora en psicología se llaman flow o mindfulness o cualquier otro anglicismo y sencillamente escucho y el tiempo se para.
Cuando termina le compro un disco y le pido que me lo firme. “En un cuarto de hora será mi cumpleaños”, le digo, como si le importara. Se me olvida la asimetría del artista: la situación tan injusta de que los demás sepan tanto de ti y tú no sepas nada de los demás. Cómo los extraños pueden creer que te conocen y decirte algo tan idiota como que cumplen años en quince minutos.
Hay algo de pornográfico, algo de exhibicionismo insano en contar las miserias en un blog o sobre un escenario. Lo entiendes sólo cuando eres público y compartir esa intimidad te consuela de una forma extraña, y entonces deja de ser raro y se vuelve generoso, porque te hace pensar que no será tan mala la vida cuando hay otro que se emociona como tú. Y aunque me muero de vergüenza mientras espero a que me escriba una dedicatoria en la carátula, espero que comprarle un disco, y pedirle que me lo dedique, y contarle algo de mí para no ser una completa extraña, exprese aunque sea un poquito lo agradecida que me siento por haberle visto cantar hoy. Por la generosidad de su corazón en bandeja.
El flow se deshace despacio mientras Luna y yo caminamos hacia el metro. En la privacidad de la calle me atrevo a sacar el disco y leer la dedicatoria. “Gracias por ser testigo de esta intimidad”, ha escrito Fede, que se ha pasado una hora y media dejándose la garganta para diez gatos. Auguro que me iré de Madrid con su disco sonando en el ipod, comprobando si también se escucha su sonrisa a través de los auriculares.
Gracias a ti por crearla, pienso.
martes, 10 de mayo de 2011
¡Cumpleaños! ¡¡¡Viva yo!!!
martes, 3 de mayo de 2011
I will love again, que decía Tina Turner

De un tiempo a esta parte sólo me interesan hombres inconvenientes. Son muy mayores o muy menores, tienen pareja, son amigos de mis exes o los conozco en un contexto meditador y antisexual. Me pregunto qué me pasa. A mi alrededor a la gente parece resultarle más o menos fácil encontrar pareja. A mí me parece que tienen que darse unas casualidades cósmicas tan raras en el espacio-tiempo para que me eche otro novio que ahora mismo me resulta ciencia ficción.
Mi teoría es que cuando las cosas no van es por algo; que hay algo en mí que está rechazando la posibilidad de tener pareja. Sé que podría pedir algo más light, un rollete, pero hay que tener en cuenta que yo establezco vínculos emocionales con un apio. Soy el tipo de persona que le da besitos a las paredes de su casa porque la quiere mucho. Si meto a un tío en mi cama con cierta frecuencia es más que probable que en tres días empiece a planear la boda en mi cabeza.
Así que si me enredo con alguien será porque piense que hay posibilidades de morir de amor para siempre. Y claro, siempre es mucho tiempo, especialmente cuando te pasa como a mí ahora y tienes el corazón escarmentado.
Por otra parte, yo soy una kamikaze del amor. Si un tío me mola me convierto en el caballo de Atila: por donde piso no crece la hierba. No tengo orgullo ni sentido común, ni pienso en el futuro ni en las consecuencias a corto-medio plazo. Así que opino que si conociera a un chico que me gustara de verdad y que estuviera mínimamente disponible, no habría historias de miedo al compromiso o a que me hagan daño. Me tiraría a la piscina y ya me arrepentiría después.
Así que no sé. Me gustaría tener pareja en algún momento. Creo que soy una buena novia, aunque J. me dejara por borde. Cocino demasiado bien como para quedarme sola. Tengo mucho que dar. Y a pesar de eso, sigo sintiéndome como si hubiera puesto una barrera invisible entre mí y la posiblidad de sentir, y el universo se estuviera dando cuenta de eso y estuviera alejando de mi camino a los hombres convenientes.
(O a lo mejor sólo necesito salir un poquito más).