Yo creo que lo que le pasa a Dios, si es que existe Dios, es que es un poco como Alejandro González Iñárritu, es decir: que sus criaturas son sus víctimas más vapuleadas. Si tantos escritores y directores no son capaces de resistirse al impulso de emplear en sus películas el recurso de una muerte impactante, de una buena ración de sufrimiento o de una eutanasia como es debido, ¿cómo iba a hacerlo Dios, el creador supremo, el gran novelista universal?
Creo que deberíamos empezar a dejar de confundir arte con sufrimiento y disfrute con devastador impacto emocional. Como lo que pasó con "Mar Adentro". En mi opinión, España (y, viendo el resultado de los Oscars, el mundo por extensión) fue víctima de una descomunal confusión colectiva entre moral y valor artístico. Como a todos nos parecía estupendamente que Ramón Sampedro se autoadministrara el billete de ida al final del túnel, y como a todos nos resultaba ridículo el cura tetrapléjico que se esforzaba por seguir haciendo algo útil para la humanidad, concluimos en bloque, en una especie de silogismo que no termino de entender, que Mar Adentro tenía que ser por huevos un peliculón. ¿Cómo no iba a serlo una película de un señor que se pasaba treinta años en una cama y que, además, era representado por un actor que necesitaba más o menos el mismo tiempo para maquillarse a diario? Así que nada, catorce Goyas que se entregaron como quien da la hora y un Óscar para redondear la faena de chantaje emocional en masa.
El mundo es un planeta enorme y triste. Lo que a veces me hace querer tirar la toalla, y desistir de seguir a diario intentando ser buena persona y bajándome música del Soulseek, es la cantidad de modalidades de padecimiento que existen. Desde algo relativamente light como la obesidad mórbida hasta las más sádicas torturas de las dictaduras asiáticas, lo difícil es que te toque, como a mí, una vida libre de sufrimientos insufribles (valga la redundancia). Y ahora resulta que cualquier obra artística que retrate con una mínima fidelidad ese sufrimiento merece, cuanto menos, el sobrio y elocuente calificativo de "buena". Pues mirad, no, me niego. Cuando uno va al cine, se pide unas palomitas medianas a cambio de medio riñón y se sienta en una sala enorme de blanditos sillones-plex, la exhibición de un sufrimiento tan crudo y que queda, al mismo tiempo, tan lejano, le hace quedar pronto enterrado en un asombro dolido. De alguna forma, nos descubrimos interiormente como ante la viuda en un funeral, y nos quedamos indefensos frente la obviedad de que no podemos siquiera concebir tanto dolor. Y nos vamos a casa hechos polvo, asidos a nuestra pareja o a nuestros hijos como a un salvavidas y pensando que vaya peli buena que hemos visto.
Desde aquí quiero reivindicar algo: el amor es una cosa seria. El humor es también una cosa muy seria. Mejorar, enternecerse, hacer algo por los demás; ser, en definitiva, buenos, son cosas serias, difíciles y dignas de cualquier artista. Afortunadamente, hay quien parece haberlo entendido, y gracias a eso tenemos "Pequeña Miss Sunshine", "La vida de los otros" o "En busca de la felicidad", por poner ejemplos sencillos y recientes. No cerremos los ojos al sufrimiento, porque a veces es necesario que un buen golpe de realidad sacuda nuestras palomitas. Pero tampoco omitamos, por favor, a toda la gente buena, a todos los que están poniendo su esfuerzo en echarle un pulso a Dios Iñárritu y hacer que la peli termine bien y la gente pueda irse contenta a su casa a hacer el amor. Porque les está costando un montón de trabajo. A ellos, a los buenos.
Y quien dice cine dice libros, que vaya mal rato he pasado recientemente leyendo a Ana María Matute con la deprimente seguridad de que cada uno de sus cuentos iba a tener, mínimo, una víctima mortal, ya fuera real o simbólicamente.
Vamos a darle un poco menos de bombo al horror, por favor, y un poco más a las cosas bonitas. Y vamos a ser objetivos con Mar Adentro, joder, que vaya sucesión de topicazos más poco digna de mi admirado Alejandro. Arte es arte, sufrimiento es sufrimiento, y aunque ambas cosas se entrelacen, se necesiten y, a veces, ayuden a mejorarse o a paliarse respectivamente, a este paso vamos a tener que elegir entre "Princesa por Sorpresa" o, directamente, el suicidio colectivo y, qué queréis que os diga; antes que la muerte, prefiero a Julie Andrews.