La semana post-curso ha sido ho-rro-ro-sa. No podía ni mirar mi tarjeta de personal del SAS sin que se me saltaran las lágrimas. La meditación me ha sacudido y aún estoy intentando poner en su sitio los trozos, y nunca había sido tan candidata al Plenur como en estos días. Ahora, en la casa materna, estoy un poco más animada pero también más confusa.
¿Dónde se ha ido mi vida? Debería haber estudiado filología. Debería haberme casado con J. Debería haber escrito una novela mientras fingía estudiar el PIR. Debería haberme casado con MQEN. Debería haberme quedado en Málaga y haber ahorrado todos mis sueldos desde que empecé a trabajar.
Estaría igual de triste, pero al menos tendría coche.
Rebusco entre las cadenas y los pendientes de oro que me regalaron en mi comunión y fantaseo con la idea de venderlos. Se me engancha en el dedo mi pulserita de recién nacida, con mi nombre y la fecha de nacimiento grabadas. Pienso que es increíble que mi muñeca cupiera ahí dentro. Pienso en el viaje que he hecho desde entonces y me pregunto para qué ha servido. Venir al mundo, nacer, crecer, reproducirnos. Llorar, reír, llorar, llorar.
Dice Buda que si se juntaran las lágrimas que hemos derramado en todas nuestras vidas por los seres queridos que han muerto, llenarían lagos. Que si se juntaran los huesos de todos esos seres queridos, formarían montañas. Lo dice para motivarnos hacia la iluminación, aunque si me preguntan a mí diré que como coaching me resulta un poco siniestro. No sé si tiene razón y debería sentarme en un cojín hasta que me salgan ampollas en el culo.
Lo que sí sé, y esto lo pienso mientras se me parte el corazón viendo mis objetos del pasado, mientras pienso en todas mis decisiones y me pregunto si fueron las correctas... lo que sé es que a veces pienso que lo único que quiero conseguir en la vida es cierto sentimiento de seguridad y pertenencia, y que al parecer eso es lo más difícil de lograr de todo.