massobreloslunes: 03/11/13

lunes, 11 de marzo de 2013

Pedro y la fe

Pedro es un chico que vende clínex y mecheros por las mañanas a la entrada del metro de Lavapiés. Todos los días saluda a cada persona con un "buenos días" que pronuncia algo así como "Bosdías". Está haciendo un tiempo asqueroso en Madrid y, aun así, día tras día, aunque nieve o haga frío, él sigue incansable en la entrada del metro, saludando a todo el mundo. 

Tiene una forma especial de saludar. No sé muy bien cómo describirla. Aquí hay mucha gente que pide dinero y te vende cosas, y creo que el problema está en la percepción que tenemos los espectadores de que la misma letanía ha sido repetida muchas veces. Pedro tiene la curiosa habilidad de ser capaz de decir "buenos días" a todas las personas que pasan y, aun así, dirigirse a cada una de ellas de una forma profundamente individual, muy personal. Es sutil. O quizá sólo lo noto yo, que soy una fantástica.

La cuestión es que me gusta mucho Pedro, porque no se rinde. Porque llevo dos meses viviendo en Madrid y me ha saludado cada mañana laborable aunque no le comprara nada. Diría incluso que me saludaba como si ya le hubiera comprado algo y esperara a que se lo pagase. Tanto es así que, de hecho, el viernes pasado me llevé un mechero para la hornilla. Me vendrá bien para las velas del quemador y es bonito: amarillo y morado, como el traje de un torero.

Me gusta Pedro, me gustan sus buenos días y su incansable educación matutina. Pensaba que podría aprender de su esfuerzo, o de ese micro-marketing que se hace a sí mismo generando una lenta pero persistente deuda de reciprocidad con nosotros. Pero escribiendo esto me he dado cuenta de que es otra cosa. Es su fe. Es su capacidad para dejar de lado el rencor y la frustración y tratarte como si supiera que vas a comportarte como debes. Y ya os digo que me resulta difícil explicarlo, pero hay algo inspirador en eso. Podría decir que Pedro cree cada mañana en la gente que pasa. Pero igual me estoy pasando; quizá sólo es educado, o quizá yo sólo estoy buscando una frase bonita para acabar el post.

Mia y Musa, Musa y Mia

Todos los días pienso que tengo pendiente hablaros de Mia y Musa, las gatas de Cris. Esta semana Cris estaba en Amsterdam, así que las tres hemos vivido en el piso de Lavapiés cual simpáticas y bien avenidas Chicas de Oro. Durmieron conmigo hasta que me di cuenta de que apenas dormía porque no quería molestarlas, así que ahora las dejo fuera y por las mañanas me miran con rencor.

Si fuera una persona, Mia sería una adolescente rebelde. En realidad, tiene nueve años gatunos, pero quizá sea por su cuerpecillo estilizado de gata de bruja que parece una jovencita. Primero piensas que es cariñosa. Después piensas que es una pesada y quieres matarla. Después te das cuenta de que no puedes matarla porque es amor puro, aunque te vacile con sus miaus insistentes cada vez que intentas regañarle.

A mí Mia me enternece porque me recuerda un poco a mí: maúlla desesperada en busca de un maromo gatuno, y ni siquiera puede escalar para compensarlo. Está en celo dos veces al mes, y cuando no lo está sigue maullando como una desquiciada y nos pone los nervios de punta. Cris dice que yo la mimo. En realidad, lo único que hago es dejar que se siente en mi regazo mientras escribo, porque no molesta y está calentita. Cuando gorjea suspirando de amor, le acaricio el lomo. "Qué le vamos a hacer, enana -  le digo con resignación -. Está la cosa muy mala".

Lo más flipante de Mia es su momento peluche. Estás en la cama y se mete a tu lado, con el cuerpo bajo el edredón y la cabeza en la almohada, como el osito al que yo me abrazaba de pequeña. Luego se pone a ronronear como el motor de un coche, y cuando te ha metido los bigotes en los ojos tres veces no tienes más remedio que sacarla de la cama.

Si fuera una humana, Musa sería la niña empollona y buena que gana el premio máximo en el concurso de ciencias. Es una gata redonda y gris que me recuerda a mi Clementina; a veces, de hecho, la llamo foquita, como a mi gatusa, o le canto la canción "Clementina" de "El diluvio que viene", un musical que representamos en el cole hace un montón de años.

Musa es mágica. Me lo dijo Cris hace unas semanas y yo no me lo creía. "La gata se tumba donde te duele", me explicó, y yo asentí y le seguí la corriente. Desde entonces, Musa se ha tumbado con increíble precisión sobre mi tripa de regla, mi tobillo lesionado, mi cabeza jaquecosa, mis psoas doloridos y, todavía, más preocupante: mi corazón arrugado, en una tarde de sábado en la que estaba particularmente triste. Yo imagino que será casualidad, pero es MUCHA casualidad. Y me gusta, porque me recuerda que hay cosas que no se terminan de comprender y que te dejan en un estado de amable estupefacción.

Por la tarde-noche, hay una hora en la que Musa se vuelve loca, se le va la olla y patina por las paredes mientras Mia le bufa, mosqueada. A ratos se pelean. Otras veces te las encuentras durmiendo con las cabezas juntas. Si pisas a Mia, lo superará; si pisas a Musa, puede que Mia te mate.

Es raro, lo de los animales. Los tocas y te preguntas qué clase de espíritu habita en ellos. Imaginas cómo será ver la vida desde detrás de sus ojos, notas cómo les late el corazón, cómo se llenan y vacían sus pulmones. No puedo decir que sea amor total lo que me inunda cuando toco a las gatas. Se parece más al desconcierto. Sin embargo, hay ciertos momentos, cuando noto la totalidad de su entrega, cuando se sientan sobre mí confiadas en que no voy a hacerles daño y, a la vez, sintiéndose merecedoras de todo lo bueno de la vida, en que vislumbro un poco el calor de su conciencia. Y en esos momentos, las cosas como son, me conmueven de una forma que me resulta difícil explicar con palabras.