Esto, unido a que hoy me gusta ser mujer, ha hecho que llegue al trabajo en un estado entre agotado y perplejo. Las dos primeras horas de mi curro te las puedes pasar en modo zombi: primero se da el cambio de guardia, luego se desayuna con calma y después es la reunión con enfermería, algo así como el resumen diario del Gran Hermano, donde te cuentan cosas como "Fulanito amenaza a un auxiliar con un cepillo de dientes" o "Menganito se queja de estreñimiento, por lo que se le proporciona un laxante, que es efectivo".
El tema es que cuando una tiene la mañana poco inspirada parece que los demás se lo huelen. Así que una adjunta se ha pasado todo el desayuno intentando hablar conmigo de la crisis, que es un tema que me aberra hasta la estratosfera. Me agobio, me siento impotente e indefensa y empiezo a pensar que no tengo futuro y que tendré que alimentarme de patatas con tomate frito el resto de mi vida. Y creedme: cuando una ha aprendido tanto sobre el omega 3 como yo en el último año, la perspectiva es bastante chunga.
Me gustaría hablar de la crisis si supiera qué puedo hacer yo para ayudar a solucionarla, más de lo que hago ahora mismo (trabajar, pagar mis impuestos, intentar que mis pacientes mejoren para que a su vez puedan trabajar y pagar sus impuestos). Yo soy de tipo proactivo. Si tengo un problema, busco soluciones y las pongo en práctica. Más o menos. Esto de que me recorten la vida desde un estrado sin saber cómo decir esta boca es mía me agobia tela.
Sin embargo, a nivel individual y pequeñito me estoy replanteando algunas cosas. Querría aprovechar la situación para reubicar mis prioridades. A ratos me parece que lo que estamos haciendo en esta crisis es intentar vivir de la forma más parecida posible a como vivíamos antes, agachando la cabeza, aguantando el tirón y rezando para que de alguna manera esto se recupere. Cuando a lo mejor lo de antes no era lo deseable. Lo de comprar y tirar y comprar y tirar, y pedir créditos para seguir comprando, y construir y comprar y vender y seguir comprando. A lo mejor no era lo más feliz del mundo.
La gente se queja del precio de la gasolina y, sin embargo, si uno mira los coches que cruzan la Avenida por la mañana la mayoría va con una sola persona al volante. A mí me gustaría que de esta crisis saliera una voluntad por, por ejemplo, coordinarse con los compañeros para compartir gastos al ir al trabajo. Pero ya sabéis: depender de otros, tener que esperar o que te esperen, ¡ponerse de acuerdo! Dónde vas a parar. Mejor decido a qué hora pongo yo en marcha mis nosecuántas toneladas de metal quemapetróleo para dirigirme al curro. Y como eso un poco todo.
Yo últimamente intento simplificar y ser austera en el buen sentido. Pensar bien lo que compro y para qué lo compro. No por ahorrar, que también, sino porque ese efecto Corte Inglés del consumismo capitalista de que existe un objeto para cada una de nuestras necesidades me parece perverso. Intento ejercitarme en necesitar poco, quizá también porque me tranquiliza pensar que es mucho lo que pueden quitarme antes de empezar a afectarme de verdad. Por otra parte, me da rabia la sensación que os comentaba hace un tiempo de que todo esto no es culpa mía y que estoy pagando las consecuencias, y que en cualquier caso yo las estoy pagando baratas mientras otros las pasan putas de verdad.
Qué sé yo. Procuro ver las cosas no ya por el lado bueno, sino por el lado didáctico. A ver si aprendo algo. Desde que mi economía personal se fue parcialmente al carajo hace unas semanas, mi coco está más limpio. He dejado de hacer malabares con mis ahorros porque ya no tengo ahorros. Me voy a compartir piso y, por el camino, me pienso limpiar de algunos lujos físicos y mentales a los que me estaba acostumbrando demasiado. No quiero ser una individualista maniática y autocomplaciente. Me apetece más charlar mientras ceno con alguien.
Y mientras todo esto pasa, o no, yo sigo dándole vueltas a cómo quiero vivir mi vida en un futuro. Y me gusta imaginármela incluso más simple que esto. En contacto con la naturaleza, cerca del silencio, ocupada de cosas sencillas y más o menos reales. Por otra parte, me gustan mis locos y mis cosas. En fin. Quién sabe hacia dónde nos lleva este barco colectivo y raro de la existencia humana.
(Nota: yo sé que mis reflexiones socioeconómicas son bastante cutres, pero es a lo más que llego. Y porque me obligan, que yo por mí entraba en modo avestruz y no salía más que para escalar)






