Querido bebote:
Ya tienes un año. «Parece mentira», me dice todo el mundo. «Qué rápido pasa el tiempo». Es verdad y no es verdad: por una parte, es cierto que parece que fue ayer cuando llegaste al mundo en tres empujones, con tu cara de intensidad y tu mancha de nacimiento en forma de Tailandia. Por otra parte, ha sido un año tan extremo que a veces me parece que han pasado diez.
Tu mancha, por cierto, ya ni la veo, y cuando la veo me da mucha ternura. Es verdad que cada vez se nota menos y todo el mundo dice que desaparecerá pero, si te digo la verdad, me da hasta un poco de pena que se vaya. Tu mancha eres tú y tú eres amor.
Tienes unos ojos bestiales. Todo el mundo se queda alucinando cuando los ve. Lo miras todo con cara de sorpresa y con tu pelo rubio tieso como el plumón de un polluelo. Eres objetivamente guapo, creo, aunque es verdad que en su día pensaba que tu hermana era una bebé espectacularmente perfecta y ahora veo sus fotos de entonces y me parece normalita.
Ya te han salido siete dientes. Cada uno de ellos ha sido un suplicio que hemos tenido que regar con abundante Apiretal, porque te despertabas llorando con el dedo en la encía. Ahora los usas para el mal: te ha dado por morderme el hombro y me lo tienes como un mapa. En un intento de quitarte la costumbre, a veces me froto (un poco de) tabasco, pero ahora lo hueles y simplemente esperas a que me lo quite para morder otra vez y partirte de risa.
Porque ese es el problema contigo: eres tan extremadamente gracioso que incluso cuando me clavas a traición las afiladas agujitas de tus dientes, me tengo que reír. Es súper fácil sacarte una carcajada. Enseguida identificas cuándo estamos de broma y nos miras de medio lado, como diciendo: «Sí, lo pillo».
Te encanta manipular objetos. Te pasas horas con la cosa más tonta: una tapa y un tupper, una sartén, dos cucharas. Te veo planear y practicar tus mini-experimentos: coges algo, observas cómo funciona, repites el movimiento varias veces. Eres un bebé atento y muy despierto.
Se nota que eres varón. Tienes una energía mucho más destructiva que tu hermana: hoy, por ejemplo, te has puesto a agitar la bandeja del lavavajillas como un maniaco y casi tiras los platos al suelo. Cambiarte el pañal es un episodio de lucha libre. Sentarte en la bañera es imposible: enseguida te pones de pie y empiezas a tirar todos los juguetes fuera y a mirar curioso cómo caen.
Eres muy dulce. Siempre quieres estar conmigo. Cuando otra persona te tiene en brazos y me acerco, me echas los brazos e inclinas el cuerpo con cara de determinación. «Romeo, Romeo», bromeo yo, porque ni Julieta fue nunca objeto de una obsesión como la tuya. Cuando me ves entrar en la habitación, se te ilumina la cara.
Todavia no andas solo, pero gateas con gran determinación, palmeando con fuerza sobre el parqué. Cuando ves algo que quieres alcanzar, empiezas a resoplar como un perrillo y vas con la energía del caballo de Atila.
Te encanta tu hermana. La miras con embeleso y todo lo que hace te da muchísima risa. Cuando se encierra en su habitación para que no entres y le desordenes sus juguetes, tú te pones a gritar al otro lado de la puerta, NA-NA-NA-NA-NA, extremadamente frustrado por no poder comerte sus muñecos.
Te quiero mucho, bebote. Este año no ha sido fácil. Hemos pasado muchas horas juntos, tú y yo: contigo en la teta, contigo en brazos, contigo en el suelo, contigo, contigo. Ahora ya no tomas teta y puedes estar más con otros, y aunque me alegro de haber recuperado el sueño y cierta independencia, también extraño esos momentos en que éramos solo tú y yo.
Eres mi hijo precioso. Eres una parte fundamental de esta familia. Has llegado el último y eras exactamente la pieza que nos faltaba. Ya estamos todos: verás qué bien lo pasamos.
Gracias por existir. Te quiero siempre.
