Así me siento yo hoy, escribiendo y borrando, escribiendo y borrando mientras tengo ganas de levantarme y fregar platos, cocinar, bailar o cualquier otra actividad que no implique a mi mente, a mis teclas y a mis dedos. La PK ha venido a verme unos días, pero ahora está dando una vuelta con un amigo suyo que vive aquí, y yo he sentido que tenía que sentarme al ordenador para dar de leer a mis sufridos fans.
Llevo unas cuantas semanas con unos niveles de angustia moderados. Me lo dice mi compañero el MIR de psiquiatría: te veo bajilla, te veo seria. Yo le miro, agradecida por el pronombre en segunda persona, me encojo de hombros e intento explicarle sin dar demasiada pena que la vida me supera.
Quien no tiene ansiedad y no sabe lo que se siente no creo que pueda entenderla nunca. La sensación de miedo indefinido, de amenaza constante, es una de las experiencias más desagradables que te puede tocar vivir. Es fácil trivializar la ansiedad cuando no se sufre, pero cuando te atenaza sientes que te darías golpes en la cabeza si eso la sacara de tu cerebro. Cuando te pasas días y más días y semanas levantándote con el corazón en la boca y viviendo como si la mafia te hubiera colocado en la cama una cabeza de caballo, comprendes que tus pacientes no sean capaces de quitarse las benzodiacepinas.
En medio de estas semanas tan difíciles ha aparecido el carnaval. Son los primeros carnavales gaditanos de mi vida y me alegro. Creo que si hubiera venido otros años a tajarme la noche del sábado en medio de la multitud disfrazada no me habría gustado tanto como ahora. Este año miro el carnaval desde mi casita en la Viña y llevo un mes escuchando a las agrupaciones de camino al Falla y las comparsas desde el televisor de los vecinos. Si me apetece, salgo; si me harto, me vengo a casa tapones de los oídos en mano.
Yo antes al carnaval no le veía mucha gracia. Pero es un espectáculo digno y hermoso, tanta gente cantando disfrazada, una ciudad entera que tiene como hobby principal hacer reír y pensar a los demás. Llevo un par de días caminando entre piratas, indios, brujas, pitufos, Wallys, plátanos gigantes. Escuchando chirigotas, comparsas, coros. Es increíble ver a esta ciudad estragada por la crisis y el paro salir a la calle a pasárselo bien. Y ahí veo el auténtico mérito del Carnaval: la capacidad de reírse de uno mismo y de devolverle a las cosas su auténtica medida. Que con o sin pacientes, con o sin best seller, con o sin pareja, de aquí a cien años estaré muerta, nadie recordará mi nombre y esto que llamo mi vida no será más que otra de las extrañas bromas cósmicas de Dios.
Y hoy, ahora, en medio del desorden alegre que llena mi casa, de los pintaúñas esparcidos por la mesa del salón, los platos sucios, la mochila de la PK tirada en el suelo, me siento contenta. Esperanzada. Como si en mi vida quedaran por pasar muchas cosas buenas. Como si todo esto de la existencia no fuera más que una excusa para reírnos un rato. Como si fuera feliz. Y como si, a pesar del vacío de escritora que me entra a veces, mi mente y mi inconsciente todavía estuvieran llenos y mis dedos todavía fueran capaces de reflejar la verdad de lo que veo.